El poeta sin mar – Acerca de Rafael Cansinos Assens – II – Arturo García Ramos

El poeta sin mar – Acerca de Rafael Cansinos Assens – II – Arturo García Ramos

El poeta sin mar – Acerca de Rafael Cansinos Assens – II

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El poeta sin mar – Acerca de Rafael Cansinos Assens – II

El erotismo estético

Al misterio íntimo nos acercamos en la relación de Cansinos con las mujeres. De joven con Carmen de Burgos, una joven independiente, separada de un marido porque “se encenagaba… en la crápula” y no atendía a sus obligaciones paternas; compañera de Romanones, Moret, Blasco Ibáñez. Carmen se le sincera el día en que el joven Rafael, que está ganando ya alguna fama con sus publicaciones, le lleva una traducción. Durante su entrevista, ella defiende su independencia y su honestidad: “Yo soy una mujer libre… pero también una mujer decente”, le dice. La conversación les va llevando poco a poco a la confesión y sutilmente, en una alusión delicada, el poeta presiente que está en el alambre y se quedará haciendo el amor a Carmen si no escapa a tiempo. Acorralado, porque teme hacer el ridículo, busca una salida (“Algo me advierte que debo marcharme”). Timidez, inseguridad, miedo a entregarse al laberinto de los sentimientos son algunas de las reacciones que identificamos en el joven poeta. Y que persisten luego en memorables páginas en las que nuevamente se ve cercado por Concha Espina y, ya maduro si no anciano, evitado por Josefina en una relación que no le evita caer en el ridículo, como temió en su juventud ante las confidencias de Carmen de Burgos. Después de Carmen vendrá su hermana Ketty -una mujer vulgar y corriente además de evasiva; y luego aquella enamorada literaria -porque se enamoran a través de la correspondencia que mantienen, con el colofón del desencanto para Rafael una vez que la conoce-. Las mujeres fueron sucediéndose en su vida sin que él alcanzase a componer el ritmo y la rima de su existencia, refugiado en casa con su hermana, “la Hermana” -como él la llama-, con un miedo cerval a declarar sus sentimientos desbarrancados por la tristeza, la misma que le descubren  como modernista sus colegas de redacción en La Correspondencia. Cansinos se niega a la vida para consagrarse a las letras: “¡Oh, ya soy un literato!”, proclama exultante tras haber publicado su primera crónica en Los Lunes, aunque para ello haya tenido que seguir el torturante y tortuoso camino del periodismo, porque como todos sus colegas de redacción le dicen: “Hay que hacerse un nombre”. Un atisbo de su misteriosa psicología lo encontramos en su Ética y estética de los sexos, uno de sus libros menos perdurables. Siempre con el distanciamiento de los estereotipos, los paradigmas y modelos de ambos sexos, trata de precisar lo que definen a uno y otro sexo y el ritual del coito. La mujer es el misterio esencial, “rosa carnal” que todo lo conmueve, como diría su admirado Darío: “todo en ella es enigma para nosotros, una incitación y un repudio y una posibilidad turbadora que nos halaga y nos asusta”. Con esa contradicción penetra Cansinos en los misterios del amor carnal, con el arrobo de un iniciado en los ritos de Eleusis. La cópula es para él una ceremonia que nos inclina hacia el abismo de nuestra disolución: “En el rito misterioso cada sexo, al afirmarse, se desintegra (…) el hombre se hace mujer, la mujer conoce la gloria viril, y hombre y mujer unidos no son más que una síntesis en la que no existen por sí mismos.” Ese miedo a desvanecerse le impedía, tal vez, entregarse al amor. La liturgia del sexo lo atraía y le provocaba repudio: “la cópula es un acto de abdicación de la personalidad y de degradación”. Describe a la mujer como un ser servil, humillado, educado para la pasividad durante la cópula, víctima de la pureza sacerdotal con que se la prepara para ”encontrar su júbilo en la abnegación”, son “cariátides que sustentan el peso de la belleza” para lograr la satisfacción del varón. Esa descripción poco se corresponde con las mujeres firmes que, dueñas de su propio destino, como Concha Espina o Carmen de Burgos, lo intimidaban y retraían, ante las que huía con un miedo cerval para refugiarse en la escritura. La mujer es un “¡Enigma pavoroso!”

¿Asoma el misterioso Cansinos en su ensayo sobre la presencia de Salomé en la literatura, donde cifra toda la tragedia del episodio bíblico en “la tremenda tortura del veto” que impide el amor entre “la virgen pontificada” y el Bautista? Reúne a Flaubert, Wilde, Mallarmé y Eugenio de Castro (con un poema final de Apollinaire) para deslindar las distintas versiones que acuñó excelsamente cada artista. Flaubert ve en ella la virgen ingenua, que desconoce el alcance de sus acciones fatales. La presenta con desnuda objetividad, como un personaje más de una escena que tiene también otros protagonistas y, más allá de su candidez, la peligrosa núbil carece de rasgos o atributos. Su imagen es la de una inocente Gioconda. La Salomé de Wilde es una fuerza que opaca cualquier otra figura en la escena. Pone en ejecución todo su hechizo erótico para cobrar la cabeza decapitada del Bautista como una diosa maligna que compensa con su amputación la imposibilidad de la pasión erótica. Es una bacante, una Mantis religiosa. Pero Cansinos reprocha a la visión decadentista de Wilde haber engalanado a su heroína con lujo de “baratijas relucientes” como un impetuoso “turista británico”. Mallarmé erige una gran figura trágica, atrapada en la angustia, despojada de la lujuria: “contrastada con el poema de Mallarmé, la Salomé de Wilde palidece y se empaña como una gema falsa”. La Herodiada eleva la figura de Salomé para configurarla como paradigma lírico, como alegoría de la “Virgen, monstruo inocente y protervo”. Cansinos enhebra su interpretación no sólo con la fuente bíblica, también con la influencia hechicera y funesta de la luna, con los mitos de Diana y Endimión y de Orfeo, con las visiones de los pintores Tiziano, Vinci, Rubens y el Guercino, primero, de Volterra, Regnault y Moureu, más adelante. ¡Qué ebriedad en la interpretación de Cansinos! ¡Qué lectura la suya! ¿Cómo fue la Salomé de su misteriosa vida sentimental? El reflejo de esas interpretaciones nos permiten entrever la presencia de su autor, pero su figura permanece borrosa sin desvelar su identidad, tan ambiguo como los dos elementos que culminan la fascinación de la escena: el baile turbador de Salome y el terrible despojo de la cabeza del bautista.

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Una vida de novela

La novela de un literato es un compendio, una enciclopedia de la bohemia, un puzzle ordenado del desbarajuste literario de la ciudad de Madrid, un Ulysses y un Retrato del artista adolescente en versión antitética, antimoderna. La historia no transcurre en un día sino durante décadas, los espacios y personajes se ramifican, pero el centro gravitatorio es un personaje diletante y fracasado, judaizante, con una intensa mirada de artista adolescente. Cansinos ofrece una versión autobiográfica que lo revela al tiempo que lo oculta. Tansmite con celo lo que ve, pero conocemos con cuentagotas sus abismos interiores. Lo que sabemos es, sin disimulo, siempre edificante. Podemos creerlo o no, pero debemos juzgarlo literariamente. Pasa tantas penalidades económicas como sus colegas bohemios, pero se niega a escribir para el “doctor Bauer”, un judío banquero que vive en un palacio de la calle San Bernardo quien le confiesa que quiere ser académico de la Historia y no tiene tiempo de escribir, pero que está dispuesto a pagar a Cansinos para que escriba por él: “Siento una aversión invencible por esos hombres que, teniendo desde la cuna un nombre conocido, dinero y poder, vienen a invadir el campo de la literatura y a tratar de disputarnos a nosotros lo único que tenemos”. En 1917, Yahuda, le propone mediar para que Mr. Walter, delegado de Prensa en la Embajada Británica, le pague unas libras para escribir en favor de los aliados: “Yo le agradecía al amigo su buena intención; pero no hice uso de ella… No…, la idea de contribuir a esa matanza de hombres con mi pluma me pareció un crimen de lo más horrendo… La vida de un alemán, de un boche, es para mí tan sagrada como la de un inglés.” Este Cansinos, íntegro hasta rozar la inverosimilitud, es un personaje y narrador que brilla por sus cualidades literarias, nada importa si el Cansinos real fue así, basta nuestro deseo lector de que lo fuera.

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Carta manuscrita de Rafael Cansinos Assens – 1 de agosto de 1933 | Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes [Fuente: https://www.cervantesvirtual.com/obra/cansinos-assens-rafael-1-de-agosto-de-1933/]

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Rafael Cansinos Assens en la Cuesta Moyano de Madrid en los años 30 del siglo pasado. En la fotografía aparece también el escritor bohemio Alejandro Sawa, que inspiró a Valle-Inclán el protagonista de Luces de Bohemia, y que aparece igualmente en La leyenda de Sophy, novela que Rafael Cansinos Assens escribió en 1922 [Fuente: EFE/Fundación Archivo Rafael Cansinos Assens]

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La novela de su vida va fraguándose con notable unidad a despecho de la fragilidad que le confiere la fragmentariedad: la primera parte es la forja de un escritor, sus tanteos, el fervor poético y la devoción por sus maestros. Esa trayectoria alcanza su culmen y consagración ya en la segunda parte con el premio que le conceden por su novela El pobre Baby los cofrades de La Pecera y a su celebración acompaña el desencanto inmediato al comunicarle el editor que no podrá pagarle las 500 pesetas que conlleva el premio. El contraste entre la ilusión del joven literato y la degradación del ambiente aumenta en la parte final del relato, la tercera, al tiempo que va emergiendo el drama de la confrontación política que auspicia la tragedia de la guerra civil. Sartre entendía que Faulkner jugaba con el lector y le dosificaba los datos para que fuera durante la lectura cuando se realizase la visión completa del argumento de sus novelas. En las memorias de Cansinos sucede otro tanto: leemos con la inercia de llevar los “fragmentos a su imán” y se alcanza así una unidad trenzada por la presencia de personajes, espacios, leitmotivs. Una visión caleidoscópica, fugaz, de opera aperta, como definía Umberto Eco la poética de la modernidad. Y hay algo más que a menudo se olvida: están escritas con una maestría exquisita, son la máxima creación de su autor, en un estilo despojado de los atavíos retóricos artificiosos que lastran sus ficciones. Destejer ese arcoíris es ejemplificador y prosaico pero necesario: el recurso de la ironía que desarma la solemnidad del discurso (“”¡Oh la ironía de Heine!… La ironía es la sal del arte!… Sin ironía no hay nada… Es como la moutarde para el escalope…” prorrumpe Blanco-Fombona), la absoluta destreza en abocetar el retrato de un personaje en poco más de un párrafo, la minuciosa construcción de las anécdotas que son como piezas autónomas del puzzle completo de la obra, la delicia de una prosa sazonada de imágenes poéticas, el perdigoneo de un vocabulario, de una lengua personal que resuena más allá de la lectura. Aún podría decirse que el resultado es la creación de ese mundo completo que les gusta a los ensalzadores de la novela total. Es interminable la galería de personajes canallas, en su mayoría bohemios que derrochan su vida cuando han consumido ya sus recursos económicos, pero también de la burguesía y de la nobleza. A menudo se juzgan estas memorias por haber captado la vida de su tiempo, por vincularse con la realidad. No creo que fuera la semejanza con el original una finalidad, ni tan siquiera un propósito para Cansinos, aunque sí quería dejar constancia de cuál era el ambiente, la efervescencia intelectual; es decir, quería dejar constancia del trasnochamiento que conducía a una muchedumbre de pseudo poetas a envilecerse y autodestruirse: “¿Será verdad que el poeta es como el pato podrido que produce el fuagrás?” Se plantea Rafael después de haber sabido que hasta su idolatrado Juan Ramón Jiménez roba libros a su editor para empeñarlos. Uno de sus personajes bohemios presume de ser absolutamente original porque no lee y, así, tampoco puede influirlo nadie. Otro ha llevado la arrogancia de su bohemia y su desprecio por la sociedad a renunciar a escribir obra alguna, ¡qué sentido tendría escribir en este país de cretinos! En su mayor parte, estos hampones de la pluma, sablean a quien pueden sin parar mientes en el procedimiento, se expresan con albórbolas (“la alharaca, el gesto fanfarrón, el grito retador y jocundo”), viven en la ilusión de ser otro Dostoyevski, otro Verlaine, hasta otro Shakespeare, pero no pasan de fantoches que a lo sumo ejercen de “currinches” en algún periódico de ínfima tirada.

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Puñales como títulos

Casi todos los títulos de las obras que han escrito sirven de definición de su actitud fatua, grotesca, ridícula. La mayor parte de esas obras son una inefable justificación de por qué hoy están perfectamente olvidados sus autores. Cuando aún es joven, su amigo Molano lo anima a que se dé a conocer a través de los periódicos y le sugiere que trate de publicar en ABC donde el catedrático Navarro Ledesma dirige la literatura que se publica. Se presenta ante él con unas cuartillas que el otro ojea con displicencia y sentencia decepcionado: “Es muy triste”. Luego llama a un colaborador del periódico y le hace ver que el joven allí presente quiere publicar pero que lo que le trae son escritos “muy tristes”. En fin, para vergüenza del imberbe Cansinos se mofan ambos de él y lo olvidan. Del que acompaña a Ledesma escribe que se llama Pérez Zúñiga, el autor de Camelario Zaragatono y El Trinifus Melancolicus –título éste que poca alegría promete-. El ejemplo de la obra publicada por cada uno viene a ser una sentencia a muerte de la pretendida fama del autor. Cansinos acostumbra a condenar al autor por sus propias obras, sin comentario alguno. A lo largo de los años en que compila las memorias y recuerdos de La novela de un literato va consignando las creaciones de cada uno. Sawa, “el gran bohemio” le confiesa que ha escrito La mujer de todo el mundo, “le ruego que no la lea”, apostilla. Los espíritus más críticos aseguran que el éxito lo garantiza el escándalo y sirven de ejemplo El drama del gonococo del olvidado Palomerín, redactor del Gedeón. Los ejemplos menudean por todas las décadas que recorren La novela de un literato:

“González Ruano me presenta a Fernando de la Quadra Salcedo, el poeta bilbaíno autor de Llanto del Pirineo. El caciquista académico Dos-Fuentes es autor de los pomposos Himnos Íberos. Sánchez-Rojas del Manual de la perfecta novia. Rodrigo Soriano de una obra apologética, San Lenín. Valentín de Pedro escribe sobre una actriz mediocre La primera actriz única. Manuel Cidrión la novelita La mala sombra. En poesía el título que publica Goy de Silva desmiente cualquier lirismo: La cuenta de la lavandera. Emilio Carrere La musa del arroyo y El reino de la calderilla, además del “doliente poema “La amada mal vestida””. Barriobero es autor de Sincerasto el parásito. José Gutiérrez Gamero anticipa un libro de memorias: Mis primeros ochenta años. Buscarini, por contra, publica fragmentariamente las suyas a los dieciséis. Un tal Pedro Mata se atribuye la novela erótica Un grito en la noche. Hay un limpiabotas conocido como Cienhigos autor del drama El betunero ambulante. Serrano Anguita se hizo famoso a principios de siglo con su Viaje a París en burro”. Son filósofos de la cochambre y la golfemia. Kamarrupas que cualquier día se desvanecen en el aire. Pero a alguno de ellos le sonríe la fortuna y tiene un éxito, siquiera efímero, como al autor de Santa Isabel de Ceres, Alfonso Vidal y Planas, que con esa pieza teatral logra dejar atrás la bohemia y sus privaciones, en tanto que Cansinos parece enquistado en el fracaso, divino o no, pero al margen del desahogo económico.

¿Cuál fue el propósito de Cansinos al recordar y anotar incansable aquellas memorias? En El divino fracaso encuentro esta frase que parece resumir su intención: “…hacer al tiempo desandar su órbita y reconstruir un coro de criaturas humanas que ya habrá dispersado la suerte”. Salvar del olvido a aquellos seres triviales, el olvido que no se olvidará de Cansinos, “las historias de la literatura de nuestro siglo ignoran la figura y la obra de Cansinos-Asséns quizás para cumplir, paradójicamente, la voluntad de ocultamiento y olvido del propio escritor”, dijo Borges, quien le atribuyó el destino de aparecer como una leyenda del fracaso. Vanitas vanitatum et omnia vanitas (Ec 1, 2).

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Arturo García Ramos

Categories: Crítica Literaria

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