Allá muevan feroz prisa ciegas máquinas por un palmo más de vida – Acerca de «La función Chopin. El fragmento como método de liberación», de Antonio Costa Gómez – Darío Méndez Salcedo
Overview
Allá muevan feroz prisa ciegas máquinas por un palmo más de vida – Acerca de La función Chopin. El fragmento como método de liberación, de Antonio Costa Gómez
***

***
Allá muevan feroz prisa ciegas máquinas por un palmo más de vida – Acerca de La función Chopin. El fragmento como método de liberación, de Antonio Costa Gómez
La prosa de Antonio Costa Gómez es música que de música habla, de armonía y vibraciones y de los pequeños matices musicales que nos permiten saborear la vida y zambullirnos en sus colores. Ya en La carne detrás de la niebla nos advertía que nos guardáramos de «los sueños helados» o de sus intenciones de abrir un «museo de la mañana» en París para celebrar y recordar la vida salvaje y pletórica en todas sus expresiones.
En La función Chopin. El fragmento como método de liberación, que publica recientemente la Editorial Irrecuperables, nuestro autor prosigue sus búsquedas tan melódicas de los ríos, la luz del otoño y el canto de los pájaros, si bien en esta ocasión estamos ante un guitarreo de feraz distorsión y percusiones muy punkis. Nos roban la belleza del mundo, declama el poeta herido. Nos roban la belleza del mundo y solo nos queda Chopin para salvaguardarla; Chopin, el solitario Chopin, el nocturno y silencioso y creativo Chopin como refugio y defensor de la vida, de lo auténtico, de la carne que aún palpita detrás de la niebla inhóspita de las máquinas y los laberintos digitales, abstractos, absurdos, que nos rodean y nos habitan como virus de metal, plástico y algoritmo.
La vida, sin embargo, está en Chopin y en unas castañas, que tanto nos dicen, como a Proust:
Cuánto me gusta comer castañas asadas. Tan concretas en mis manos. Como las sentía de niño, cuando las llevaba calientes en mis bolsillos en invierno. Castañas concretas y cercanas, que no son digitales, que no responden a ninguna fórmula abstracta
Porque el mundo es ya hermoso en su verdad y en su tristeza, en su sangre y sus penurias, tan descarnadas, tan reales; nos dicen que hay que tener psicología positiva, nos meten en la cabeza a un Marco Aurelio completamente mercantilizado y prostituido a todas horas en todas las librerías, y dislocan precisamente a uno de los pocos sabios que pretendió conocerse a sí mismo y a todos los hombres y al mundo y al cielo sin renunciar a las plétoras de la vida. Pero los amigos de Chopin, los solitarios y melancólicos como Chopin, no queremos forzar ninguna alegría, sino conocernos mejor y conocer mejor nuestra realidad y nuestros sueños:
tienes la alegría obligatoria. Estar triste o nostálgico es una rebeldía y una herejía. Por eso la tristeza es a menudo una forma de conocimiento. Y una forma de rebelión
Los problemas espirituales, íntimos. Los problemas filosóficos y literarios. El infinito volver de las cosas, sus guiños sin fin. La tristeza que nos viene sin saber. Los problemas de la creación. La amistad, el impulso de vivir, el amor. La religión como relación libre con el misterio. Todo cuanto nos abruma y nos desconcierta. El paso del tiempo. Todo cuanto hicimos mal y todo cuanto no hicimos
Acaso el conocimiento sea nuestra alegría, y no las recetas de baratillo de los streaming y las lecturas cuantitativas. Conmueve el intenso hálito de aventura y lirismo que expresa el autor por cada partícula de misterio, por cada resquicio donde se abre tímido el torrente implacable del vivir receptivo a la belleza:
en casos extremos prefiero viajar a través de desiertos para consultar un libro en China y tener algo que contar y haber vivido mientras buscaba ese libro. Y valoraría mucho más ese libro, lo leería con infinita más atención que si lo tuviera con un clic en el ordenador.
La máquina abstracta, fría y metálica, el mundo codificado y los ordenadores con afán de ser ¿humanos? han despojado la vida concreta de cuerpo caliente, de pan con pasas y fragmentos líricos:
Antaño, si recuerdo bien (¡viva Rimbaud!), había un espacio para las máquinas y un espacio para otras cosas, para la espontaneidad o la vida, para el amor o la belleza. Había máquinas para lavar la ropa, para calentarte si hacía frío, para llevarte a otro sitio, para llamar a alguien que no podía estar contigo. Y hasta ahí. Restaba tanto margen para vivir.
Sin embargo,
Quieren acabar con el mundo físico. Ese mundo físico lleno de espíritu y de bellezas y de música. Esos cuerpos en cuyos músculos los artistas platónicos encontraron tanta evocación y belleza. Ese mundo donde Jung adivinó los arquetipos, donde Platón encontró sus Ideas ricas y vivas.
Asesinan a Chopin en los parques, en las praderas de Polonia, en los bosques del Norte, en los rincones de los Cárpatos. En los rincones secretos que aún persisten en las viviendas industriales. En las casas interiores que tantas personas guardan con sus memorias y sus deseos. En todo cuanto no puede decirse y formularse.
Los aparatos y sus formicidáceas fórmulas de formol seccionan, catalogan y cubren todo con sus mal llamadas inteligencias artificiales y supuestas soluciones para problemas que no tenemos; a este respecto, es revelador cómo el autor se pelea con el propio procesador de textos a medida que va escribiendo y recibe sugerencias estúpidas, banales, «automáticas»:
Escribes Matala, una ciudad de Creta, y te pregunta si quieres decir Mátala del verbo matar. Qué clase de máquina imbécil dice eso. […] Señor algoritmo, usted no disfruta la música. No se entera de nada. Convertirá la música en dos o tres abstracciones sordas. No sabrá nunca todo lo que sintieron los borrachos de Dostoievski en los escondrijos de San Petersburgo. Ni lo que yo sentí en los sótanos de Kitai Gorod en Moscú pensando en ellos. Usted nunca sabrá eso.
Ahí quedarán las «máquinas masturbándose en el desierto» y se unirán a ellas quienes prefieran eso al océano y al amor. Mientras tanto,
tú tienes noche aunque quieran acabar con ella. Y todos tienen noche en el fondo todavía. Tienes libertad y sueño. Tienes noche y música de Chopin.
***
Darío Méndez Salcedo
_________________________
Darío Méndez Salcedo [Granada, 1995].
Graduado en Psicología (UGR) y en Lengua y Literatura Españolas (UNED), así como Máster en Escritura Creativa (US) y en Formación de Profesorado (UPO). Actualmente cursa el Grado en Estudios Ingleses (UNED). Ha sido profesor, redactor y asistente de gerencia en un cine. En la actualidad se dedica a la edición, corrección y asesoramiento lingüístico. Ha publicado varios libros y dirige el sello Niña Loba Editorial. Ha publicado los libros El pintor del infinito, Norteña, Soñaremos con la Gran Música, Ardalos, El latido del guerrero. También ha colaborado en prensa.
About Author
Related Articles
«La conspiración contra la especie humana», de Thomas Ligotti – Una reseña crítica de José Miguel García de Fórmica-Corsi
“Lo que nos une es la lengua; lo que nos separa, una conciencia aguda de la literatura nacional” – Sebastián Gámez Millán entrevista a Juan Malpartida – I
«Manuales, teorías y otros problemas», de Rafael Herrera Ángel – Una reseña crítica de Sebastián Gámez Millán
La palabra mágica de Mohamed El Morabet – Acerca de «El invierno de los jilgueros» – Una reseña de José Sarria

