Kant, Friedrich y lo sublime – Sebastián Gámez Millán
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Kant, Friedrich y lo sublime
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Kant, Friedrich y lo sublime
Ambos expresaron de forma excepcional lo sublime. Friedrich contrapone la finitud humana frente a la infinitud de la naturaleza.
Monje junto al mar (1808) es una de las pinturas más audaces del Romanticismo. A excepción de la pequeña figura humana, con la que una vez más contrapone la finitud del ser humano frente a la infinitud de la naturaleza, el cielo, el mar y la tierra aparecen representados como masas difusas de colores. Como Perro semihundido (1819), de Goya, o Tormenta de nieve sobre el mar (1842), de Turner, pero décadas antes, anticipa la abstracción. Kant, que detestaba el espíritu romántico, a pesar de ser uno de los padres intelectuales de este movimiento cultural –como Goethe, Rousseau…–, definió al genio como “el talento que da la regla al arte”. Caspar David Friedrich (1774-1840) lo fue, pero el redescubrimiento de su obra no llegó hasta 1906 durante una exposición celebrada en Berlín.
El año pasado se celebró el 300 y el 250 aniversario del nacimiento de Kant y de Friedrich respectivamente con numerosos congresos y exposiciones. El pietismo es palpable en la obra de ambos. Friedrich conoció la experiencia de la muerte desde niño: en 1781 falleció su madre. En 1787 se ahogó uno de sus cinco hermanos, Christoffer, cuando salvaba a Caspar David, que se había hundido bajo el hielo. Y en 1891 murió su hermana.
Acorde al espíritu romántico, declaró que “la tarea del pintor de paisajes no es la fiel representación del aire, el agua, las piedras y los árboles, sino que es su alma y su sentimiento lo que ha de reflejarse”. Una de sus pinturas más bellas es Acantilados blancos en Rügen (1818), que lo pintó durante su viaje de novios y en la que se autorretrata de espaldas junto a su mujer y su hermano. Es una alegoría del amor. Tal como es característico de su obra, contrapone lo cercano, representado por figuras humanas, con la infinitud del horizonte y de la naturaleza, hacia donde dirige la mirada el punto de fuga.
Se diría que ante las pinturas de Friedrich cobramos conciencia de nuestra finitud, lo que nos hace humildes, lo que nos conduce por la vida mejor que su opuesto, la soberbia, que consiste en sobreestimarnos. Según Kant, “lo bello nos prepara para amar sin interés algo; lo sublime, para valorarlo altamente incluso en contra de nuestro interés (sensible)”. ¿No será el arte, en cualquiera de sus dimensiones, una educación sentimental y valorativa? Naturalmente, todo depende de cómo lo contemplemos.
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Sebastián Gámez Millán
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