El miedo – II – Un relato de Arturo del Río Rodríguez

El miedo – II – Un relato de Arturo del Río Rodríguez

El miedo – II [Relato]

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Arturo del Río Rodríguez – Sin título

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El miedo – II

En la calle, una espesa bocanada de calor inundó mis pulmones. A partir de ese momento todo adquiriría tintes de pesadilla. En la plaza un grupo de ancianas comía pipas y murmuraba. Sin embargo, la avenida principal estaba vacía, las tiendas cerradas y los cerrojos metálicos bajados a cal y canto. Se estaba jugando el mundial de fútbol y se oían rumores de penaltis no pitados y de balones que rozan los largueros. Un periódico volaba a ras del suelo, como si huyera de algo.

Atardeció rápidamente, pero la noche no logró levantar el tórrido velo del verano. Las calles estaban flanqueadas por hileras infinitas de vespas. Los balcones se combaban sobre mi cabeza por efecto de la ropa tendida, circunstancia que aproveché, aupado sobre un banco de piedra, para conseguir una muda limpia, que guardé en el bolsillo de mi chaqueta. Fue en ese amasijo laberíntico de callejuelas oscuras que creí oír unos pasos amortiguados, unos susurros casi imperceptibles que me hicieron apresurar la marcha. Las calles se estrechaban, las paredes, apuntaladas por vigas de madera aquejadas de carcoma, parecían venírseme encima. Casualmente, al doblar una esquina me topé con el restaurante recomendado por la joven y guapa recepcionista. Lo consideré algo parecido a una bendición. Mi estómago llevaba toda la tarde silbando y el calor comenzaba a ser verdaderamente insoportable, así que no tuve otro remedio que entrar.

Cené rápido y bebí buen vino, pero no lo disfruté excesivamente. Ni siquiera recuerdo el total de la cuenta y si pedí factura. En ese momento tenía que haberme marchado directamente a la estación. Además, tenía la sensación de que alguien me seguía. No pude evitar pensar en Jerónimo Lebrón, el hombre del bombín.

Corrí hacia la avenida, convencido de que las calles que dejaba atrás no eran las mismas que había recorrido minutos antes. Lo achaqué al vino, cosa que descarto ahora. Sin saber muy bien adónde me llevaban mis pasos, me adentré en un sombrío reguero de callejuelas decadentes, polvorientas y sucias, flanqueadas por edificios cochambrosos que otros hubieran calificado de underground, y entre callejuelas, callejones, sombras y balcones chorreando ropa recién escurrida, me topé con lo que parecía ser un aquelarre punk. Un grupo de jóvenes formaba un siniestro coro, bailaban alrededor de una fogata cuyo humo se colaba por el techo de una mansión derruida ocupada a modo de templo pagano. No me hubiera sorprendido descubrir la silueta de un macho cabrío danzando entre ellos. Entonces, con la certeza de que alguien seguía mis pasos, eché a correr, aun sabiendo que en aquel estado de nervios nunca encontraría el hostal, ni aun tirando de un ovillo previamente desenrollado.

De pronto se hizo noche cerrada. En mi delirio creí ver un bombín rodando por el suelo, doblando la esquina, empujado por una brisa inexistente. Mi cabeza ardía. En mi carrera agónica me detuve en dos ocasiones para preguntar por mi hotel, si es que se podría llamar hotel a aquello, pero las miradas de los paseantes nocturnos me resultaron hoscas. Sólo los ojos curiosos de una niña me miraron con compasión, como si fuera la única consciente de mi destino. De todos modos, no logré hacer otra cosa que balbucear palabras inconexas.

Mi corazón dio un vuelco cuando volví a dar con la avenida principal. Desde una esquina alguien murmuró frases improbables. Entonces mi pulso se aceleró. No pude creer lo veían mis ojos. Con cada zancada aparecían ante mí antiguas mansiones pertenecientes a gatopardos anónimos, de paredes raspadas, resquebrajadas por el tiempo y ventanas cerradas a cal y canto. Pensé en candelabros apagados apresuradamente con cada bisbiseo de mis pasos, en cortinas descorridas milimétricamente por dedos finos como teclas de marfil, y en sombras que iban y venían y me espiaban mientras se multiplicaban las luces de las velas en las habitaciones solo aparentemente deshabitadas. Tan ensimismado estaba en mi contemplación que no supe distinguir a la primera la sombra alta y algo chepuda, de un hombre cuya cabeza estaba coronaba por un bombín. No pude hacer otra cosa que gritar. Grité como si se me fuera la vida. No había nadie alrededor que me oyera. Es más, las farolas comenzaron a apagarse a mi paso, como damas de alta alcurnia apartándose ante un apestado. Entonces, la deslumbrante majestuosidad de lo ancestral, de la belleza que resucita vampíricamente ante los ojos de quienes saben apreciar por detrás de las grietas, iluminó por un instante las fachadas poco antes descoloridas y por un momento todo recobró su esplendor original: los comerciantes medievales exponían sus lujosas ropas y discutían a la hora de fijar los precios de las mercancías y, retrocediendo sólo un poco más en el tiempo las calles trajeron murmullos de carros romanos aproximándose desde más allá de las montañas.

Mi memoria no da para mucho más. Amanecía. No sé cómo encontré el hotel. Por supuesto, había perdido mi tren, pero comoquiera que la habitación estaba pagada hasta la mañana siguiente, decidí meterme en la cama. Necesitaba dormir como un revólver las balas. No me arriesgué a tomar el ascensor, subí las escaleras de dos en dos, temeroso de mirar hacia atrás y sólo cuando cerré la puerta de mi habitación con cuatro vueltas de llave, me sentí relativamente a salvo. Mi cuerpo se hallaba bañado en sudor, pero no quise meterme en la ducha. Aún me quedé un buen rato arrodillado ante la puerta, pegando mi oreja a la madera, esperando oír un sonido de pasos que no llegó. Después me quedé dormido.

Desperté con los alaridos de un huésped que ensayaba arias de Puccini a pocas habitaciones de distancia. Me dolían todo el cuerpo, especialmente el cuello. Había dormido apoyado sobre la puerta. La cabeza me estallaba, como si la noche anterior hubiera derrochado mi dinero en alcohol. Entonces lo vi, colgado sobre uno de los cuernos del perchero: el dichoso bombín del demonio.

Abatido, temiendo perder el juicio justo en los días previos a mi boda, me acurruqué en una esquina de la cama y así pasé buena parte de la mañana, temblando febrilmente y delirando como un poseso. Sólo deseaba volver a casa, pero cada vez que trataba de convencerme de que nada era tan grave como para no tener remedio, un extraño desequilibrio volvía a mi alma y me incapacitaba para levantarme y abandonar el hotel. Creí escuchar el repiqueteo de los nudillos de la recepcionista – esa mujer encantadora, con quien, en condiciones normales, soñaría con meter en mi cama -, avisándome que debía abandonar la habitación, pero mi entendimiento se adentraba cada vez más profundamente en el reino de las tinieblas de la sinrazón. En mis desvelos febriles, las sombras me rodeaban; siluetas puntiagudas rozaban el torso desnudo de mis remordimientos, revoloteando alrededor de mi cabeza, como murciélagos, heraldos grotescos de mi razón oscurecida. El eco de un trueno sobre el arabesco de la pantalla de la lámpara de la mesilla encendió el piloto rojo de mi alma desahuciada. La polaroid congelada del bombín colgado en el perchero me perseguía, como el eco de un tambor.

La vida es un teatro, pero yo ya no interpretaba ningún papel. Resignado, sin pensar siquiera en darme un baño que tal vez hubiera recompuesto el rompecabezas de mis nervios deshechos, logré alzar mis piernas y me aupé sobre la cama. Sólo necesitaba descansar, me dije. El sueño limpia todo lo malo del día, pero quien se enfrenta a sus garras acaba derrotado. Yo estaba derrotado de antemano. Mientras esto escribo, comprendo que era todo un sinsentido, pero en aquel entonces me daba pánico salir no solo a la calle sino al estrecho pasillo que conducía a la recepción.

Mi respiración resonaba con ecos frenéticos. La sangre afluía a mis sienes y se agolpaba en mi corazón. Temí asfixiarme en mis propios temores y mil veces estuve tentado de buscar un teléfono y llamar a Ángela y pedirle que viniera a buscarme, pero, como saben, habíamos acordado que no nos llamaríamos ni veríamos hasta el día mismo de la boda. Aún me pregunto por qué no hice la llamada. La historia de mi vida, y la de Ángela, serían ahora otras.

No sé cuantas horas transcurrieron o si fueron días. El tiempo, hermano gemelo del olvido, se desvanecía ante mis ojos inflamados. Mi estómago gemía. Había contabilizado las baldosas de mi habitación y si a consecuencia del castigo divino que parecía estar soportando me hubiera quedado ciego, no habría tenido problemas para caminar sin tropezar con las paredes.

Sin embargo, en el suelo de mi celda no hay baldosas.

Ahora escribo a contracorriente. Las palabras garabateadas vuelan.

Todavía no sé cómo logre hacer acopio del valor necesario para ponerme en pie. El aire a mi alrededor estaba poblado de estrépitos sordos. Mis huesos rechinaron. Tardé unos minutos en dejar de tambalearme. Cuando me miré en el espejo no me reconocí. Entonces mi memoria empezó a volar lejos de aquellas cuatro paredes desconchadas y llegué a la conclusión de que mi existencia era ilusoria. Dentro de millones de años todo habrá desaparecido, pensé, y los siglos se confundirán en un agujero sin tiempo, y ninguna de las obras de los hombres habrá tenido importancia; el cosmos se convertirá en polvo, o ni siquiera en eso. Pero mientras tanto, el tiempo, parecía haberse detenido en mi habitación.

Mis palabras se quedan obsoletas según las escribo, y aunque ahora concibo aquellos días como un infantil rito de iniciación, y sé que el sufrimiento también es algo efímero, en aquel entonces sentí que la angustia se instalaba para siempre en mi alma. Me dirigí al perchero…

Normalmente el sol es un buen antídoto contra las tinieblas, aunque en mi caso no produjera otro efecto que un buen dolor de cabeza. Noche, día, muerte, vida…

Era el típico domingo de verano. Las tiendas estaban cerradas, los cierres de los escaparates bajados y los confesionarios, una vez vomitados los pecados, clausurados. Todo parecía de cartón. Las fachadas estaban limpias, frotadas con estropajo, como decorados de película construidos apresuradamente. Recuerdo que comencé a balbucear palabras sin sentido, pero por las muecas de horror de los peatones con los me cruzaba deduje que mi aspecto debía ser terrible. En una esquina me crucé con un vagabundo. Su mirada, perdida en el precipicio de la cordura, me recordó a la mía. Háganme caso: si alguna vez se cruzan con alguien que a primera vista parece un loco o un borracho y este trata de convencerles de algo que en principio parece irracional, no rechacen sus palabras sin más pues seguramente sepa más que ustedes. Cuando se rompe un cierto equilibrio es como si se penetrara en otro nivel superior. Yo antes era como ustedes, no creía en nada que no vieran mis ojos; tenía esa clase de mentalidad.

Seguí arrastrando mis pies bajo un sol canallesco. Las paredes de las calles estaban empapeladas con anuncios de un circo. Recuerdo que comencé a arrancar los carteles con rabia. No me gustan los circos. No veo al payaso, sino al hombre triste, asalariado y decepcionado que asoma bajo el maquillaje; del mismo modo que solo percibo el látigo rasgando la piel de los leones humillados.

Al fin, el sol se colocó justo encima de mi coronilla, impidiéndome dar un paso más. Tuve que cubrir mi cabeza.

Por aquel entonces, mi boda me importaba un rábano, pero no podía seguir deambulando eternamente por las calles de aquel villorrio del diablo, de modo que cogí un taxi que me llevara a la estación. Los lugareños transitaban nerviosos calle arriba, resignados por el calor ineludible que hacía imposibles sus labores. Sin embargo, el taxista estaba exultante. Cuando le pagué y me bajé del coche, pareció totalmente turbado, como si realmente sintiese la pérdida de un amigo.

Mi relato llega a su fin. Es terrorífico cómo el tiempo se lo lleva todo, pero esta última parte de la historia la recuerdo como si hubiera sucedido esta misma mañana.

La iglesia estaba igual de abarrotada que un palomar. Las mujeres iban maquilladas exageradamente, ridículamente vestidos los hombres. Hablaban y reían entre ellos, convencidos de sus propias mentiras. A mí me resultaba imposible mantener la sonrisa en mi rostro. La expresión de mi mirada debía resultar perturbadora. Aun así, los invitados – completos desconocidos para mí -, me agasajaron y me dieron palmadas en la espalda como si me compadecieran.

Ni siquiera era consciente de lo que debiera haber venido luego: el banquete, las fotografías, los discursos emotivos, las lágrimas, los regalos inútiles. En mi colapso nervioso, los últimos siete días se habían convertido en años. Apenas había comido, por lo que sufrí un pequeño desvanecimiento que superé en cuanto me dijeron que Ángela había llegado a la iglesia. Mi corazón palpitó furioso cuando vi a mi dulce e inocente prometida bajar del coche, agarrada del brazo de mi futuro suegro, con su blanco traje de novia y su sonrisa. En aquel momento estuve a punto de rendirme. Achaqué mi asfixia a mi amor extremo por Ángela.

“La vida no hay que tomársela en serio”, me dije. Sólo me quedaba un último esfuerzo para dar el ‘sí’ y barrer la hojarasca de mis miedos y acabar para siempre con aquel carnaval grotesco. Vendido a mi destino, subí los escalones e intenté abstraerme de todo. El tiempo seguía escapándoseme literalmente de las manos y en seguida el párroco lanzó al aire la pregunta definitiva. Fue antes de que ella pudiese decir ´sí quiero`, cuando ella sacó un revolver de debajo de su vestido blanco como el cielo, y me disparó en el vientre.

De nada sirve preguntarse por lo que pudiera haber sido. Dios lo perdona todo. La multitud murmuró. Alguno gritó horrorizado. Desde luego, sólo la primera fila fue consciente de lo que había ocurrido. Me pareció entrever el rostro sonriente de Jerónimo Lebrón entre los invitados. Mil flashes iluminaron el altar. El padre de Ángela me miró incrédulo. Ángela también lo hizo, y yo también, antes de cerrar los ojos y de echarme las manos al vientre. Yo la besé – nuestras bocas unidas en un simbólico sello nupcial – y al hacerlo, mi bombín cayó al suelo. Lo recogí y lo agité al viento mientras todos aplaudían emocionados sin darse cuenta de nada.

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Arturo del Río Rodríguez

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