Un pensamiento ocasional en torno a Literatura e Inteligencia Artificial – Juan Antonio Negrete Alcudia
Overview
Un pensamiento ocasional en torno a Literatura e Inteligencia Artificial
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Un pensamiento ocasional en torno a Literatura e Inteligencia Artificial
Hace poco más de un año releía las obras de Roberto Vivero (un escritor que, a mi juicio, debería ser conocido y reconocido, “pese” a que él, como debe, hace cuanto puede por que ello sea difícil), con la intención de escribir un comentario acerca de su escritura. Tenía esta tarea por un libre deber y una no inferior fuente de gusto (gracias, en buena medida, al dolor que en ella se me prometía), y, sin embargo, como en verdad presentí antes de comenzarla, hube de desistir y abandonarla (o, mejor, aceptar que ella me abandonase a mí) por el camino. Aunque me fascinaba esa escritura, no era capaz de decir de ella más cosas que las que me había explicado el propio autor (cayendo así en el pecado de que el poeta explique su obra, cuánto menos al pensador, como si una obra necesitara y pudiera ser explicada, y el pensador pudiera entenderla –lo que tomo como poderosa prueba de amistad).
No siendo wittgensteiniano, tampoco me permití escribir que, en verdad, sus obras no significan nada sino que juegan a otro juego de lenguaje: creo que, aunque eso es parte de la verdad, no es toda ni la mejor verdad de la escritura de Roberto Vivero ni de escritura alguna (lo sepa él o no). Las obras de Vivero dicen algo, algo “verdadero” (en el verdadero sentido de la palabra ‘verdadero’) acerca del sentido y el sinsentido, de la existencia y de la nada, de la mónada (término que él usa en sus pecaminosas explicaciones) y de su (tan imposible como necesaria) comunicación con los otros. Pero, ciertamente, lo dice de la forma en que lo dice la literatura buena, que no es declaración “literal” ni, menos aún, alegoría o alguna otra figura edificante, sino nadando ingrávidamente en las aguas de lo casi puramente connotativo, en los rizomas etéreos de las conexiones no explicitadas y acaso nunca explicitables entre palabras u otros elementos, quizás aún ni siquiera descubiertos, del lenguaje.
No pude, pues, cumplir con mi deber mientras disfrutaba el quizás inmerecido placer de releerlo: no logré destilar una teoría filosófica que, al fin y al cabo, mostraría que Roberto Vivero podía haber dicho las cosas de manera más sencilla. Pero sí saqué (o pesqué, diríamos en este caso) un pensamiento, un pensamiento filosófico entre meta-literario, meta-técnico y varias cosas más. En verdad, ya se me había venido a la cabeza en otras ocasiones, pero de esa manera espectral en que se aparecen los pensamientos cuando sus cuerpos no están aún o ya vivos. Sin embargo, en ese momento se me hizo patente, “claro y distinto” (aunque no quiero decir con esto que sea necesariamente verdadero ni “original”: seguro que lo han expresado varios otras veces y hasta yo lo habré leído, aunque ahora no me acuerde).
De hecho, parte de este pensamiento lo han enseñado los filósofos desde que han hablado del arte (lo sigue enseñando Kant en su Crítica del Juicio): y es que, al leer un buen texto literario o contemplar una auténtica obra artística, se nos aparece como algo “natural”, incluso como algo necesario, algo que debía decirse o “crearse”. A la vez, sin embargo, lo encontramos como algo, no solo no dicho o creado hasta ahora, o no con esa fuerza (y que por fin alguien ha dicho o compuesto con esa fuerza), sino como algo improbable o, por azuzar la paradoja, imposible. Podríamos decir que una obra de arte se nos presenta como algo tan necesario como imposible (más domesticadamente, tan pertinente como improbable), y de ello se infiere que es obra de un genio o demiurgo. Genio es, pues, quien crea lo que no existía e incluso era (parecía) “inconcebible” pero debía existir.
Esa es una de las patas del pensamiento que aquí pretendo compartir: la que debo directamente a la lectura de Roberto Vivero. La otra mitad del pensamiento vino a mí por una asociación de ideas o entrelazamiento psíquico, y tenía que ver con un “panel” virtual acerca de la Inteligencia Artificial, en el que se me invitó a participar. En ella sostuve que las llamadas inteligencias artificiales (actualmente existentes) no poseen ninguna inteligencia en sentido genuino, por más que simulen muy bien actividades que creemos (muy) inteligentes, y, desde luego, sean muy útiles (y, por eso, inevitablemente también potencialmente muy peligrosas en su uso, por maldad o por ignorancia).
Mi argumento para creer esto es el siguiente: hasta donde sé, las inteligencias artificiales operan (dicho de manera simple pero creo que no esencialmente errónea) generando, acerca del asunto que se les demanda, el más probable discurso (o producto análogo) que esperaríamos, a partir de cuanto se sabe o ha quedado registrado o memorizado sobre ello. En su forma más básica, digamos, el algoritmo va situando, tras cada término, aquel otro que figuraría en el discurso si este lo estuviese produciendo un ser inteligente (es decir, que sabe lo que eso quiere decir). Así, el algoritmo puede escribir un ensayo acerca de (digamos) la Inteligencia Artificial en el que (si ignoramos las restricciones que se le hayan impuesto por sesgos éticos y legales) aparecerá una buena “media” de cuanto se almacena en las redes sobre el asunto. Retroalimentándolo, podemos llegar a recibir un producto que un profesor calificaría de notable o incluso excelente. Igualmente, la I. A. podrá componer una fuga de estilo barroco, imitando al mismísimo Bach, o un soneto gongorino, a partir de las codificaciones que de tales formas musicales y poéticas existen, etc. Esto es muy impresionante, desde luego. Pero hacerlo no implica ninguna inteligencia genuina, si entendemos por esta (como decía más arriba de la obra de arte) una creación nueva e improbable pero necesaria, es decir, llena de un contenido no arbitrario, significativo, relevante.
Por expresarlo en esa forma paradójica sin la que no sabemos vivir los filósofos: si una obra de arte (o un descubrimiento científico, o una auténtica decisión política o una teoría filosófica) es algo que, en el límite, tiene las características modales de lo máximamente improbable “pero” máximamente necesario o pertinente, el producto de la I. A. (actualmente existente) es, en cambio, algo máximamente probable y, añado yo, máximamente “innecesario” (o irrelevante, en el sentido en que es relevante la obra de arte o cualquier otra creación o descubrimiento genuino de la inteligencia).
Mientras el algoritmo opere recopilando la información (estructural y secundaria) y extrayendo de ella una perfecta síntesis, no se producirá ninguna novedad inteligente en su trabajo ni aun por accidente (o, si se quiere, esto sería altísimamente improbable y, desde luego, no “querido” ni “comprendido” por el dispositivo). No creará un universo poético o una manera nueva de poetizar, como hizo Rimbaud, no creará una nueva forma de hacer y concebir la música, como hizo Bach, no se planteará un nuevo problema matemático o científico (aunque será muy útil en ayudar a resolver los planteados), no se hará una nueva pregunta filosófica ni elucubrará un nuevo sistema metafísico (bueno…, esto parece que ya nadie lo espera tampoco de los humanos).
Concluyo con algunas observaciones: la primera es que soy consciente de que ningún “creador” humano trabaja en el vacío (solo a Dios le es dado crear ex nihilo). Pero esto no significa que no se cree o descubra algo cualitativamente diferente, que no se limita a imitar o recomponer lo ya existente. Es posible para casi todo el mundo escribir un soneto (“que se precie el que es discreto / en hacer un bueno soneto / bien puede ser, / mas, que un menguado no sea / quien en hacer dos se emplea / no puede ser”, escribió Góngora), y un estudiante de música puede escribir fugas bachianas; pero ambas cosas son posibles solo porque existieron Góngora y Bach, y nos trajeron algo que, literalmente, no podíamos ni imaginar (decía Popper, por eso, que los descubrimientos no pueden predecirse: un hombre del paleolítico no pudo decir “¡ojalá un día inventemos la rueda!”, pues la habría inventado en ese mismo acto).
En segundo lugar, debe observarse que, de acuerdo con lo dicho, la inmensísima mayoría de lo que los hombres hacemos, no requiere inteligencia genuina (lo que se expresa bastante adecuadamente en el dicho: “copiar un libro es plagio y copiar dos es hacer una tesis”). Aunque los humanos hagamos esa tarea mediante un mecanismo o algoritmo diferente al que usan las I.A. (como hacemos las sumas con los dedos), no dejan de ser cosas que puede hacer también una calculadora. E converso, la I. A. no necesita entender nada para hacerlo. Y esto, por cierto, es algo muy positivo, a mi juicio. De ello deberíamos extraer el siguiente lema: “Cuanto puede hacerse mediante una I.A., carece de valor de inteligencia real”. O, en forma de consejo moral: “No hagas (salvo en calidad de modus vivendi) ninguna tarea que podría hacer una I.A.” Cuando el ser humano “externaliza” en las máquinas ciertas tareas, subrutinas, queda libre para empeños más altos.
Lo tercero y último que quiero hacer notar es que, cuanto acabo de decir, no implica en ningún caso que no pueda existir Inteligencia Artificial, en el sentido genuino (pero, ciertamente, poco preciso) en que la he entendido aquí. No sostengo que, por esencia, un algoritmo no pueda ser un dispositivo capaz de implementar inteligencia. Este es un problema muy grueso. Roger Penrose, en Las sombras de la mente, argumentó que la consciencia no puede ser algorítmica porque los algoritmos no pueden “entender” (no pueden deducir ni decidir) proposiciones tipo-Gödel (es decir, proposiciones del tipo de la paradoja del mentiroso: “esta proposición es falsa”), y nosotros sí. El teorema de Gödel significaría, pues, que la inteligencia no puede reducirse a algoritmo. Pero los críticos de mi admirado Penrose adujeron que quizás nuestro propio cerebro funciona algorítmicamente y, no obstante, entiende las proposiciones paradójicas. A ello Penrose respondió que bien podría ser, pero que, en tal caso, no dejaba de ser chocante que nosotros “entendamos” o procesemos matemático-neurológicamente la matemática y los demás ámbitos conceptuales de una forma completamente diferente a como la entendemos en nuestra consciencia. Es un debate interesante, sobre el que no quiero argumentar aquí. En principio, rechazo la postura “romántica” o supersticiosa de que los hombres poseemos algo especial que no puede poseerlo ninguna otra estructura, y encuentro poco útil la distinción profunda entre Natural y Artificial (somos un artificio del Demiurgo, según Timeo, y lo importante para la discusión no es el origen, ni aun el material, del que está corpóreamente hecho el inteligente: puedo concebir inteligencia extraterrestre de silicio). Creo que hay una relación de total correlación entre mente y cuerpo, y no descarto que la noción de algoritmo, pertinentemente desarrollada o profundizada, sea válida para describir la estructura última de la información y la consciencia, aunque también pienso, con Platón, que hay un modo de pensamiento racional más allá de la matemática, que es el que caracteriza a la filosofía, pero también a la poesía y a todo acto de inteligencia creativa.
En todo caso (termino repitiendo ese pensamiento que debo tanto a la inteligencia de Roberto Vivero como a la “Inteligencia” artificial), aún no poseemos Inteligencia Artificial sin comillas.
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Habría querido no citar a Roberto Vivero, pues la experiencia de su lectura es incompatible con encontrarlo troceado (salvo en la manera en que él trocea su obra que es una sola toda). Sin embargo, admitiré mi fracaso también en esto (que el lector asuma el suyo correspondiente), excusándome con las consabidas obligaciones que afectan a una referencia. De modo que copio a continuación el comienzo y algunos pasajes de una de sus obras “centrales” y menos esotéricas, Grita [1]:
“Hay personas a las que nada más verlas tienes ganas de pegarles. Para eso he venido aquí, para abrir los ojos, levantar la cabeza y decir mano, mar, tierra, horizonte, cielo, y para no poder hacerlo porque la primera vez que salgo a cubierta, apoyo las manos en la barandilla, levanto la cabeza para mirar la tierra, el mar, el horizonte y el cielo, y oigo «Hay personas a las que nada más verlas tienes ganas de pegarles». Entonces ya no estoy en este muelle, en este barco a punto de zarpar; estoy en esa frase y en las posibles respuestas”.
“No queda más remedio que pensar que la tragedia de este hombre, como todas las tragedias, consiste en que lo que es no coincide con lo que parece. Y para ser un hombre complicado, no uno que pasa una situación complicada, tendría que ser un genio o un semigenio, igual que hay dioses y semidioses; es decir, tendría que ser o un genio o un héroe. Pero si fuese un genio no habría venido aquí a pensar qué hacer para resolver sus problemas o con la esperanza de que pase algo que cambie su situación. El genio no comete errores, lo que no le exime de sufrir. Los demás sufrimos por los errores, propios o ajenos. No el genio. Él sufre por la creación y sus problemas los soluciona encerrándose en la soledad, desapareciendo; desde luego, no embarcándose en un crucero con seiscientos pasajeros. (…) El genio, por su parte, es tan parecido al tonto que podría confundirse con él. El genio se enfada contigo y se enfada con esto y con aquello, y te lo dice, y te aplasta y te destruye, no te niega, no niega tu existencia, simplemente la elimina. Este hombre se ha enfadado por algo. Lo demás no tiene sentido (…)”.
“Bien, es una cuestión de tiempo, por supuesto. Se trata de ser el tiempo que somos en el tiempo de la maduración y en el tiempo de la podredumbre. En realidad, convengamos que todo tiempo es un solo tiempo: el tiempo de la destrucción. La materia es lo que el tiempo necesita para llegar a ser, y para ser el tiempo ha de hacerse deshaciéndose, por eso todo tiempo es el tiempo de la destrucción y eso es la materia, nada más que el tiempo para llegar a ser, para llegar al ser, como la enfermedad que para llegar a ser necesita al cuerpo sano y cuando lo alcanza lo destruye, y por eso desaparecerá el cuerpo sano y desaparecerá la enfermedad y siempre será el tiempo, que es el tiempo de la destrucción. Ahora bien, imaginemos algo hermoso. Algo tan hermoso que nos da ganas de conservarlo para siempre, pues, según una definición clásica, está dicho que o se ama siempre o no se ama, y el correlato de lo hermoso es el amor. Imaginemos algo tan hermoso que se ama y no se quiere que desaparezca jamás. Imaginemos eso. Imaginemos que es algo tan hermoso que solo se le puede decir no puedes desaparecer. No. Imaginemos que es todavía más hermosos, que solo se le puede decir no puedes ausentarte. Es algo tan hermoso que todo nuestro ser no puede dejar de traicionarse, de ser infiel a su esencia, y es su esencia misma la que se pone contra sí misma. Y cuando sucede esto, la esencia contra sí misma, es cuando decimos que algo está real y completamente vivo”.
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Juan Antonio Negrete Alcudia
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Nota
[1] Roberto Vivero, Grita, Ápeiron, Madrid, 2017

