Conversaciones con Séneca – I – El mito de Teseo en la «Fedra» de Séneca – II – Santiago Blanco del Olmo

Conversaciones con Séneca – I – El mito de Teseo en la «Fedra» de Séneca – II – Santiago Blanco del Olmo

Conversaciones con Séneca – I – El mito de Teseo en la Fedra de Séneca – II

***

Fedra, Ippolito e la nutrice [s. I a. D. – Scavi archeologici di Ercolano – Museo Archeologico Nazionale di Napoli – Napoli – Italia] [Source: Carlo Raso – https://www.flickr.com/photos/70125105@N06/43755509581/]

***

Conversaciones con Séneca – I – El mito de Teseo en la Fedra de Séneca – II

En la ciudad, llena de crímenes y fingimiento, se encuentran las moradas de los ricos, que Hipólito desprecia:

“mille non quaerit tegi

diues columnis nec trabes multo insolens

suffigit auro.”

“no busca verse, como un rico, envuelto en mil columnas, ni decora, en su afán de distinguirse, con oro macizo las vigas de su casa.”

(vv. 496-498)

Yo pienso que se trata de una alusión a la Domus Aurea de Nerón y creo que así lo entendían también los espectadores u oyentes de su tiempo.

Tras recordar los beneficios de la caza, el descanso y la relajación que produce sobre los miembros cansados el agua fría del Iliso (¿quién necesita termas?), y la religiosidad de los bosques, (entre los romanos hay más presencia divina en un viejo bosque no cortado que en un templo pétreo) en los versos 510 a 515:

“…iuuat et aut amnis uagi

pressisse ripas, caespite aut nudo leues

duxisse somnos, siue fons largus citas

defundit undas, siue per flores nouos

fugiente dulcis murmurat riuo sonus.”

“…le gusta o pisar las riberas de un riachuelo o conciliar ligeros sueños sobre la hierba desnuda, bien que una fuente derrame con generosidad sus aguas presurosas, bien que suene un dulce murmullo al huir un arroyo entre flores recién abiertas.”

¿Cómo no evocar al oír estos versos frescos, amenos y llenos de aliteración en s que recuerda el correr de las aguas, aquello de Virgilio?:

“hic inter flumina nota

et fontis sacros frigus captabis opacum.”

“Aquí mismo, entre fuentes sagradas y ríos bien conocidos podrás respirar el frescor de la umbría.”

Continúa el joven hablando de coger el alimento de los árboles (“ut prisca gens mortalium”, añadiría yo) y en versos como los que siguen:

“regios luxus procul

est impetus fugisse: sollicito bibunt

auro superbi.”

“ansía huir lejos de los lujos de los reyes: en oro amasado con angustia beben los soberbios.”

(vv. 517-519)

Se nos viene a la mente el “auri sacra fames” virgiliano, en presencia del cadáver del desgraciado Polidoro, y también otras palabras de ese pasaje están cargadas de significado funesto para un romano: “regios” en primer lugar nos recuerda al “rex”, palabra tabú para cualquier romano, aunque no tanto para la teoría política de un estoico, y “superbi”, que nos trae a las mientes al “Superbus” por excelencia, es decir al rey Tarquinio el Soberbio, último rey de Roma.

En los versos 523 y 524:

“non seque multiplici timens

domo recondit.”

“ni se esconde temeroso dentro de una casa laberíntica.”

Pienso que puede volver a aludir a la Domus Aurea. Suetonio en Nerón 31, Tácito en Annales XV 42 y Plinio en XXXIII 54 y XXXV 120 nos han dejado descripciones de la nueva casa de Nerón en la que por fin “podría vivir como un hombre”. El espacio ocupado por la residencia imperial comprendía unas cincuenta hectáreas, es decir, un espacio donde cabría una ciudad entera del tamaño de Caesar Augusta.

Pero también se puede pensar que en una obra en que se hace alusión al linaje de Fedra, ese “multiplici… domo”bien pudiera referirse al laberinto de Creta. Probablemente en la imaginación del espectador las dos posibilidades se le vendrían a la mente y es probable que el poeta esté jugando simultáneamente con ambas, puesto que de la misma manera que el Minotauro evolucionaba por la “casa multiplicada”, así también Nerón en su hiperbólica mansión; parecida ella a un laberinto, parecido él a un monstruo.

Hipólito continuará su exposición recurriendo a otro lugar común tratado frecuentemente por los poetas clásicos: las cuatro edades. Se repasan aquí las ventajas de la Edad de Oro: ¡no había oro!, no había propiedad privada ni barcos ni comercio ni ciudades ni murallas ni armas. La tierra no era ultrajada…hay algo de comunismo y aún de ecologismo en todas estas narraciones. Pero Ira, Lucro, Pasión y Dominio dan al traste con las susodichas descripciones y en breve (verso 544) “pro iure uires esse”.

“la fuerza quedó como ley.”

Entre los versos 550 y 558 enumera Hipólito la degradación que todo ese estado utópico sufrirá y las impiedades que sobrevinieron. Cito:

“inuenit artes bellicus Mauors nouas

et mille formas mortis. Hinc terras cruor

infecit omnis fusus et rubuit mare.

Tum scelera dempto fine per cunctas domos

Iere, nullum caruit exemplo nefas:    

A fratre frater, dextera gnati parens

Cecidit, maritus coniugis ferro iacet

Perimuntque fetus impiae matres suos;

Taceo nouercas: mitius nil est feris.”

“inventó nuevos artificios el belicoso Marte y mil formas de muerte. Desde entonces la sangre derramada tiñó todas las tierras y el mar se puso rojo.

Entonces los crímenes, derribadas las barreras, fueron desfilando por todas las moradas y no hubo impiedad que quedase sin modelo. Cayó el hermano a manos del hermano y el padre bajo la diestra del hijo; yace el marido bajo la espada de la esposa y madres impías destruyen los hijos que ellas mismas han parido. Me callo las madrastras: son una cosa más cruel que las fieras.”

Es imposible no identificar cada una de estas frases con los terribles ejemplos que la historia de las primeras décadas del principado nos ha legado en boca de Tácito y Suetonio. En realidad nuestra impresión, y la de cualquier romano de la época que no viviera en una isla desierta, al contemplar esa parte de la historia de Roma, es que en efecto: “nullum caruit exemplo nefas”. Por nuestra mente desfilan los asesinatos de Germánico, de Gemelo, de Mesalina, de Claudio, de Británico, de Octavia, de Agripina… los incestos de Calígula, de Claudio, posiblemente de Agripina y Nerón… Nuevamente la palabra “nouercas” al final hace referencia, por supuesto, a Fedra, pero, ante todo,a Agripina.

*

Pierre-Narcisse Guérin – Phèdre et Hippolyte [ca. 1800 – Esquisse – Musée du Louvre – Paris – France]

*

En fin, Hipólito sigue su exposición enumerando los crímenes de las mujeres y acaba profiriendo algunos impossibilia. Aquí se nos hace ciertamente antipático. Denomina a la mujer “dux malorum” y se jacta de que, por haber perdido a su madre, ya puede detestar a todas las mujeres. Este radicalismo de que hace gala el joven al final de su discurso le hace perder la razón, “est modus in rebus”; y esta postura exagerada rompe la medida de lo aceptable y le hace merecedor de una venganza divina.

Mientras tanto, Fedra, que asistía a esta logomaquia en silencio, se desmaya, y a ella acude solícito su hijastro para cogerla en sus brazos.

En estos versos lo más interesante es que Fedra, que oscilaba hasta hacía poco tiempo entre razón y pasión, se determina finalmente e inclinada hacia esta última, inicia el asedio a la fortaleza.

Y aquí asistimos a lo más hermoso de la obra senecana. Es cierto que las exposiciones anteriores adolecían de excesiva extensión y de tópicos archiconocidos, se nos hacen largas. En ellas se contraponen dos linajes y dos dioses opuestos: las amazonas por parte del joven y su patrona Diana, y la casa de Pasifae relacionada con el Sol y odiada de Venus.

Ahora hablan dos personas, una mujer decidida que sabe lo que quiere y va a luchar por ello sin necesidad de intermediarios (sean estos cartas o celestinas) y un joven. Aquí difiere especialmente de la Heroida IV de Ovidio y por supuesto de la tragedia Hipólito que nos ha quedado. Sabido es que la primera versión de Eurípides de la que no tenemos nada supuso un escándalo entre la sociedad de su tiempo, pues presentaba a Fedra declarando su amor directamente a su hijastro. La sociedad romana del siglo primero de nuestra era estaba mejor preparada para aceptar el papel de Fedra, es decir, de una mujer que libremente declara su amor a un hombre del que está enamorada que la ateniense de cinco siglos atrás.

En Roma la generalización del matrimonio sine manu había otorgado cierta libertad económica y un algo de independencia a algunas mujeres acomodadas que vivían preferentemente en las ciudades. El derecho romano se había ido flexibilizando paulatinamente en comparación con aquel que procedía de la República.

Había además ejemplos de mujeres poderosas, ambiciosas y hasta maquiavélicas que habían regido los destinos del imperio de manera más o menos indirecta, por ejemplo Livia y Agripina, aunque no solo.

Las leyes ultraconservadoras promovidas por Augusto, me refiero a la “de maritandis ordinibus” y “de adulteriis”, no fueron respetadas ni siquiera por las mujeres de la propia familia imperial.

Aclaremos aquí, de paso, que el conservadurismo de griegos y romanos con respecto al papel de la mujer en la sociedad se ha reflejado en textos de carácter misógino en ocasiones a lo largo de toda la Antigüedad. Las mujeres eran casadas siendo niñas con hombres mayores que ellas a los que normalmente no conocían.

Pensemos que es muy posible que el Hipólito de nuestro mito tuviera la misma edad que Fedra. Las mujeres pasaban de la infancia a la madurez sin solución de continuidad.

Por otro lado todo el mundo sabía que el matrimonio no tenía nada que ver con el amor, aunque podía darse que hubiera matrimonios bien avenidos e incluso enamorados. Dejando de lado la musa homoerótica, la poesía amorosa de la Antigua Roma estaba dirigida o bien a la mujer casada o bien a la cortesana. Esto era algo evidentemente hostil a la institución social del matrimonio, pero permitido. Lo que nunca llevó bien ni sufrió la Antigüedad fue que fuera la mujer quien tomara la iniciativa y expresara sus sentimientos con libertad. Citaré al historiador Salustio que en de coniuratione Catilinae XXV nos hace una descripción de Sempronia, de la que tras una larga serie de maldades acaba diciendo: ”lubido sic accensa ut saepius peteret uiros quam peteretur”, en castellano:”tan encendida de lujuria que con más frecuencia solicitaba a los hombres que era solicitada”. También nos viene a la mente, en este sentido, el ejemplo de Clodia, la Lesbia que tanto hizo sufrir a Catulo.

La forma en que los escritores romanos del siglo I y II de Cristo igualan a la mujer con el hombre se da siempre en aspectos negativos del comportamiento humano, o al menos trágicos. En la Fedra de Séneca la protagonista se suicida con la espada, a la manera de los varones nobles. En Juvenal, sátira VI vs 281-84, una mujer casada es sorprendida por su marido in flagranti haciendo el amor con otro hombre en su casa, y ésta, echándole flema a la situación, y sangre fría, exclama:

  “Olim conuenerat, inquit,

ut faceres tu quod uelles, nec non ego possem

indulgere mihi. Clames licet et mare caelo

confundas, homo sum.”

“En su momento habíamos acordado”, dice ella,” que tú hicieses lo que te diera la gana, y que yo a mi vez pudiese darme algún gusto. Por más que grites y revuelvas el mar con el cielo, soy un ser humano.”

Triste es que la primera vez que una mujer en toda la literatura romana diga “soy un ser humano” sea en esta ridícula sátira; con todo, es un principio. Antes fueron Eurípides, Aristófanes y Platón entre los griegos quienes meditaron sobre las mujeres.

*

*

El primero se mostró asaz realista en su Medea, aunque no sólo; el segundo, más cercano de Juvenal, planteó no más que una bufonada en sus Asambleístas; el último de esta serie profiere unos asertos inimaginables para su tiempo en República V 455, mas se trata de política utópica.

Pues bien, asistimos aquí a una declaración de amor de una mujer enamorada a un hombre joven y hermoso, una de las más sutiles y bellas declaraciones de amor de la literatura latina.

Ante la curiosidad del ingenuo mozo por saber qué le ocurre a su madrastra, ésta dice en v. 607:

“Curae leues loquuntur, ingentes stupent.”

A continuación reproduzco la traducción de Jesús Luque Moreno: “las preocupaciones ligeras suelen hablar, las excesivas quedan mudas.” La ambigüedad de la palabra latina “curae” nos priva en español de parte del significado original, recordemos: preocupaciones y cuitas de amor. Es difícil en efecto decir algo verdaderamente importante cuando sentimos la pasión presente en nosotros. Con relación a esto Nietzsche decía: “Aquello para lo que podemos encontrar palabras es algo ya muerto en nuestros corazones; hay siempre una especie de desprecio en el acto de hablar.”

Pero Fedra va a hablar. Primeramente rechaza la palabra “mater” de que usa Hipólito y le pide que la llame “soror” o “famula”, palabras ambas de tradición erótica. Luego pronuncia los siguientes versos:

“omne seruitium feram.

Non me per altas ire si iubeas niues

Pigeat gelatis ingredi Pindi iugis;

Non, si per ignes ire et infesta agmina,

Cuncter paratis ensibus pectus dare.”

“estoy dispuesto a soportar todo tipo de esclavitud. No me pesaría, aun cuando me ordenaras ir a través de la alta nieva, adentrarme en las heladas cumbres del Pindo. Si me mandaras caminar por medio del fuego y de las filas de un ejército enemigo, no vacilaría en ofrecer mi pecho a las espadas amenazadoras.”

(vv. 612 y ss.)

Se ofrece como una sierva a seguirle ya por montañas nevadas, ya incluso a la guerra. Vayamos a Virgilio: Bucólica X 22:

“… tua cura Lycoris

perque niues alium perque horrida castra secuta est.”

“Lícoris, ella, tu amor, a otro sigue por nieves y por campamentos.”

 Y verso 47 y ss:

“Alpinas- a dura!- niues et frigora Rheni

me sine sola uides. A, te ne frigora laedant.

A, tibi ne teneras glacies secet aspera plantas.”

“¡Ah despiadada! Las nieves alpinas y el Rin con sus fríos sola, sin mí, estás mirando. ¡Que el frío no llegue a dañarte! ¡Ah, no te corte las plantas tan tiernas el áspero hielo!”

Fedra se considera viuda y pide a su hijastro que tenga piedad de ella y gobierne junto a ella. Él niega que su padre haya muerto. Ella dice que nadie ha regresado del reino de Hades. Él confía en la vuelta de su padre, pero (todavía no se da cuenta de nada) se ofrece a suplir a su padre junto a ella:

“et te merebor esse ne uiduam putes

ac tibi parentis ipse supplebo locum.”

“… y en cuanto a ti, me comportaré de forma que no te consideres viuda y ocuparé yo mismo el puesto de mi padre.”

(vv. 632 y 633)

El adolescente no sabe de la ambigüedad de sus propias palabras y a ella le da un salto el corazón. Ante la turbación de Fedra, Hipólito le pide que hable claro:

“effare aperte”

“¡Habla abiertamente!”

(v. 640)

Ella finalmente describe la belleza del joven a un desprevenido Hipólito que creía, más bien, que ella sentía nostalgia de su padre Teseo. Termina diciendo:

 “miserere amantis”

“Ten piedad de una enamorada.”

(v. 671)

En las últimas palabras Fedra hace referencia a su hermana , ya catasterizada:

 “te, te, soror, quacumque siderei poli

in parte fulges…”)

“A ti, a ti, hermana, en cualquier parte que brilles del cielo estrellado.”

(v. 663)

Hipólito se escandaliza y le dice que es peor que Medea. Ella aguanta los insultos y presa de una pasión desbordada se postra ante él. Él saca la espada y, cogiéndola por la cabellera, está a punto de sacrificarla a Diana como una res. Ella le pide morir a sus manos. Él la deja vivir y huye pensando que ha de purificarse y no sabe cómo.

La nodriza, que estaba presente, le dice a Fedra que hay que actuar con celeridad y acusarle de violación, queda la espada abandonada por el supuesto violador como prueba, el aspecto lamentable y la melena desordenada de Fedra y ahora, a los gritos de la nodriza, un número importante de ciudadanos atenienses que servirán de testigos de esta acusación falsa.

Tras el canto del coro se presenta Teseo por vez primera en escena: pálido y sucio. Es el verso 835.

Teseo es ya un hombre mayor, que ha pasado los últimos años preso en el infierno y que ha sido liberado por Hércules, que había bajado cumpliendo órdenes de Euristeo para secuestrar al can Cérbero. Allí quedó para siempre el osado Pirítoo.

***

Santiago Blanco del Olmo

About Author