Eros y Tánatos en la cultura occidental – Entrevista a David Pujante – Sebastián Gámez Millán

Eros y Tánatos en la cultura occidental – Entrevista a David Pujante – Sebastián Gámez Millán

Eros y Tánatos en la cultura occidental

Entrevista de Sebastián Gámez Millán a David Pujante 

 

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David Pujante

 

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“El amor es el sentimiento primordial y se vive plenamente también en su aspecto destructivo”.

 

Premio Dámaso Alonso (2018) a su trayectoria académica y poética, David Pujante es Catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad de Valladolid. Es un humanista que se mueve con destreza en diferentes campos (retórica, poesía, traducción, teoría literaria y antropológica) que tienen en común el poder de la palabra para constituirnos en lo que somos: por un lado, es una reconocida autoridad en estudios de retórica, sobre lo que ha publicado El hijo de la persuasión. Quintiliano y el estatuto retórico (1996 y reedición ampliada en 1999), Un vino generoso. Sobre el nacimiento de la estética nietzscheana: 1871-1873 (1997) o Manual de Retórica (2003). Como poeta es autor de siete poemarios, entre los que mencionaremos los dos últimos: Animales despiertos (2017) y El sueño de una sombra (2019). Por otra parte, ha traducido a Pessoa y August Von Platen. Asimismo, ha escrito estudios sobre otros poetas, como De lo literario a lo poético en Juan Ramón Jiménez (1988) o Belleza mojada. La escritura poética de Francisco Brines (2004). Su última investigación publicada, en la línea del estudio sobre el que le entrevistamos hoy, es Oráculo de tristezas. La melancolía en su historia cultural (2019).

Entrevistamos al profesor y poeta David Pujante a propósito de su densa y extensa investigación acerca de Eros y Tánatos en la cultura Occidental. Un estudio de tematología comparatista (Barcelona, Calambur, 2017) [1], un amplio y detallado recorrido por la evolución del misterioso vínculo erótico-tanático en la historia de Occidente a través de los discursos culturales desde una perspectiva interdisciplinar (poesía, teatro, novela, música, pintura, arte, teoría de la literatura, filología, filosofía, antropología, psicología).

SGM: Como detrás de la razón casi siempre anda la vida (el racio-vitalismo de Ortega y Gasset), imagino que, como diría aquel en otro contexto, “yo no te hubiera buscado si previamente no te hubiese encontrado”. ¿Qué le motivó esta densa y extensa investigación acerca de este tema?

DP: Durante muchos años, desde que gané mi plaza en la Universidad de Valladolid, me ocupé de la asignatura Literaturas Comparadas, una asignatura de 5º curso de la titulación de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. La denominación de la asignatura lo permitía todo, y yo decidí iniciar mis clases con un curso sobre la melancolía en Occidente. Gustó el planteamiento a los alumnos y decidí seguir haciendo tematología comparatista. Cada dos años cambié el programa, con cursos sobre la amistad, sobre eros y tánatos, sobre el mal o sobre la melancolía, que, como he comentado, fue el tema-inicio de estos cursos. Algunos de aquellos cursos tuvieron especial audiencia, asistían oyentes de dentro y de fuera de la universidad, y se me pidió repetirlos en ocasiones. Uno de los de mayor repercusión fue el de eros y tánatos, que acabó convirtiéndose en libro después de una investigación de casi quince años.

SGM: Filósofos como David Hume en La norma del gusto, y teóricos de la literatura y el arte como George Steiner en “¿Qué es la literatura comparada?” han fundamentado y argumentado el ejercicio comparatista. En ciencias sociales o humanas, ¿se puede conocer sin comparar?

DP: No podemos conformarnos con los fenómenos sin más. Demandan comprensión. El discurso interpretativo une los acontecimientos y les da significado. Unos cursos sobre literatura o literatura comparada como inventario de datos sería una aberración. Podemos tener información abundante en el cerebro, pero si no unimos los elementos y les damos un sentido, se quedan ahí, como bolas en una caja de madera, chocando unas con otras, sin más. Es lo que sucede cuando acumulamos memorísticamente elementos pero no damos el paso siguiente, hacia la comprensión. ¿Qué valor tiene una lista de comedias de capa y espada de Lope de Vega? Quizás valga para presentarse a un concurso de televisión. ¿A qué nos conduce una comparativa de personajes entre comedias españolas y francesas de un periodo de la literatura? La posesión de datos en la memoria es algo básico, pero no vale quedarse ahí. La función de la memoria es tener presentes en la cabeza los datos necesarios para una organización significativa de los mismos. Construimos así (en la relación entre elementos, en la comparación y jerarquización, en el ordenamiento) un discurso de aprendizaje, dando el salto de los acontecimientos a su significación: la construcción de hechos, como diría Hayden White. Es lo que sucede en literatura comparada. Hay que leer mucho, tener muy presente todo lo leído, meditar sobre sus relaciones y optar por un entendimiento personal de todo eso. Quizás sea una de las disciplinas más complicadas, pues no basta con conocer unas teorías y aplicarlas. Requiere el comparatismo literario mucha lectura de base, realizada a lo largo de muchos años.

SGM: Al comienzo de su estudio encontramos una reflexión acerca del alcance y los límites del método tematológico comparatista. ¿Qué aspectos resalta de este método y por qué razones?

DP: Yo no puedo entender el comparatismo literario exclusivamente como el de una literatura con otra u otras literaturas. Pienso que la literatura comparada debe entenderse como la comparación interpretativa, y dialéctica, del discurso literario con otros discursos culturales, distintos pero complementarios: porque cada literatura fructifica en el pensamiento y las realizaciones del arte, de la ciencia, de la política, de la ética de un tiempo y un lugar. Por supuesto sin echar en saco roto la complicación no pequeña que representa el intento de realizar este tipo de comparatismo literario interdiscursivo en una línea diacrónica, tal y como yo lo practico.

Otro elemento importante para mí a la hora de hacer literatura comparada es la rehumanización en los planteamientos, después de años de pretendido cientificismo teórico y de alejamiento entre el texto literario y el ser humano. Para mí un estudio literario no tiene verdadero peso si en el centro no se instala el ser humano, si la experiencia literaria (lectora y crítica) no sirve al ser humano para una mayor comprensión de sí mismo. La nueva literatura comparada, con sus planteamientos sociológicos, con sus intentos por plantear reflexivamente los conflictos sociales que refleja la literatura (colonialismo, nacionalismo), por reformular los roles humanos (feminismo, teorías de género), instala en el centro del estudio literario la relación literatura y vida. El material de mis comparaciones literarias es siempre algo básico de la experiencia humana, nunca algo anecdótico o para juegos de erudición (creo que hay que huir de temas como los gatos en la Pardo Bazán o la aparición en la literatura francesa del siglo XVIII de Orlando). Los temas que elijo siempre son mitos, en el sentido nietzscheano, quien opinaba que, carente de mito, toda cultura pierde la sana fecundidad de su energía nativa.

SGM: Usted recuerda la reflexión en que Goethe, el 31 de enero de 1827, presiente que carece de sentido hablar de literatura nacional, que llega la época de la Weltliteratur (literatura universal). Si no me equivoco, uno de sus maestros, el reconocido crítico Antonio García Berrio también reivindicó la universalidad de la literatura como la cualidad artística más elevada de este arte. Más recientemente lo han hecho Harold Bloom en El canon Occidental y Tzvetan Todorov. Con el auge de los nacionalismos, en España y en Europa, ¿en qué sentido cabe hablar de “literatura universal”?

DP: En el sentido borgiano, el del ensayito titulado “La flor de Coleridge”. El ser humano se agranda en lo que le es común y se empequeñece en lo localista diferenciador (que por otra parte crea los conflictos y los odios). El ensayo de Borges, un precioso ensayito de literatura comparada, utiliza la comparación para abolir los elementos dispares y conducirnos hacia la comprensión de la identidad: todos los autores son un autor. Para Borges, carece de sentido una erudición de las diferencias.

La comparación tiene su lúcida razón de ser en el hecho de comprender que todas las manifestaciones literarias están abocadas a la unidad, son fragmentos de una sola manifestación: el espíritu del hombre. Aunque evidentemente comprender la identidad no debe llevarnos al prejuicio de asimilarnos (desde nuestra perspectiva) lo de los otros, desdeñando la disparidad. Por poner un ejemplo cargado de polémica: es un prejuicio muy arraigado en las religiones comparadas el desatender lo otro, lo singular, en beneficio de lo común.

SGM: ¿En qué momento de la cultura griega aparecen huellas del vínculo indisoluble entre Eros y Tánatos? ¿Qué obra literaria y/o autor de esta época destaca?

DP: En el libro yo me retrotraigo al misterioso Trono de Boston, una pieza artística originaria del sur de la Italia del siglo V a. de C., que tiene una extraña figura que nos permite iniciar con fuerza y fundamento nuestras pesquisas. Luego hablo de hitos tan importantes como los himnos homéricos, la tragedia antigua o la gran obra poética de Safo.

SGM: Con la expansión del cristianismo se rompe el vínculo entre Eros y Tánatos. ¿Podría explicarnos por qué y si afecta todavía en nuestros días?

DP: El planteamiento básico del cristianismo es el amor a todos (“porque de tal manera amó Dios al mundo, que mandó a su hijo unigénito” para redención de los pecados). La agápê (entendida como amor universal) sustituye al previo y más carnal término eros (los aspectos carnales, naturales de eros, como principio biófilo, se ensombrecen de pecado), lo que conduce a la desnaturalización de una de las dos fuerzas del tándem Eros-Tánatos, y a la problemática disociación de la relación entre ambas, durante muchos siglos en Occidente. En nuestros días sigue mostrándose esa disociación en quienes se rigen por los mismos principios que el cristianismo impulsó. Con las viejas religiones mediterráneas, las diosas madre representaban la unión de ambos principios: eran diosas de la fecundidad y diosas de los ínferos. Manifestación sagrada del ciclo de la Naturaleza.

SGM: Otro momento decisivo de la evolución de estos impulsos es “el amor cortés”, al que el filósofo Denis de Rougemont, al igual que usted, considera esencial. ¿Podría explicar por qué es tan relevante y en qué medida perduran vestigios de esta concepción?

DP: La historia de Occidente en este aspecto, tras el triunfo desnaturalizador del cristianismo, ha sido una constante necesidad de reintegrar las dos caras de la moneda; la necesidad de restañar, manifestar, representaren el discurso cultural humano (artístico o no) el nudo erótico-tanático que entraña ser en la vida: mantenerse en ella y a la vez asumir que la muerte es el límite natural de la lucha por la vida. Durante los siglos del desequilibrio, de claro triunfo del cristianismo, afloran movimientos alternativos (no necesariamente ajenos al cristianismo) en pro de una solución. A lo largo de la extendida Edad Media, lo son ciertas manifestaciones del amor monástico o cierta mística carnal (movimiento de las beguinas), que pronto serán, sin embargo, silenciados por la ortodoxia. Quizás el movimiento trovadoresco constituya la última manifestación medieval que intenta dicha armonía, y casi con toda certeza haya que relacionar esta manifestación literaria con un movimiento más global, religioso y social, el que dio origen al catarismo.

SGM: En el llamado Siglo de Oro de la poesía y el teatro, ¿a qué poeta y dramaturgo elige para ilustrar lo erótico-tanático?

DP: Los siglos de oro de la poesía occidental coinciden con una idealización de la mujer (la donna angelicata) que no favorece la propuesta que venía de los trovadores y el amor pasión. Los poetas renacentistas de tendencia neoplatónica no acaban de solucionar la ambigüedad que representa amar la belleza espiritual en personas de carne y hueso, cuya carnalidad es el primer objeto de su apasionamiento amoroso, pero a la que se niegan. Fantasmales son Beatriz, Laura o Isabel Freyre.

Tampoco los filósofos y escritores divergentes, los de la reacción naturalista contra los teorizantes neoplatónicos sobre el amor, lograron proporcionar una síntesis. Quizás John Donne, uno de los poetas ingleses de finales del siglo XVI y principios del XVII, revalorizado en el siglo XX como uno de los grandes poetas ingleses de todos los tiempos, fuera quien consiguiera en algunos momentos de su poesía la anhelada síntesis.

Respecto al teatro, habría que remitirse a las grandes tragedias de los grandes siglos del teatro, especialmente a Shakespeare.

SGM: Durante el racionalismo del siglo XVIII quizá sobresale en estas cuestiones el controvertido Marqués de Sade, recuperado en el siglo XX por pensadores como Georges Bataille y Roland Barthes. ¿Podría resumirnos la postura del divino marqués?

DP: Los siglos del racionalismo tampoco propiciaron la unión erótico-tanática. Seguían diferenciando claramente razón de pasión. En cuanto al particular caso de Sade, podemos decir que se desentiende, desde el primer momento, de la relación del eros con la procreación. Ese aspecto lo separa ya de cualquier relación no solo religiosa cristiana sino con cualquier pensamiento que relaciona Eros con fertilidad. Recordemos que fertilidad es vida, y vida se relaciona naturalmente con muerte, en ese misterioso nudo que recorre tantas manifestaciones religiosas, filosóficas, literarias, artísticas del hombre occidental. Sade se empeña en eliminar el elemento vital del eros. Pronto vemos, con su lectura, que introduce a los lectores de su mundo en el ámbito del dolor, de la negatividad, de la muerte.

SGM: El Romanticismo restablece el vínculo erótico-tanático. ¿A qué factores se debe? ¿Qué obra escoge para ilustrar la concepción de este movimiento?

DP: Con el romanticismo llegó el momento, en la historia de nuestra civilización, de iniciar el regreso a la completud de los orígenes, férreamente negada por el poder omnímodo del cristianismo y del racionalismo. Con la subordinación de la razón a las pasiones, y con el hecho de colocarse la fe derivada del sentimiento en la base de todo conocimiento, el romanticismo cubre fácilmente todo el espectro social. El amor es el sentimiento primordial y se vive plenamente, hasta las últimas consecuencias, también en su aspecto destructivo. Nos dice Muschg: “Tiene afinidad con la muerte, impulsa a los poseídos por él a extinguirse y disolverse en otro ser”. Para los románticos está claro que el hombre que ama se sale de todas las jurisdicciones. El ser enamorado es una forma superior de ser; y las obligaciones del enamorado, como ser superior, anulan las otras obligaciones de la moral común. Con este planteamiento el hombre romántico entronca con la Edad Media, con el momento final, culminante, del amor cortés.

Interesa a nuestro tema fundamentalmente la relación que se establece entre Naturaleza y Eros en el romanticismo, con un entendimiento de la Naturaleza que representa el regreso de la diosa madre. Se resume en las palabras que dedica Rousseau a la Naturaleza en las Confesiones, similares a las de Worsdwoth en su Preludio: “¡Oh Naturaleza; oh madre mía!”. A mí me parece especialmente ilustrativo de todo esto el cuento de Tieck El Runenberg.

SGM: Posiblemente sea Freud el principal reformulador de lo erótico-tanático en el siglo XX. ¿A qué razones se debe?

DP: Puedo decir que la genial intuición que relacionó, en los trabajos de última hora de Freud, a Eros y Tánatos como dos fuerzas contrapuestas pero inseparables, actuando conflictiva y confrontadamente en el interior del hombre, fuerzas básicas a la hora de entender su conducta tanto individual como social, ha sido la que me ha permitido, haciendo un flash back reflexivo-interpretativo, reconocer sus prefiguraciones a lo largo de las distintas manifestaciones literarias y artísticas de la historia de la cultura occidental.

SGM: Casi por la misma época de Freud, Proust descubre por medio de la novela –una de las relevantes del siglo XX, En busca del tiempo perdido– aspectos de la condición humana que estaba exponiendo el psicoanálisis, no sin polémicas, como que la sexualidad, desde el nacimiento, es “perversa y polimorfa”. ¿Cuáles son, a su juicio, las ideas más memorables de Proust respecto a Eros y Tánatos?

DP: Yo dedico un amplio espacio a la obra de Proust, que leí desde muy jovencito y que me ha seguido marcando desde entonces. Proust fue un fascinante narrador de su propio mundo, del mundo que conoció y que analizó con una minucia de observación y una brillantez psicológica que lo hace único en su especie. No sé, por tanto, si En busca del tiempo perdido debe denominarse novela. Dejando al margen este problema de género, podemos decir que la larga lista de amores que encontramos en la obra de Proust son amores que se corresponden con el esquema inaugurado por el relato de Tristán e Isolda, es decir amores pasionales, con el claro esquema del incentivo que proporcionan las dificultades sociales para que tales amores se puedan llevar a buen término. Pero Proust hace objeto de su obra los silencios de Tristán. Desarrolla minuciosamente, con su técnica del tiempo atemperado (tempo lento), la psicología tristanesca.

SGM: De otros grandes novelistas del siglo XX, como Thomas Mann, Robert Musil, Nobokov… ¿Con cuál se queda a la hora de esclarecer estos impulsos erótico-tanáticos?

DP: Toda la narrativa amorosa europea, según Rougemont, es una y la misma novela siempre, pues es una única pasión la que dicta las mismas peripecias en todos los tiempos desde la epifanía del arquetipo de la pasión en la época trovadoresca con la novela de Tristán e Isolda. Podemos, por tanto, recurrir a Mann, a Musil, a Nabokov, indistintamente.

SGM: En su investigación se ocupa también, y es otro de los aciertos y méritos de su trabajo, de cómo se ha tratado este asunto en otras manifestaciones artísticas (música, pintura, cine…). ¿Qué obras elige de cada una de estas modalidades artísticas a fin de abordar lo erótico-tanático?

DP: Basta echarle un vistazo al amplio índice del libro. Por razones de espacio quedó mucho material fuera, que me habría gustado incluir y sobre el que había trabajado y meditado durante años. Creo que una literatura comparada no lo es sin comparar las obras literarias con los demás discursos culturales que surgen paralelamente. Por tanto he incluido algo de cine, importantes referencias a artes plásticas y muy especialmente una de mis grandes pasiones, que es la música. Creo que sin hablar del Tristán e Isolda de Wagner o de las litografías de Orígenes de Odilon Redon la propuesta no habría quedado igual de sólidamente configurada.

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Entrevista realizada por Sebastián Gámez Millán

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Nota 

  1. David Pujante. Eros y Tánatos en la cultura Occidental. Un estudio de tematología comparatista. Calambur Editorial, Barcelona, 2017. ISBN: 978-84-8359-402-5.
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