Conversaciones con Séneca – I – El mito de Teseo en la «Fedra» de Séneca – III – Santiago Blanco del Olmo

Conversaciones con Séneca – I – El mito de Teseo en la «Fedra» de Séneca – III – Santiago Blanco del Olmo

Conversaciones con Séneca – I – El mito de Teseo en la Fedra de Séneca – III

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Étienne-Barthélémy Garnier – Hippolyte, après l’aveu de Phèdre, sa belle-mère [1793 – Musée Ingres Bourdelle – Montauban – France]

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Conversaciones con Séneca – I – El mito de Teseo en la Fedra de Séneca – III

Según la mitología, a Teseo ya no le quedan muchas aventuras por hacer. Tras los acontecimientos trágicos que se cuentan en esta obra, sólo le falta ser destronado y acudir a la isla de Esciro donde morirá. En la obra de Séneca disponemos de muchos datos negativos sobre Teseo que han sido dichos por Fedra hasta el momento de su aparición, en la obra de Eurípides no hay nada parecido. En la minoría culta aristocrática que cultiva la tragedia de tipo griego y que se agrupa en las filas del estoicismo, hay un odio visceral hacia los tiranos y una nostalgia por la vieja república elitista de otrora. En otras obras del mismo autor tenemos críticas despiadadas al poder tiránico personalizado, en Tiestes y Agamenón sobre todo. Piénsese en Tiberio, Calígula, también Claudio, a pesar de Graves, y el último Nerón. La figura de Teseo empero, no refleja una crítica de este cariz. La desmesura de Teseo es de otro tipo.

Nada más llegar a casa se encuentra con la escena descrita y en una esticomitia con su esposa, plena de máximas senecanas del tipo:

“mori uolenti desse mors numquam potest.”

“Al que quiere morir nunca puede faltarle una muerte.”

(v. 878)

Como no consigue enterarse de nada y no puede averiguar la verdad de boca de su esposa, decide encadenar a la nodriza y azotarla hasta que confiese. A nosotros esto nos parece de una brutalidad excesiva y probablemente también al Séneca que en las Cartas a Lucilio escribe que se ha de tratar bien a los esclavos, llegando incluso a considerarlos como “conserui”, es decir, como compañeros de esclavitud. Pero lo normal en el derecho ático y en el derecho romano era tratar duramente a los esclavos y utilizar sistemáticamente el tormento para averiguar la verdad en las inquisiciones.

Fedra habla por fin. Comete perjurio invocando a los dioses y dice haber sido violada por el dueño de la espada que empuña en ese momento:

“PH- hic dicet ensis, quem tumultu territus

liquit stuprator ciuium accursum timens.

TH- Quod facinus, heu me, cerno? Quod monstrum intuor

Regale patriis asperum signis ebur

Capulo refulgit, gentis Actaeae decus.”

FEDRA: ”te lo dirá esta espada que, aterrorizado por el tumulto, dejó abandonada el violador, asustado de los ciudadanos que acudían corriendo.

TESEO: ¿Qué crimen, ¡ay de mí!, estoy vislumbrando?¿Qué monstruosidad estoy viendo? Brilla en la empuñadura el marfil de la casa real, emblema honroso del linaje acteo.»

(vv. 896 y ss.)

Parece que la espada en cuestión es la misma espada que Egeo dejó en Trecén bajo una piedra para que llegado el tiempo en que su hijo (o de Neptuno) fuera ya un hombre, asiéndola emprendiera el camino de Atenas, empuñadura de marfil con signos patrios. La ironía trágica radica en que si en otro tiempo la anagnórisis que procuró la espada salvó la vida de Teseo de los venenos de la maga Medea, ahora esa misma espada favorecerá la irreflexiva venganza de Teseo y la muerte de su dueño.

Teseo da plena fe a las palabras falaces de Fedra y prorrumpe en acusaciones dirigidas contra el linaje de las amazonas. Tacha a su hijo de hipócrita. Desde el verso 918 inicia una serie de versos que invitan a pensar que nada es lo que parece:

“O uita fallax, abditos sensus geris

animisque pulchram turpibus faciem induis:

pudor impudentem celat, audacem quies,

pietas nefandum; uera fallaces probant

simulantque molles dura.”

“¡Oh, vida engañosa, que llevas ocultas las inclinaciones y que pones una hermosa fachada a los torpes instintos! El pudor al impúdico oculta, al osado la serenidad, la piedad al criminal, los mentirosos intentan pasar por veraces y los que llevan una vida muelle simulan austeridad.”

Estamos en un mundo viejo privado de libertad en que la verdad no es nunca lo que parece. La comprensión de la realidad necesita de una exégesis especial, pues todo es complicado, engañoso. Es un poco como el mundo del Asno de Oro, como, si se me permite, el mundo del Quijote.

Después de recordar la muerte de su esposa Antíope con sus propias manos, el personaje se torna cada vez más antipático, se decide Teseo a utilizar un voto concedido por su padre Neptuno y pide la muerte de Hipólito sin darle siquiera la posibilidad de explicarse.

En el canto del coro se echa de menos una teodicea y se pregunta por qué el éxito en el mundo no está regido por la bondad; ¿por qué a los malos les va bien en la vida y los vemos medrar y en cambio a los buenos les va mal? La Fortuna rige el mundo:

“Res humanas ordine nullo

Fortuna regit sparsitque manu

Munera caeca peiora fouens.”

“los asuntos humanos en completo desorden los rige la Fortuna, que esparce sus favores con una mano ciega, dando su apoyo siempre a los peores.”

( v. 978 y ss.)

Cuando los dioses tradicionales empiezan a verse desdibujados en el corazón de las gentes, es el momento de Tyche. La fortuna fue adversa con Germánico y en cambio elevó al bobo Claudio, al cojo Claudio, al tartamudo Claudio al poder absoluto.

Cuando Séneca hace decir esto al coro:

“uincit sanctos dira libido,

fraus sublimi regnat in aula;

tradere turpi fasces populus

gaudet, eosdem colit atque odit.”

“vence a los santos la pasión cruel, en el palacio altivo reina el fraude. El pueblo goza en entregar las fasces a un infame y venera a los mismos que aborrece.”

(v. 981 y ss.)

Debemos recordar que durante unos años el poeta fue preceptor de Nerón y el hombre más rico e influyente del imperio, y que aquí está describiendo la historia reciente de Roma de manera indirecta.

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Peter Paul Rubens – Hippolytes’ dood [ca. 1611 – 1613 – Fitzwilliam Museum – University of Cambridge – Cambridge – UK]

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Termina el canto del coro con la llegada de un mensajero a escena; no recibirá albricias por su mensaje.

El mensajero anuncia la muerte de Hipólito a un Teseo que no parece lamentarlo. El mensajero parece no haber dejado de seguir a Hipólito  desde que éste, despechado, abandonó el palacio de su padre, y parece describir la terrible tormenta y el oleaje subsiguiente como si lo contemplara desde el cielo, porque describe el azote del tsunami sobre Epidauro, Escirón y Corinto. (Algún crítico literario moderno hablaría sin duda de la influencia del cinematógrafo en la obra de Séneca). Los tres lugares susodichos son precisamente tres lugares relacionados con las hazañas de Teseo: Perifetes en Epidauro, el episodio de las rocas Escironias luego y finalmente Corinto, en cuyas cercanías ocurrió el encuentro contra la Cerda o contra el Doblador de pinos.

De la mar surge un toro de color azulado con ojos que vomitan fuego, sus anchas narices braman y sus músculos son fornidos. Sus papadas y su pecho están cubiertos de musgo pegajoso y rojizas algas. Tras la espalda tiene el monstruo escamas y cola. Hipólito es valiente, se planta ante la bestia con coraje recordando los trabajos de su padre, pero al cabo los caballos se desbocan y el joven es arrastrado trabado por las riendas y conducido hacia unos escollos.

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Aquí comienza la pasión y muerte de Hipólito, su nombre parlante ya nos anunciaba su fin: destrozado por los caballos. Es una narración minuciosa, sistemática, lenta: guijarros, zarzas, matorrales y espinos laceran y vulneran su cuerpo bello de efebo que poco ha describía Fedra en su declaración de amor final. Séneca se demora en el horror y no nos ahorra ni tan siquiera un último elemento humillante de su suplicio en el empalamiento contra un madero semiquemado y terminado en punta

“tandemque raptum truncus ambusta sude

médium per inguen stipite ingesto tenet.”

“y por fin, mientras era arrastrado, un tronco con una estaca a medio quemar lo retiene por el medio de las ingles con su punta erguida.”

(vv. 1098-1099)

Séneca es así, ésa su truculencia.

Al oír el relato de la muerte de su hijo, Teseo se muestra humano y llora. El último verso del héroe también puede ser entendido de dos maneras distintas:

“Quod interemi non quod amisi fleo.”

(v. 1122)

Dependiendo de dónde ponga coma el editor, si antes o después de ”non”, la frase puede significar:

 “por haberlo matado no, por haberlo perdido lloro”. O “por haberlo matado, no por haberlo perdido, lloro.”

 ¿Lloraba Teseo por haberlo perdido, por haberlo matado, o por las dos cosas a la vez?

El coro cerrará el Acto V insistiendo en que la Fortuna se ceba en las casas elevadas y reinantes. Se trata de un tema éste que también aparece en el Hipólito de Eurípides. Por una extraña ley de la compensación Plutón suelta al padre pero se lleva al hijo.

En el comienzo del acto V, Fedra se lamenta de la horrible muerte del joven y reprocha a Teseo que siempre cause desgracias en sus regresos, aludiendo así a Egeo antes y a Hipólito ahora. Mientras considera los trozos despedazados del joven, se corta el pelo y se lo ofrece como fúnebre ofrenda. Algo parecido hacían las doncellas de Trecén, quienes consagraban a Hipólito bucles de su cabellera antes de casarse. Fedra se siente culpable de su muerte. Cita a continuación tres hazañas de Teseo: Sinis, Procrustes, y el toro de Creta en el laberinto.

 Se ha citado aunque de manera telegráfica o bien los lugares en que sucedieron algunas de sus aventuras, o bien el nombre de algunos de sus rivales. Sin embargo faltan algunas aventuras que nunca se citan, a saber: el rapto de Helena, el toro de Maratón, Cerción, tal vez la cerda de Cromión, su participación en la lucha de Lápitas y Centauros o en la singladura de la Argo. No obstante cita dos veces el episodio de Sinis, una por su nombre y otra por el nombre del lugar en que sucedió, Corinto (Céncreas, en efecto, estaba cerca de Corinto).

Fedra busca alivio en la muerte y se suicida con la espada. Es un suicidio acorde con el personaje, y no me refiero a que nuestra protagonista sea “viril”en sentido peyorativo, a la manera pongo por caso de Deyanira, sino que digo que es una mujer a quien la pasión le hizo usar de una libertad que hasta ella estaba reservada a los varones. Por eso escoge una muerte tradicionalmente asignada a los hombres, porque ella es también un hombre, permítaseme jugar aquí con la doble acepción de la palabra hombre en castellano, y desecha cuerdas o venenos. El fin de Fedra nos recuerda el de la desdichada Dido en Eneida IV vv.646 y 647.

Hay muchas diferencias entre los personajes homónimos de las tragedias de Eurípides y de Séneca; la del griego muere colgándose de una soga y dejando por escrito en una nota las calumnias que después causarán la venganza de Teseo y la muerte de Hipólito; la del romano, en cambio, pronuncia esas mismas calumnias personalmente ante Teseo y no se dará muerte hasta que no contempla los restos dilacerados de su hijastro, ya irreconocibles, tras ser llevados a palacio por los criados. Se mata usando la espada de Hipólito, dato que algún freudiano podría interpretar a su manera. Pero justo antes de morir le dice a Teseo la verdad:

“Audite, Athenae, tuque, funesta pater

peior nouerca: falsa memoraui et nefas,

quod ipsa demens pectore insano hauseram,

mentita finxi. Vana punisti pater,

iuuenisque castus crimine incesto iacet,

pudicus, insons…”

“Escúchame, Atenas, y tú, padre, que eres peor que una funesta madrastra. Falso es lo que conté, y la impiedad, que yo misma en mi delirio había concebido dentro de mi enloquecido pecho, la deformé con mentiras. Tú has castigado algo que no ha existido, padre, y yace víctima de una acusación impura un joven puro, pudoroso, sin tacha…”

(vv. 1191-1196)

Confiesa finalmente su pasión y su mentira a un Teseo a quien sigue despreciando. Teseo desea morir y envidia el ejemplo que su mujer, en lo referente al tipo de muerte elegido, le ofrece.

Μαθεῖν παθεῖν, “aprendemos merced al dolor”, Teseo, ante el cadáver de su hijo y el cuerpo de su mujer atravesada por la espada, se da cuenta de su error y de su crimen, aunque ya tarde, en unos tetrámetros trocaicos catalécticos. El diagnóstico es correcto: (v.1205) “irae facilis assensor meae.”

“que siempre de buen grado has asentido a mis raptos de cólera.”

 Mientras Teseo solicita para sí castigos excepcionales cita el episodio de Sinis y el de Escirón:

“pinus coacto uertice attingens humum

caelo remissum findat in geminas trabes,

mittarue praeceps saxa per Scironia.”

“¡Que un pino, forzado a tocar el suelo con su vértice, al lanzarme hacia el cielo, me parta en dos, amarrado a dos troncos! ¿O es mejor que me lancen de cabeza por las rocas del Escirón?”

(v. 1223 y ss.)

Por cierto nunca menciona a la tortuga antropófaga. A continuación cita a los archiconocidos condenados del Hades, Ticio, Tántalo, Sísifo, etc.

El portavoz del coro le aconseja que entierre a los muertos y detenga sus lamentos. Séneca aprovecha la ocasión para seguir recomponiendo el puzzle de los pedazos de Hipólito. Ciertamente, Mel Gibson tiene un precedente en el Cordobés para su Pasión.

Al fin, ordena Teseo quemar el cuerpo de su hijo en una pira e inhumar el cuerpo de Fedra a quien, contraviniendo la célebre expresión latina, le desea que la tierra le sea pesada:

“… istam (nótese el uso despectivo del demonstrativo) terra defossam premat,

grauisque tellus impio capiti incubet.”

“En cuanto a ésa, que la oprima la tierra dentro de la fosa, que sobre su impía cabeza caiga la tierra con todo su peso.”

(vv. 1279-1280)

Voy a terminar esta ya larga exposición haciendo una breve comparación entre el personaje de Teseo en Eurípides y el mismo personaje en Séneca.

Si en la obra del romano, Teseo es en todo momento nombrado y considerado como hijo de Neptuno, en la obra del ateniense hay alusiones diversas que ponen en duda tal aserto; la mismísima Ártemis llama al rey “hijo de Egeo” hacia el final de la obra y el mismo Teseo no acaba de estar seguro de quién es su padre porque se sorprende al saber que los votos asesinos de Poseidón son reales, y esto demuestra que es su verdadero padre. En la obra griega hay un tratamiento bastante indulgente con la figura del mítico rey, por un lado no se le puede llamar asesino de su hijo en puridad, porque ni siquiera él sabía de la eficacia del regalo del dios del mar, por otro lado su propio hijo, que sobrevive breve tiempo al accidente de tráfico que le costará la vida, se encarga de perdonar a su padre y liberarlo de cualquier responsabilidad.

Nada de esto ocurre en Séneca, en donde la influencia de los dioses, o mejor dicho, de las diosas, no es tan explícita. El Teseo senecano obra despóticamente y actúa bajo el efecto de la cólera. De seguro no es lo mismo representar la historia del héroe ático en Atenas que en Roma, pero la arbitrariedad del rey y su falta de “fides” nos lo aproximan al típico tirano, blanco de los ataques de los estoicos.

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Santiago Blanco del Olmo

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