A propósito de Ностальгия / Nostalghia / Nostalgia, de Андрей Арсеньевич Тарковский / Andréj Arsén’evič Tarkóvskij / Andréi Arsénievich Tarkovski – Mercedes Jiménez de la Fuente

A propósito de Ностальгия / Nostalghia / Nostalgia, de Андрей Арсеньевич Тарковский / Andréj Arsén’evič Tarkóvskij / Andréi Arsénievich Tarkovski  – Mercedes Jiménez de la Fuente

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A propósito de Ностальгия / Nostalghia / Nostalgia, de Андрей Арсеньевич Тарковский / Andréj Arsén’evič Tarkóvskij / Andréi Arsénievich Tarkovski

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A propósito de Ностальгия / Nostalghia / Nostalgia, de Андрей Арсеньевич Тарковский / Andréj Arsén’evič Tarkóvskij / Andréi Arsénievich Tarkovski

Andrei Tarkovsky es un poeta. Hace poco discutíamos en el Café Montaigne acerca de las metáforas. Viendo el cine de este director cabe preguntarse si se puede crear poesía sin el lenguaje figurado de las metáforas. Las imágenes de sus películas conmueven por su belleza y fuerza evocadora. También destacan por su complejidad y hermetismo. El propio autor señaló que las obras artísticas pueden interpretarse de muchas formas. Después de leer bastantes textos sobre esta cinta y no encontrar en ninguno una explicación satisfactoria, he escrito de un tirón una reflexión sobre Nostalgia, consciente, como dice el personaje principal de esta historia, de que “La poesía es imposible de traducir. Como todo el arte.”

Ya cerca del final de la película, la llamada telefónica de Eugenia (Domiziana Giordano) al poeta ruso Andrei Gorchakov (Oleg Yankovskiy) informándole de que se ha marchado a Roma para ser la novia de un mafioso, es el motivo de que el protagonista cambie de opinión justo en el momento en que estaba a punto de iniciar su viaje de regreso a Rusia.

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El materialismo y la falta de escrúpulos de la bella traductora, la fealdad de un mundo donde ocurren hechos como este, que alguien como ella pueda unirse al más indeseable de los hombres, impulsan a Gorchakov a realizar un último gesto con la finalidad de salvar a la humanidad antes de dejar Italia. Se une así al propósito del apocalíptico general Dominico (Erland Josephson), el “loco” o iluminado de Bagno Vignoni, el pueblo de la Toscana donde termina el viaje iniciado por el escritor siguiendo las huellas de un compositor ruso del siglo XVIII. Dominico le pidió que atravesara la piscina termal de Santa Caterina del balneario de un extremo a otro con una vela en la mano sin que esta se apagara durante el recorrido (como tantas veces se ha dicho, se trata de un impresionante plano secuencia de aproximadamente diez minutos). No es un lugar cualquiera, las fuentes de este espacio termal son curativas, y está cerca de una ruta de peregrinación, la Via Francigena a Roma. Aristócratas y personajes históricos destacados de la Edad Media y el Renacimiento iban a tomar sus aguas. El arte, la trascendencia y la religión se dan la mano en Bagno Vignoni.

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Andrei y Dominico son iguales, podrían ser la misma persona en dos momentos distintos, la madurez y la vejez. Comparten idéntica espiritualidad. Se dejan invadir por los recuerdos de sus respectivos pasados: la tragedia de Dominico, la nostalgia por la dacha familiar de Andrei y la imagen de su madre (en una ensoñación aparece embarazada tumbada en la cama donde él duerme). El poeta está cansado de visitar tantos sitios bellos de la Toscana, ya no le interesa entrar en el monasterio que alberga la Madonna del Parto, de Piero della Francesca, en Monterchi: “Estoy harto de estas imágenes tan hermosas. Quiero otra cosa para mí”, se dice a sí mismo al comienzo de la película.

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Piero della Francesca – Madonna del Parto [1467 – Monterchi – Arezzo – Toscana – Italia]

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Ni siquiera Eugenia, de una belleza renacentista como los lugares que recorren, logra distraerlo de su ensimismamiento. Antes de abandonarlo, la joven explota contra él y lo acusa de no querer ser libre, de ser “el peor de todos los hombres que he conocido”, indignada por su pasividad y apatía: “¿Por qué tienes miedo de todo? No eres libre. Parece que todos tienen deseos de libertad, hablan de libertad, pero si les dieran más libertad no sabrían qué hacer con ella. No la conoces”. Ella, que sí es una mujer independiente y autosuficiente, parece estar enamorada de él y le enfurece su silencio. Él también podría estar interesado en ella; en otra ensoñación situada en unas ruinas inundadas de agua, declara en un delirante monólogo que los sentimientos que no se expresan son los más auténticos: “Por eso son grandiosos, los sentimientos que no son expresados jamás se olvidan”.

Puede estar refiriéndose también a su amor por Rusia, la patria a la que no sabe si podrá volver, alter ego del propio Tarkovsky (no en vano se llaman igual autor y personaje: Andréi), quien realiza esta película en Italia en 1983, tras su exilio, la primera fuera de su país. La vitalidad de Eugenia, su energía, no “casa” con el estado anímico y espiritual del poeta, herido por la nostalgia de un pasado que no puede recuperar. La Rusia de los Andréi (Tarkovsky dedica esta película a su madre) ya no existe, es la de su infancia, una evocación del pasado idealizado, no se puede viajar hacia atrás en el tiempo. Reflejo romántico de su interior es el espacio que rodea a Gorchakov, no la Italia luminosa y radiante sino la de un paisaje lluvioso y gris, con mucha niebla, de tonalidades suaves y sepias, con claroscuros pictóricos, que se diferencian, por otra parte, del blanco y negro más diáfano de los recuerdos. El poeta parece ser insensible a la belleza del país renacentista por antonomasia. Habita dentro de sí mismo, en su pasado, su melancolía y su tristeza.

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Su complicidad y final comunión con Dominico tiene que ver con el rechazo de un mundo deshumanizado en el que no se piensa en los otros. “Una gota y otra gota, hacer una gota más grande, no dos”, le explica el “loco” del pueblo. La casa en ruinas del general es un espacio mágico que adquiere connotaciones cósmicas. Entra el agua por todas partes, no hay paredes, los dos hombres se mueven misteriosamente por sus habitaciones. “Hay que hacer cosas importantes”, “Hay que tener ideas más grandes”, le dice también. En una pared de la vivienda está escrita la fórmula 1+1=1. El Uno de la Unidad primordial. En El eterno retorno, Mircea Eliade explica dos doctrinas de las civilizaciones antiguas: la del eterno retorno, basada en la regeneración periódica del tiempo por la repetición anual de la creación, y la de la existencia de un único ciclo que llega a un fin para después renovarse y empezar de nuevo, un tiempo lineal e irreversible que termina con un apocalipsis y posterior renacimiento de un mundo nuevo. La tragedia de Dominico fue que encerró a su mujer y a sus dos hijos en su casa durante siete años para protegerlos de un cataclismo universal. Cerca del final de la película, su suicidio final ardiendo sobre la estatua de Marco Aurelio después de dirigirse a un público indiferente y autómata, su monólogo de advertencia a la humanidad antes de inmolarse, es un acto apocalíptico y redentor, como el gesto de fe de Gorchakov antes de morir. “Qué clase de mundo es este si un loco les tiene que decir que deben tener vergüenza”, sentencia el general. A ninguno de los dos les gusta la realidad en la que viven, ven la necesidad de un cambio de la humanidad, que ha tomado un rumbo erróneo, quieren salvarla para que haya un mundo nuevo. “Antes era egoísta, quería salvar a mi familia. Hay que salvar al mundo” exclama Dominico. El magnífico perro une a los dos hombres y los dos universos: es el perro de Andrei en Rusia, pero también el de Dominico en Italia; aparece en las escenas más oníricas y forma parte de la imagen final junto al protagonista.

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Andréi evoluciona hacia una mayor espiritualidad durante su estancia en Bagno Vignoni. En cuanto conoce al general muestra un gran interés por él, en cierta manera su discurso aparentemente enloquecido es la respuesta a su insatisfacción y búsqueda. La ensoñación en las ruinas se inicia con la estatua de un ángel medio sumergida en el agua, que advierte del espacio simbólico en el que se introduce (los umbrales, las puertas, el tránsito de un lugar a otro aparecen constantemente en el film); dentro se encuentra a una niña que se llama Ángela, a quien se dirige en un monólogo delirante, borracho de vodka. Le dice que no entiende por qué los italianos compran tantos zapatos, cuando él lleva los mismos desde hace diez años.

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En una de las paredes, aparece la cruz de Malta, símbolo de transformación espiritual, de adquisición de nuevos valores. Fuego y agua están presentes desde el principio, un par de opuestos alquímicos que al final logran la coniunctio junguiana, la hierogamia, en el ritual final del escritor atravesando agónicamente la piscina de Santa Caterina con una vela en la mano. En el plano individual, Gorchakov alcanza el estado de perfección de su alma, muere para renacer integrando lo grande y lo pequeño, la materia y el espíritu, el macrocosmos y el microcosmos, su presente y su pasado, Italia y Rusia, la abadía de San Galgano y la dacha (bellísima y prolongada imagen con que termina Nostalgia). La ecuación del 1+1=1 también puede aludir a la noción metafísica del unus mundi de Jung. Quizá para Tarkovsky, fuera de su país de origen y sin saber si podría volver alguna vez (murió tres años después en París), Nostalgia significó una forma de reconciliación de sus raíces y su nueva situación en el mundo.

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Mercedes Jiménez de la Fuente

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