Walt Whitman en su bicentenario (31 de Mayo de 1819 – 31 de Mayo de 2019): hojas de vida imperecedera [Con motivo de la conmemoración del bicentenario del nacimiento de Walter «Walt» Whitman] – Sebastián Gámez Millán

Walt Whitman en su bicentenario (31 de Mayo de 1819 – 31 de Mayo de 2019): hojas de vida imperecedera [Con motivo de la conmemoración del bicentenario del nacimiento de Walter «Walt» Whitman] – Sebastián Gámez Millán

Con motivo de la conmemoración del bicentenario del nacimiento de Walt Whitman

Walt Whitman en su bicentenario (1819-2019):
hojas de vida imperecedera.

 

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Walter «Walt» Whitman [1819 – 1892]

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¿En qué momento de la vida, consciente o inconscientemente, nos identificamos con alguien, quizá con una imagen o una idea, y esto marca el rumbo de nuestro destino, pues con mayor o menor suerte no hacemos sino tratar de encarnarla a lo largo del tiempo, como si fuéramos ése a fin de dejar de ser nadie? En 1842, con poco más de veinte años, Walt Whitman, que acaso todavía no sabía quién iba a ser, asistió a una conferencia del filósofo Ralph Waldo Emerson (1803-1882), Naturaleza y facultades del poeta, en la que se traza las características de un poeta que está por venir y, con ello, la vocación por la que sentirá llamado Walter Whitman.

La influencia decisiva de Emerson sobre Whitman no termina aquí: la primera edición de Hojas de hierba, que apareció en 1855, recibió por lo general críticas desalentadoras (un reconocido crítico, R. W. Griswold, escribió: “imposible imaginar cómo puede haber concebido la fantasía de un hombre semejante montón de estúpida porquería”; otro reseñista, desde Londres, observará: “Whitman conoce tanto el arte como un puerco las matemáticas”), a excepción de Emerson, que tras leer su libro le comunicó que Hojas de hierba es “la más importante obra de inteligencia y saber jamás escrita por un norteamericano”. A la luz de su poderoso influjo en tantos y tan grandes poetas y escritores, me pregunto si este juicio no sigue siendo cierto más de un siglo y medio después.

Por ceñirnos a cuatro lenguas que son habladas en la actualidad por más de 1000 millones de personas como primera lengua: el inglés, el español, el francés y el portugués, el polen seminal de su poesía es palpable en José Martí (1853-1895), Rubén Darío (1867-1916), quien ya en 1888 declaró acerca de Whitman: “Es hoy el primer poeta del mundo”; Edgar Lee Masters (1868-1950), Gertrude Stein (1874-1946), Wallace Stevens (1879-1955), William Carlos Williams (1883-1963), León Felipe (1884-1968), Ezra Pound (1885-1972), Hilda Doolitle (1886-1961), Marianne Moore (1887-1972), Saint-John Perse (1887-1975), T. S. Eliot (1888-1965), Fernando Pessoa (1888-1935), cuya huella no sólo es manifiesta en Álvaro de Campos, sino también en otros heterónimos del poeta portugués; Gabriela Mistral (1889-1957), Vicente Huidobro (1893-1948), Federico García Lorca (1898-1936), Pablo Neruda (1904-1973), cuyo Canto General es inconcebible tanto en su forma como en su finalidad sin Hojas de hierba; Jorge Luis Borges (1899-1986), Octavio Paz (1914-1998), Gonzalo Rojas (1917-2011), Ernesto Cardenal (1925), Allen Ginsberg (1926-1997), John Ashbery (1927-2017), Gary Snyder (1930), Antonio Hernández (1943), Raúl Zurita (1950) o Juan Carlos Mestre (1957).

Esta lista es detallada, pero no exhaustiva. Cualquier lector sensible y con paciencia podría seguir completándola, solo que el polen seminal de la poesía de Whitman sigue expandiéndose. Ahora bien, por la cantidad y, sobre todo, por la calidad de estos poetas –algunos de ellos, con bastante probabilidad, entre los más grandes poetas del siglo XX–, bastaría para cuestionar si no es Whitman, incluso por delante de Baudelaire, el poeta con el que comienza la modernidad poética. No hay que olvidar tampoco que su obra aparece dos años antes que Las flores del mal (1857), y que algunos de sus temas –como la ciudad–, están en la poesía de Whitman. Y, por supuesto, otros que no han hecho sino corroborar su inagotable actualidad y por venir, como la democracia, el pluralismo, la libertad, la igualdad, la solidaridad…

Vitalista por los cuatro costados antes de que exista el término acuñado por la filosofía, Whitman todo lo canta y lo celebra: “Bienvenido sea cada órgano y atributo de mi cuerpo, y los de cualquier hombre vital y limpio, / Ni una pulgada, ni una partícula de pulgada es vil, y ninguna debe ser menos familiar que las otras”. El canto, la celebración de todo lo que existe en su inabarcable diversidad, que hunde sus raíces en la Naturaleza, equivale a la afirmación de la vida de Nietzsche (1844-1900), pensador con el que comparte sorprendentes conexiones –salvo en su defensa de la igualdad, coinciden en su reivindicación del cuerpo, del individuo, de la diferencia, de la libertad…– a pesar de que no me consta que se leyeran: es posible que ambos llegaran a parecidas perspectivas nutriéndose, entre otros, de Emerson.

A cualquier edad podemos leer la poesía de Whitman, pero tengo para mí que en la adolescencia puede ser crucial para fortalecer un aspecto del que con frecuencia carecen bastantes personas: la confianza en sí mismo. Como muy pocos poetas, acaso como ninguno, Whitman afirma la personalidad de cualquier individuo, por raro o marginal que se sienta. Esta es otra idea que proviene de Emerson, pero mientras la lectura del filósofo nos ilumina, la poesía de Whitman nos abraza. La confianza en sí mismo, al igual que el coraje, es imprescindible para desarrollar otras virtudes intelectuales y morales.

En su ensayo La confianza en uno mismo, Emerson escribió: “el ser humano rechaza su propio pensamiento sin dudarlo, y lo rechaza porque proviene de sí mismo. En cada obra de genio reconocemos los pensamientos que hemos descartado: vuelven a nosotros con una majestuosidad ajena. Esta es la lección que nos enseñan las grandes obras de arte”. Máscara a la vez que confesión, en el arte escuchamos todas las voces de la humanidad, incluso las marginadas, excluidas y rechazadas, no solo las aprobadas socialmente, y por ello nos sentimos acogidos, comprendidos, aliviados en nuestra constitutiva soledad de fondo.

Eduardo Moga, poeta y, hasta la fecha, último y más exacto traductor de Whitman al español, ha descrito precisamente cuáles son algunas de las principales características y virtudes poéticas de “Hojas de hierba: hace lo que todas las grandes poesías han hecho siempre: romper con la tradición. Con una dicción versicular, a la vez coloquial y tortuosa, plagada de su mejor instrumento, la enumeración, y un tono celebratorio, Whitman inaugura una épica colectiva, multitudinaria, en la que todos –desde el último esclavo hasta el presidente de la nación– son protagonistas, y todos aportan su perspectiva individual, igualmente valiosa, a una visión caleidoscópica”.

El prestigioso y polémico crítico Harold Bloom ha escrito: “Necesitamos leer a Whitman por la conmoción de perspectivas nuevas que nos proporciona, pero también porque sigue profetizando los enigmas no resueltos de la conciencia estadounidense”. Con el debido respeto, uno de los valores de la poesía de Whitman es su universalidad, de modo que, si bien fue moldeado por esta cultura, logra trascenderla, como pone de manifiesto sus innumerables lectores de diferentes lenguas del mundo, entre ellos, los grandes poetas que mencionamos anteriormente. El propio crítico no lo debía de ignorar al incluirlo en su controvertido El Canon Occidental.

De manera más acertada, añadía Bloom: “al leer los momentos más vigorosos de Whitman sufrimos una conmoción, producto de un reconocimiento. La mejor poesía ejerce sobre nosotros una especie de violencia que la prosa de ficción rara vez consigue. Para los románticos, la tarea propia de la poesía estribaba en esto: despertarnos del sueño de muerte con un sobresalto para impulsarnos a un sentido más abundante de la vida”. Whitman, la voz que emana de sus Hojas de hierba, posee una inagotable capacidad de asombro y maravilla ante cualquier fenómeno de la realidad, de celebración ante lo cotidiano y elemental, de transgresión de valores tradicionales:

“He dicho que el alma no es más que cuerpo,
Y he dicho que el cuerpo no es más que el alma,
Y que nada, ni Dios, es más grande para uno que uno mismo,
Y que quien camina el octavo de una milla sin amor camina a su
propio funeral, envuelto en su mortaja,
Y que tú o yo, sin un centavo en el bolsillo, podemos comprar lo
mejor de la tierra,
Y que mirar con un ojo o mostrar un guisante en su vaina
confunden la sabiduría de todos los tiempos”.

 

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Cubierta de una copia de la auto-publicada primera edición de «Leaves of Grass»el 4 de Julio de 1855 en Brooklyn, New York.

 

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Sebastián Gámez Millán

 

Autor
Categories: Literatura

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