Comprender sin comprender. A propósito de «Petersburgo», de Andréi Biely – Antonio Costa Gómez
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Comprender sin comprender. A propósito de Petersburgo, de Andréi Biely
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Comprender sin comprender. A propósito de Petersburgo, de Andréi Biely
Muchos años después releí Petersburgo.
Biely escribía nervioso, alucinado, con cortes, como si tocara jazz. Aún no se había inventado el jazz, pero él ya lo usaba en literatura. Llevó el nerviosismo y la fiebre más allá de Dostoievski. Convirtió la literatura en un montón de salpicaduras sobre la ciudad alucinada. Pero qué fácil es la comparación, yo también soy gilipollas. Qué coño de jazz, Biely escribía como si estuviera borracho de visiones y palabras, como si quisiera comprender sin comprender, como si todos los diablos lo mordieran.
Escribía de un modo chocante, entrecortado, irónico, desquiciado. Escribía saltándose los períodos y las coherencias. Escribía como si las pesadillas y los tormentos de la ciudad se volvieron locos.
Ya en “La paloma de plata” había inventado un grupo de tipos que vivían en un sueño, que buscaban el misterio espiritual en cada detalle. Y el protagonista se mete en esa atmósfera a través de la cara de una mujer. Es fácil ridiculizar eso, decir que un tipo se mete en un grupo de visionarios para acostarse con la chica. Pero toda la vida es ambigua, y todo resuena en todas partes. Ya su estilo era musical, las palabras bailaban y enseñaban el aura.
Biely estuvo en el simbolismo, como Blok, como el pintor Vrubel. Escribió “Sinfonías” en forma de poemas, supo que la literatura tenía mucho de música. Que como la música escapaba de algún modo y ahondaba.
Pero con Petersburgo cogió todas las sugerencias de la ciudad junto al Neva, de la Rusia de antes, de una Rusia anunciada que nunca sería, de Dostoievski, de Turgueniev, de los expresionistas, de los endemoniados, de los chorros en el Báltico.
Y a mí la novela me coge como el vodka, me emborracha, se me sube por los huesos, me humedece como la lluvia interminable. Volver a leerla fue como tomar otro vodka, como esconderse en Rusia, como anidar bajo la chaqueta de Pushkin. Como mirar todos los significados de Petersburgo, de las ciudades que arden y las que nunca serán, de las que están abrumadas por la lluvia.
Porque no paraba de llover en toda la novela, y eso les daba toda una hondura a los sufrimientos, a las obsesiones, a las confusiones. Rusia quiere romper con el pasado, con las tradiciones que ahogan, con el zarismo, pero no sabe qué será.
Biely me mete en sus conversaciones interminables, en sus acusaciones, en sus confidencias. Acusa a los viejos dioses patriarcales y me hace charlar con hormiguitas endemoniadas en las buhardillas a las que nunca llegan los funcionarios. Me hace charlar con viejas amargadas y con esposas con samovares que desprecian en el fondo a sus maridos.
Los rusos hablan mucho, hablan desenfrenadamente como la lluvia. Porque en el frío toman mucho vodka y las palabras calientan en las tierras del norte. Y se confiesan tantas cosas, aunque esté vigilando Stalin o el zar. La literatura para ellos es el vodka.
(Pensé en escribir una novela sobre mi vida que se titulara Llovía en San Petersburgo. Empezar con esa frase y luego hablar sobre todo de Lugo. También en Lugo llovía mucho y yo iba en gabardina por las cercanías del Museo y también Lugo era muy sugerente. Pero la palabra “San Petersburgo”, al principio, le daría un teñido a todo lo demás. Y soltaría mis amistades con Andréi Biely. Un poco de simbolismo y un poco de vitalismo misterioso. Y yo callaba mucho, pero a veces hablaba desaforadamente como un personaje de Biely).
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Antonio Costa Gómez
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Nota
Andréi Biely. Petersburgo. Traducción de Rafael Cañete Fuillerat. Akal [Clásicos de la Literatura], Madrid, 2018. ISBN: 978-84-460-4548-9.
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