A Rafael Guardiola Iranzo, «in memoriam» – XXII – Buenas nietzsches, Rafa – XI – Rafael Guardiola Iranzo: el humor y el juego como imperativo categórico – Sebastián Gámez Millán

A Rafael Guardiola Iranzo, «in memoriam» – XXII – Buenas nietzsches, Rafa – XI – Rafael Guardiola Iranzo: el humor y el juego como imperativo categórico – Sebastián Gámez Millán

Overview

A Rafael Guardiola Iranzo, in memoriam – XXII – Buenas nietzsches, Rafa – XI – Rafael Guardiola Iranzo: el humor y el juego como imperativo categórico – Sebastián Gámez Millán

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Imagen de portada de la sección El gabán de Harpo Marx, una de las secciones de Café Montaigne a cargo de Rafael Guardiola Iranzo]

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A Rafael Guardiola Iranzo, in memoriam – XXII

Buenas nietzsches, Rafa – XI

Rafael Guardiola Iranzo: el humor y el juego como imperativo categórico

El 24 de septiembre recibí su última llamada: eran las 16:26 h. y estaba en casa preparándome para dar una clase en el instituto a las 17 h. Le escribí: “Rafa, ¿todo bien?”, pero no recibí respuesta. A las 19:53 h. recibí la llamada de Carmen en la que me comunicaba que Rafa acababa de fallecer. Esa última llamada es ya infinita y a través de ella sigo hablando contigo de las cuestiones que nos ocupaban, de Hermes y de Julia, de Carmen y Esther, de los proyectos inacabados, del libro de la risa que no escribimos, de tus pinturas, de música, de filosofía, de literatura…

Desde febrero de 2025 recibió dos delicadas operaciones y, a pesar de ello y siempre con algún pesar, se ha mantenido sorprendentemente fiel a la cita de los viernes con su tribuna en La Opinión de Málaga, donde ha publicado 75 consecutivas. Aunque Carmen nos contó que antes de ayer, a pesar de tu estado cada vez más débil, mantenías tu inquebrantable voluntad de escribirla y enviarla a través de sus manos, esta mañana he buscado tu última tribuna y no la he encontrado para seguir comentándola contigo. Como en Las mil y una noches, hay vida mientras hay cuento y canto y celebración. Asimismo, en tu primera intervención te dañaron las cuerdas vocales alterando tu seductora voz de presentador o periodista, pero te rebelabas frente a ello escribiendo poemas y recitándolos con tu nueva voz en “La afonía del rapsoda”, de Café Montaigne. Estos gestos revelan a veces mejor la imagen de alguien que toda una biografía, pues en la vida abundan las contingencias, mientras que estos gestos son elecciones (el gamberrismo de Guardiola le llevaría a cambiar la “l” por la letra “r”: el humor, la risa, es su imperativo categórico). 

Elegancia, seriedad, humor, autodominio… Son algunos rasgos característicos de su personalidad. Y, a pesar de su escepticismo, una voluntad edificante que se ha mostrado en su continua labor institucional con la Asociación Andaluza de la Filosofía, de la que eres Presidente de Honor. O las trece Olimpiadas Filosóficas que se han celebrado hasta el momento en Andalucía y que han tenido en Rafael Guardiola Iranzo a su principal embajador, el embajador de la risa con su nariz de payaso roja que rebaja los momentos de gravedad a nuestros excelentes alumnos y nos ayuda a aterrizar, gracias a la comprensión del humor, en las infinitas contingencias de la existencia.

Desde que los conozco escucho a Carmen decir: “Rafael, a ver cuándo escribes y publicas de una vez por fin Memorias de un gilipollas…”. Este libro hasta donde me consta todavía no existe. “¿Qué sería de nosotros sin lo que no existe?” se preguntaba Paul Valéry. Si la obra escrita de Rafael, dispersa en numerosas revistas y recogida parcialmente en un ¿El actual rey de Francia es calvo? Poemas, imágenes, prosas y panfletos (Marbella, Ediciones Algorfa, 2022) y otro libro ya concluido que está aún por ver la luz, no es más extensa, es porque con su distinguida generosidad se entregó a labores institucionales.

De este modo ha ido postergando sus escritos en beneficio de los otros. Y así es traductor de Principium sapientae. Los orígenes del pensamiento filosófico griego (1987), de F. M. Cornford, Madrid, Visor; De la mente y otras materias (1995), de N. Goodman, Madrid, Visor; Los historiadores del arte críticos (2001), Podro, M., Madrid, Antonio Machado Libros; Arte y objetualidad (2004), M. Fried, Madrid, Antonio Machado Libros. Y coautor junto con unos amigos de Los otros. Taller de Filosofía en torno al diálogo platónico Eutifrón (Marbella, Ediciones Algorfa, 2019). Y coeditor de distintos números de la revista ALFA. Y muchas cosas más que no vienen a cuento.

¿Cuáles son, a mi parecer, las principales ingredientes de los escritos de Rafael Guardiola? Si las greguerías de Ramón Gómez de la Serna se componen de metáfora + humor, los “textículos” de Rafael –y el neologismo es fruto de su gamberrismo filosófico– son a su vez otra miscelánea tejida de ciertas dosis de autobiografía, filosofía, poesía, humor y amor. Y no es fortuita la comparación con Gómez de la Serna: Rafael usa con frecuencia la nariz de payaso, que siempre le acompaña y le ayuda a superar su desconocida timidez. Pero estoy seguro de que no le hubiera importado hacer como aquel: dar conferencias en lo alto de un elefante o subido a un trapecio… Detrás de estas aparentes excentricidades, que algunos descalificarán como naderías, late una filosofía más profunda: comprender la vida como un juego.

Tanto en sus acciones como en sus escritos y pinturas me parece identificar una parte apolínea, vinculada con la lógica, el lenguaje y las ciencias, y otra dionisíaca, vinculada con la creación, la poesía, el humor, la picardía, por servirme de la pareja de conceptos de Nietzsche. En realidad, ¿quiénes somos, nuestro inconsciente, que según Freud es la bestia que conduce, a pesar de que el jinete posee la ilusión de dominarla, o bien el yo o la conciencia?

¿Qué tienen en común todas sus acciones, textos, pinturas…? Provienen de alguien que ha adoptado la costumbre de responder al nombre de Rafael Guardiola Iranzo durante casi seis décadas y media. ¿Acaso la identidad no reside en la memoria? Y al mismo tiempo es un autorretrato de él. Al inicio de los Ensayos, Montaigne afirma: “Porque me pinto a mí mismo. Mis defectos se leerán al natural, mis imperfecciones y mi forma genuina en la medida en que la reverencia pública me lo ha permitido. De haber estado entre aquellas naciones que, según dicen, todavía viven bajo la dulce libertad de las primeras leyes de la naturaleza, te aseguro que me hubiera gustado muchísimo pintarme del todo entero y del todo desnudo”. No albergo la menor duda de que este deseo es compartido por Rafael. Y añade el sabio renacentista: “Así, lector, soy yo mismo la materia de mi libro”. Quizá esto vale para cualquier libro, y, en este sentido todo libro es en mayor o menor medida autobiográfico; pero sobre todo vale para quienes saben desnudarse a través de su obra. Tampoco albergo dudas de que Rafael pertenece a esta distinguida y selecta minoría.

Es más, a Rafael le gustaba que le acompañaran en sus creaciones los seres queridos: su padre y su madre, su abuela Araceli, Hermes, Carmen, maestros como Javier Sádaba, amigos como Antonio Sánchez Millán, Juan Ojeda, José Miguel García Formica de Corsi, Jesús Manuel Castillo, Concha Roldán, Javier Echeverría, Antonio Diéguez, Tomás García, José Biedma, José Luis Tricio y muchos otros entre los que tengo el placer de contarme. Es un homenaje, un guiño cómplice y una celebración de su sentido de la amistad y del amor.

En efecto, no hay nada en el universo que no nos suscite pensar, pero en rigor me atrevería a decir que uno no sabe muy bien lo que piensa hasta que logra formularlo, si es que lo alcanza. Y a menudo ni por esas. Se diría que descubrimos lo que pensamos, al menos de forma matizada, no tan balbuciente, escribiéndolo. Y me atrevería a sostener que la originalidad de las imágenes de Rafael, cuyas formas y colores recuerdan por momentos a Francis Bacon, surgen de esta misteriosa manera: sin un fin predeterminado, como si Rafael se abandonara y siguiera el ritmo cautivo de las líneas y poco a poco se desvelara el secreto.

Sí, todos los textículos de Rafael, todos sus poemas en prosa, todas sus pinturas, en definitiva, todas sus obras, componen Memorias de un gilipollas, eso que le pedía Carmen. Pero para quienes hemos gozado de la suerte de conocerlo, son las memorias de un bufón ilustrado que amaba la vida, ejemplar sin pretender serlo, entusiasta de la filosofía y de la creación que lograba contagiar su pasión por ello, a pesar de su escepticismo; que poseía un inagotable sentido del humor y del juego, como mostró en todo momento hasta el fin y más allá, como cuando apareciste en el atáud con tu hermosa cabeza adornada con la nariz de payaso con la que te reconocíamos con una sonrisa detrás del duelo: Eros y Tánatos.

La vida de Rafael es inconcebible sin sus padres, naturalmente, y sin Carmen Marcos: “A Carmen, porque somos mucho más que dos”, escribía en la dedicatoria de su libro. Tengo el privilegio de conocer de cerca esta historia de amor y, contraviniendo a la lógica, puedo asegurar que en determinados y singulares casos, uno + uno son más de dos. “El amor consiste en dos soledades que se protegen, limitan y procuran hacerse felices mutuamente”. Rilke no podía imaginar que cuando escribió estas memorables palabras estaba definiendo la historia de Carmen y Rafael, música y memoria.

La tentación de pensar que te has ido demasiado pronto nos ronda a quienes hemos tenido la inmensa suerte de cruzarnos contigo en la infinita soledad del espacio-tiempo. Pero la naturaleza sigue su curso implacablemente: no hay “accidentes” para ella, cuya lógica, siempre desconocida, nos sobreviene en formas imprevisibles. Quizá tu sentido del humor y del juego, del amor y la amistad, eran maneras de rebelarse ante el silencio y la indiferencia glacial de la naturaleza, modos de dotar de sentido el sin sentido de la existencia. No obstante, ¿quién pretende medir la intensidad y la maravilla de la vida por la duración del tiempo? Gracias por tanto, amigo, gracias por todo.

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Sebastián Gámez Millán

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