«Misteriosa madre», de Ángel Fábregas – Una reseña de Josefina Martos Peregrín

«Misteriosa madre», de Ángel Fábregas – Una reseña de Josefina Martos Peregrín

Overview

Misteriosa madre, de Ángel Fábregas [Reseña]

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Misteriosa madre, de Ángel Fábregas

Encabeza esta colección de relatos una cita del Tao Te King que comienza así: “El espíritu del valle/ no muere./Es la misteriosa madre” (…). Y del espíritu del triple valle granadino de los Guájares trata, contemplado desde un mirador que nos permite ver a lo largo del tiempo, al que alude la segunda cita, tomada de Borges.

Con estos materiales –el espíritu de la tierra, el misterio y el tiempo─ dibuja Ángel Fábregas una semblanza por la que transitan cuantos pobladores han llegado a Los Guájares; gentes de muy distinta procedencia se refugian, trabajan, huyen, se esconden en este valle característico, ya sea una familia morisca, un guerrillero del maquis o los últimos árboles centenarios; larga es su historia e intensa la huella de lo desvanecido: la infancia, la madre, el jardín cerrado, a los que Fábregas retorna y da vida.

No solo atestigua la transformación humana, sino también la sufrida por la tierra, el nuevo paisaje surgido de cambios extremos que rozan la destrucción, como  predice el relato La Luna, donde se muestra un futuro indeseable que solo los viejos considerarán apocalíptico: “Entonces la orilla del mar era el paraíso. Hoy no es más que otra puerta al infierno.”, “No hay bosques ni mares en la luna”. O la resistencia de los supervivientes al exterminio en el titulado Cobijo, “Nadie puede hacer nada con un fusil contra un misil nuclear. Estamos aquí para no volvernos locos.

Seduce la continua comunión con la tierra y  sus criaturas, en la que el autor involucra a hombres, mujeres, animales, plantas, aguas y hasta a las ánimas benditas, a cuya procesión asistimos  ─“gentes vestidas de domingo y una banda de música que desfila en silencio”─ junto a un fantasma presentido.

Sin abandonar en ningún momento la progresión narrativa, mantiene Fábregas una intensa cualidad poética, gracias al ritmo en la elección y sucesión de las palabras, y al misterio que envuelve situaciones y personajes. Nos ofrece además descubrimientos imprescindibles, como este sobre la literatura que prefieren escuchar los muertos: “Les gusta el leído y el recitado, las aventuras del ingenioso hidalgo, el teatro de Lope, San Juan de la Cruz les apasiona. Los espíritus se quedan alelados cuando alguien recita a San Juan de la Cruz”.

Rescata el pasado, lo que fue y nunca volverá a ser, pero también el futuro. Y entre ambos desentraña el presente, con inmigrantes desorientados, cortijos en ruinas, cultivos de aguacates… Y unos piñones que sirven de enlace magistral entre una joven Neanderthal y cualquier supermercado contemporáneo. Sin olvidar un rasgo definitorio: el entrecruzamiento entre el ayer, el hoy y el mañana, “En la selva de pinos, aulagas, enebros y romero, el pasado, el presente y el futuro son categorías indistinguibles”; en la selva y en los llanos altos, en las torres caídas, en los sueños, los planos temporales se imbrican entre sí y los perseguidos de un siglo se encuentran con los residentes en otro, se miran, se extrañan, se hablan.

Un aroma de feria y jazmines flota sobre la sangre de quienes vivieron en los Guájares, un aroma venido de la infancia y compartido con los vecinos más pintorescos, esos marginados que, sin embargo, tienen su hueco en el pueblo: la moza vieja que no se casará nunca ─“La Dolores traza elipses en la plaza, teje su resentimiento sobre el suelo”─; los oficios que ya nadie ejerce, como el de recolector de plantas aromáticas para destilar su esencia; las interminables carreteras de tierra que recorre el Flaco, la sumisión al padre y las charcas que ya no existen ─“donde duermen los peces, las culebras y los galápagos el sueño de los justos antes de comerse los unos a los otros”─; la abuela y el botijo que llena de agua buena de la fuente… Porque importan las aguas, importan mucho: motivo de asentamiento y de pelea, condición de vida, de juego, de salud,  de fecundidad… Pero también objeto de desbordamientos: “Las riadas serían otra cosa sin electrodomésticos, ni sillas, ni somieres, serían una cosa poco contemporánea, podría decirse que casi paleolítica”.

¿Aguas? Menos cada día. Nada es igual, ni los árboles son los mismos; pero no es este un libro de añoranzas, o no solo, también lo es de celebración de lo que fue, de la infancia y la gracia, de ese ímpetu de niño explorador que se pretende gran cazador de pájaros. Celebración literaria de una tierra, ficción desde la memoria, reflejos: “El tiempo es como el reflejo de tu cara en un pozo. Cómo se oye el eco cuando tiras una piedra en el tiempo”.

Rastros que la vida deja tras de sí y que Ángel Fábregas sabe seguir y descifrar como si aún fuera ese niño dueño de caballos en las caravanas del Far West, pero creció y en estos relatos lo encontramos convertido en guía que sabe conducirnos por los valles a través de los siglos y los recuerdos.

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Josefina Martos Peregrín

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Nota

Ángel Fábregas. Misteriosa madre. El Envés Editoras [Bernal Narrativa]. ISBN: 978-84-12-55777-0

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