Deteniendo «las aguas del olvido»: de Garcilaso a los poetas futuros, a través de Cernuda – Nuria Pizarro Sánchez

Deteniendo «las aguas del olvido»: de Garcilaso a los poetas futuros, a través de Cernuda – Nuria Pizarro Sánchez

Deteniendo las aguas del olvido: de Garcilaso a los poetas futuros, a través de Cernuda

***

 

Y aún no se me figura que me toca
aqueste oficio solamente en vida;
mas con la lengua muerta y fría en la boca
pienso mover la voz a ti debida.
Libre mi alma de su estrecha roca
por el Estigio lago conducida,
celebrándose irá, y aquel sonido
hará parar las aguas del olvido.

 

Cualquier consideración de la poesía de Garcilaso como un camino que culmina en una modernísima manifestación de su vocación poética y en una profunda conciencia del poder de la poesía para detener las aguas del olvido y escribir la verdad del hombre, debe tener estos versos de la Égloga III como prueba irrefutable de ello.

Sirva esta octava real para dar entrada a esta nueva sección de crítica literaria titulada “Las aguas del olvido”, pues en detenerlas, en luchar contra ellas, es en los que se han afanado y afanan la mayor parte de los poetas y escritores, dejando su esencia humana inmortal en sus creaciones para deleite y aprendizaje de las generaciones venideras, escribiendo entre todos la única verdad del hombre. Nos detenemos hoy en Luis Cernuda, primero por ser uno de los poetas clásicos que más empeño puso en inmortalizar su esencia humana y la de todos los hombres a través de la palabra poética a lo largo de toda su poesía; y segundo, porque en buena medida lo aprendió de Garcilaso.

Luis Cernuda escribía lo siguiente en 1941: “Cambian las modas literarias, pero la poesía de Garcilaso aparece hoy tan fresca y bella como ayer, como acaso ha de parecer siempre. En un sentido profano se puede decir que las puertas del infierno no han de prevalecer nunca contra ella” (Díez de Revenga, 2003: 1).

Cualquier acercamiento a la obra de Cernuda [1] ha de partir del conflicto fuente de sus versos y de la particular mirada del poeta ante el mundo y ante su propio ser: la realidad o el deseo. No solo el punto de partida ha de ser este porque sea el título que engloba toda su poesía, poniendo de manifiesto el prisma a través del cual ha de ser leída, sino porque en el binomio realidad-deseo se oculta un tercer elemento que viene a ser salida, remanso a ese conflicto vital: la palabra poética. No podemos dejar de mencionar las tan recordadas palabras del poeta en Palabras antes de una lectura:

Así pues, la esencia del problema poético, a mi entender, la constituye el conflicto entre realidad y deseo, entre apariencia y verdad, permitiéndonos encontrar alguna vislumbre de la imagen completa del mundo que ignoramos, de la “idea divina del mundo que yace al fondo de la apariencia”, según la frase de Fichte (Poesía y Literatura I, p.152).

En este sentido el tema de la palabra poética, la labor del poeta es uno de los fundamentales en su poesía, en primer lugar por hacerse explícito especialmente en su segunda etapa con una frecuencia más que considerable, y en segundo lugar porque Cernuda vive su existencia como poeta sobre cualquier otra condición, de modo que lo poético aparece como impulso vital, como desahogo del dolor, como tentativa de hallar respuestas a su conflicto íntimo.

No es posible separar al hombre del poeta; así la poesía se convierte en un vertedero de su experiencia, en mecanismo de búsqueda, de autoconocimiento, pero también en un bálsamo para su dolor y marginación como hombre. Si bien también la palabra poética es en ocasiones insuficiente, engañosa, susceptible de manifestar matices que no se corresponden con la visión de sí mismo y del mundo, de modo que en ocasiones se produce una especie de tensión entre necesidad y temor a no ser entendido. La preocupación formal es fruto de la necesidad de encauzar la palabra poética para que reprodujera lo más fielmente posible su esencia como ser.

Desde sus primeros libros, especialmente a partir de Un río, un amor, aparecen referencias a la palabra poética. La poesía se torna en una gran interrogación, en la expresión de lo que solo intuye o sospecha de sí mismo; por tanto sus versos no ofrecen repuestas, sino cauce en la búsqueda de sí mismo, tanteando en lo oscuro en busca de “su verdad”, búsqueda que no abandonará y que no resolverá nunca, porque, como dirá en “A un poeta futuro”, el conocimiento humano implica un ritmo temporal que desborda la brevedad de la vida humana. De modo que la poesía de Cernuda es lo que el poeta llegó a sospechar de sí mismo. Por eso son frecuentes en sus versos las preguntas sin respuestas.

Ligado a todo esto, el tema de la muerte aparece concebido como un alargamiento de la vida, o lo que es más, el espacio donde únicamente es posible tener una auténtica vida imposible en el mundo material (dirá en el poema “Quetzalcóatl” de Como quien espera el alba: “El reino del poeta tampoco es de este mundo”). Aparece aquí ya el motivo de la muerte como única salida, como puerta a la liberación y a la realización del deseo (“la muerte es la victoria” dirá en “A un poeta muerto”).

La muerte y el paso del tiempo pasarán a ser el punto de mira de los próximos libros de Cernuda. El ser poeta le hace, de algún modo, no vivir en el engaño de la vida; el yo lírico, precisamente por “malgastar” su vida pensando, viviendo y diciendo su muerte, enfrentando el acabamiento certero de su ser, perdura, pervive en una especie de contradicción muy propia, por otra parte, del espíritu romántico que impregnó sus versos (vid. “Noche del hombre y su demonio”, en Como quien espera el alba). El “vivir sin estar viendo” que da título a uno de sus libros, por otra parte, amplia su ambigüedad en el entendimiento de que traspasar la frontera de la muerte supone una liberación, de modo que es ese un estado del yo lírico en vida, no incompatible con entender “vivir sin estar viviendo” en la muerte, es decir, vivir plenamente en la muerte.

El deseo se identifica, en general, con todo lo que la voz poética es más allá de los límites humanos, de modo que la grandeza humana se ve ahogada en la estrechez de la realidad concreta. De ahí también la necesidad de un espacio más amplio en el que el hombre sea capaz de realizarse, creado por la palabra poética.
El tema de la poesía y la labor del poeta comienza a hacerse explícito tras Donde habite el olvido. Es este un libro en el que el tema esencial es el amor, o más concretamente el recuerdo del olvido de un amor. Sin embargo, otros motivos nuevamente preparan el camino a siguientes libros. Así el motivo del mar aparece como límite que alcanza esa otra dimensión antes comentada:

El mar es un olvido,
Una canción, un labio;
El mar es un amante,
Fiel respuesta al deseo.

Es como un ruiseñor,
Y sus aguas son plumas,
Impulsos que levantan
A las frías estrellas.

Sus caricias son sueño,
Entreabren la muerte,
Son lunas accesibles,
Son la vida más alta.

Sobre espaldas oscuras
Las olas van gozando.

(Donde habite el olvido, VI)

La reflexión sobre la palabra poética llega a su punto culminante en algunos poemas de Como quien espera el alba y de Vivir sin estar viviendo, fundamentalmente. Tras este libro comenzará la segunda etapa de la poesía de Cernuda que se inicia con Las nubes. Es en este momento cuando la influencia de la poesía y filosofías especialmente alemanas, ya en el exilio, cobra mayor fuerza en la poesía de Cernuda; sin embargo, y a juzgar por el contenido de su primera etapa, más que encontrar en ellos lo desconocido, encontró una identificación con lo que ya pensaba y sentía. Algunos aspectos básicos de la filosofía y literatura románticas dejaron honda huella en el poeta, hasta el punto de ser identificado como el poeta romántico dentro de su generación. Así la concepción del dolor, la labor del poeta, el entendimiento de la muerte, se identifican en gran medida con muchos de estos autores alemanes; estas ideas pudieron ser conocidas por Cernuda en una lectura directa, o bien a través de la poesía de Hölderlin o de otros poetas.

El idealismo platónico y el clasicismo que heredarán los románticos adaptándolo a sus inquietudes se encuentran también omnipresentes en sus versos y absolutamente ligado a su concepción de poesía. Real Ramos asegura que hay en la poética de Cernuda “una visión transcendida de la realidad, de la intuición de otra realidad más allá de la que perciben nuestros sentidos. … una visión de carácter místico en que se transciende la existencia para quedarse en la esencia, en que se transciende el mundo de las sombras y se adivina el mundo de las ideas, en que sobrepasando las realidades concretas se alcanzan las verdades universales” (Real Ramos, 1983: 82 y 83). Ciertamente Cernuda busca su ideal, su verdad personal como poeta, pero su verdad no puede desasirse de su condición humana, por lo que su verdad es ejemplo de la verdad del hombre, y viceversa, su verdad, su realización completa solo puede ser encontrada cuando se complete esa verdad absoluta. Real Ramos comenta que ya en Invocaciones comienza una nueva andadura y que en Las nubes comienza a “hacer de su vida un paradigma para la interpretación de la humanidad” (Real Ramos, 1983: 41). Por otra parte coincide que en su segunda etapa se aleja de su subjetividad, y se produce una apertura que se ha dado en llamar el “eticismo” cernudiano (Cernuda, Antología: 20). Esta generalidad ya se encontraba en libros anteriores. En “A un poeta futuro” asegura no comprender a los hombres, pero añadirá: “o tal vez los comprendo demasiado”; de modo que no comprende a los hombres concretos, a sus compatriotas, a ciertos hombres de su tiempo, los que le procuraron su imagen de raro. Pero al hombre en cuanto que el mismo participa de esa esencia, al hombre como idea en el sentido platónico, lo comprende demasiado porque como poeta es el enviado para desentrañar o para participar en el desentrañamiento de la verdad humana. Esta idea está en muchos de los poemas de esta etapa.

José Luis Bernal comenta la función del poeta y de la poesía en Cernuda: “… el poeta, a la manera del pequeño dios huidobriano, del demiurgo y del héroe clásico, es el encargado de “vislumbrar” en medio de esa confusión (caos) la imagen completa del mundo (que se nos da a través de la poesía). La poesía, pues, se nos revela como conocimiento (frente a la ignorancia), como luz, como elemento ordenador del mundo” (Cernuda, Antología: 19). Realmente, si algo le hacía sentirse orgulloso, estimarse, en medio de su imagen de “raro”, era el ser poeta. En muchos de sus ensayos y entrevistas, siempre afirmaba que era poeta con reservas, como si fuese excesivamente vanidoso considerarse como tal, pues la poesía era para él el don supremo reservado a muy pocos: “… Puesto que soy, o me figuro que soy, un poeta…” (Cernuda, “Entrevista con un poeta”, en Poesía y Literatura II: 375); o en Historial de un libro: “La poesía, al creerme poeta, ha sido mi fuerza” (Cernuda, Poesía y Literatura I: 210).

De modo que el poeta es el elegido para desentrañar la verdad del mundo. Pero lo importante es que el poeta aislado, el poeta concreto no se basta para revelar esa verdad, necesita del resto de poetas que han existido y que existirán para completarla. Cada poeta tiene la gran responsabilidad de participar en el desentrañamiento en esa misión. Cada uno “gasta” su vida en la entrega de un pequeño resquicio de luz, inútil si queda aislado de las voces de los demás (una vida no basta sola, es necesario unir las voces y que en cada poeta revivan las voces del pasado), pero al mismo tiempo cada uno de ellos es imprescindible, de modo que ser poeta es una tarea compartida que además entraña una gran responsabilidad. En “La gloria del poeta” de Invocaciones afirma: “Porque somos chispas de un mismo fuego/ y un mismo soplo nos lanzó sobre las hondas tenebrosas/ De una extraña creación, donde los hombres/ Se acaban como un fósforo al trepar los/ Fatigosos años de sus vidas. /… Nuestros ojos (desean) el mar monótono y diverso, /Poblado por el grito de las aves en la tormenta, /Nuestra mano hermosos versos que arrojar al desdén/ De los hombres. /… Sabes sin embargo que mi voz es la tuya, /Que mi amor es el tuyo…”.

De todo esto se deduce que el amor y el deseo, única razón del mundo, inspiración de su poesía, no encuentran realización en la existencia concreta, por lo que la muerte abre la puerta a esa otra dimensión en la idea de que el amor y la vida, la esencia, pervive a lo concreto y efímero, reencarnándose en las distintas formas (idealismo), y el modo de revivir es a través de la palabra poética, siendo revivido en la verdad que los poetas van formando.

Llegados a este punto e hilando los distintos temas y motivos comentados, la presencia de la tradición en su poesía se revela con un sentido mucho más profundo (más allá de modas y de movimientos a los que nunca se “vendió”, a pesar de ser tachado de no moderno, extraño y a los que siguió sólo cuando encontró en ellos el mejor modo de expresión en ese momento; y más allá también de una simple mirada a la tradición en búsqueda de ensayo de formas clásicas…). Si la POESÍA la escriben todos los poetas pasados y futuros, y cada uno es coparticipe en el desenmascaramiento de esa verdad, el poeta no solo tiene la misión de contribuir a esta tarea, sino que tiene también que procurar que su poesía no quede aislada de las voces de los demás poetas. Sus versos deben insertarse en la tradición para sumarse, integrarse, fundirse con esa única voz. Se produce, por tanto, un profundo diálogo a través del tiempo. Es un revivir las almas escondidas en los versos desde su propia poesía y al mismo tiempo el deseo de ser revivido en las voces futuras.

En varios poemas de Vivir sin estar viviendo, como en “El poeta” persiste la idea de que el poeta es el espejo del mundo, de que las voces pasadas nos hablan a través de la poesía. El yo lírico, escondido tras la segunda persona, como es habitual, se completa en el entendimiento con otro poeta; este le ayuda a conocerse, y ambos comparten una misma verdad: “Aquel tiempo pasó, o tú pasaste, /Agitando una estela temporal ilusoria, /Adonde estaba él, cuando tenía/ la misma edad que hoy tienes: /Lo que su fe sabía y la tuya buscaba,/ ahora has encontrado. / Agradécelo pues, que una palabra/ Amiga mucho vale/ En nuestra soledad, en nuestro breve espacio/ De vivos, y nadie sino tú puede decirle, a aquel que te enseñara adónde y cómo crece: /Gracias por la rosa del mundo.

Tras este viaje por algunos de los versos de Cernuda, conviene detenerse en el poema “A un poeta futuro”. Es este un poema en el que Cernuda parece aglutinar y conectar múltiples elementos que ha ido desarrollando, y lo hace a la luz nuevamente de la palabra poética. Es como si hubiera conseguido decir en un solo poema todo lo que entraña su poesía, por lo que resulta absolutamente revelador y clarividente. Por mucho que la crítica haya estimado este texto, acaso no esté de más insistir en que de estos versos rezuman una sinceridad y hondura abrumadoras. Es uno de los más “optimistas” que pueden encontrarse en el largo lamento que supone la poesía cernudiana. Realmente el poema adquiere el tono melancólico y dolorido habitual, pero el final es grandioso, entusiasta, y parece que por una vez el yo lírico encuentra de verdad una respuesta, una solución, como si se le revelara el modo de realizarse plenamente. Y ese modo, aunque efímeramente, esa solución a su conflicto es encontrada precisamente a través de ser revivido por otro poeta: “…Y entonces en ti mismo mis sueños y deseos/ Tendrán razón al fin, y habré vivido”.

Cernuda comentó en Palabras antes de una lectura que el poeta no puede esperar ninguna respuesta en este mundo, y que si alguna encuentra esta sería tan poco firme que de nada serviría (Cernuda, Poesía y Literatura I: 156) La solución de ser resucitado en una especie de alma gemela que lo comprenda en su entraña más profunda no es, obviamente, una solución en el mundo real y concreto, en un sentido empírico, sino una fe que se sustenta en ese otro mundo soñado al que pertenece el poeta. Reconocerse poeta, reconocer que vive en él ese aliento sobrenatural, que tantas veces es llamado “afán” en sus versos, es reconocer la existencia, como antes decíamos, del misterio. Por tanto, deposita toda su esperanza de realizarse en ese “imposible amigo”, que como poeta y como ser futuro también pertenece a ese ámbito soñado: “Como en fuente lejana en el futuro/ Duermen las formas posibles de vida/ En un sueño sin sueños, nulas e inconscientes, /Prontas a reflejar la idea de los dioses. /Y entre los seres que serán un día/ Sueñas tu sueño, mi imposible amigo”. A lo largo del poema los límites concretos se rompen para dar paso a un tiempo sin tiempo en el que cada poeta delega en los demás su esencia humana: “Todo es cuestión de tiempo en esta vida,/ Un tiempo cuyo ritmo no se acuerda,/ Por largo y basto, al otro pobre ritmo/ de nuestro tiempo humano corto y débil./ Si el tiempo de los hombres y el tiempo de los dioses/ Fuera uno, esta nota que en mí inaugura en ritmo,/ Unida con la tuya se acordaría en cadencia,/ No callando sin eco entre el mudo auditorio”. La voz lírica, que en esta ocasión se expresa en primera persona, muestra una absoluta necesidad y dependencia de ese poeta futuro. Su renuncia a la vida tal y como la conocemos, su poesía, tienen sentido porque tiene la profunda convicción de la existencia de ese brazo amigo: “Si renuncio a la vida es para hallarla luego/ Conforme a mi deseo, en tu memoria. /… No conozco otro mundo sino es éste,/ Y sin ti es triste a veces. Ámame con nostalgia,/ Como a una sombra, como yo he amado/ La verdad del poeta bajo nombres ya idos”.

La petición de Cernuda es clara, quiere que el poeta futuro incluya su verdad en esos futuros versos, al igual que él ha hecho con los demás poetas. Si eso no se llevara a cabo, supondría el acabamiento real del poeta, pero si eso fuera posible él, libre de su tiempo concreto, podría conocerse: “Sólo quiero mi brazo sobre otro brazo amigo, /Que otros ojos compartan lo que miran los míos./ Aunque tú no sabrás con cuanto amor hoy busco/ Por ese abismo blanco del tiempo venidero/ La sombra de tu alma, para aprender de ella/ A ordenar mi pasión según nueva medida”. Cuando se plantea la posibilidad no solo de que su voz no sea escuchada, sino la posibilidad de que su palabra no albergue la posibilidad de que su alma no sea revivida de algún modo, el poeta responde: “Me hieres en el centro más profundo,/ Pues conoces que el hombre no tolera/ Estar vivo sin más: como en un juego trágico/ Necesita apostar su vida en algo, /Algo de que alza un ídolo, aunque con barro sea,/ Y antes que confesar su engaño quiere muerte”.

De entre todas las voces españolas que hablaron, efectivamente, a través de los versos de Cernuda en un son acompasado, destacan como es sabido las de Garcilaso y Bécquer. Con respecto a Bécquer nuestro poeta aprende el romanticismo, el recuerdo de un olvido. En el poema de Desolación de la quimera “Pregunta vieja, vieja respuesta” busca el yo lírico completar la voz del otro poeta, respondiendo lo que el tiempo “según nueva medida” le ha permitido averiguar: “¿Adónde va el amor cuando se olvida? /No aquel a quien hicieras la pregunta es quien hoy te responde. /Es otro a quien unos años más de vida/ Le dieron ocasión, que no tuviste, /De hallar una respuesta”.

Por otra parte, la lectura de Garcilaso es mucho más profunda de lo que pudiera parecer a primera vista. Posiblemente es tan admirado por Cernuda porque este supo ver en Garcilaso al primer poeta no sólo que infundió un alma en sus versos, sino uno de los primero que tuvo una profunda conciencia de poeta, y en este sentido también nos interesa especialmente por las conexiones con el tema que nos ocupa. En Historial de un libro afirma Cernuda que una de las objeciones más serias que puede hacerse a su trabajo es “la de que no siempre he sabido, o podido, mantener la distancia entre el hombre que sufre y el poeta que crea” (Cernuda, Poesía y Literatura I: 215). ¿No era precisamente esa la batalla librada por Garcilaso en sus Églogas? Especialmente en la Égloga I, el poeta encuentra dificultad en controlar su dolor en el arte, de ahí la famosa petición: “salid sin duelo, lágrimas, corriendo”, dificultad que superará en la Égloga III. En esta última composición, cumbre de la poesía de Garcilaso, encontramos múltiples motivos de los que pudo beber la poesía de Cernuda. Se ha dicho (el mismo Cernuda reconoce esta influencia) que el aprendizaje de Cernuda en dramatizar el verso, en usar la segunda persona para objetivar su dolor fue aprendido de los poetas ingleses. Sin embargo, ¿no cede su palabra Garcilaso y no mueve “su voz” a través de múltiples intermediarios (la náyades) con la misma finalidad? Asimismo, la asociación de la palabra poética con la música, con el canto, con la voz están presente del mismo modo en ambos poetas. De entre todos los sentidos la vista y el oído son los más estimados. Ambos se relacionan con la lectura de las voces pasadas (Ya lo decía Quevedo “y escucho con mis ojos a los muertos”). La pintura es el arte de transformar en imperecedero a lo efímero (este aspecto se recoge también en la descripción de la pintura “Ninfa y pastor” de Tiziano en Desolación de la quimera). Las cuatro telas descritas por Garcilaso, recogen el mito, y la propia historia amorosa de Garcilaso queda mitificada en la cuarta tela (el mito como representación de la belleza absoluta es también un motivo encontrado en los versos de Cernuda -vid. “El poeta y los mitos”, Ocnos-). En el poema “Retrato de poeta”, en Vivir sin estar viviendo, ambos elementos se funden: “De nuestra suerte. Tú viviste tu día,/Y en él, con otra vida que el pintor te infundó, /Existes hoy. Yo ¿estoy viviendo el mío?”; a través de la mirada los artistas se completan. En “Los ojos y la voz”, en Ocnos, señala el yo lírico: “Lo que el hombre es, si algo es, a los ojos y en la voz asoma; tanto, que pueden ganar a quien los mira o los escucha. Hasta el cuerpo hermoso, por hermoso que sea, le hace falta algo más: una chispa de luz, un eco de música. ¡Perderse en una voz, quemarse en unos ojos! ¿Quién no lo ha deseado una vez?”

Hacer pervivir a través de la poesía es un reto que Garcilaso se propone cumplir en esta su última composición. En una lectura que va más allá del canto alternado de los dos pastores, de la dedicatoria a María y de la descripción idílica de la naturaleza (locus amoenus), Garcilaso muestra plena conciencia de que su arte tiene el poder de parar las aguas del olvido. De ahí la rotunda afirmación de que después de muerto será capaz de mover “la voz a ti debida”: “Y aun no se me figura que me toca/ aqueste oficio solamente en vida,/ mas con la lengua muerta fría en la boca/ pienso mover la voz a ti debida;/ libre mi alma de su estrecha roca,/ por el Estigio lago conducida,/ celebrándote irá y aquel sonido/ hará parar las aguas del olvido”. De los tres mitos clásicos narrados destaca el de Orfeo; este, músico y poeta pierde definitivamente a Eurídice por mirar hacia atrás llevado por su impaciencia. Según cuenta la segunda parte del mito, Orfeo, tras ser decapitado por las mujeres de Tracia y arrojada su cabeza al río, después de muerto, pronuncia el nombre de su amada, que el río repite en eco y lo lleva hasta el mar. Garcilaso pretende ser Orfeo en esa última voluntad: mover la voz “Elisa” que graba la ninfa en un árbol, que el río lleva, y tras la que se esconde la musa de sus versos y su gran historia de amor [2]. Pero el eco de esa voz no debe trasmitirse en un ámbito reducido, sino que debe hacerse eterno en el mar. Si para Manrique el mar era muerte, para Garcilaso es vida, tiene el sentido de tradición, del lugar donde el arte sea capaz de hacer pervivir a las almas, y para ello es necesaria la transmisión de la voz de unos a otros: “y porque aqueste lamentable cuento/ no solo entre la selva se contase, /mas dentro de las ondas sentimiento/ con la noticia desto se mostrase, /quiso que de su tela el argumento/ la bella ninfa muerta señalase/ y ansí se publicase de uno en uno/ por el húmido reino de Neptuno”.

El mar que hemos visto en Cernuda es un elemento que pertenece al ámbito del poeta, al mundo de los dioses y de las ideas. Es un elemento positivo que representa la libertad, la realización de la verdadera vida. La aparición del río, de la fuente y el mar es frecuente en los versos de Cernuda con un sentido parejo al que encontramos en Garcilaso: el río es la vida limitada, encauzada; la fuente no puede realizarse en el río, sino en el mar perpetuo, eterno; veamos los siguientes versos de “A un poeta futuro”: “No comprendo a los ríos. Con prisa errante pasan/ Desde la fuente al mar, en ocio atareado, /Llenos de su importancia, bien fabril o agrícola; /La fuente, que es promesa, el mar solo la cumple,/ El multiforme mar, incierto y sempiterno”… Y, en fin, Cernuda parece aspirar también a ser Orfeo y mover su voz poética, después de su muerte, y que esta no quede en un vago eco, en una voz solitaria, sino que penetre en el mar y sea una nota de la melodía que tocan todos los poetas: “Es hora ya, es más que tiempo/ De que tus manos cedan a mi vida/ El amargo puñal codiciado del poeta;/ De que lo hundas, con solo un golpe limpio,/ En este pecho sonoro y vibrante, idéntico a un laúd, /Donde la muerte únicamente, /Pueda hacer sonar la melodía prometida”.

Esa melodía prometida, esa “voz a sí mismo debida”, tiene la esperanza, la certeza, de ser escuchada y comprendida en el “poeta futuro”: “Yo sé que sentirás mi voz llegarte, /No de la letra vieja, más del fondo/ Vivo en tu entraña, con un afán sin nombre/ Que tú dominarás. Escúchame y comprende”. Esta petición parece haber sido escuchada por los poetas futuros de Cernuda y contemporáneos nuestros, a juzgar por la honda huella que su poesía ha dejado como herencia en gran parte de la poesía española. Su verdad particular sigue hablando en la palabra poética viva sin tiempo, deteniendo las aguas del olvido y constituyéndose en paradigma de la verdad del hombre.

 

***

Nuria Pizarro Sánchez

________________

Notas

  1. Se han respetados en todos los inicios de verso reproducidos las mayúsculas originales de Cernuda.
  2. Al respeto, se recomienda el riguroso y documentado estudio que María del Carmen Vaquero Serrano ha desarrollado en diversos trabajos publicados desde 2004, en los que ha desmontado el mito de Isabel Freire como única musa, Elisa, de los versos de Garcilaso, reconstruyendo la vida amorosa del poeta y sosteniendo que es más que probable que la mujer que se esconde tras la Elisa de sus Églogas sea Beatriz de Sá, cuñada del poeta, dama también portuguesa y que murió, también, de parto. Gran parte de sus conclusiones son recogidas en la biografía Garcilaso, príncipe de poetas [Editorial Marcial Pons, Ediciones de Historia – Colección Los Hombres del Rey, Madrid, 2013 – ISBN: 978-84-9282-094-8].

 

Bibliografía

  1. CERNUDA, Luis (1924-1962), Antología poética, ed. de José Luis Bernal, Madrid, Rialp, 2002.

     – (1958), “Historial de un libro. La Realidad y el Deseo)” en Poesía y Literatura I y II, Barcelona, Seix Barral (Biblioteca Breve de Bolsillo, libros enlace), 1975, p.p. 178-215.

     – (1935), “Palabras antes de una lectura” en Poesía y Literatura I y II, Barcelona, Seix Barral (Biblioteca Breve de Bolsillo, libros enlace), 1975, p.p. 151-157.

     – (1924-1962), Poesías Completas, Barcelona, Barral, 1973.

    2. DÍEZ de Revenga, Francisco Javier (2003). “Garcilaso y la poesía española contemporánea”, 500 años de Garcilaso. Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. http://www.cervantesvirtual.com/obra/garcilaso-y-la-poesia-espanola-contemporanea.

    3. REAL Ramos, César (1983), Luis Cernuda y la “Generación del 27”, Salamanca, Universidad de Salamanca (Serie Varia. Filosofía y Letras, 148).

Autor
Categories: Las aguas del olvido

Related Articles

Write a Comment

Your e-mail address will not be published.
Required fields are marked*