«Jonathan J. Pachell. Una biografía.» [Extractos de “Dum Spiro, Spero”, libro de memorias] – León Chorroun [Biógrafo y secretario particular de Jonathan J. Pachell] – Traducción y edición crítica a cargo de Arturo del Río Rodríguez

«Jonathan J. Pachell. Una biografía.» [Extractos de “Dum Spiro, Spero”, libro de memorias] – León Chorroun [Biógrafo y secretario particular de Jonathan J. Pachell] – Traducción y edición crítica a cargo de Arturo del Río Rodríguez

Jonathan J. Pachell. Una biografía. [Extractos de Dum Spiro, Spero, libro de memorias] – León Chorroun [Biógrafo y secretario particular de Jonathan J. Pachell] – Traducción y edición crítica a cargo de Arturo del Río Rodríguez

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Arturo del Río Rodríguez – Café

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Jonathan J. Pachell. Una biografía. [Extractos de Dum Spiro, Spero, libro de memorias] – León Chorroun [Biógrafo y secretario particular de Jonathan J. Pachell] – Traducción y edición crítica a cargo de Arturo del Río Rodríguez

(En estos fragmentos, León Chorroun, biógrafo de Jonathan J. Pachell, relata con añoranza aquella semana de mayo en las Islas Aland, en la que tuvo el privilegio de convertirse en el secretario del gran maestro, cargo del que fue relegado tras su regreso a Londres.)

10.05

“Bajamos de nuestras bicicletas (conocida es la aversión del gran maestro a los automóviles, a los trenes, y a los aviones) con las piernas destrozadas por el largo viaje. Nada más llegar al hotel fuimos recibidos por decenas de periodistas, que nos esperaban sentados en los sofás de la recepción. Fue entonces, mientras el maestro (era este el sobrenombre con el que lo conocían sus alumnos del instituto) firmaba el libro de invitados, que dijo aquella célebre frase de “por favor, prepárenme un buen baño de espuma.”

“Para hacer tiempo hasta que llegase el barco que nos habría de transportar a las islas (nadie sabía que Jonathan J. Pachell tuviese aversión por los barcos, cosa que descubrimos más tarde, cuando en un ataque de ansiedad, se lanzó por la borda gritando que prefería nadar junto a los delfines), el maestro jugó una memorable partida de ajedrez contra el gran Taivaloski. El devenir de la partida fue como sigue:

Taivaloski abre con blancas. Pachell sigue el juego con negras. Taivaloski hace avanzar el cuarto peón. Pachell imita ese movimiento, pero sin llegar a soltar la pieza, y finalmente se decide por mover el tercer peón. Luego, las posiciones se despliegan a lo largo de todo el tablero. Tomen nota los más estudiosos del juego:

2cf 3, Cc 6 ·a d4 / Ad5m 7axc4 /  6b7-d5 /  8d4, ex d4 (una buena réplica de Pachell, combinando elegancia y sobriedad) 1he 10 / f7, k8 / 11x c4 / 13 ag 4 / 5hk (aquí, un gato negro se alzó de un salto sobre la mesa, desparramando por el suelo la mayoría de las piezas, y hubo que colocar de nuevo el tablero, respetándose, más o menos, la distribución original de cada casilla). Al cabo de un intercambio cruzado de peones, el maestro cometió un gran error, pues se había distraído fijando la mirada en la mujer que les servía el té: 20m, df7 / 2f / 2r e5/ tx gj8. Luego, la cosa siguió como sigue: tg 1 tg-9 / 30al 7 32 dxh k. A estas alturas ya habíamos perdido el barco de vuelta, y nos veíamos obligados a esperar tres días más en el hotel. 26tgl / 28e 8 / df 8/ 29f3 (las blancas avanzan) df tg3 c4 (las blancas rodean a las negras), 34 dxh k (en este movimiento se interrumpió la partida porque apenas había luz en la sala, era muy tarde y los dos contrincantes tenían sueño. De modo que los miembros de la expedición se marcharon a sus habitaciones, pero unas horas más tarde, Pachell, demostrando que la palabra genio no se regala bajo la tapa de un yogur, fue de puntillas desde su dormitorio hasta el salón, y cambió las piezas de sitio, y colocó al rey blanco en el centro del tablero, encontrándose de ese modo en jaque mate desde veintiséis posiciones distintas. A la mañana siguiente, tal fue la sorpresa de Taivaloski que hubo de arrodillarse emocionado frente a J.J. Pachell, con lágrimas en los ojos, y ya no pudo dejar de admirar al hombre que lo había derrotado. Esta es ya una partida clásica entre los amantes del ajedrez, y grandes jugadores, como Charousek, Spielmann, o hasta J.J. Blackburne, adoptaron las modernas estrategias del maestro.”

17.5

“Por la mañana abandonamos el hotel, dejando una factura que ascendía a más de doscientos cincuenta marcos finlandeses, y nos dirigimos sin perder más tiempo a Hanko, desde donde tomaríamos el barco a las islas Aland, donde el gran hombre tenía pensado escribir la gran novela del siglo veinte. “Érase una vez…”, “había una vez…”, “Hace mucho tiempo…”, el gran maestro no sabía cómo comenzar el libro, pero estaba claro que, una vez escritas las primeras palabras, el resto saldrían de su pluma con la misma facilidad con la que se construye una pirámide. Tartu Elissen, la eminente dramaturga, eterna aspirante al Nobel de química, nos acompañó al puerto y escribió este poema inspirándose en aquel día: “Es un gran hombre/es un gran día/un gran hombre y un gran día/el hombre/el día/y el hombre/y ya”. El maestro se secó las lágrimas emocionado con un pañuelo, que resultó no ser tal, sino unas bragas blancas. Hubo un pequeño gran debate con este pequeño incidente.”

19.6

“En las islas Aland, Monchegorski, el alcalde, nos recibió con los brazos abiertos.  Recuerdo muy bien cómo, Jonathan J. Pachell, mirando al cielo y retorciéndose de dolor, tal vez por culpa de las ostras de la cena de la noche pasada, miró al cielo, y me preguntó al oído: “quo usque tándem abutere, Catilina, patientia nostra?” Yo, efectivamente, lo atribuí a una intoxicación por ostras, pero entonces no sabía cuán equivocado estaba”.

“Un coche tirado por caballos (nadie sabía que el gran profesor tuviese también aversión por los coches de caballos, cosa que descubrimos después, cuando, en otro de sus ataques de pánico, se bajó los pantalones, y exhibió sus partes frente a un rebaño de ovejas y su pastor, mientras les gritaba que él era un caballo también), nos condujo a Marichamn, donde comimos estofado de carne y gazpacho andaluz de segundo. Allí, finalmente abochornado por el incidente de los caballos, el maestro se encerró con llave en la habitación del hotel durante cuatro meses, comiendo solo cáscaras de nueces cocidas, cabezas de salmón crudas, y limones…”

“Cuando por fin salió de la habitación, Jonathan J. Pachell se desmayó en mis brazos, no sin antes entregarme el manuscrito de la novela que había escrito durante todo ese tiempo. Se titulaba “Dios y la Muerte”. Desgraciadamente, comoquiera que había sido escrito a oscuras, ni siquiera él era capaz de descifrar una sola línea. Apesadumbrado, el maestro aceptó a regañadientes un contrato de interinidad en el Ayuntamiento, sustituyendo a un funcionario cuyo único trabajo era dar los buenos días desde detrás de un mostrador, y señalar hacia unas escaleras que nunca supo dónde conducían. Esta ingrata labor le dejó secuelas de las que no llegó a recuperarse.”

29.7

“Los últimos días de su vida los pasó junto a Dorotea, un canario hembra no binario que le habían regalado comprando un secador de pelo y un microondas que nunca llegó a utilizar. Yo continué visitándolo, yendo a menudo a su menudo apartamento, pues aún me debía dos con cincuenta por haberle tramitado todo la documentación de la herencia de sus padres, que a la postre le dejaron en una posición holgada, aunque eso significara quedarse sin la casa familiar, que fue dada a la beneficencia; esa casa en la que había nacido y crecido; esa casa en la que sus padres le dieron una estricta educación a base de zapatillazos, esa casa que tenía goteras, que era húmeda en verano, luminiscente en invierno, trémula en otoño, que se caía a pedazos, necesitada de puertas y ventanas; esa casa en cuyos cuartos de baño crecían plantas carnívoras. ¡Esa mierda de casa!”

“La última noche de su vida, en su lecho de muerte, se agarró a mi brazo, lo recuerdo perfectamente, y me susurró al oído: “hijo, ¿cuáles son los afluentes del margen izquierdo del Mississippi?”

(…)

Breve resumen de la obra de Jonathan J. Pachell.

“Resulta difícil encasillar la producción del gran maestro dentro de un género literario concreto. K. Aludalem, en su estudio “Del queso y sus Ingredientes”, da una ligera pista: “Nunca he leído una sola línea de J.J. Pachell.”

“M. Jönko, cantante y chamarilero de la New Age, en una famosa entrevista acerca de la subida de impuestos al delicado arte de la pesca de esponjas, va más allá: ¿Pachell? No sé de quién me habla.”

“Por otra parte, otros estudiosos de su obra quieren ver en Pachell a un renovador del humanismo panteísta, en su forma primitiva de cupo de control asimilado al Estado:

Extracto del artículo de Suomussalmi en la gaceta local de Patras, originalmente redactado en copto (15/7/1989):

“Es en su segunda etapa (1947-1991) cuando la concepción de las experiencias intermitentes consideradas en su conjunto impulsó la adecuación de una composición naturalista, que dio como denominador común la cristalización empírica del axioma clásico del elemento tomado como ente abstracto cuya esencia puede ser interpretada desde una perspectiva clónica, y se pudo tomar al fin en consideración los componentes purgantes de su obra.”

“En todo caso, poca obra escrita nos dejó el maestro: tan solo dos folios a doble espacio que N.W. Tallin utilizó una mañana de Octubre para envolver un bocadillo de calamares”.

Llegamos al final de estas sucintas notas. Esto no ha sido sino un boceto, un pequeño atisbo literario y humano de este gran hombre. Una relación completa de los pormenores de sus hazañas requeriría varios volúmenes más, aparte de este de setecientas páginas, titulado “Dum Spiro, Spero”, que aquí se presenta en cortos extractos.

“…Y sirva este estudio como una especie de prólogo que sirva a las generaciones futuras para profundizar en la figura de este genio, y todo aquello que le rodeó…”

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León Chorroun

Biógrafo y secretario particular (durante toda una semana) de J.J. Pachell.

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Traducción y edición crítica a cargo de Arturo del Río Rodríguez

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