Diomedes o el síndrome del Vietnam – III – Santiago Blanco del Olmo
Overview
Diomedes o el síndrome del Vietnam – III
***

***
Diomedes o el síndrome del Vietnam – III
TRASTORNO DE ESTRÉS POSTRAUMÁTICO
En el año 1974 el psiquiatra estadounidense Jonathan Shay publicaba una obra titulada Achilles in Vietnam (no me consta que haya sido traducida al español) en la que, como consecuencia de su trabajo con miles de excombatientes de la guerra del Vietnam que padecían trauma de combate, llegó a diagnosticar la enfermedad cuyo epígrafe corona este apartado y a establecer su sintomatología. Parece ser que unos trescientos mil soldados veteranos del Vietnam y que sufrieron experiencia de combate, tuvieron dificultades para rehacer su vida con normalidad después del regreso a casa desde el país asiático. Se cernieron sobre aquellos soldados todos los males de la caja de Pandora: inadaptación, cárcel, divorcios, pérdida de empleo, alcoholismo, drogas, delincuencia y suicidio. En el proceso estudiado por Shay se podía encontrar un hilo conductor, una secuencia de elementos que se iban escalonando en la experiencia de estos soldados en mayor o menor medida y que podían producir daños irreversibles, empezando por:
- Separación o alejamiento del freno moral o social.
- Traición de lo que es correcto.
- Pena o luto (especialmente por la muerte de un buen compañero)
- Culpa (error de substitución en la conciencia del superviviente, es decir, preguntarse: “¿por qué él y no yo?)
- Sensación de estar ya muerto y de merecer estar muerto (“I died in Vietnam”)
El último grado de este proceso consiste en convertirse en un “berserk”, palabra escandinava que remite a aquellos guerreros que antes del combate se despojaban de todo y atacaban con rabia y fuerzas indomables al enemigo sin importarles nada el peligro y sin relación alguna con los compañeros de su propio ejército. Actuaban como si fueran inmortales, o como si ya estuvieran muertos.
A continuación procedo a enumerar sucintamente los criterios oficiales de diagnóstico TEPT, en sus siglas en español, de acuerdo con la Asociación de Psiquiatría Americana, son cinco:
A La persona ha sufrido un acontecimiento fuera del nivel normal de la experiencia humana, que es extremadamente doloroso para cualquiera y que amenaza seriamente su vida o la integridad física de las personas cercanas. Puede haber sido causado por la súbita destrucción de una casa, o de toda una comunidad, o por la visión de una persona que haya resultado severamente herida o muerta en un accidente o acto de violencia física.
B El suceso traumático se vuelve a experimentar persistentemente en una de las siguientes maneras al menos:
- Recuerdo recurrente e intruso del suceso.
- Sueños penosos recurrentes del suceso.
- Sentir o actuar como si el incidente traumático se fuera a repetir. (Sentimiento de volver a revivir la experiencia: engaño de los sentidos, alucinaciones y episodios disociativos, “flashback”, incluidas aquellas sensaciones que ocurren en estado de intoxicación o embriaguez)
- Intenso dolor psicológico a la exposición de acontecimientos que simbolizan o se asemejan a algún aspecto del suceso traumático, incluyendo aniversarios del trauma.
C Acción de evitar o eludir estímulos asociados con el trauma, acompañado de un adormecimiento de la responsabilidad en general (no presente antes del trauma) como puede verse indicado en los siguientes motivos:
- Esfuerzo por evitar pensamientos o sentimientos asociados con el trauma.
- Esfuerzo por evitar actividades o situaciones que inciten al recuerdo del trauma.
- Imposibilidad de recordar un aspecto importante del trauma (“psychogenic amnesia”)
- Acusada disminución del interés en actividades significativas (en jóvenes, por ejemplo, pérdida de hábitos de higiene recientemente adquiridos, o uso del lenguaje sin la debida propiedad)
- Un sentimiento de extrañación o de separación ante los demás.
- Afecto restringido, incapacidad de sentir amor.
- Sentimiento de no tener futuro; por ejemplo, no creer que se pueda hacer carrera, casarse, tener hijos o gozar de una larga vida.
D Síntomas persistentes de excitación creciente, no presentes antes del trauma, que se ven mostrados en al menos dos de los aspectos siguientes:
- Dificultad para dormirse o para permanecer dormido.
- Irritabilidad o ataques de ira.
- Dificultad para la concentración.
- Hipervigilancia.
- Reacciones alarmantes o hiperbólicas.
- Reacción psicológica que se produce cuando uno se ve expuesto a sucesos que se asemejan o se parecen, aun cuando sea simbólicamente, a algún aspecto del suceso traumático; por ejemplo, una mujer que fue violada en un ascensor rompe a sudar nerviosamente cada vez que se ve obligada a entrar en uno.
E Duración del trastorno o perturbación en el tiempo. (como mínimo un mes)
Si tenemos en cuenta el proceso estudiado un poco más arriba de Jonathan Shay y lo contrastamos con la figura de Diomedes que hemos ido formando a partir de las ocasiones en que aparece mencionado en la obra de Homero y de Virgilio, no nos costará mucho constatar que una guerra mantenida durante diez años, más los sucesos absolutamente trágicos que Diomedes y otros héroes épicos padecieron a raíz de su terminación, son caldo de cultivo suficiente como para determinar que hay ahí una extralimitación en los controles o frenos morales por los que se rige una civilización, incluso si la declaración universal de los derechos humanos o la carta de Ginebra aún no habían nacido como idea siquiera. Aquella guerra comenzó con el sacrificio de una doncella inocente, Ifigenia, la mismísima princesa de Micenas, y acabó con el asesinato de un niño, Astianacte, el hijo de Héctor y Andrómaca, a los manes de Aquiles, y de otra doncella hija del rey Príamo y de la reina Hécuba, Políxena.
Por lo tanto es también patente que se ha procedido a dejar de lado lo que en circunstancias normales hemos aprendido que es correcto. En la guerra también hay un constante luto debido a la serie de compañeros que han ido cayendo en la batalla, algunos de ellos muy cercanos a Diomedes, y como consecuencia de esto se origina en el superviviente un extraño e injustificado, pero existente, sentimiento de culpa. Es verdad que este sentimiento es especialmente visible en la transformación de Aquiles después de la muerte de su amigo Patroclo (y recordemos que Patroclo era muy bienquisto de todo el ejército griego, no sólo de Aquiles o incluso de Briseida) pero lo cierto es que la locura del combate también afligió con virulencia a Diomedes, me refiero a su “aristía” o principalía del canto V y del canto VI. En este episodio de radical violencia Diomedes llega al extremo de enfrentarse a Cipris y a Ares en combate, y sólo retrocede ante los sucesivos rayos que Zeus, resuelto a dar la victoria a Héctor en esa jornada, arroja delante del carro de nuestro guerrero; a los rayos y a las llamadas a la cordura de su auriga en ese momento, Néstor. El mismo Diomedes, recordando este pasaje de su vida no duda en llamarse a sí mismo “demens”, o sea loco, en el discurso que dirige a los latinos en el canto XI de la Eneida. Sabemos que el protagonista de esta locura que Shay califica como propia del nórdico “berserk” se despreocupa de su propia vida y en su estado de éxtasis marcial sólo busca desencadenar toda su rabia y vengarse personalmente del enemigo, considerándolo culpable de todo el daño recibido; mas la rabia y la venganza no se sacian nunca.
Podemos pues presuponer que Diomedes, con estos antecedentes, es un candidato ideal para contraer esta enfermedad que hemos dado en llamar trastorno de estrés postraumático. En seguida veremos uno por uno los síntomas que podemos comprobar en su comportamiento y los compararemos con los criterios que la Asociación de Psiquiatría Americana establecía o postulaba como requisito para el diagnóstico de un enfermo de TEPT, y así conoceremos la naturaleza del mal que afecta a Diomedes y la raíz última de su decisión de no combatir más.
Lo más curioso del discurso de Diomedes del canto XI de la Eneida es que no dice nada, en realidad silencia. En relación con el apartado A de la susodicha asociación, donde habla del dolor, escuchamos al propio “paciente” como confiesa que todos, quienes “violaron los campos de Ilión a hierro”, están pagando las penas de sus crímenes (“scelus” es crimen, atentado, asesinato, sic) y sufren tormentos indecibles (“infanda supplicia”). La palabra indecible o inefable nos recuerda a Eneas, que como Diomedes, también la emplea en el preámbulo de su narración de sus guerras y de sus aventuras a la insistente reina Dido; pero Eneas se lo debe a la reina, que por otro lado, tan bien lo ha recibido a él mismo y a su pueblo, y no tiene más remedio que hacer de tripas corazón y contar su historia. Diomedes en cambio soslaya el relato. Con sus propias palabras: “nec memini laetorue (ueterum malorum)”, es decir “ni me acuerdo ni me alegro de las viejas desgracias”. ¿Por qué? Porque, al contarlo, el enfermo siente como si el traumático incidente se volviera a repetir, es decir, como si volviera a vivir la experiencia. Y aquí entramos en el ámbito del apartado B, también nos dice el argivo que “nunc etiam horribili uisu portenta sequuntur”, “también ahora nos persiguen portentos horribles de ver”. Lo primero hace referencia a que han pasado ya más de siete años de todo aquello, pero los portentos, las apariciones, los fantasmas, los signos, comoquiera que traduzcamos “portenta”, se siguen reproduciendo, y son espeluznantes. Podrían equivaler a los recuerdos recurrentes y disruptivos, o también a pesadillas o sueños reiterados. Sólo pensar en ello duele.
El apartado C nos indica que el enfermo intenta evitar a toda costa sentir o percibir estímulos asociados al trauma experimentado, por ello se esfuerza en eludir actividades o situaciones que inciten al recuerdo del trauma. Por eso no solamente Diomedes renuncia a traer a la memoria todo ese pasado traumático que lo aflige, sino que va a evitar por todos los medios a su alcance reproducir las circunstancias en que tales males se originaron: una nueva guerra, es obvio, sería lo más contraproducente para su salud mental. Por esta razón rehúsa el ofrecimiento de los latinos para combatir a su viejo enemigo.
En el apartado D leemos una serie de síntomas que en puridad no podríamos atribuir a Diomedes por falta de datos, sin embargo sí que los podemos asignar a otros excombatientes griegos, como por ejemplo a Menelao, como veremos más adelante.
Por último el apartado E indica que la duración de este trastorno es larga y que no dura menos de un año. Hemos visto que en todos estos guerreros, Diomedes, Eneas, Ulises, Néstor y Menelao, la pena que producen acontecimientos acaecidos hace muchos años continúa imborrable. Por eso es tan dificultosa la curación y deja siempre cicatrices: ninguno de ellos podrá nunca volver a ser el que fue antes de la guerra.
***
Santiago Blanco del Olmo

