Los locos de Bassan – Acerca de «Los alcatraces», de Anne Hébert – César Rodríguez de Sepúlveda

Los locos de Bassan – Acerca de «Los alcatraces», de Anne Hébert – César Rodríguez de Sepúlveda

Los locos de Bassan – Acerca de Los alcatraces, de Anne Hébert

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Los locos de Bassan – Acerca de Los alcatraces, de Anne Hébert

Es poco lo que llega a nuestras librerías de la literatura de Quebec: muchos de sus más ilustres nombres, tanto en poesía como en novela, son cuidadosamente ignorados entre nosotros. Es el caso ―lo era, al menos, hasta que se publicó este libro― de Anne Hébert (1916-2000). Es una poeta extraordinaria, y resulta verdaderamente urgente el que se viertan sus textos a nuestro idioma (pido perdón si se ha hecho ya: yo, habiendo buscado, solo he podido leer a la autora en su idioma original).

Si uno puede explicarse, más o menos, que no se haya traducido su poesía, por tratarse de un género minoritario, más difícil de entender resulta que ninguna de sus novelas haya aparecido en español hasta 2021, cuando la editorial Impedimenta publicó Los alcatraces, en excelente traducción de Luisa Lucuix Venegas. La novela original (Les fous de Bassan) es de 1982. [El poético título original, por cierto, es el nombre que se da en francés a esta ave marina, el alcatraz, que nosotros designamos con una no menos hermosa palabra de origen árabe, que significa probablemente, nos indica la RAE, «el de andares ufanos»].

La acción principal de Los alcatraces transcurre durante el verano y los principios del otoño de 1936 en Griffin Creek, espacio novelesco a orillas del Atlántico en que la novelista, como nos aclara en un oportuno «aviso al lector», ha fundido sus recuerdos «de la orilla sur y norte del río San Lorenzo, los del golfo y los de las islas». Griffin Creek es una comunidad fundada en el siglo XVIII por colonos procedentes de Nueva Inglaterra, cerrada y endogámica, todos cuyos habitantes están emparentados entre sí, con ciertos ecos del faulkneriano condado de Yoknapatawpha (y no solo es en esto, como veremos, donde se deja sentir el legado de Faulkner).

Como decíamos, esos meses de 1936, desde el principio del verano hasta los inicios del otoño, constituyen el núcleo narrativo de Los alcatraces. Pero hay un epicentro en el seísmo: una noche que los diversos narradores rememoran una y otra vez, la del 31 de agosto, en que desaparecieron dos primas adolescentes, Olivia y Nora Atkins. La tragedia marca un punto de inflexión en la historia, cada vez más decadente, de Griffin Creek, como un pecado imposible de expiar. Partes de la novela están situadas en 1982, el año en que se publicó: 36 años después, varios personajes evocan lo ocurrido, para aclararlo o para enturbiarlo aún más.

Lo más interesante, y lo más faulkneriano de la novela, es el multiperspectivismo: la multiplicidad de narradores que abordan los hechos desde diferentes momentos temporales, con distintas estructuras discursivas y con ópticas diversas. El anciano pastor Nicolas Jones, que evoca confusamente lo ocurrido en 1982, mientras espera su muerte y también la de su comunidad; las cartas que Stevens Brown, hijo pródigo que regresa al hogar tras vagabundear por Norteamérica durante varios años, le escribe a un amigo en Florida durante el verano del 36; el monólogo de Nora Atkins ese mismo verano; incluso el monólogo del fantasma de la otra niña asesinada, Olivia Atkins. Aunque la parte más caótica del libro es la llamada «El Libro de Perceval Brown y de algunos otros», que no en vano lleva como epígrafe la conocida cita de Macbeth: «It is a tale told by an idiot, full of sound and fury». Como el Benjy de El ruido y la furia, Percival Brown sufre una discapacidad mental, lo que vuelve su discurso a veces incoherente, desde luego, pero a menudo más revelador que el más racional de otros personajes. Para enredar un poco más la sección, el libro da voz además a otros narradores, uno de ellos colectivo, la voz del propio pueblo, Griffin Creeek, que se siente amenazado por las intrusiones del  exterior que siguen a la desaparición de las chicas.

Por toda la novela, a través de todas las voces, vivas y muertas, que en ella se dan cita, sopla el viento furioso del deseo. Los hechos parecen ocurrir fatalmente, como resultado de la corrupción de la comunidad, aunque sea la llegada de Stevens Brown la que precipite los acontecimientos. Todos los elementos de la Naturaleza, y en especial el sol, el mar y el viento tienen un simbolismo muy acentuado. El paisaje, que experimenta también, como algunos personajes, una especie de despertar sexual, es protagonista de muchas de las mejores páginas del libro. «La tierra de aquí es ingrata, pero ardiente y violenta cuando se lo propone, presurosa por realizarse, antes de que sea demasiado tarde». La maldad, la corrupción, está en la propia tierra, y también en las asociaciones con perversos cuentos infantiles, como el de Pulgarcito («Es algo sobre unos niños que no deben nacer y unos niños que ya han nacido y que hay que abandonar en el bosque, antes de que sean demasiado grandes»).

Antes de la tragedia, estalla una tormenta que es también una premonición de lo terrible. La violencia está en la tierra y está en sus habitantes, en sus rencores sórdidos ―pueblo pequeño, infierno grande―, en el brutal machismo, en el peso asfixiante de la religión, en la represión hipócrita del deseo, en las pasiones turbulentas y ocultas. Hébert escribe una novela que es feminista en cuanto que busca enfocar la opresión en que viven las mujeres, convertidas en meros objetos, en esta sociedad fuertemente patriarcal, pero no escribe una novela maniquea ni carga las tintas contra los personajes masculinos: procura entender cómo se ha creado el caldo de cultivo que ha propiciado el crimen. Cómo, de alguna manera, la responsabilidad de lo ocurrido no es exclusiva del autor material de los hechos, sino de toda la comunidad, cómplice, de una u otra forma, de la opresión que sufren las mujeres.

Es una novela excelente. Muy cinematográfica, por cierto (fue llevada al cine; la autora, ademásfue también guionista de cine, y eso se nota en la forma de narrar). Ojalá podamos seguir leyendo pronto en castellano otras novelas de Anne Hébert.

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César Rodríguez de Sepúlveda

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Anne Hébert. Los alcatraces. Traducción de Luisa Lucuix Venegas. Editorial Impedimenta, Madrid, 2021. ISBN: ‎978-8418668074.

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