La hondura de Diego Doncel en su poesía existencial – Pedro García Cueto
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La hondura de Diego Doncel en su poesía existencial
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La hondura de Diego Doncel en su poesía existencial
El poeta Diego Doncel, ganador del Premio Loewe de este año, tiene una trayectoria muy unida a la poesía y a la magia de las palabras. Crítico teatral del ABC, Doncel es también el hombre que pulsa el idioma para extraer su savia, su luz cenital.
En el poemario Una sombra que pasa, que publicó en la editorial Tusquets en 1996, escuchamos el latido del verso, cómo se ahonda a la raíz de sus sentimientos en un juego de luz extraordinario. En el apartado V titulado La presencia de la angustia, oímos sus versos como si fueran el eco de un hombre que se conoce naufrago del tiempo:
“Igual que caen los días así sobre esta tierra / está cayendo la angustia sobre mi corazón. / Y llenos de vejez los campos, / y la vida solitaria y oscura / como esas nubes muertas que atraviesan / el cielo y a las que el tiempo va llenando / de polvo y de sombras en esta tarde de otoño”.
Las nubes muertas son reflejo de esa falta de esperanza que trae la vida, la hondura existencial está presente en “La angustia sobre mi corazón”. La idea de la muerte está presente porque ser consciente de nuestro acabamiento le produce terror, sabe que la Naturaleza permanece y que el hombre cae, somos seres en derrota que vamos dejando nuestra luz en las cosas para que todo se apague un día:
“El terror es la muerte y también este universo / de existencias que viven junto a mí con su misterio”.
Dirá también en otro poema del libro:
“Hay algo viejo en mí / que está viejo en el mundo, que va borrando / mi rostro con el musgo del cansancio, / que hace temblar mis manos / bajo el vacío celeste y poco a poco la vida / la va llenando de sal.”
La angustia del poeta es la del tiempo que va borrando todo, que deja ese “vacío celeste”, no hay luz posible, solo el tiempo horadado que refleja al hombre ensimismado y que ya no es nada, un latido casi imperceptible en el cosmos.
Diego Doncel deja en el libro la simiente de una voz que es otra, porque conviven en él todos los mundos, lo de los vivos y los muertos que se conectan para trazar un paisaje de afectos. La idea del azar está presente, somos solo eso, seres nacidos por la casualidad, por un acto de amor, que es esencialmente físico y a veces ni siquiera es buscado:
“Tienen el mismo rostro que yo. / la misma carne enferma por el tiempo, / los sentidos perplejos ante el carácter ciego / del destino. Nacieron, como nacen los seres / y las cosas del mundo, de un capricho infinito / del que solo fue culpable la Naturaleza”.
Es, sin duda alguna, nuestro existir un error, un capricho, un desvarío, que nos provoca ya en la conciencia el dolor hondo de nuestra pertenencia a un mundo que debemos abandonar para dejar de ser como si alguien nos borrara definitivamente y toda existencia fuera un sueño, el sueño de un fracaso.
Doncel sabe que el tiempo lo borra todo y deja en este libro hondas miradas a una soledad que lleva la huella del dolor y de la perdida de todo. Ante la contemplación del cadáver del padre de un amigo, Doncel expresa el miedo y el terror a no ser nada y ser sin rumbo cierto, como nos recordaba Darío en Lo fatal:
“Estaba en la sala oscura, como el mundo, / árido el aire y sin aliento como nuestro corazón, / junto a nosotros no había nadie, / solo el cuerpo del hombre enfrentado / a la dura soledad de la muerte, y al fondo voces / de hombres vivos que despreciaban vivir”.
Sin duda alguna, todos estamos abocados a la derrota y ante ese vacío el libro expresa ese fatalismo que es conciencia de la vida, saber que nadie va a sobrevivir al cataclismo de la existencia.
Diego Doncel no es una voz más en la poesía española, sino una voz con eco, que deja en sus versos una huella de lo que somos y de lo que seremos. Merecido su nuevo premio y su nuevo libro, porque el poeta se expresa desde la hondura del ser donde todos somos iguales. Su nuevo libro, ante la muerte de su padre, abre un sendero a la reflexión y a la idea del vivir como un azar donde la vida y la muerte se tejen lentamente para ir dejando un rostro, como decía Pavese: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”.
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Pedro García Cueto
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