La siesta – Un relato de Antonio Villalba Moreno

La siesta – Un relato de Antonio Villalba Moreno

La siesta

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Antonio Villalba Moreno – La siesta

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Creía que la siesta se acaba al abrir los ojos, los entreabrió a las cinco. Las cinco cero cero. Pero se equivocaba, la siesta no termina hasta que abandonas el sofá. Lo hizo pasadas las seis. Las seis cero cinco. Entonces se levantó, o creyó hacerlo, tomó el libro que dejó en la salita, siguió leyéndolo por la página donde lo soltó antes de echarse. Señaló un párrafo con bolígrafo, como hacía siempre que algo le gustaba, contestó al teléfono cuando pensó que lo había oído sonar pero, el «diga, dígame», sonó algo raro, entre otras cosas porque nadie había al otro lado de la línea.

            Bebió agua. De la nevera. Le supo rara. Como a plomo. Eso sí, el frescor la espabiló. Volvió a sonar el teléfono, no quiso precipitarse y lo escuchó varias veces, al cuarto timbrazo, antes que saltara el contestador se oyó a sí misma decir: «¿Sí?» Tras un breve silencio alguien contestó.

—¡Hola! ¿Está Yaiza?

—Sí, soy yo.

—No, la otra Yaiza.

—¡Ah! La otra Yaiza está durmiendo.

—Entonces la llamo después.

Colgó. Pensó en la voz. Era ronca y melodiosa. Se percató que había dejado la puerta del frigorífico abierta. La cerró. Dejó el vaso en la mesa de la cocina, junto al libro.

            Reflexionó sobre el lado reparador de la siesta y en su antiguo novio, el que le había acostumbrado a descansar tras la comida. Ella nunca lo hacía antes de conocerlo, pero en los pocos meses que vivieron juntos era raro el día que no se tumbaba. Se acordó que acababa de soñar con Alfonso. Le reprochaba que él la había habituado a la siesta.

—Sí, pero te dije que veinte o treinta minutos, más no.

—Déjame que duerma lo que me apetezca.

—No, Yaiza, en este sueño ordeno yo, y si te digo que te levantes, lo haces.

            En el sueño la discusión no continuó porque se trasladó a la infancia y allí su padre gritaba a su madre que la sopa estaba fría. Yaiza se acercaba al plato e intentaba sorberla sin éxito porque estaba vacío. Un ladrido lejano hizo que la imagen pasara al perro que su hermano le regaló al cumplir los diez años. Demasiadas ensoñaciones para una siesta. Ahora comprendía porqué había vuelto a dormirse.

            Iba a retomar la lectura pero el libro no estaba en la cocina, donde creyó haberlo dejado. Así que se acercó al sofá y se encontró con la otra Yaiza, la que aún dormía.

—Yaiza, despierta— se dijo.

Y eso hizo. Abrió los ojos. Miró el reloj. Las seis y cinco.

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Antonio Villalba Moreno

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