El habitante del Otoño – Sexta antología de cuentos y relatos breves – II – Retrato de Angélica – Arturo del Río Rodríguez
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El habitante del Otoño – Sexta antología de cuentos y relatos breves – II – Retrato de Angélica
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El habitante del Otoño – Sexta antología de cuentos y relatos breves – II – Retrato de Angélica
Retrato de Angélica
Angélica camina hacia Damasco con una A roja bordada en su pecho
Escribe largas cartas a los gálatas
Engalanada con cadáveres
Demanda A Love supreme
Enrolada en el ejército del ascetismo
Es soñada por exorcistas
Desviste al emperador recitando versos en trance
En ocasiones adolece de un mal gusto exquisito
Guardia de Asalto de la Belleza
Alicia Liddell en el país de las maravillas
Cuando escribe cuentos los ata a la pata de una mesa
Enciende el teatro en llamas contra los cautos
Reina sobre sus propias sombras
De los maderos del crucifijo, elige el vertical
Herida de muerte por la poesía
Se querella contra el mundo
Rescata lo que está a punto de desaparecer
Lo sublime que reina sobre la belleza
El odio contra lo vulgar le sirve para resistir
Contiene inmensidades
Desolladora de almas grasientas
Fuerza de la naturaleza desatada
Su furia convocó los demonios en la noche más oscura de París
Hoy, vestida de carne, siembra en el desierto
Con necesidad insalvable de belleza
Incentivadora fracasada de su propio suicidio
Como Helena, podría desatar una guerra
Reclusa del amor
El Ulises a quien espera es Dios
Arde como Juana de Arco
Pide Caridad para Gilles
Es Medea sin hijos
Una mujer bajo la influencia
Dido resucitada
Cornelia mandada asesinar
Ofelia abrazada a la locura
Su palacio está en Avignon
¿Qué hará con esa espada?
¿Qué hará con la Cruz?
Penetra en su bosque oscuro
Con palabras que se autodestruyen
Su erotismo es sacramental
Bálsamo contra la amenaza de la nada
Adicta al amor
Cómplice de crímenes futuros
Su apellido de casada es Passolini, Merisi
El teatro, su iglesia de naturaleza salvaje
Donde administra sus sacramentos
Enferma de amor
En Dämon bendice a las primeras filas con su lluvia
Entre Eros y Tánatos, el miedo a envejecer
La locura como razón
Cuando acaban sus obras se escuchan durante días los ecos calcinados de sus palabras
Desnuda, vestida sola con poesía
Atraviesa la herida
En sus ceremonias cristaliza la nada
Teme contagiarse de vejez, y se enfrenta a ella
Abre la tapa del ataúd de Artaud y se acomoda a su lado
Su espada corta en pedazos a los biempensantes
Libera la celda donde yacen encarcelados los instintos
Sus poemas son ataques terroristas
Su desobediencia comienza en su vientre
Su belleza violenta provoca heridas profundas
Le ha robado el fuego a los dioses y un águila la ronda
Sin embargo, es amiga de los cuervos
Hace teatro como si antes nunca hubiera existido nada, solo tinieblas, fuego y abismos
Llega hasta los pies de la muerte escribiéndola
De su boca salen enjambres de palabras
Busca recuperar el estado primigenio de las cosas, del amor
En su sólida desesperación milita contra lo inocuo
Sale al escenario a representar lo invisible
Canta Ne me quitte pas desde el infierno del desamor
Su voz refleja la honestidad de un forajido perseguido por la justicia
Su libidinosidad es también espiritual
Encarna lo irrepresentable
Orina sobre las obras completas de Freud
La sociedad crea la herida, y al mismo tiempo pone la tirita
Angélica despega la tirita, arranca la costra
Detesta la vulgaridad
Frente a las musas del Museo del Prado se convierte en esquela
Protagoniza su propio entierro, en una ceremonia vudú de cinco horas y 101 salvas
Desgrana su sermón en la montaña, y espera la crucifixión, y el ciclo de las resurrecciones
Algún día la policía la detendrá sobre un escenario por todos sus pensamientos delictivos
Acusada de devolverle al mundo el sentimiento de lo sagrado
De volver a dar vida a los mitos
Desoladoramente lúcida, reparte amor a costa de su salud
Vestida apenas con ramilletes de diatribas
Enamorada del Padre, del Hijo y del espíritu
Mata a los peces a puñetazos
Desprotegida frente a prejuicios inmutables
Perseguida por inspectores de linóleos viejos.
Puñalada sobre puñalada
Muere a diario en el escenario
Lava su cuerpo con su propia sangre
Levanta y amansa tempestades.
Doma gatos, dialoga con la muerte, juega con cuchillas
Profundiza en sus bajezas, que son las de los espectadores
Se las lanza a la cara
En Terebrante habla sin palabras
Caen guitarras del cielo, se siente morir de dolor, se ahoga en alcohol.
La palabra, ausente, se hace herida
Defrauda a los críticos que solo esperan excitarse con sus provocaciones
Su escritura es un juego peligroso
La banda sonora de su funeral es La alegría de vivir
Ruega a los dioses con palabras furiosas para que vuelvan a sacar a la luz aquello que da vida a los hombres
En su lucha a muerte contra la ignorancia y la incultura sale magullada
Sus heridas sangran
Lo que más desea es subirse al escenario, para poder estar sola, sola, sola.
Y desaparecer
Se provoca a sí misma los estigmas que Dios no le concede
El renacimiento de las liturgias
Llama a la muerte, y esta no viene
Amada por sepultureros
Tras librar su Guerra interior es desterrada en Kuxmmannsantam.
Donde no sopla el aire cálido del otoño en Kioto
Escribe para saber que existe
Actúa antes del amanecer
Odia a la humanidad, pero necesita ser amada
Dialoga con Wittgenstein, con Bergman, con Bresson, con Dios.
Desenmascara falsedades, a las madres
Sus premios los guarda en el fondo de un armario junto a los cadáveres de todos los niños que ha asesinado a lo largo de los años
Solo le falta morir en las tablas.
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Arturo del Río Rodríguez
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