La máquina onírica – Martes de Carnaval [Escrituras automáticas VII] – Soledad Arcos

La máquina onírica – Martes de Carnaval [Escrituras automáticas VII] – Soledad Arcos

La máquina onírica – Martes de Carnaval [Escrituras automáticas VII] – Soledad Arcos

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Gene Tierney como Lucy Muir en un fotograma de The Ghost and Mrs. Muir [1947 – Joseph L. Mankiewicz]

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Martes de Carnaval

«El que salta al vacío no le debe ninguna explicación a los que se paran a ver».

Jean-Luc Godard

la equilibrista quiere tirarse de la cuerda sabe que es una estafa con carcasa de letras
la equilibrista es un depredador con un revólver apuntando su sien mira el vacío sobre tacones de aguja
se siente estúpida

la equilibrista sabe hace tiempo que no es importante pero se pinta los labios de rojo para ir a dormir
y baila sobre las cornisas

mientras, sostiene frágiles corazones entre sus manos para hacer el contrapeso perfecto

y recuerda
la pregunta insistente:

¿cómo te defines?

*

Solveig Dommartin como Marion en un fotograma de Der Himmel über Berlin [1987 – Wim Wenders]

*

No fuiste la mujer sin maleta, ni la que pensaba indefensa mientras el horizonte aleteaba.
No, no fuiste la que se manifestó impasible cuando las letras obscenas nadaban entre sus piernas, ni tampoco la que tomaba chocolate caliente buscando a la Venus de Boticcelli, de ojos marrones, azules, verdes…
No eras la que se escondía bajo las mantas para no ver el futuro, ni la que subía escaleras y bajaba alegrías. No la que se pintaba los ojos con puntas rotas, ni la que no halló el rojo para sus labios.
No, no eras la que perseguía danzantes encajes bajo la lluvia, ni la que disfrutaba de los roces ocasionales del gran monstruo humano. Tampoco la que le robó las armas al diablo para provocar al ángel, ni la que dormía los cuernos.
No fuiste la que siguió hablando después de paralizarse por la repetición de aquella obviedad imposible, ni a la que se la bebió la noche.
Tampoco fuiste la que jugaba en la mañana a tatuarse el brazo y simulaba enfados que ocultaran la tristeza. No, ninguna de ellas eras tú, no estabas allí.

Pero entonces ahí, en ese breve instante a solas con el mar, un escalofrío te recorrió y una voz extraña le dijo al océano:

“Ni siquiera tú permanecerás”

Y esa sí, esa sí eras.

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Categories: La máquina onírica

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