Federico García Lorca, memoria inextinguible – Sebastián Gámez Millán
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Federico García Lorca, memoria inextinguible
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Federico García Lorca, memoria inextinguible
A Florencio Maíllo, apasionado de Lorca, que lo ha retratado como nadie.
No sé si para la preservación del mito, probablemente ya también inextinguible, es preferible que no se encuentren los restos del poeta Federico García Lorca (Fuentevaqueros, 1898-Víznar, 1936), trágicamente asesinado por falangistas durante la guerra (in)civil. Así seguirá siendo el símbolo de todas las personas injustamente asesinadas cuyos cuerpos permanecen perdidos tantos años después, al igual que su poesía lo es de los excluidos, marginados y oprimidos (mujeres, gitanos negros…). Es lo que sugiere un poema en prosa de José Ángel Valente incluido en su póstumo Fragmentos de un libro futuro, parafraseando un diálogo del popular “Romance sonámbulo”: “Él ya no es él, le dije. Es el nombre que toma la memoria, no extinguible de todos”. ¿Acaso no es esta memoria el nombre del mito?
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En esta línea se manifestaba Laura García Lorca, Directora de la Casa-Museo Huerta de San Vicente, ante la pregunta de por qué se opone la familia a que sea exhumado el cadáver de García Lorca: “Pretendemos proteger el lugar. Proteger a todos. Ahí van a salir los restos de muchos que sus familias no quieren sacar. Habrá quienes no sean identificados. Eso puede generar la violación de un lugar sagrado para muchas familias. Al estar todos ahí, todos son iguales ahora. Federico es solo uno más. Preferimos mantenerlo en el terreno de lo público. Los García Lorca no queremos cambiar esa historia que otro escribieron con sangre. Ese es el lugar de la memoria. Sacándolo se borra esa memoria que nosotros no queremos que se olvide”.
Se cumplen hoy 90 años de aquel injusto asesinato –si hay alguno que no lo sea– junto al de otras tres personas más desconocidas: Eran Dióscoro Galindo, maestro; Francisco Galadí Melgar y Juan Arcollas Cabezas, banderilleros. A pesar de haber muerto con 38 años, nos dejó al menos 10 libros de poesía y 12 de teatro, entre los cuales sobresalen algunas obras magistrales, como Poeta en Nueva York (1940), Elegía por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías (1935), Romancero gitano (1928) o La casa de Bernarda Alba (1936). La pregunta es ineludible: ¿qué hubiera sido de haber vivido otros tantos años más? Entre los contrafácticos se alza la memoria del mito. De no haber muerto en estas terribles y trágicas circunstancias, ¿sería el poeta más universal de nuestra lengua en el siglo XX?
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Aunque no hay duda de su genialidad –hay quienes la han cuestionado–, en honor a la verdad es más alguien profundamente intuitivo que ilustrado, más próximo en ello a Neruda o a Miguel Hernández que al propio Borges u Octavio Paz, pongamos. Mientras los genios intuitivos acaso no saben expresar cómo han llegado adonde han llegado, los ilustrados quizá sepan dar cuenta de ello. El genio de Lorca está sobre todo en su sensibilidad y en su capacidad de experimentar combinaciones inauditas e iluminadoras con el lenguaje.
Con demasiada frecuencia, la obra es superior al autor. En el caso de Lorca, por numerosos testimonios que hemos recibido, se diría que es al revés. Según Alberti, “había magia, duende, algo irresistible en todo Federico. ¿Cómo olvidarlo después de haberlo visto o escuchado una vez? Era, en verdad, fascinante: cantando, solo o al piano, recitando, haciendo bromas e incluso diciendo tonterías”. Según Buñuel, “de todos los seres vivos que he conocido, Federico es el primero. No hablo ni de su teatro ni de su poesía, hablo de él. La obra maestra era él. Me parece, incluso, difícil encontrar alguien semejante. Ya se pusiera al piano para interpretar a Chopin, ya improvisara una pantomima o una breve escena teatral, era irresistible”. El irresistible encanto del duende y de la poesía.
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El Catedrático de Literatura y especialista en su obra, Andrés Soria Olmedo, ha sostenido que “es muy probable que el `duende´ –concepto acuñado o, para ser más exactos, reinterpretado por Lorca– sea una reescritura de lo dionisíaco tal como se concibe en El nacimiento de la tragedia de Nietzsche, ligado a lo subterráneo y a lo corporal”. Con el debido respeto, tengo para mí que la distinción conceptual entre lo apolíneo y lo dionisíaco, con la que el filósofo critica la tradición Occidental, cimentada sobre la lógica instaurada por Sócrates y Platón, el judaísmo y el cristianismo, sirve para esclarecer muchos de los conflictos que aparecen en la poesía y el teatro de Lorca: desde los amores prohibidos a las costumbres y valores que marginan a minorías (gitanos, negros, homosexuales…) o a mayorías silenciadas (mujeres), reprimiendo los deseos y afectos de los cuerpos, estrangulando lo que de vital posee la vida.
Por su personalísimo estilo, Lorca es un poeta muy difícil de emular, de modo que su huella en poetas posteriores no es comparable, pongamos, a la de Cernuda: digamos que ahí la inspiración delata el crimen. Sin embargo, en algunas de las poetas del 27, como en María Teresa Roca de Togores, Margarita Ferreras o Cristina de Arteaga, entre otras, es visible el folklorquismo: la metáfora audaz fusionada con lo popular. Su poesía, su teatro, su imagen y el mito están ya en la memoria de la lengua y del aire que respiramos.
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Sebastián Gámez Millán
18 de agosto de 2026

