El habitante del Otoño – Sexta antología de cuentos y relatos breves – X – Dama carmesí – José Biedma López
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El habitante del Otoño – Sexta antología de cuentos y relatos breves – X – Dama carmesí
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El habitante del Otoño – Sexta antología de cuentos y relatos breves – X – Dama carmesí
Miraba el vuelo carmesí del lacayo (Utethesia pulchella) sobre las verrugueras o heliotropos europeos que, todavía en octubre, se arrebujan por las noches como viudas contristas. Apenas veía la danza que dibujaba en el aire la falena como esquirla de humo deshilachada en el aire fresco de la alborada.
Me lo habían contado, pero no lo creía, que ella vendría silbando desde la loma oriental, más misteriosa que loro nocturno, subiendo desde la garganta que atravesaba el arroyo del robledal al norte, camuflada en transparencias brumosas y leves opacidades, confundida entre nieblas matutinas, tan espiritada como el marciano de Olmet que al mirarlo fijamente se desvanecía.
¡Hasta que una madrugada la descubrí!, habiéndome apostado con sigilo de cazador y escondido como prófugo a la sombra de la higuera loca, confundido con los grises de su troncón y bajo sus grandes hojas marchitas.
Ella no parecía inmutarse si la miraban intenso y largo. Iba a lo suyo con su amplia capa de palomita arlequín; atendía al color, al semblante encendido de la parra virgen, al viso de las hojas del viejo caqui, de un rojo purpúreo vivo o de un carmín claro pero intenso. Decadencia de hermosura en que la vida, estiada, se desnuda y como tolbanera convierte en pájaros desmayados un árbol amarillo y luego en alfombra de tul la hojarasca por el suelo.
¿Sería sólo eso lo que buscaba la misteriosa señora? Hojas en caída que se llevan al infinito el pensamiento. ¿Sería recolectora de almendras y nueces, o ladrona de granadas? Acechadora del pudor en el rostro de los vegetales, buscona de sangre vergonzuda, porque quizá asumiere olvido, despejare huida o, mejor aún, tal vez redimiere de errores y de muerte.
Ella recogía sin esfuerzo las hojas coloradas en sendas faltriqueras que colgaban del recio cordón de su cintura después de sostener, repleto ya de rojas vegetales, una especie de jubón bien ajustado al hombro.
Tan pronto como acudía en los amaneceres brumosos, la Dama carmesí desaparecía. Cargada de hojas recorría la senda del olivar hasta el arroyo y allí su silbo se mezclaba en el soto con charlas de mirlos, con la flauta dulce de la oropéndola –¡tiroliu, tiroliu!– y con el reclamo áspero del arrendajo, semejante a un chillido de advertencia.
Más allá del arroyo, que atravesó por un rústico puente, la estela de la Señora penetraba en la hojarasca. Esa mañana no la di por perdida y pronto recuperé su pista con el dolor dulzón a crisantemos en la Colina de los chopos.
Una nube desflecada sajaba a una luna olvidadiza. Asomaba por entre los árboles la pared encalada de una casita de campo exenta de cerca y corral, deshabitada y torcida como calle de Chirico. Ella entró por su puerta amplia y después entré yo con pies de seda. Desapareció por la escalera que conduciría a la buhardilla. Abajo olía a orines, a semen, a menstruo, a carne podrida, perfume corrompido, triunfante, rico, con la expansión de cosas infinitas… En un mostrador bajo la ventana, extraños artefactos, monitores, computadoras, botes de vidrio colocados con líquidos de distintos colores, rellenos de caldos transparentes o espesos, alambiques con sueños incumplidos y esperanzas congeladas, ¡y un alarmante cráneo humanoide!, más negro que nilote, con tres cuencas oculares y terrorífica mandíbula desdentada, partida en dos robustas pinzas como palancas ramificadas.
Mi cuerpo quería salir corriendo, pero la curiosidad me puede, envenena mi voluntad y nutre mi mente, hambrienta de maravillas. Por eso subí temblando las escaleras, procurando hacer el menor ruido posible, que fue subterráneo y fúnebre como crujido de escarabajo, mientras un escalofrío me recorría la raspa y los dientes me castañeteaban.
Ya era mediodía, por el ventanuco de la buhardilla se había escapado la Señora volando con su manto de paloma arlequín, pájaro ligero como espectro o humo levísimo que iba dejando rastro de mariposas desfallecientes y miles de hojas en nube de vapor denso, que caían sobre la hierba obscura como azabache líquido del ojo muerto del huésped otoñal.
Cuando volví a mi guarida, todo era ya crepúsculo y la noche atropellaba luces…
No pierdo la esperanza de disfrutar, de nuevo y siempre, de su traza carmesí sobre pequeñas flores blancas cuyos azúcares recoge ávida, sorbiéndolos con su espiritrompa, damisela delicada, vestida para el Corpus con su trajecito tan elegante y jovial, blanco con lunares azules y colorados.
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José Biedma López
La Esperilla, Otoño de 2025.
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