Cortesía y Fin’Amors – José Biedma López
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Cortesía y Fin’Amors
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Cortesía y Fin’Amors
José Antonio Maravall (1911-1986), gran humanista, figura central de la cultura española de la segunda mitad del siglo XX, sobre todo en el campo de la Historia de las ideas, fue discípulo de Ortega y Gasset y dirigió durante muchos años la prestigiosa revista Cuadernos hispanoamericanos. En su monumental colección de Estudios de Historia del pensamiento español, dedica uno de sus ensayitos a “La Cortesía como saber en la Edad Media”.
“Curialidad” fue sinónimo de esta virtud, la cortesía, hoy bastante olvidada, siendo “curial” lo mismo que “cortés”. La cortesía fue durante muchos años una excelencia intelectual que requería doctrina y uso. Sólo los bien educados podían alcanzarla. Se trataba de una nobleza pensada como condición personal y resultado de un cultivo interior, un saber moral práctico propio de sociedades estáticas y tradicionales, similar al “adab” o caballerosidad del mundo árabe. El adab como código musulmán de buenas maneras abarcaba comportamiento, moralidad y etiqueta, basándose en enseñanzas del Corán y de los Hadices (dichos y acciones del Profeta Muhammad). Incluía respeto (trato amable), humildad, honestidad y paciencia, entre otras virtudes.
El concepto de cortesía o curialidad evolucionó hasta convertirse en una noción semejante a Humanitas, humanidad entendida como comportamiento ejemplar y fortaleza de carácter, adquirida sobre todo con el contacto de las buenas letras como un barniz que da brillo al estar, ser y moverse del hombre cultivado. Su condición literaria era herencia de la Antigüedad con raíces en la Persia sasánida. En la Edad Media, los árabes llamaban precisamente, a los cristianos, “los del libro”. Referían a la Biblia, pero su valor y sentido se amplió a otros libros. Sobra decir que la mayoría de la población de entonces era analfabeta; eran los clérigos los mejor alfabetizados (de Carlomagno, que valoraba la educación, se cuenta que era analfabeto), por lo que clerecía y saber se equiparaban. La cortesía, en tanto que ciencia mundana puede explicarse como secularización de la cultura de los clérigos.
En las Flores de Filosofía, tratado didáctico en prosa del siglo XIII, encontramos esta definición: “Cortesía es suma de todas las bondades, e suma de la cortesya es que ava omne verguença a Dios e a los omnes e a sy mismo”, párrafo que se repite en El caballero Zifar. En el Libro de los cien capítulos, obra sapiencial castellana atribuida al Rey Sabio, se matiza “que tema el omne a Dios e que haga bien a sus parientes”, y se añade: “que non quiere fazer omne en su poridad [en secreto] lo que non faría en concejo [en público]”. Así parece que la cortesía emana de la secreta conciencia del hombre, de su interioridad personal, similar al demon socrático.
El cuadro moral (“aretológico”, escribe Maravall) al que se extiende el concepto medieval de curialidad o cortesía es amplio: hospitalidad, generosidad, lealtad, fidelidad, bondad, piedad, dulzura y alegría en el trato, liberalidad, largueza… y, coronando todas estas aretai o virtudes, la mesura, que Sócrates entendía como cálculo sensato de placeres (v. Cármides). Maravall alude al carácter intelectualista e ingenuamente socrático de esta relación. También el amor, la ciencia ovidiana, entra en el campo del “adab” árabe y de la cortesía cristiana. Así lo pagano y lo cristiano se funden y lo pagano resplandece interiorizado, sublimado y espiritualizado por obra de los cistercienses y de otros movimientos espirituales de la Baja Edad Media. Se ha llegado incluso a hablar de “escolástica cortés”.
Los filósofos se levantaron contra la tendencia de restringir esta nobleza personal de costumbres a los linajes poderosos, es decir, contra el determinismo social, por ejemplo, Juan de Salisbury (1079-1142) en su Policraticus… Sin embargo, se impuso irremediablemente la creencia ideológica en que la virtud y el saber eran patrimonio de una clase social, de la “aristocracia de sangre”, de una “nobleza” heredada y no conquistada mediante la educación y el adoctrinamiento de las buenas letras. Por eso, la cortesía se acabó asociando exclusivamente a la corte y a los cortesanos, pues de cortés y cortesía no hablaban sólo poetas, intelectuales y moralistas.
Es verdad que, normalmente, el más alto ejemplo de cortesía se practicaba en la corte real –con todas las disimulaciones e hipocresías que señalará, no sin cierto cinismo, Antonio de Guevara (1480-1545)–, pues “acucioso debe ser el rey en aprender los saberes” –manda Alfonso X en su Partida II–, de ahí que los distinguidos manden a sus hijos a la corte real para que se críen en ella como pajes y aprendan el “enseñamiento” curialense. Pérez de Guzmán escribe: Fijos de hombres rústicos o seniles / vi venir niños a las cortes reales / e conversando con gentes curiales, / ser avisados, discretos, sotiles” (Cancionero castellano del siglo XV).
Con el tiempo se trivializará el concepto de cortesía. Íñigo López de Mendoza, marqués de Santillana (1398-1458) se dirige a una dama: “Por bondad o fidalguía / o por sola humanidad / vos plega mi libertad / o por gentil cortesía”. La palabra “cortés” pasará de un sentido moral profundo a otro social externo y banal. Todavía en el siglo XVI, Alonso de Barros publica su colección de Proverbios morales presentándola como “Philosophia cortesana moralizada”. Así en Baltasar Gracián aún subsisten tópicos análogos. En la Roma de su Criticón, quien da lecciones de saber moral a los peregrinos se llama “El cortesano”. El Criticón completo, uno de los grandes monumentos de las letras castellanas, se presenta como “filosofía cortesana”.
Maravall recoje la conclusión de Gustave E. von Grunebaum de que la cortesía, o el adab árabe, fue el modo ideal e idóneo de expresión de una sociedad fatigada y decadente, pero civilizada. Asín Palacios sostenía que la cultura europea y la árabe en la Edad Media, y muy especialmente en España, tenían un fondo común y un desarrollo más importante de lo que suele concederse, que se expresó en un intercambio de modos de espiritualización mística y erótica.
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La erótica se vistió elegantemente, el amor se hizo cortesía, se refinó hasta límites inauditos. El monje Pedro Abelardo (1079-1142), “la primera gran figura del intelectual moderno” (Jacques Le Goff) enamorado de su pupila Eloísa, tenía las ideas sobre el amor de muchos clerici vaganti convertidos en poetas. Sin duda hubo quienes colocaron a la Mujer, a la Donna, a la Virgen María como paradigma de perfección en un pedestal y hasta en lugar de Dios. Es fácil coleccionar textos de poesías provenzales en los que la Virgen ocupa el lugar de la amada. El culto a María se nutrió de los impulsos de la carne, elevados místicamente y abundaron las trasposiciones piadosas de la cansó o de la chanson de femme.
El fin’amors es relación cortés que exalta el amor como objetivo supremo de la vida y fuente de toda virtud y perfección. Su cumplimiento trasciende toda experiencia concreta proyectado hacia la eternidad y el infinito. Se trata de una actitud espiritual común al peregrino de Dios y al cantor de la dama. Este último se ha convertido por voluntad propia en vasallo secreto de su Señora a la que sirve dedicándole sus versos y sus hazañas, muestra de su devoción.
Miguel Siguán Soler en su estudio sobre La Psicología del amor en los cistercienses del siglo XII (Poblet, 1992) opina que no se trata de una dependencia de la mística respecto del amor cortés, ni viceversa, sino del “casi absoluto sincronismo de ambos movimientos”. Mientras Bernardo de Claraval (1090-1153) predica sus sermones sobre el Cantar y sobre los dones de María, Madre de Dios, los primeros trovadores cantan a su amada completamente seguros de su lenguaje y actitud. Guillermo IX, duque de Aquitania (Coms de Peitieus) es el primer trovador de personalidad conocida y escribe sus canciones de ideología cortés hacia 1100 y 1120. La escritura de San Bernardo empieza hacia 1125 y en 1135 predica los primeros sermones sobre el Cantar de los Cantares.
Leonor de Aquitania (1122-1204), nieta de Guillermo IX “el Trovador”, extendió el fin’amors muy activamente y ejerciendo su mecenazgo con trovadores y poetas. Promovió la poesía provenzal, que algunos llaman en general “romántica”, la cual, además de idealizar el amor, elevaba el estatus de la mujer en la sociedad de su tiempo. En su corte se celebraban «tensons» o debates poéticos. Leonor casa en segundas nupcias con Enrique Plantagenet, Enrique II de Inglaterra, el príncipe más cultivado de su época, cuya corte itinerante será el centro literario más importante del Occidente desde la época de Carlomagno. En torno a este poderoso monarca y a su fascinante esposa se reúne un mundillo cortesano brillantísimo. Los fulgores de dicha corte permiten imaginar el trasfondo histórico de la fantástica corte de Arturo y de Ginebra y “guarda –como dice Carlos Garcia Gual– el halo fascinante de la gran Leonor” (Historia del rey Arturo, 1983).
“Allí el afán por lo misterioso y lo fantástico se une al lujo y a los refinamientos cortesanos, y se favorece la literatura amorosa y legendaria (…) En ese ambiente se educan las dos hijas de Leonor y de Luis, su anterior marido, que luego se mostrarán en sus cortes feudales de Blois y de Champagne protectoras de poetas y novelistas. Sin olvidar el hijo predilecto de Leonor, Ricardo, el de Corazón de León, que va a encarnar el tipo heroico de caballero, con sus audaces aventuras en la Tercera Cruzada y sus canciones de trovador” (Carlos García Gual, op. cit. ed. Alianza, pg. 46.)
Durante aquella época no fue raro que una monja ejerciera como superiora de varias comunidades religiosas masculinas y femeninas. Durante el siglo XII se glorifica el amor cortés a la vez que se exalta la virginidad. Se combina la veneración extática de la belleza terrestre con la ascesis monástica. Es la fecunda conjunción de ἀγάπη y ἔρως, de la caridad cristiana y el eros platónico, puente mediador entre lo terrenal y lo divino. El idealismo neoplatónico del Pseudo-Dionisio es temperado a lo largo de los siglos X al XII por el realismo cristológico de Gregorio de Nisa y la erudición de Máximo el Confesor, autores bizantinos y padres de la Iglesia a los que tradujo Juan Escoto Erígena (810-877), formidable maestro del renacimiento carolingio.
El amor cortés acaba exaltando el anhelo infinito de un amor extramatrimonial jamás consumado. Los amantes, unidos espiritualmente, mantienen las distancias físicas, incluso geográficas, de este modo evitan el desencanto de la posesión. Sufren la carencia del otro y disfrutan y modulan su sufrimiento como el macho de perdiz en su jaula, ofician y afinan su pasión incansable ante inacabables obstáculos que, en lugar de apagarlo, estimulan el deseo. En clave celestial, la Esposa por antonomasia será la Iglesia, simbolizada también en la persona de María. Siglos después, el Esposo será Dios mismo para San Juan de la Cruz, cuyo rastro el alma enamorada del poeta persigue por campos iluminados y huertos conclusos, alma arrebatada teopáticamente que, abnegada, anonadada, encendida, busca dejar todo cuidado y penar entre las azucenas olvidados.
En su admirable estudio sobre la célebre pareja de intelectuales Eloísa y Abelardo, Etienne Gilson muestra que la repugnancia que siente Abelardo a casarse no se debe a su condición de clérigo (como simple tonsurado podría canónicamente tomar mujer). En el siglo XII hubo una fuerte corriente antimatrimonial. La mujer se libera, no es considerada una propiedad del hombre ni una máquina de hacer hijos. Nadie se pregunta ya si tiene alma. Es el siglo del auge mariano en el Occidente cristiano y el matrimonio es objeto de descrédito tanto en los medios nobles como en los escolares. Es Eloísa la que exhorta a Abelardo, en una carta sorprendente, a renunciar a la idea del matrimonio, pues son intelectuales pobres…
“No podrías ocuparte con igual cuidado de una esposa y de la filosofía. ¿Cómo conciliar los cursos escolares y las sirvientas, las bibliotecas y las cunas, los libros y las ruecas, las plumas y los husos? Quien debe absorberse en meditaciones teológicas o filosóficas ¿puede soportar los gritos de los bebés, las canciones de cuna de las nodrizas, el ajetreo de una domesticidad masculina y femenina?” (cit. por Le Goff en Los intelectuales en la Edad Media, Gedisa, Barcelona 1986, pg. 51).
Para condenar el casamiento del sabio se cita a Teofrasto y el Adversus Jovinianum de San Jerónimo que estuvo muy en boga en el XII. El amor cortesano, carnal o espiritual, sólo existe fuera del matrimonio y se representa y personifica en figuras como Tristán e Iseo, Lanzarote y Genovena, etc. C. S. Lewis ha señalado que cualquier idealización del amor sexual no puede sino terminar por sublimar el adulterio en comunidades en las que los matrimonios se conciertan por razones utilitarias.
Los amantes del fin’amors establecen entre sí una relación gratuita, sin ninguna necesidad o utilidad, libérrima e infértil, salvo artísticamente. El amor cortés es un amor artístico, esto es, que aspira a la perfección de lo bello en sí, un artificio lujoso, pues, como afirmó Ortega en su prólogo a El Collar de la paloma de Ibn Hazm de Córdoba: “no hay un amor natural frente al cual aparecen, por contraste, los amores antinaturales”. El amor, el que merece la pena, ha sido siempre –como afirma el filósofo– “una institución, un invento y disciplina humanas, no un primo de la digestión o de la hiperclorhidria”. Amores y amoríos pueden adquirir todos los matices del cuello irisado del palomo bravío, ese collar que es símbolo de una infinita riqueza en matices. ‘Mille modis veneris’, que sentenció Ovidio.
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José Biedma López, PhD.
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