El problema ético en el «Libro del Buen Amor» – María José Edreira Vázquez

El problema ético en el «Libro del Buen Amor» – María José Edreira Vázquez

Sobre el problema ético en el Libro del Buen Amor

 

Dedicado a Joseph T. Snow

por su entusiasmo y buen hacer

en las clases recibidas

 

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Solomon y Temprano en su artículo “La individualidad, el Bien eficaz y el dilema de Juan Ruiz” [1]   consideran el Libro de Buen Amor  como la expresión del dilema del Arcipreste, entendido éste como el intento de llevar a cabo su función como clérigo a la vez que satisfacer las exigencias de su propia carnalidad. Esto es, el dilema que le conduce al intento de unificar el deseo de llevar a cabo su “bien eficaz” individual con su responsabilidad social como miembro del clero.

Para estos autores, Juan Ruiz postula una ética del “bien eficaz” en detrimento de una ética cristiana prescriptiva: Bien es aquello que “funciona” para el individuo y no aquello que lo santifica teológicamente. El “buen amor” es el amor que logra la intención del individuo: si lo que se desea es la salvación, ésta puede lograrse mediante el amor de Dios; pero si lo que se desea es una relación amorosa con una mujer, ésta sólo puede lograrse por medio de las acciones apropiadas para conseguirlo. [2]

Para ellos, la intención del Arcipreste en el Libro del Buen Amor a través de sus sucesivas aventuras amorosas, es conseguir no el amor de Dios sino el amor carnal, y todas las declaraciones didácticas del libro no son otra cosa que el intento de mantenerse en su función como miembro del clero. [3]

La noción de bondad de Juan Ruiz, según estos autores, reside en el reconocimiento de la intención individual en detrimento del acto. Los actos son buenos o no según sean eficaces para el logro de la intención individual.

En este artículo planteo que aunque el reconocimiento de la intención individual sea un elemento esencial en la obra de Juan Ruiz, ello no significa que su concepto de bondad se aproxime a la ética intencional de Abelardo, ni a una ética del bien eficaz. [4]

La ética subyacente en el Libro del Buen Amor es más bien una ética de fines; en concreto, es una ética teológica encaminada al último fin, que es la salvación del hombre.

Si partimos del hecho de que las distintas éticas se definen o delimitan por el sentido que se le de al término “bueno”, tendremos que empezar por clarificar la expresión “buen amor” en Juan Ruiz.

Según Gonzalo Sobejano en su artículo “Consecuencia y diversidad en el Libro del Buen Amor”, el término “buen” tiene al menos tres sentidos diferentes en el Libro del Buen Amor: el loco amor o amor físico; el amor  profano ejercido como un arte y el amor divino o amor de Dios. El amor loco es el amor concupiscente o amor extraviado, causa del pecado del mundo. El amor profano es el amor sensual, es el buen amor humano de las lecciones de Don Amor y doña Venus; el fino amor completo del alma y el cuerpo es el amor de Doña Endrina y don Melón. El amor de Dios es el amor que salva al hombre, es la caridad.

Si queremos considerar el libro unitariamente, el hilo conductor es la progresión que realiza el autor desde el loco amor de las primeras aventuras amorosas hasta el buen amor de Dios del final de la obra.

 

 

 

Al principio de la obra el autor reconoce que el hombre por naturaleza esta inclinado al loco amor. El Arcipreste, dentro de este marco de ficción del Libro del Buen Amor,  se considera pecador como hombre y empieza ejemplificando con sus propias aventuras el loco amor en el que siempre fracasa, ya que nunca consigue el amor. Esto desencadena la pelea con don Amor, quien le instruye en el arte del buen amor humano. A través de la puesta en práctica de la enseñanzas de don Amor se consigue el amor sensual entre don Melón (que en un principio se identifica con el figurado “yo” autobiográfico del autor) y doña Endrina, que deriva en loco amor (aunque convertido en matrimonio). Después de nuevas aventuras de loco amor en la Sierra, aparece la primera meditación sobre la muerte de Cristo y otra serie de aventuras fracasadas hasta llegar a doña Garoça, con quién no dan resultado las enseñanzas de don Amor, no entregando su cuerpo al Arcipreste sino su espíritu, guiando así al Arcipreste hasta Dios. A partir de la muerte de doña Garoça y Trotaconventos, hay una evocación de la muerte como muerte del buen Amor y una condena del amor loco o cupiditas que no lleva consigo la caridad.

Esta estructura es ya indicio de lo que se propone Juan Ruiz, llegar a su fin último: Dios. Solomon y Temprano no tienen en cuenta el final de la obra y afirman que ese final se debe solo a la necesidad de guardar las apariencias que tenía Juan Ruiz como clérigo. Lo que les sugiere la idea del dilema personal del autor.

Sin embargo, si nos ceñimos a la época de Juan Ruiz, podemos decir que en la Edad Media no se tomaba la distinción ente caritas y cupiditas como una distinción radical, no se sentía la necesidad de elegir entre ellas como si fueran dos polos totalmente opuestos.

La distinción entre caritas y cupiditas es solo una cuestión de grado si, como hace Juan Ruiz, la interpretamos en términos agustinianos. San Agustín parte de una distinción metafísica entre “razón inferior” o razón inmersa en los objetivos sensibles y “razón superior” o contemplación de las Ideas divinas. Consistiendo la conversión a Dios en el esfuerzo de la razón humana por ascender de lo sensible a lo inteligible. Expresado en términos éticos y entendiendo a Dios como summum bonum, la bondad se determina por el acercamiento a Dios desde el “orden inferior” o cupiditas, en un movimiento de caridad o amor de Dios que es el único amor que se justifica por sí mismo.

La caridad también puede entenderse como amor a las demás criaturas supeditado al amor de dios. Puede amarse a una mujer por la satisfacción fisica o por el amor de Dios. Tenemos, pues, dos polos: cupiditas o amor loco y caritas o amor de Dios, pero entre estos dos polos o entendido como otro tipo de caritates está el amor a las demás criaturas por amor de Dios, es decir, el buen amor humano.

Simplemente el amor mundano se pone en perspectiva del amor divino: puede ser considerado como medio para conseguir el fin, que es el amor de Dios, único fin en si mismo.  Así, Juan Ruiz concibe el amor mundano como una pasión noble que el hombre puede experimentar haciéndose a sí mismo merecedor del objeto de su amor, para de esta manera elevarse por encima de sí mismo hacia el fin o bien supremo que es Dios. Así lo expresa Juan Ruiz en el Libro de Buen Amor:

el amor faz sotil al omne que es rudo,

            fázele fablar fermoso al que antes es mudo,

            al omne que es covarde fázelo muy atrevudo,

            al perezoso faze ser presto e agudo (156)

Se realiza una sublimación o abstracción de los placeres del amor. El amor humano se justifica si esta ordenado hacia el bien supremo o fin último. La ética de Juan Ruiz no es una ética del bien eficaz; en todo caso, es una ética de los medios eficaces para conseguir el fin. La finalidad es el propósito del hombre, lo bueno no es aquello que es eficaz para lograr la intención del individuo. De esta manera, estaríamos considerando como fin aquello que solo es un medio para alcanzar el fin en si mismo que es Dios.

Solomon y Temprano afirman que buen amor será aquel que logre la intención del individuo. Si hablamos de “logro de la intención”, tenemos que hablar de ética eficaz y no de ética intencional. Estos autores no hablan, efectivamente, de ética intencional en Juan Ruiz, sino de ética eficaz y, simplemente, hablan de la ética intencional de Abelardo para indicar que el reconocimiento de la voluntad individual formaba parte de la mentalidad de los pensadores cristianos de la época.

El problema de la intencionalidad en Abelardo es más complejo. Abelardo auque quería destacar la importancia de la conciencia moral, no intentaba suprimir la autoridad de Dios. La bondad y la maldad no son simplemente subjetivas, detrás de esa intención humana, hay algo que la determina: la bondad radica en que la intención del hombre debe coincidir con la intención divina. Y, sobre todo, Abelardo en su Ética –aunque no consideraba el acto como pecado en sí mismo, sino la intención-  advirtió que ya que los hombres no somos Dios y no podemos ver la verdad en la conciencia del prójimo; la maldad o bondad debe ser juzgada según el acto y no según el espíritu con que es ejecutado.

Tenemos, por un lado, que la ética de Juan Ruiz no puede ser puramente intencional si se fija en los medios eficaces para conseguir lo que la voluntad quiere y; por otro lado, que si es una ética de acciones eficaces cabe preguntar: ¿eficaces para qué? Si la respuesta es: eficaces para conseguir, realizar o “lograr” la intención del sujeto; entonces, lo que determina la bondad realmente es el acto y no la intención. Si se habla de “logro” tendríamos que decir: eficaces para conseguir el fin que queremos alcanzar.

La cuestión no es tan simple como parece. Solomon y Temprano afirman que Juan Ruiz elude la ética teológica –con lo que estoy de acuerdo en el sentido de que su didactismo no es prescriptivo- y lo que cuenta para él no es la obra sino la intención. Si admitimos esto, la pregunta es: ¿cuál es la norma que determina la bondad o maldad de la intención? ¿Quién o qué decide?  Nos encontramos ante el principal problema-enigma del texto para el lector del Libro del Buen Amor. Si esa norma es externa, entonces podemos decir que es Dios; ya que en esa época no se puede afirmar que el Estado, el bien común, etc. pudieran realizar esa función. Si esa norma es interna y está en la conciencia del individuo, o bien caemos en un solipsismo ético y, por consiguiente, en el caos social; o bien esa norma interna es universal y dada de una forma a priori al hombre. Pero, si adoptamos esto último –y yo creo que eso es precisamente lo que hacen Solomon y Temprano-  estamos realizando una interpretación kantiana de la obra de Juan Ruiz.

El énfasis que hace Juan Ruiz en la “intención” tiene un significado menos complejo y alejado del concepto de ética eficaz. Según yo lo entiendo, Juan Ruiz se refiere a la intención o “buena voluntad” solo cuando habla de la posible interpretación de su obra por parte de los lectores. Lo dice explícitamente:

                 Por esto diz’ la pastraña de la vieja ardida:

                 “Non á mala palabra si non es a mal tenida”;

                  Verás que bien es dicha si bien es entendida:

Entiende bien mi dicho e avrás dueña garrida (64)

 

Juan Ruiz sólo considera buena su obra si es bien entendida, y nadie podrá hablar mal de ella en ese caso, esto es, nadie la podrá interpretar como una defensa del loco amor:

 

Las del buen amor son razones encubiertas:

            Trabaja do fallares las sus señales çiertas;

            Si la razón entiendes o el seso açiertas,

            Non dirás mal del libro que agora refiertas (68)

 

Sin embargo, respecto al finalismo, sí que aparece claramente en el libro. En el prólogo en prosa Juan Ruiz habla de las tres facultades humanas: entendimiento, voluntad y memoria, y de su uso correcto para conseguir el fin último:

.. E por ende devemos tener sin dubda que (las buenas) obras siempre están en la buena memoria, que con buen entendimiento e buena voluntad escoge el alma e ama el amor de dios por se salvar por ellas. Ca Dios, por las buenas obras que faze omne en la carrera de salvaçión en que anda, firma sus ojos sobre él (45-52)

 

El pecado o maldad proviene de la flaqueza de la naturaleza humana. Y, es causa del desequilibrio de nuestras facultades, lo que nos hace elegir mal los medios para conseguir el fin y, por tanto, obrar mal

 

       … Comoquier que a las vegadas se acuerde pecado e lo

   quiera e lo obre, este desacuerdo non viene del buen

  entendimiento, nin tal querer non viene de la buena

      voluntad, nin de la buena memoria non viene tal obra;

   ante viene de la flaqueza de la natura humana que es

          en el omne, que se non puede escapar de pecado (52-58)

 

Solomon y Temprano se detienen en el bien eficaz, esto es, en los medios, sin llegar a ver el fin último. Para ellos la obra termina cuando Juan Ruiz logra el buen amor con doña Garoça, y el resto de la obra es una serie de declaraciones didácticas con las que Juan Ruiz intenta mantenerse en su función de clérigo. Se basan en el verso 1502 para mantener esto:

 

                  Oteóme de unos ojos que paresçían candela:

                 yo sospiré por ellos, diz mi coraçcón: “¡Hela!

                     Fuime para la dueña, fablóme e fabléla,

                      enamoróme la monja e yo enamoréla.

 

Pero, en realidad, aquí no hay consecución del buen amor humano sino del “limpio amor” o amor de Dios:

 

Resçibióme la dueña por su buen servidor;

                   siempre le fui mandado e leal amador;

                mucho de bien me fizo con Dios en limpio amor;

                   en quanto ella fue biva, Dios fue mi guiador.

                   Con mucha oración a Dios por mí rogava,

                  con la su abstinencia  mucho me ayudava;

                  la su vida muy limpia en Dios se deleitava:

            en locura del mundo nunca se trabajava (1503-1504)

 

El Arcipreste no solo no consigue el buen amor humano, sino que Garoça y Trotaconventos mueren y entonces aparece la angustia del “planto” (llanto, elegía en la que el poeta lamenta el fallecimiento de un ser querido), donde Juan Ruiz pone énfasis en la impotencia humana; la voluntad humana no es eficaz por sí misma. La muerte, que es el pecado, solo puede ser vencida por el Redentor en el máximo acto de Caridad. La vida eterna vence a la muerte y el pecador es así redimido.

Si tenemos en cuenta el aspecto didáctico la obra se podría entender unitariamente. La ambigüedad y la ironía se dan en la obra de Juan Ruiz pero como un medio de enseñanza. Juan Ruiz no es didáctico al estilo tradicional, pretende enseñar deleitando, pero no se queda en el aspecto lúdico. El autor oscila durante toda la obra entre la ejemplaridad y la realidad de la debilidad humana, admitida al principio de la obra:

 

Como dize Aristótiles, cosa es verdadera,

                el mundo por dos cosas trabaja: la primera,

                   por aver mantenençia; la otra cosa era

              por aver juntamiento con fembra plazentera (71)

 

               Que diz verdat el sabio claramente se prueva:

               omnes, aves, animalias, toda bestia de cueva

             quieren segund natura compaña siempre nueva,

            e quanto más el omne que toda cosa que se mueva (73)

 

Pero el amor humano procede también de Dios y si es bien entendido no tiene porqué ser malo:

 

Si Dios, quando formó el omne, entendiera

                  que era mala cosa la mujer, non la diera

               al omne por compañera nin d’él non la feziera;

               si para bien non fuera, tan noble non saliera (109)

 

La ética del Arcipreste es una ética cristiana, aunque revisada, en el sentido de no ser dogmática. El Arcipreste no prescribe, no impone su punto de vista, es el individuo el que tiene que escoger según su entendimiento:

 

En general a todos fabla la escritura:

            los cuerdos con buen sesso entendrán la cordura;

               los mançebos livianos guárdense de locura:

                    escoja lo mejor el de buena ventura (67)

 

El autor simplemente invita a que se entienda bien su libro:

 

Entiende bien mis dichos e piensa la sentençia (46a)

 

La esencia del Libro del Buen Amor radica en que el individuo es libre de escoger entre el bien y el mal, puede entenderlo bien o mal. Pero en última instancia, el individuo tiene la responsabilidad y la obligación de usar bien su libertad para alcanzar su último fin. En realidad, el individuo debe elegir el bien si quiere conseguir el amor de Dios y no caer en la tristeza del pecado. Pecar es humano, forma parte de la debilidad del hombre, pero ello no le proporciona alegría al hombre sino males y tristeza. Así lo dice Juan Ruiz en su prólogo:

 

   …, ent(end)iendo quántos bienes faze perder al alma

        e al cuerpo e los males muchos que les apareja e trae

            el amor loco del pecado del mundo, … (92-94)

 

Por ello el hombre si quiere salir de su tragedia, debe poner su esfuerzo en alcanzar el buen amor de Dios, necesita la ayuda de Dios. De ahí la invitación del autor a que se entienda bien su libro, aunque, en última instancia, es el individuo el que tiene que elegir:

 

Empero, porque es umanal cosa el pecar, si algunos, lo

       que non los consejo, quisieren usar del loco amor, aquí

           fallarán algunas maneras para ello. E ansí este mi

       libro a todo omne o muger, al cuerdo e al non cuerdo,

           al que entendiere el bien e escogiere salvaçión e

                  obrare bien amando a Dios, … (118-123)

 

El didactismo de Juan Ruiz no es, por tanto, deontológico, prefiere dejar la decisión al libre albedrío de cada uno y simplemente, advertir del peligro a través de la ejemplificación de su propia experiencia:

 

    E yo, como só omne como otro, pecador,

                ove las mugeres a las vezes grand amor;

              provar omne las cosas non es por ende peor,

                 e saber bien e mal, e usar lo mejor (76)

 

El individuo necesita experimentar, conocer el bien y el mal para poder decidir que es lo mejor para él. Es el individuo el que debe determinar su fin, pero según se muestra a través de los sucesivos fracasos amorosos en el libro, el único fin adecuado si no se desea acabar en la angustia de la muerte, es el fin último, esto es, Dios. El amor de dios es el único que nos rescata de la impotencia y la frustración humanas y ése es el mensaje de Juan Ruiz en el Libro de Buen Amor.

 

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María José Edreira Vázquez

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Bibliografía

 

Fuentes:

  1. Juan Ruiz, Arcipreste de Hita. Libro de Buen amor. Barcelona: Planeta, 1983.

Estudios:

  1. Arias y Arias, R. El concepto de destino en la literatura medieval española. Madrid: Insula, 1970: 255-281.
  2. Gilson, Étienne. History of Christian philosophy in the Middle Ages. New York: Random House, 1955
  3. Mac Intyre, Alasdair. Short history of Ethics. New York: The Macmillan Company, 1966: 110-121.
  4. Solomon, Michael R. and Temprano, Juan C., “La individualidad, el Bien eficaz y el dilema de Juan Ruiz”. Boletin de la biblioteca Menendez Pelayo (Santander), 6 ( 1985): 15-35.
  5. Sobejano, Gonzalo. “Consecuencia y diversidad en el Libro de Buen Amor”. El Arcipreste de Hita. Editorial M. Criado del Val, 1973: 7-17.

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Notas

  1. Solomon, Michael R. and Temprano, Juan C., “La individualidad, el Bien eficaz y el dilema de Juan Ruiz”, p. 15.
  2. Id., pp. 21-22.
  3. Id., pp. 28-29.
  4. Id., pp. 22.

 

 

 

 

 

 

 

 

Autor
Categories: Filosofía, Literatura

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