Causa de Postismo [Metafísica risueña] – I – José Biedma López
Overview
Causa de Postismo [Metafísica risueña] – I
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Causa de Postismo [Metafísica risueña] – I
“La imaginación es el mono de la inteligencia”
Federico Schiller
(Citado por Carlos Edmundo de Ory,
en “Valor y lógica del Postismo”, 1948)
Como a Michel Fugain y Maurice Vidalin, también me gusta sentirme “caballero de causas perdidas”, aunque no creo que la amistad sea hazaña imposible ni que forme parte de un mundo perdido para siempre. No lo fue para Eduardo Chicharro y para Carlos Edmundo de Ory, ambos dos ajustaron afinidades y proyectos desde que se conocieron en el Café Pombo madrileño, allá por 1944. Se amigaron igualmente con el italiano Silvano Sernesi (1923-2001), refinado y discreto florentino seducido tempranamente por la estética de Marinetti e hijo de banquero [1]. Esa tríada aficionada al ajenjo y a la tertulia tabernaria tiene por principalísima y unánime virtud la risa y liderará la Rebelión de la imaginación del Postismo, esa “locura inventada”, insurgencia moderadamente escandalosa que ambicionaba ser la última vanguardia [2], integración y síntesis de todas ellas, consumación revisionista e irónica de las demás. Por una parte, el postismo retoña flor tardía y efímera en medio de la sosez y cursilería de la cultura nacional-católica durante nuestra miserable posguerra [3], pero por otra parte y prematuramente, a mediados de siglo, anticipará subculturas underground de finales del veinte.
Uno tiene el deber de sentirse dama o caballero de causas perdidas porque uno admira aún el nácar irisado de la cultura crepuscular europea, menos emprendedora que la usamericana, tal vez, pero mejor enraizada. En Usamérica, al caballero de la causa perdida se le llama directamente “perdedor” (loser), el cual se ve condenado al ostracismo o a los opiáceos. Es obvio, sin embargo, que uno sólo debe resucitar “causas” que merezcan penas. Siempre ocasionará aflicción la causa justa, habida cuenta de que Justicia no es precisamente santa predilecta de Naturaleza y las sociedades perfectamente justas sólo anidan en sueños totalitarios de la razón platónica, jesuítica, hegeliana o marxiana.
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Llegué al Postismo desde el arrimo al teatro de Arrabal. Su obra El Triciclo escrita en 1961 representa para mí, antes que un teatro satírico, cruel o del absurdo, la pureza de un teatro elemental, mejor que “pánico” o “furioso” como el del Francisco Nieva; es teatro de candor ejemplarizante y mágico. El caso fue que tuve la osadía de montar El Triciclo con un plantel de alumnos de bachillerato (“La tortuga insaciable”) en un teatro de Villacarrillo y en la plaza del pueblo de Torafe (Ifnatoraf, Jaén) en los años ochenta del siglo pasado. Al gaditano Carlos Edmundo Ory (1923-2010) lo descubrí a finales de esa década gracias al bien documentado libro de Jaume Pont: El Postismo. Un movimiento estético-literario de vanguardia, 1986.
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Era Carlos Edmundo Ory hijo del poeta modernista Eduardo de Ory, amigo de Rubén Darío y de Juan Ramón, al que su paisano José María Pemán consideró “sumo pontífice del Modernismo” en la tacita de plata. El padre de Carlos Edmundo fue también fundador de la Academia Hispanoamericana de Cádiz y de las revistas Azul y Diana. Después de la dolorosa muerte del padre, su hijo publica su poemario Sombras y pájaros que le prologa Pemán [4], porque este reconoce hacia él «cierta debilidad paternal». Una muestra del poema “Quimera” de Ory:
Todo serán tijeras para cortar el tiempo
que se queja de un hondo cansancio sin ventura.
Todo será un latido y un jirón de raíces,
y un gris remordimiento de degollar las horas.
Sus poemarios lucen ilustraciones, porque el postismo aspira a ser un movimiento estético, no sólo literario, sino extensivo a todas las artes. Eduardo Chicharro Briones, hijo del afamado pintor de cámara de Alfonso XIII con el mismo nombre, se había formado como pintor en Italia. Firmará “Chicharro Hijo”. Era 18 años mayor que Ory y será el principal teórico del movimiento con su “verborrea abracadabrante”.
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En seguida me encantó el malditismo comedido y la alegría y atrevimiento experimental del Postismo, sus performances, sus happenings provocadores y su españolización del surrealismo en medio de aquella cultura represora, tremendista, puritana, sosa y cursi de la postguerra. El postismo representa un surrealismo más afecto a lo sencillo y cotidiano, al milagro, enigma y maravilla de lo usual, por eso selecciona el automatismo expresivo, porque busca la belleza, y juega jovial y desenfadado con el lenguaje, no distinguiendo entre palabras sublimes y no sublimes, escogiéndolas por su pura musicalidad en aras del principio de euritmia ¡tan platónico! Por aquellos años, Miguel Mihura y sus colaboradores fundaron La Codorniz (1941-1978) y crearon el estilo “codornicesco” con diálogos de besugos, exageraciones disparatadas, parodias de situaciones comunes, inconveniencias expresadas con rudeza, peregrinas interpretaciones de la realidad cotidiana (tan absurda a veces que no nos damos ni cuenta), con lo que se buscaba una ruptura o superación de la lógica habitual, el dislocamiento de las frases hechas, la distorsión de las convenciones verbales. El postismo tiene también mucho de humorismo, de ese humor apolítico (evasivo, “idiota” en sentido etimológico) que tan bien define Mihura:
“El humor es verle la trampa a todo, darse cuenta de por dónde cojean las cosas; comprender que todo tiene un revés, que todas las cosas pueden ser de otra manera, sin querer por ello que dejen de ser tal como son, porque esto es pecado y pedantería».
Recuerda Eduardo Chicharro (1905-1964) que le enseñó a Ory a «detestar a Lorca y a todo lo que en España apesta a gitanería, a machunguería, a retórica, a podredumbre, a casa de putas y a españolismo, al cacarear sobre Ortega y sobre d’Ors, sobre Maeztu y Zunzunegui”…, también mira atrás para decir que puso al gaditano contra el ultraísmo y el creacionismo (…) y que le inició en sus misterios del surrealismo. Este testimonio de Chicharro suena hoy políticamente incorrecto y es, además, injusto respecto al valor de los poetas, filósofos e intelectuales que cita. Me duele especialmente que arremeta contra Lorca, cuyos Sonetos del amor oscuro nos siguen sonando hoy a honda maravilla, a exaltación genial e intemporal del amor, como el atrevido y rotundo surrealismo de su Poeta en Nueva York. Pero las palabras de Eduardo Chicharro muestran su juvenil rebeldía frente a lo que ya pasaba por culturalmente canónico y reglado en aquellos años cuarenta.
Contra el tópico de las dos Españas, se podría pensar que hay tantas Españas como españoles, incluso “anti-españas” perfectamente españolas. En 1983, José López Rubio dedicó su discurso de ingreso en la Real Academia Española a la cara oculta tras el grupo de poetas consagrados que los manuales denominan “Generación del 27”, la que desfiló bajo el pendón de Góngora. López Rubio reivindicaba a “la otra Generación del 27, la de los renovadores del humor contemporáneo”. Hoy se ha dado visibilidad con justo motivo al grupo de Las Sinsombrero, pero además, eclipsados por el éxito académico de sus coetáneos, existieron y obraron los escritores que nacieron en un lecho burgués, pero se volvieron al margen de toda filiación académica, los que afilaron la comedia española inspirándose en las vanguardias que llegaban de Europa (y no es que Lorca, Alberti o Aleixandre no naciesen también en un “lecho burgués”). Hoy solemos olvidar a aquellos intelectuales que no se exiliaron o que no se comprometieron políticamente con la causa revolucionaria, pero cuya obra no carece por ello de valor e interés: Pemán, Chaves Nogales, Antonio Tovar, Laín Entralgo, Ridruejo [5], Maeztu, Gerardo Diego, Azorín, Eugenio d’Ors, Edgar Neville, Cunqueiro, etc. Tal es el caso de Chicharro y Carlos Edmundo de Ory o de otras figuras de la llamada “Segunda ola del postismo”, a las que luego nos referiremos… Francisco Nieva ha descrito bien aquel ambiente en el que la oposición a la marrullería política del franquismo coaccionaba espesamente a los intelectuales lamentando el exilio de “los mejores”. “Un sentimiento de inferioridad cultural acompañaba entonces a las personas”, las que permanecieron en la península. Pero este no fue el caso de los postistas, descomprometidos de toda actitud política durante su primera ola, se sabían tan inactuales como futurizos. El primer postismo se distanció de todo militantismo oficial o clandestino, por eso “poseía la virtud o defecto de irritar al dogmático vulgarmente alienado, al hombre de partido”, siendo conscientes como Adorno de la irreductible autonomía del arte [6].
Wenceslao Fernández Flórez demostró una clara actitud filopostista, que no extraña viniendo de un humorista que practicaba la sátira bienintencionada y se mostraba sistemáticamente tibio ante cualquier compromiso político. En la revista Postismo (1945), Fernández Flórez trató como decadente el realismo literario y abogó a favor de la imaginación creadora. Por su parte, Eugenio d’Ors tuvo el detalle de relacionar el Postismo con su adorado William Blake en una de sus novísimas glosas, (Arriba, 16 de abril de 1945). Aunque Chicharro Hijo admitió la influencia de Lorca en los romances que compuso con Ory, es común prejuicio de los postistas su fobia hacia el modernismo poético y la propensión a identificar con simpleza la obra de García Lorca con el folclorismo y la gitanería de salón.
El movimiento postista estuvo reducido en sus orígenes al cenáculo de sus tres fundadores: Chicharro, Ory, Sernesi, y a la esposa de Eduardo Chicharro, la pintora italiana Nanda Papiri [7]. Pretendían que su ismo, después de todos los ismos, sirviese como lúdica y alegre interpretación de la sintaxis surrealista recreada “profunda y semiconfusamente”[8] por la exaltación de la Imaginación creadora [9]. Carlos Edmundo cuenta cómo, estimulados por Chirico, Picabía, Max Ernst, Bretón, Tzara o kokosha [sic] miraban luego a los cafés donde se reunía la flor y nata de la intelectualidad hispana y se sentían extrañados, extranjeros en medio de los adoradores de Ramón (Gómez de la Serna) y de Machado (Antonio), mientras escuchaban las discusiones sobre quién era mejor poeta, si Lorca o Alberti. Dado el contexto de un Madrid sometido aún al racionamiento, no sorprende que el movimiento postista fuese recibido con hostilidad y tenido por frívolo. Sus dos revistas financiadas por un préstamo del padre de Sernesi, (director de la banca italiana en España), Postismo y La Cerbatana, no pasaron de un primer número y fueron suspendidas por orden gubernativa en 1945 [10]. El declararse los postistas herederos del surrealismo, estrechamente relacionado en Francia con la izquierda y con el partido comunista, suponía en la España de los cuarenta un auténtico suicidio [11], lo que ocasionó el silencio de la obra de Chicharro y Ory hasta inicios de los setenta. A pesar de la censura, el movimiento sobrevivió, aunque de forma mitigada hasta 1950, perdurando su prioritario compromiso con la libertad artística [12].
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Los tres fundadores escriben al alimón una comedia del absurdo La lámpara (1945). Recordemos que Eugenio Ionesco comenzó su carrera teatral más tarde y no escribió La Cantatrice chauve hasta 1948 [13]. La Lámpara influirá en el Teatro Pánico de Fernando Arrabal y en el Teatro Furioso de Francisco Nieva. Chicharro y Ory publicaron en 1946 una enconada defensa del dios Pan (de ahí el “Pánico” arrabalesco), años antes del Teatro de Arrabal. El Triciclo es tenido precisamente por la obra más postista de Arrabal, donde la policía hace uso de un lenguaje desarticulado e ilógico y donde se explora el mundo e idiolecto de la infancia.
Para Arrabal, como para el postismo, el lenguaje de los personajes infantiles simboliza libertad, bondad, pureza e inocencia en un mundo preformado por la dialéctica de lo prohibido. También participan de un humor tendente a la paradoja, al absurdo y al disparate, opuesto al realismo. A la correspondencia estética entre el teatro arrabalesco y el postismo hay que añadir los poemas que Arrabal publicó en la revista Índice en 1966. Sus sonetos ”Pornografía” y “Alicia en el país de las maravillas” reúnen las características del ludismo lingüístico postista: humor, eufonía musical, juegos de palabras e imaginería onírica que salta de lo sublime a lo grotesco. Léase el de “Alicia…”.
Una niña con faldas en cadena
es mayor su zapato que la casa
la coneja sapienta en el Espasa
y el espejo atraviesa su melena
va creciendo creciendo que da pena
el palacio se pierde con la masa
asambleas de novias mundo pasa
discurriendo doctora en una nena
en el lago se quema el desengaño
telegrama nadando con la nave
el lirón en la taza toma un baño
dirigida la muerte sube y sabe
donde están los espejos sin despojos
saltamontes le saltan de los ojos
En 1984, Francisco Nieva recuerda que “aunque no tuviera casi nada que ver con el grupo, Fernando Arrabal sorprendió en París por algo que, sin duda, el ‘postismo’ hubiera aprobado con cierta complacencia”.
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Carlos Edmundo de Ory publicó en La Cerbatana una comedia breve en dos actos: Historia natural; Chicharro hijo, Ory y Sernesi dieron a la imprenta sólo un par de relatos. La práctica postista generó mayor actividad en la poesía. En este campo, tampoco José Ignacio Aldecoa y Gloria Fuertes fueron ajenos a su influencia. Y hay que tener en cuenta a los autores de la “Segunda ola” del postismo (la ola seria y social): el ciudadrealeño Ángel Crespo (1926-1995), el palentino Gabino-Alejandro Carriedo (Palencia 1923-1981) y el canario Félix Casanova de Ayala (1915-1990).
Frente al estilo ampuloso o retórico de los poetas de moda, garcilasistas o tremendistas, reaccionan los postistas priorizando el humor, el disparate, el absurdo, la locura inventada, poniendo de paso en ridículo algunos de los motivos más queridos del humanismo postbélico, verbigracia el amor conyugal, tan cantado por el grupo de Luis Rosales; o el silencio de Dios, tan angustioso para los vates existencialistas.
Los postistas se muestran irreverentes sin exageraciones, antiburgueses sin partidismos, anticonvencionales y provocativos. Chicharro señalará la afección postista para con la greguería de Ramón [14], humor y síntesis intelectiva de una metáfora visual. Gómez de la Serna celebró los “aerolitos” de Ory, que primero se llamaron “ocurrencias”, pero aunque alguno de esta especie de aforismos pueda pasar por greguería, son en verdad otra cosa, como dice Garmendia, aunque muchos participen también de un propósito lúdico, de la proverbial agudeza ramoniana y de sus asociaciones insospechadas y sorprendentes.
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Llama nuestra atención el gusto por una cierta inocencia y espontaneidad infantil. A pesar de sus primerizas, lúdicas y joviales intenciones, Carlos Edmundo de Ory se aficionará a los escritores pesimistas y a los poetas de la soledad y la muerte. Su literatura no se circunscribirá sólo al postismo. En 1951 fundará con el pintor dominicano Darío Suro otro “ismo”, el Introrrealismo, con el afán de fundir supuestos postistas, expresionistas y existencialistas: el arte “como manifestación de la realidad interna del hombre”. En 1952 Ory amiga en París con el pintor y dramaturgo Francisco Nieva y publica su libro de relatos Kikiriqui-Mangó (1954) [15]. En 1957 Viaja a Perú donde ejerce como profesor de Literatura. Regresado a París en 1958, colabora con diversas revistas y aparecen sus libros Aérolithes (1962, colección de aforismos) [16] y Los sonetos (1964). En 1967 se trasladó definitivamente a Amiens donde ejerció como bibliotecario. En 1970 aparecieron sus relatos en El alfabeto griego, su libro de poemas Música de lobo y su antología Poesía 1945-1969, preparada por Félix Grande. Vuelve a ejercer como profesor de español en la Universidad de Picardía y fallece el 11 de noviembre de 2010 en Thézy-Glimont. Gimferrer lo definió como “funámbulo y asceta”. Lo cierto es que fue “un raro” “un distinto”, o una “causa perdida” según decimos nosotros, que se movió siempre en los márgenes del canon. Su obra acogía todas las heterodoxias y no se casaba ni con tirios ni con troyanos, ni se acomodaba a modas, órdenes o preceptivas.
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El enigma de la personalidad de Ory no dejó indiferente a nadie que la cercara. Apasionado, entusiasta de la palabra, insultante de vitalidad literaria, enamorado de lo misterioso y extraño, de lo inaudito en lo cotidiano, de lo fantástico y paradójico, de lo estrambótico o grotesco, ambicionaba que su obra dejara huella inmortal en la historia del arte, lo que contrasta con la visión minimalista de la vida de Silvano Sernesi, que tras sus tres años postistas en Madrid y vuelto a Italia, se ganó la vida como publicista y directivo de la RAI. En su “Soneto del paranoico”, Ory comienza describiéndose a sí mismo de esta guisa:
Solo en el mundo con mi media oreja
y una cortada flor en el semblante
bajo a la mina honda del diamante
que no tiene raíz ni tiene reja.
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José Biedma López
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Notas al texto
[1] Para Sernesi el postismo fue sobre todo una celebración de amistad y de alegría de vivir. Ernesto Baltar (“Silvano Sernesi, el eslabón perdido del Postismo”) le atribuye al italiano una visión minimalista de la vida y una propensión al disfrute de las pequeñas cosas. Sus aportaciones al movimiento se redujeron a pocos poemas y relatos. Nunca se dio importancia. Se había amistado en Roma con Chicharro Hijo en 1941. Su padre se instaló en Madrid como dirigente de la Banca Nazionale del Lavoro y su hijo Silvano con él en 1943. Se casó con una asturiana, Gloria Piñán. Se licenció en Derecho en 1947, trabajó en publicidad para la RAI, de la que acabó siendo directivo. Buen jugador de bridge, atesoró cuadros de su amigo Chicharro y murió en un accidente de tráfico. Trabajando como publicista, se le ocurrió dar la vuelta a la carrocería de un coche publicitario que así parecía ir marcha atrás a cien kilómetros por hora, performance típicamente postista.
[2] “Vanguardia”, de “avant garde”, los que van delante protegiendo al resto. Si “vanguardia” es avance, adelantamiento, puesta al frente, el “vanguardismo” fue palabra empleada para definir un movimiento intelectual, especialmente literario, que arranca en el XIX con un fin innovador. Bernardo Ortín llega a la conclusión de que las vanguardias se movilizan para atender necesidades básicas del ser humano, necesidades esenciales que el tiempo presente ha olvidado, en “¿La vanguardia mira al futuro o al pasado?” (Jot Down Magazine, nº 49, pgs. 52-56).
[3] “El régimen franquista emprendió, en una empresa sin imposible paralelo, la política cultural más tradicionalista y reaccionaria de los Estados occidentales del siglo XX sin excepción”, Javier Tussell y Gonzalo Álvarez Chillida. Pemán. Un trayecto intelectual desde la extrema derecha hasta la democracia, Planeta, 1998.
[4] Se suele cancelar a Pemán como “intelectual del régimen” (franquista), pero el gaditano supo conservar un aparte de independencia que se acentuó con los años. En los cincuenta practicaba una actitud de apertura cultural y mantenía relación con autores destacados del exilio como León Felipe, Bergamín, Cernuda o Alberti. En el interior apoyó a intelectuales progresistas, de actitud opositora e incluso comunistas como Blas de Otero, Gabriel Celaya, Buero Vallejo o Alfonso Sastre.
[5] A Tovar, Entralgo y Ridruejo podríamos llamarlos, como hace Tussell, “la plana mayor de la intelectualidad azul”. Se ha debatido sobre el carácter aperturista, o incluso liberal, que algunos han atribuido a la revista Escorial durante los primeros años del régimen franquista. José Carlos Mainer ha estudiado como el falangismo fue, en sus orígenes al menos, una protesta juvenil contra el caduco derechismo, influido por el regeneracionismo, por Spengler y por el Ortega de La rebelión de las masas, aunque rechazando de este sus aspectos liberales.
[6] Francisco Nieva, “El ‘postismo’ una vez más”, ABC, 22 julio 1984.
[7] Fernanda Leona Papiri (1911-1999) nació en Ostia. Gran jugadora de póker, de ella dice Nieva que fue “verdadera y milagrosa primitiva” que ya no pintaba en 1950 porque “no tenía ganas”. Su hija Ana Chicharro Papiri murió en 2023, sus restos reposan con los de su madre en el cementerio de Ávila.
[8] Primer Manifiesto Postista, firmado por Chicharro Hijo.
[9] André Bretón quiso ofrecer un fármaco que liberara la imaginación de las leyes de la utilidad: la imaginación “esta sustancia hasta ahora mancillada por la razón” (Cfr. “El oro del tiempo”, nuestras notas a la traducción de El amor loco (UNED, Úbeda 2016).
[10] La editorial Renacimiento ha reeditado sendos facsímiles de ambas revistas.
[11] “El noble suicidio de los distintos” fue propuesta de Georges Bataille en la revista Acephale (nº 3, 1937). Ory insistirá en uno de sus aerolitos en que el gran problema de la filosofía es el suicidio.
[12] “Nada podrá parecer hoy más remoto y extraño que el pensamiento hilvanado por los protagonistas de la vanguardia. Ajenos a la orquestada unanimidad de la opinión, reacios a prolongar las directrices académicas”. Esto escribe hoy mismo Basilio Baltasar en la página 7 del número 49 de Jot Down dedicado a las vanguardias (diciembre 2024). La diferencia es que las directrices académicas dominantes hoy son supuestamente “progresistas”, siendo las de entonces retardatarias y conservadoras.
[13] La cantante calva fue estrenada en 1950 con el título inglés The Bald Soprano.
[14] Los aerolitos de Ory emparentan con la greguería de Gómez de la Serna, “quimeras verbales”, “entes metafóricos”, que deconstruyen o desencajan el lenguaje al modo del cubismo, muy breves, proponen asociaciones raras y formas inéditas de ver las realidades mediante una alquimia poética. La filosofía del aerolito emparenta con la de la greguería: accidentalidad, efimeridad, relatividad. Los hechos mundanos como ilusiones del Velo de Maya (cfr. “Las greguerías de Ramón Gómez de la Serna: deconstrucción y recreación de la realidad”, Revista Gesto, nº 2, marzo 2024, pgs. 44ss.).
[15] La editorial Cátedra, en su colección Letras Hispánicas publicó en 2017 la colección Cuentos sin hadas de Carlos Edmundo de Ory, con un excelente estudio a cargo de José Manuel García Gil. La dedicación de Ory al cuento no fue episódica, sino una constante en el conjunto de su obra.
[16] La Editorial Firmamento ha publicado sus Aerolitos completos, con prólogo de Ignacio F. Garmendia, edición a cargo de Carmen Sánchez y Laure Lachéroy (viuda de Ory, ilustradora de su obra y alma de la Fundación que lleva su nombre). En su contraportada se recoge un elogio de Roberto Bolaño en el que el chileno afirma ser Ory “el gran desconocido de la literatura española de fines del siglo XX”. En sus aerolitos, “descoyunta el idioma, urde neologismos, busca la sorpresa, supedita la lógica a la intuición y la ornamentación verbal al juego de espejos imaginativos” (J. M. Caballero Bonald).
[17] Eduardo Chicharro, Música celestial y otros poemas, Seminarios y Ediciones S. A. Libro que apareció en 1974 coincidiendo con el décimo aniversario de su muerte y en homenaje a su obra, gracias al sufragio de amigos y discípulos de Chicharro, entre ellos Manolo Millares, Francisco Nieva, Antonio Saura, Eusebio Sempere, etc.

