«Aguas Santas» – Un relato breve de Rosario Martínez

«Aguas Santas» – Un relato breve de Rosario Martínez

Aguas Santas [Relato]

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Aguas Santas

Al entrar aquella mañana en el compartimiento del expreso que había de llevarle a Oporto, Silverio San Román supo que la mujer que allí estaba no era ninguna alucinación. Profundas ojeras resaltaban sobre el blanco de su blusa y un aire cansado inclinaba su cuerpo contra el asiento; eso, y aquella mirada de agua captaron su atención y le hicieron penetrar en el pasado con la confianza del que siempre fue bien recibido.

             Treinta años atrás habían sido dos seres ingrávidos, despreocupados.  Entonces Silverio dominaba el arte de la conversación y el convencimiento. De ellos se valió para conseguir que posaran las prostitutas del lujoso local de alterne. “En posición de revista. Bien derechas. Un poco insolentes. ¡No sois hijas de la castidad!”.  Marina de la Consolación, la mujer que ahora tenía delante, era una de ellas. Sin saber por qué, ese nombre le evocó lugares lejanos y olor a cirios. Recuerda, además, haber quedado sorprendido por su naturalidad y un equilibrio imposible entre la sombra y la luz. Enfoca el objetivo. Dispara. Jamás logró otra fotografía tan perfecta: el óvalo de la cara dando sombra a su cuello, las largas pestañas matizando su mirada y el cabello, ese cabello tan oscuro que caía por su espalda y resaltaba el resplandor de la piel canela… Demasiado bella para ser verdad.

            Una serie de veinte exquisitas fotografías para una exposición que recorrió varias ciudades extranjeras con gran éxito. Belleza, lujo, glamour y la maestría de un fotógrafo profesional hicieron el milagro.

            Los tiempos siguientes fueron de confidencias, de tardes blancas. Ella le habló de la huida de Guinea, del internado de Cabo Verde, de su llegada a Oporto en un carguero, de su intrepidez, seguridad y descaro, de cómo los caprichos se habían convertido en su forma de vida, también de sus costumbres disipadas y sus excesos. Uno de los feligreses del local le costeaba el piso de lujo a cambio de su exclusividad. Cuenta su vida de manera desahogada mientras juguetea con una hebra de cabello entre los labios. Silverio permanece impávido ante cada revelación. Ella, proveniente de un mundo oscuro, simplemente le llama El Fotógrafo, no quiere retener nombres que la comprometan.

            Él, consciente de haber penetrado en un jardín nunca visto, creyó hacer realidad  sus  desordenadas fantasías, asombrado cada día con la posibilidad de ser feliz. Goces furtivos, en los que pronunciaba su nombre, Marina de la Consolación, con los ojos cerrados. Hasta el día en que imaginó una vida en común. Fue como sentirse vivo y al mismo tiempo muerto. En el golpeteo de su corazón notó cómo le iba ganando la cobardía, el vértigo, el miedo al fracaso.

             Ahora, a unos centímetros de distancia sabe que allí no hay más que olvido. El tiempo ha coagulado las palabras, no se atreven a salir pronunciadas, igual que ocurrió  aquella última vez.

             Los dos guardan silencio, pero sus pensamientos se cruzan, entrechocan, se hacen añicos. ¿Cómo ocurrió todo?

            La mujer, vuelto el rostro hacia el exterior, reconoce que está avejentado, pero no irreconocible: guarda la prestancia de su apellido y la elegancia de su esqueleto. Se pregunta por qué no saltó barreras cuando fue al hospital donde estaba ingresada. Es cierto que se negaba a recibir visitas en plena crisis de abstinencia,  no quería ser vista en aquel estado, pero si él hubiera insistido… Lo cierto es que a la salida le buscó con verdadera ansia. Se rebulle en el asiento, le muerden los recuerdos. Se amaban.

            Él, con su cobardía siempre a cuestas, se parapeta detrás del periódico. La mujer desaparece de su campo visual, como si se hubiese obturado el objetivo, como volverla a perder. Se justifica repitiendo que trató de averiguar si su rechazo obedecía a causas que iban más allá de su situación personal. Pero no hubo tiempo para pesquisas. Por aquellos días ya se sentía vigilado. Sabe que es ladrón de una flor que no le pertenece. Tres veces había visto la brasa de un cigarrillo en la oscuridad del callejón del fado, donde toma siempre la última copa. Y, por otra parte, la última discusión les había dejado sin palabras. ¡Estaba todo tan manoseado! Cayeron en la maldición de no tener nada que decirse.

            Veinte años viviendo en otro continente dan para muchas concesiones – reflexiona  Silverio San Román mientras un deje de amargura se instala en su forma de pensar –. Comprendió tarde el significado de los martillazos de la vida. 

            Marina de la Consolación observa la inquietud de las piernas del hombre, sabe lo que significa. La bondad natural es un bien escaso que solo se manifiesta en algunos seres, admite condescendiente, pero no es suficiente, es necesario el coraje.

            El tren reduce la velocidad. Estación de Aguas Santas. La mujer se recompone la blusa, el peinado. Por un instante la agitación brilla en sus pupilas y en las hebras de plata de su pelo. Desciende al andén con paso cansado. Asomado a la ventanilla, el hombre la ve alejarse. En el fondo de su vieja mochila duerme la cámara fotográfica.

             Caminando de espaldas al convoy, Marina saluda a la joven que se aproxima con un bebé en brazos. Su cuerpo se alarga en la sombra de las baldosas y su bolso de viaje adquiere en el suelo la imagen de un oso hormiguero. El pelo, con la luz de la tarde, se convierte en un manto de diminutas estrellas, al tiempo que las esquinas de los vagones forman figuras caprichosas, descompuestas. Fascinado por el fenómeno, siente aumentar el ritmo del pulso en sus muñecas. Un contraluz perfecto. Silverio San Román se olvida del mundo, del siglo en que vive, de sí mismo, de aquel amor que una vez hubo.

             Enfoca el objetivo. Dispara.

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Rosario Martínez

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