Borges, un destino literario [Con motivo del cuadragésimo aniversario de su fallecimiento – 14 de Junio de 1986 / 14 de Junio de 2026] – Sebastián Gámez Millán

Borges, un destino literario [Con motivo del cuadragésimo aniversario de su fallecimiento – 14 de Junio de 1986 / 14 de Junio de 2026] – Sebastián Gámez Millán

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Borges, un destino literario [Con motivo del cuadragésimo aniversario de su fallecimiento – 14 de Junio de 1986 / 14 de Junio de 2026]

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Borges, un destino literario [Con motivo del cuadragésimo aniversario de su fallecimiento – 14 de Junio de 1986 / 14 de Junio de 2026]

Como Alonso Quijano, Jorge Luis Borges no salió nunca de una biblioteca. Al igual que el personaje de Cervantes, que engendró el sueño tardío de ser Don Quijote de la Mancha entre libros de caballería, y que lo llegó a encarnar para felicidad suya y nuestra, Borges engendró el sueño de un destino literario en la biblioteca de su padre, curiosamente aquel que no pudo cumplir su padre. Aunque no pocas veces acaba en una fatal tragedia donde se funden y confunden los sueños de los padres y de los hijos, en el caso excepcional de Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 1899-Ginebra, 1986), el niño de apenas seis años declaró: “Seré escritor”[1], asumiendo el destino soñado del padre, afirmación que reiteró con variaciones a lo largo de su infancia y adolescencia, y que le acompañó hasta su vejez, cuando en el epílogo de Historia de la noche (1977), ya con 78 años, escribe: “¿Me será permitido repetir que la biblioteca de mi padre ha sido el hecho capital de mi vida? La verdad es que nunca he salido de ella, como no salió nunca de la suya Alonso Quijano”[2].

No es casual que asociemos a Borges con las bibliotecas; su destino de lector, de escritor, de director de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires (entre 1955 y 1973), estuvo profundamente vinculado a ellas. También lo asociamos a los compadritos, a los laberintos, a los espejos, a los tigres… Sin embargo, si hay un asunto que atraviese su obra es la literatura, la literatura como forma de descubrir, siquiera parcialmente, el misterio de la realidad y a la vez de duplicar y multiplicar el mundo.

George Steiner, que padeció la misma enfermedad literaria y metafísica, lo entrevió hacia 1970: “Ya sea que aparezca `simplemente como una especie de broma personal` o no, el conjunto de referencias bibliográficas, fragmentos filosóficos, citas literarias, menciones cabalísticas y acrósticos matemáticos y filológicos que inunda los cuentos y poemas de Borges es sin duda crucial en su forma de experimentar la realidad”[3]. Iniciado el siglo XXI, otro memorioso poeta que padece dicha enfermedad, Pere Gimferrer, observó: “Pero el estilo, por un lado, y la alusión metafísica, por otro, enmascaran a veces parcialmente el núcleo verdadero de Borges: su profunda capacidad para identificarse con la esencia de la literatura, entendiendo por tal aquello que hace que una determinada combinación de palabras o de sintagmas adquiera la entidad de un objeto verbal irrefutable, sin cuya existencia, no traducible en rigor a otro idioma que aquel en que se formula, sabríamos menos de lo que sabemos sobre nosotros mismos y sobre el mundo (y aquí está la verdadera metafísica de Borges)”[4].

Ahora bien, debido a su profundo escepticismo, se diría que antes que un constructor, es un destructor. Como Voltaire, como Nietzsche, como Wilde, como Chesterton, poseía una sonrisa metafísica capaz de demoler un edificio conceptual con su ironía y humor: “Es aventurado pensar que una coordinación de palabras (otra cosa no son las filosofías) pueda parecerse mucho al universo. También es aventurado pensar que de esas coordinaciones ilustres, alguna –siquiera de un modo infinitesimal–, no se parezcan más que otras. He examinado las que gozan de cierto crédito; me atrevo a conjeturar que sólo en la que formuló Schopenhauer he reconocido algún rasgo del universo”.

En “Del rigor en la ciencia”, donde pone en tela de juicio la epistemología del realismo científico, el arte de la cartografía había mejorado hasta tal punto que para representar un imperio necesitaban un mapa de la extensión del imperio. Sin embargo, esa sonrisa metafísica no debe ser entendida en todo momento como un escepticismo radical, sino antes bien como un acicate para seguir preguntando y puliendo.  

Transgredió todos los géneros que cultivó (en la novela no lo hizo “por una gentileza hacia el lector”). Con Don Quijote de la Mancha, de Cervantes, se abre la modernidad porque incorpora todos los géneros, como indicó Carlos Fuentes: “Cervantes unió todos los géneros literarios previos –épica, picaresca, novela de amor, relato pastoral, novela morisca– para crear un género de géneros abarcador, incluyente, en el que tuviesen cabida todos los sueños, las memorias, los deseos, las imaginaciones, las debilidades y las fortalezas del ser humano”.

En Borges sucede algo similar: sus poemas son confesiones, meditaciones y reflexiones filosóficas; sus relatos juegan a ser ensayos (por ejemplo, “Funes el memorioso” experimenta a partir de una memoria “perfecta” los límites del lenguaje verbal; en “En busca de Averroes” explora los límites de la traducción; incluso reseñas filológicas que en realidad valen por tratados de teoría literaria (“Pierre Menard, autor del Quijote”); cuenta con ensayos que parecen cuentos o recopilaciones de ideas en busca de una metáfora ontológica. Sus biografías, verdaderas miniaturas, se centran en el momento en el que una persona se identifica con lo que acabará siendo (“Biografía de Tadeo Isidoro Cruz”). Incluso ha elevado a género literario algo como la dedicatoria: pensemos en la de El Hacedor o en las dedicadas a María Kodama. En todo, cuentos, dedicatorias, ensayos o poemas, vibra la poesía y la filosofía, el juego y la geometría, el amor y el humor, como en esta “Inscripción” de La cifra:

“De la serie de hechos inexplicables que son el universo o el tiempo, la dedicatoria de un libro no es, por cierto, el menos arcano. Se la define como un don, un regalo. Salvo en el caso de la indiferente moneda que la caridad cristiana deja caer en la palma del pobre, todo regalo verdadero es recíproco. El que da no se priva de lo que da. Dar y recibir son lo mismo.

Como todos los actos del universo, la dedicatoria de un libro es un acto mágico. También cabría definirla como el modo más grato y más sensible de pronunciar un nombre. Yo pronuncio ahora su nombre, María Kodama. Cuántas mañanas, cuántos mares, cuántos jardines del Oriente y del Occidente, cuánto Virgilio”.

Por todo ello, como señaló J. M. Coetzee, “su influencia sobre las letras latinoamericanas –donde los escritores miran tradicionalmente hacia Europa en busca de modelos– ha sido considerable. Él ha renovado más que ningún otro el lenguaje de la ficción, y de ese modo ha abierto el camino a una notable generación de novelistas españoles y americanos. Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, José Donoso y Mario Vargas Llosa han reconocido su deuda con él”[5]. La enumeración es forzosamente incompleta: Cortázar, que publicó su primero cuento, “Casa tomada”, gracias a Borges; Bioy Casares; Ernesto Sábato; Juan José Arreola; Augusto Monterroso; Italo Calvino; Paul Auster; Umberto Eco; Javier Marías; Juan Villoro; Orham Pamuk; Salman Rushdie; Haruki Murakami; Ricardo Piglia; César Aira; Javier Cercas… Su influencia se extiende por otros ámbitos, como la filosofía: Michel Foucault, Jacques Derrida, George Steiner, Umberto Eco, Fernando Savater…

García Márquez declaró: “Viaja conmigo a todas partes, en mi maleta. Lo leo todos los días, y se trata de un escritor que detesto por razones políticas”. No cabe mayor elogio. A los 40 años de su muerte quería recordar cuánto le debe la literatura a uno de los mejores escritores de nuestra lengua. A pesar de la imparable marcha de las nuevas tecnologías y de las denominadas inteligencias artificiales, todavía hay niños que, al igual que Alonso Quijano o Jorge Luis Borges, descubren su destino en una biblioteca. Brindemos por ellos, cada vez más raros y excepcionales; brindemos por la literatura, por la memoria y por la imaginación.  

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Sebastián Gámez Millán

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