«La bella Magalona», de Marino González Montero – Una reseña crítica de Nuria Pizarro Sánchez

«La bella Magalona», de Marino González Montero – Una reseña crítica de Nuria Pizarro Sánchez

«La bella Magalona», de Marino González Montero

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Marino González Montero nos acerca la tradicional historia de La bella Magalona. Y lo hace participando de esa verdad universal que es el hombre a través de una historia narrativa que nos recuerda las gestas medievales, los amores cortesanos o los lances de la novela bizantina del Siglo de Oro, encuadrada en una reflexión lírica que engancha con el lector y el espectador del siglo XXI.

Alguien dijo que cuando entiendes profundamente una metáfora ya esa imagen te persigue sin que puedas ver la realidad sin ese filtro. La metáfora es una transformación de la realidad a medida y una metáfora misma de la propia literatura. Algo parecido sucede cuando un libro es un hallazgo, un lugar para siempre dejar cerca y volver, donde te reconoces en el resto de los hombres que han librado la lucha de la vida; entonces, te pertenece para siempre. Porque aunque los hombres que hemos sido, han sido y serán vivamos en distintos tiempos, dice el protagonista de nuestra historia, el afamado Pierres de Provenza “bebemos la misma lluvia, comemos/ el mismo humus, semejantes los pájaros/que nos anidan, o parecido color/el aire que avienta nuestras semillas.”

La bella Magalona, publicado el pasado año en De la luna Libros, es un fondo de armario. Supone hoy su publicación una heroicidad: editar poesía teñida de clasicismo, pues una heroicidad es también para el gran público leer, pensar lírica. Ciertamente, aunque la poesía no te lo debe poner imposible, debe hacerse un poco de rogar. Esta es la poesía de Marino, poesía para pensar y emocionarse. Estos seiscientos versos son una excepcional oportunidad para intentarlo, para acercarse a unos versos en los que un pequeño esfuerzo se recompensa con sentida filantropía. Ocasión también para encontrar algunos de los que han sido los libros o los hallazgos de su autor, pues resuenan en estos versos los ecos de no pocos poetas de nuestra historia literaria. Os invito, desde mi perspectiva de lectora apasionada a leerla. Pero esta lectura necesita una mirada diferente, tal vez la mirada limpia de toda la complejidad que ahora nos ciega, tal vez la mirada candorosa de lectores de la Edad Media, capaces de disfrutar al tiempo que recogen el legado escondido en la sabiduría de los versos, susceptibles de asombrarse por el arte de la palabra.

Esta poesía se vierte y entreteje en forma de historia. Esta no solo nos retrotrae a la Edad Media en el mito, en los lugares, sino en el sentido primigenio del origen de la literatura, en su ambigüedad genérica, en donde la densidad lírica se alivia con la narración y la dramatización en un diálogo que el propio Pierres sostiene. Ese monólogo se dirige a un interlocutor, su hijo, que no es otra cosa sino un trasunto de los propios lectores. No será difícil marcharse al Medievo con este libro de bolsillo, como los manuscritos de los trovadores, en una bellísima edición donde todo lo ha cuidado su autor, por fuera y por dentro, lo ha escrito, lo ha editado, dibujado los adornos, las letras capitales. Verde la portada, los fondos, como la cabalgadura de Pierre, como los ojos verdemar de Magalona, verde Provenza, como los mismos prados del sureste francés.

La génesis textual puede leerse en el Preludio que incluye el autor. El pianista extremeño Abraham Samino y el tenor venezolano Alain Lamas idean poner en pie un espectáculo musical en el que se canten y se interpreten a piano los lieder del compositor alemán romántico Brahms sobre esta antigua historia de la bella Magalona, que se remonta a los tiempos de la literatura provenzal en el s. XII. Le piden los músicos que componga un texto literario en español que se vaya intercalando con la música con la finalidad de acercar el espectáculo más al público actual. Estrenada en Madrid, acaba de volver a representarse (22 de noviembre) en Mérida esta maravillosa conjunción de literatura y música.

Con esta obra nueva y original, se inscribe Marino, por tanto, entre los autores que han recreado los amores de Pierres y Magalona a lo largo de los años. Y lo hace, una vez cumplidos los requerimientos del encargo, con un texto que aprovecha, sin perder de vista la recreación medieval y clásica, para verter su poesía más personal y actual. Y aquí es donde el virtuosismo de su autor para “imitar” lo antiguo se sintoniza con otras influencias más recientes, consiguiendo algo que viene siendo habitual en su poética: aunar tradición y renovación en una poesía actual disfrazada de medievalismo. Lo medieval eleva la historia de amor a la categoría de mito y nos conduce también al mismo germen de la lírica, ligada al canto, a la oralidad, lo que hace encajar al milímetro este texto con el proyecto musical para el que ha sido escrito.

En cinco partes se divide el texto, cuatros estaciones y un epílogo más breve. Escrito en endecasílabos y heptasílabos blancos con algunos alejandrinos. La primera estación, más breve, nos sitúa en el momento en el que Pierres, único narrador de la gesta, con mirada retrospectiva, quiere recabar los más excelsos acontecimientos de su vida, y confesar a su hijo y confesarse de que, entre espada y espada, lucha y descanso, como buen caballero humanista, el motor que le ha llevado hasta ahí ha sido el amor y que este tiene un nombre: Magalona. De la tercera a la cuarta estaciones encontramos la narración de la vida adulta de Pierre, desde la emancipación de Pierres de sus padres camino de Suecia, el primer encuentro y enamoramiento de los jóvenes, el amor que llega de flechazo por la mirada y el torneo, para continuar después con la separación de los amantes, el naufragio y el cautivero de Pierres en Constantinopla. El Epílogo que cierra la obra nos devuelve al momento primero en estructura circular, porque cíclica también es la vida de los hombres.

De aparente sencillez, estos versos se labran con minuciosa artesanía. Los versos se organizan en estrofas que parecen cerradas en sí mismas, pero que enganchan con la siguiente haciendo avanzar el relato, con elementos recurrentes que se repiten o adelantan, como las sintonías también de un canto, en un traer y volver que le aportan la sensación de algo completo. Versos labrados con múltiples figuras y tropos (quiasmos, anadiplosis, epanadiplosis, símiles, metáforas), aprovechamientos de los finales del verso en constantes dobles lecturas que provocan los encabalgamientos, una cuidada acomodación de la forma a los distintos momentos del relato, por ejemplo, el exotismo del léxico que describe la ciudad de Constantinopla frente a esa otra descripción más pausada y sensual de los paisajes del camino de los amantes, que se metamorfosean al compás de los latidos de los enamorados camino de Suecia.

Algo que destaca son los intertextos que van empapando la historia. En primer lugar la lírica provenzal, el amor cortés, un dolce stil nuovo que nos presenta a Magalona como la donna angelicata. Con ello, la figura femenina, tan denostada en el medievo, toma un protagonismo y valor inusual. Aquí, la Magalona, y con ella, la mujer, es elevada a la máxima consideración. Venerada como medio de perfeccionamiento del alma del enamorado, temerosa pero valiente, no menos mujer que madre, a quien padre e hijo rinden admiración, respeto y profundo agradecimiento. También encontramos un homenaje para los padres que nos luchan y que nos enseñan a ser los padres que debemos ser. En sus versos también un recorrido por los inicios de nuestra narrativa hasta llegar a la novela moderna en nuestro Siglo de Oro: los mitos grecolatinos, las gestas épicas, las novelas de caballería, la novela sentimental, el cautiverio cervantino de mano de los turcos, las aventuras y desventuras de las novelas bizantinas, con el viaje como hilo estructural con los devenires de los enamorados. Y en fin batallas, naufragios, anillos, monstruosos marinos, halcones embravecidos, cautiverios, dioses (Morfeo, Ariadna, Hade, Eolo…)… y erotismo, sensualidad sutil pero intensa; dice Pierres: “Como acariciando a Magalona: Andar tu cuerpo norte/como anda por el sur/la sal de las vocales: la asonancia se mece,/viaja en la redondez de la palabras/que silban tu norte cuerpo (…)”; o más adelante “una mirada para sellar el día/más cercana la noche,/ en que seríamos dos por siempre uno/los cuerpos por el sur de los caminos”.

Relevante son también las influencias, entre otros, de Lorca en “Y no hubo más: herido para siempre, de amor” o de los místicos: “De todo tengo, a mi nada me falta, tan solo necesito a Magalona”. Un lugar destacado adquiere el árbol, y las cortezas de los árboles, todo un símbolo en la poesía del autor. Símbolo de la familia, testigos del paso del tiempo, de la imposibilidad de huir de la condición humana, de no poder no envejecer, no morir, símbolo también de lo que dejamos en los hijos. Árboles que llevan grabado el nombre de la amada que se hace inmortal en la literatura. En estos versos resuena también la historia de amor de Garcilaso, el primer poeta moderno, que inmortaliza a su Isabel Freire en su Égloga III, cuando una ninfa graba el nombre de Elisa en la corteza de un árbol. Así Pierres termina la Estación IV con este propósito: “Dejé tu nombre escrito/en todas las cortezas /salvaje de los árboles./ Para no perder/ el dolor de pensar que cualquier día/ pudiera yo olvidarte”.

Cuando llegamos al final, que es el comienzo, donde Pierres, desde la senectud en la que hace balance de su vida, ya empezando a morir pues “la muerte es un anuncio de la muerte”, cuando la vida se ha quitado la máscara y ninguna ilusión nos queda, desde la lucidez que solo dan los años, habla a su hijo, pero nos habla también a nosotros. Con renovado y esperanzador intento de que con su historia de amor encarnada y continuada en su hijo y en los hijos de sus hijos, quiere advertirnos de este tortuoso camino, lleno de monstruos, naufragios y lances que es la vida. De este modo resuenan especialmente en esta Primera estación y en el Epílogo los ecos de Luis Cernuda y de José Agustín Goytisolo. El primero en A un poeta futuro (que podría ser Marino), nos decía: “La vida que serás y que yo casi he sido./ Porque presiento en este alejamiento humano/Cuan míos habrán de ser los hombres venideros (…) Amamé con nostalgia, Como a una sombra, como yo he amado/La verdad del poeta bajo nombres ya idos”. Resuena también Goytisolo, a través de Pierres, en sus Palabras para Julia, se dirige a todos a través de su hija, recordemos: “Pero yo cuando te hablo a ti/cuando te escribo estas palabras/pienso también en otra gente. Tu destino está en los demás/ tu futuro es tu propia vida/ tu dignidad es la de todos”.

Y es aquí donde La bella Magalona es palabra que viene a sumarse a esa verdad del hombre que escriben los poetas. “El abrigo” que Pierres entrega a su hijo como única herencia o legado en el “Epílogo” es este libro en sí, que aspira a cobijarnos a nosotros del infortunio de este viaje que es la vida. Advertía nuestro caballero provenzal al comenzar el relato: “Vengo a fin de cuentas para contarte/para contaros y contarme aquí”/en esta hora serena y dulce de los años/dónde me puso la vida o, mejor, dónde encontré las fuerzas/para ganar los torneos, las justas” (…) Y si no hallas respuesta, has de saberlo, créeme:/amor fue, sólo amor el alimento/simple y nutritivo que como padre/tuve muchas veces a la mano/que a manos llenas cuando acaba el día/ quiero así humildemente ofrecerte”.

Porque la vida es un torneo, una constante batalla, una lucha en la que nos deshacemos, en la que desintegramos nuestros sueños, lo que creíamos que íbamos a ser “como si los tiempos vivieran encerrados en las esferas de los relojes”; una batalla, pues, en la que vamos perdiendo mucho más que ganamos y en la que solo algo nos salva: el amor , el amor y nuestra propia supervivencia en el abrigo que con nuestro olor dejamos a los hijos y a las generaciones venideras con el deseo de que sepan vivir mejor que nosotros. Esperemos con verde Provenza esperanza que esta exquisitez literaria pueda viajar lejos de nuestra tierra y nuestros días para deleite de muchos lectores.

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Nuria Pizarro Sánchez

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Nota

La bella Magalona Se representó en Madrid y ahora lo ha hecho en Mérida, en la Sala Trajano, con el tenor Alain Lamas y el pianista Abraham Samino. Teatro entremezclado con música, cuya parte dramática es un monólogo en verso que interpreta un único actor, Fran Gomis.

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Categories: Las aguas del olvido

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