Diomedes o el síndrome del Vietnam – IV – Santiago Blanco del Olmo

Diomedes o el síndrome del Vietnam – IV – Santiago Blanco del Olmo

Overview

Diomedes o el síndrome del Vietnam – IV

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Diomède emportant le Palladion (aujourd’hui disparu) [Marbre, copie romaine du IIe-IIIe siècle ap. J.-C. d’après un original du Ve siècle av. J.-C. attribué à Nausyclès ou Crésilas – Musée du Louvre – Paris – France]

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Diomedes o el síndrome del Vietnam – IV

OTROS HÉROES RECUERDAN…

  A continuación quisiera incluir al final dos relatos sufridos por excombatientes en la misma guerra, y que son narrados en la Odisea.

  En su viaje al Peloponeso en busca de noticias sobre su padre Ulises, Telémaco es acogido hospitalariamente en el palacio de Néstor en Pilos. Una vez allí, el divino Homero pone en boca del anciano los siguientes versos: (canto III, versos 103-117)

  “¡Oh amigo! Tus palabras me hacen recordar los infinitos males que con tanta constancia sufrimos, unas veces vagando con las naves por el sombrío mar, conducidos por Aquiles para saquear ciudades, otras combatiendo alrededor de la orgullosa ciudad del rey Príamo. Allí hallaron la muerte los mejores capitanes: allí yace el belicoso Áyax; allí el esforzadísimo Aquiles; allí Patroclo, que a los dioses igualaba en prudencia; allí mi fuerte, audacísimo, valeroso y muy amado hijo Antíloco, tan veloz en la carrera como fuerte en los combates. Muchos infortunios padecimos, en verdad. Tantos, que ¿qué hombre de los actuales sería capaz de referirlos enteramente? Aunque te estuvieras aquí cinco años por sólo saber los infinitos males que sufrimos entonces todos los aqueos, no lograrías saberlos enteramente; bien cierto que no; antes de oírlos todos, cansado, regresarías a tu patria.”

  Voy a escribir en griego dos versos que me interesan especialmente del discurso de Néstor, los versos 113 y 114:

  “ἄλλα τε πόλλ´ἐπί τοῖς πάθομεν κακά· τίς κεν ἐκεῖνα

   πάντα γε μυθήσαιτο καταθνητῶν ἀνθρώπων;”

Ahora en mis propias palabras: “¿pero qué mortal podría contar todas aquellas desgracias como sufrimos?” Otra vez “infandum”, inefable. Es  notable en  estas palabras su insistencia en la imposibilidad de contar todos los males sufridos; faltarían palabras para recordar a los que allí murieron. A decir de Jacqueline de Romilly, los versos de Néstor se suceden como las campanadas de un toque de difuntos.

  Cuando en el transcurso del mismo viaje Telémaco, acompañado de Pisístrato, hijo de Néstor, llega a Esparta con el mismo objeto, allí es agasajado por Menelao y Helena. A las preguntas del hijo sobre su padre, el Atrida rey de Esparta responde: (canto IV, verso 97 y siguientes)

  “¡Mas quisieran los dioses que no tuviese sino la tercera parte de lo que tengo, o menos aún, con tal de que cuantos perecieron bajo los muros de Troya, lejos de su patria, estuviesen ahora con vida! Pues así mismo su muerte es motivo de profunda tristeza y dolor para mí. Mas si bien lloro y me apesadumbro por todos, unas veces hallando infinito consuelo en llorarlos y otras procurando consolarme con ello, por nadie vierto tan copiosas lágrimas ni me aflijo tanto como por un esforzadísimo y sin igual varón, cuyo recuerdo me quita los deseos de comer y dormir.”

  Tristeza, dolor, son expresiones acostumbradas para intentar expresar los recuerdos de la guerra. ¡Y pensemos que estamos hablando de los vencedores! Los versos 97-99 me parecen reseñables, y no me resisto a escribirlos en su lengua original:

  “ὧν ὄφελον τριτάνην περ ἔχων ἐν δώμασι μοῖραν

   ναίειν, οἱ δ´ἄνδρες σόοι ἔμμεναι, οἳ τότ´ὄλοντο

   Τροίῃ ἐν εὐρείῃ, ἑκὰς  Ἄργεος ἱπποβότοιο.”

  La declaración de Menelao, recordemos, de que preferiría tener la tercera parte de cuanto tiene a cambio de la vida de los compañeros que cayeron en Troya. ¡Cuán distinto del soberbio y orgulloso Atrida descrito en la Ilíada! Aquí también parece veraz aquella máxima que reza que se aprende con dolor: “μαθεῖν παθεῖν”.

  También quiero traer aquí al original el verso último de los más arriba traducidos:

  “ὡς ἑνός, ὅς τέ μοι ὕπνον ἀπεχθαίρει καὶ ἐδωδήν.”

  Recordemos “que me hace aborrecer el sueño y la comida”. Es importante este dato, puesto que entre las consecuencias de sufrir un trauma de combate hemos visto ya la falta de sueño, aquí expresado gráficamente, pero también los desórdenes alimentarios. Es común entre este tipo de pacientes, y doy por supuesto que también Menelao sufre de trastorno de estrés postraumático, dejar de comer o no sentir regularmente apetito, además de otras y peores lacras de que hablaremos después.

  Así es pues como vive Menelao Atrida, en compañía de la mujer más bella del mundo y en un palacio henchido de tesoros, el destructor de Troya. Mas dejémosle a él mismo terminar este apartado con un verso, el número 93 del mismo canto:

  “ὣς οὔ τοι χαίρων τοῖσδε κτεάτεσσιν ἀνάσσω.”

  Es decir, “por ello, pese a tanto bienestar y abundancia, vivo ahora sin alegría.”

NEPENTHES

  En aquella noche en la que Menelao y Helena acogieron en su palacio a Telémaco y Pisístrato, decidió el Atrida cenar e irse a la cama para, al llegar la mañana siguiente, referir a su huésped todos los recuerdos relativos a su padre Ulises. Helena, que como sabemos por la Odisea, nunca estuvo en Troya, sino que vivió en el delta del Nilo durante todos los años que duró la guerra y se reencontró con Menelao una vez finalizada ésta, cuando el rey de Esparta fue arrastrado azarosamente hasta Egipto junto con su armada por la tormenta, se dispone a administrarles una eficaz droga. Veámoslo con palabras de Homero: IV versos 219-234)

  “Entonces Helena, la hija de Júpiter, tuvo otra feliz idea. Echó en el vino que estaban bebiendo una droga especial (nepenthes) contra el llanto y la cólera y que tenía la virtud, además, de hacer olvidar todos los males. Aquel que la tomaba, una vez bien mezclada en la crátera, no conseguía en todo el día verter una sola lágrima, aunque con sus propios ojos viera morir a su padre y a su madre o pasar al filo de la espada a su hermano o a su hijo amado. Tal era la maravillosa propiedad de aquella droga que le había dado Polidamana, mujer de Ton, rey de Egipto, cuya fértil tierra produce infinidad de plantas, unas buenas y otras malas, y donde todos los hombres son médicos excelentes, pues provienen del linaje de Paón.”

  Para calmar la ansiedad producida en Menelao por el recuerdo de la guerra, un dolor que, en palabras del mismo rey, le quita la gana de comer y de dormir, la hermosa Helena recurre a una droga de cuya existencia ha aprendido en Egipto y que no duda en utilizar.

  Ahora bien, ¿con qué frecuencia administraba esta droga al rey Menelao? Presumimos que si la noche previa al relato, que Telémaco espera con tanta impaciencia, y después de que la presencia del hijo de Ulises haya turbado la paz de Menelao, obligándole de nuevo a ponerse en contacto con sus traumáticos recuerdos, va a producir insomnio y sufrimientos en su marido, Helena, sabedora de estos pesares, ha decidido administrarle esta misteriosa planta.

  Y deducimos que no es la primera vez que esto sucede, aunque desconocemos la frecuencia con que es consumida de tal manera que podamos afirmar que Menelao es un drogadicto. Pero, ¿qué planta era esta? Así como desconocemos el “nepentes”, desconocemos también el “moly” y el “loto” que aparecen en diversos cantos de la Odisea. Por no decir el soma famoso del Rigveda (¿amanita muscaria?) No obstante cojo el Léxico Homérico de Evángelos Kofiniotis y busco el extraño vocablo para encontrarme, en su bello griego kathareuousa de finales del siglo XIX la siguiente definición:

  “νηπενθές: (=ἀπενθές) τὸ στερίσκον πένθους, ὅ. ἐ. ἄλυπον· τί ἦν τὸ αἰγύπτιον τοῦτο    φάρμακον, τὸ ἐμβαλλόμενον εἰς τὸν οἶνον καὶ παῦον τὰς λύπας; ὄπιον;  Ὀδ. δ-221

  Lo traducimos a continuación: “nepenthes: (= a-penthes, o sea, sin duelo) lo que priva de duelo o luto, es decir indoloro; ¿qué era este fármaco egipcio que se echaba en el vino y hacía cesar las penas? ¿opio?” De manera que el sabio filólogo no tiene qué respondernos y termina su ensayo de definición poniendo “opio” entre interrogaciones, pues en torno a 1880 ésa y no otra era la droga más difundida.

  No hay tiempo en este artículo para tratar del mundo de las drogas, pero es bien sabido que drogas de todo tipo, además del alcohol, eran consumidas diariamente por muchos combatientes en el sureste asiático. También sabemos que drogas que tenían los efectos del fármaco egipcio (valium) se utilizaban también como tratamiento para los pacientes de esta enfermedad, por no hablar de los miles de veteranos que se convirtieron en verdaderos drogadictos.

CONCLUSIÓN

  Tengo que reafirmarme aquí sobre mi decisión de titular este escrito como Diomedes o el síndrome del Vietnam, pues desde la primera vez que reparé en el discurso que Virgilio pone en boca del héroe argivo en el canto XI de la Eneida, intuí de una manera débil e imprecisa, al principio, que los males de Diomedes no me eran tan desconocidos. Rápidamente los puse en conexión con los padecimientos de los soldados americanos en la guerra del país asiático y, tiempo después, cuando leí la obra del doctor Shay y releí atentamente los poemas de Homero y de Virgilio, espigando versos de aquí y de allí, no pude menos que corroborar mi primera impresión. En efecto Diomedes, pero también Eneas y Menelao y Néstor, según lo visto, pero con seguridad muchos otros de los héroes de la guerra de Troya padecieron de trastorno de estrés post-traumático una vez terminada la contienda.

  Y sin embargo ambas guerras fueron también muy diferentes. Intentar comparar una guerra antigua, que es una guerra mitológica, no lo olvidemos, pero que arranca probablemente de acontecimientos históricos del siglo XII a C, como afirmaba Schliemann, y que incluye una forma de pensar propia de la sociedad del siglo VIII a C en la que vivió su compositor Homero, con una guerra acaecida entre los años 1965 y 1975 del pasado siglo, aproximadamente, no deja de ser una osadía.

  Homero no menciona en su épica aspectos de la guerra tan incómodos como el hambre, por ejemplo, ni la sed, ni la falta de sueño, la total ausencia de higiene personal o el sufrimiento de los heridos (salvo de manera excepcional). Todos estos elementos, sin contar con el enemigo, supusieron un factor importantísimo para la quiebra de la salud de los combatientes americanos en Asia. El vino consumido por los guerreros que lucharon en Troya se convierte en drogas y alcohol  en la guerra de las selvas del Vietnam. La gestión del luto está mejor tratada en Homero que en la guerra moderna, vemos cómo los guerreros caídos son recuperados por sus compañeros, a veces se acuerdan treguas `para recoger los cadáveres y rendirles su merecido tributo; los cadáveres son lavados, uncidos, velados, llorados e incinerados por sus camaradas. Sus huesos y sus cenizas son depositados en urnas que andando el tiempo serían llevadas de vuelta a casa. Las lágrimas de los guerreros no están mal vistas, al contrario de lo que sucede en nuestra educación occidental en donde se consideraban un signo de debilidad impropio de los varones. En el Vietnam los cuerpos de los camaradas muertos eran rápidamente evacuados del campo de batalla por unidades dedicadas exclusivamente a esta función que los manipulaban, sin conocerlos personalmente y lejos de sus compañeros de unidad, y los metían en bolsas que en el curso de pocos días eran entregadas a sus familias en los EEUU. El luto entre sus compañeros y amigos era omitido o limitado a algún protocolario oficio religioso.

  En Troya los reyes combatían junto con sus guerreros en primera línea y como consecuencia de la exposición al peligro muchas veces eran heridos o caían en combate. En Vietnam los oficiales actuaban lejos de sus propios soldados y en turnos de rotación muy estrictamente cumplidos, nunca llegaban a intimar con sus hombres. El número de bajas entre los oficiales americanos en Vietnam fue muy reducido en comparación con la Segunda Guerra Mundial: en diez años de combates sólo murieron siete coroneles. Aquella guerra también era una guerra clasista, pues la mayoría de los soldados pertenecía a las clases sociales más desfavorecidas o a la mayoría negra, que estaba proporcionalmente sobrerrepresentada en aquellas selvas.

   Tampoco se conoce en la Ilíada, ni por supuesto en la Eneida, el asesinato de suboficiales y mandos a manos de sus propios hombres, conocido en inglés como “fragging”, cuando en la lista de bajas norteamericanas éste fue un fenómeno que se dio con relativa frecuencia.

  La estancia media en la guerra del Vietnam era de un año en dos turnos de seis meses, aunque había algunos soldados que al terminar su prestación se reenganchaban para hacer más turnos. Disponían de correo con sus hogares y telegrafía, por supuesto nada de esto tenían los sufridos luchadores de la Ilíada, que permanecieron lejos de su hogar y sus familias durante diez años como mínimo.

  En lo que atañe a la consideración que se le tiene al enemigo, hay que decir que los guerreros homéricos están muy por delante de los americanos, y es que no se encuentra un insulto o una sola mala palabra referida al enemigo en toda la Ilíada. Este respeto llega al extremo de que dos guerreros, el licio Glauco y el argivo Diomedes, al enterarse de que hay vínculos de hospitalidad entre sus familias que vienen del tiempo de sus abuelos, renuncian a combatir el uno con el otro, y para que sea notorio intercambian las armaduras, sin que esto sea impedimento para continuar el combate eligiendo otros adversarios. Ni que decir tiene que esto es impensable en una guerra moderna. En el canto XXIV de la Ilíada es notable el encuentro entre Aquiles y Príamo en la misma tienda cuando el troyano acude ante el tesalio y matador de su hijo para suplicar por la entrega del cadáver a cambio de un carro lleno de riquezas. A Aquiles la contemplación de aquel afligido anciano le recuerda a su también anciano padre Peleo y, deponiendo su ira, acepta los presentes del rey y accede a devolverle el cuerpo de su hijo, pactando así mismo una tregua de varios días para que los enemigos puedan llevar a cabo y con seguridad sus ritos funerarios. Es una escena final de la obra que rebosa humanidad. En la Ilíada no había racismo.

  En el Vietnam, sin embargo, los estadounidenses consideraban a los vietnamitas como una suerte de “Untermenschen”, como malvados animales indignos de la vida, con lo que mostraban desconocer por completo una cultura antigua y desarrollada que a la postre se impuso al gigante norteamericano, aun a costa de ímprobos sacrificios. Y es que en la guerra siempre trae malas consecuencias la infravaloración del enemigo.

  La tecnología del siglo XX sin embargo sí que aporta una diferencia sustancial entre ambas guerras. Los griegos y troyanos combatían siempre cerca del enemigo, al que podían contemplar el rostro, y lanzas, flechas, piedras y espadas eran sus armas más empleadas. No se da un solo caso de baja por “fuego amigo” en toda la Ilíada. En el Vietnam había aviones, helicópteros, artillería, minas, bombardeos de deforestación, de gas, de napalm, ametralladoras, etc. Un número de bajas en combate norteamericanas se produjo como consecuencia de errores de coordenadas transmitidos en comunicaciones radiofónicas, “fuego amigo” que mató a un 20% aproximadamente de los combatientes que allí fallecieron.

  Por otro lado el ambiente en la jungla es lo más opuesto posible a la llanura de Ilión, entre el Símois y el Escamandro, donde a plena luz tenían lugar los enfrentamientos de las falanges.

  El enemigo de los EEUU combatía sigilosamente en emboscadas que seguían la pauta de la lucha guerrillera. Excavaban galerías en la tierra donde permanecían ocultos  y solían atacar de noche. Que nosotros sepamos, aparte de la patrulla nocturna de Ulises y Diomedes contada en la Dolonía, no hay otro ejemplo de combate nocturno en la Ilíada. Los héroes de la Ilíada dormían ya sea en el campamento junto a las naves, ya sea en su propia habitación, en el caso de los troyanos. El soldado estadounidense sin embargo, nunca se podía permitir el lujo de dormir con seguridad y frecuentemente llevaban el sueño atrasado. Dormían a saltos y con las armas en la mano, preparados para cualquier eventualidad, como Diomedes en el citado canto de la Ilíada.

  No se habla de ninguna enfermedad o epidemia en el poema griego, salvo la peste que es enviada al comienzo del poema por Apolo para obligar a Agamenón a devolver a la cautiva Criseida a su padre Crises, sacerdote del mismo dios. Y sin embargo sería de esperar que en una tan densa aglomeración de personas como debió de haberse producido en Troya, se hubiera extendido alguna peste o malaria, especialmente debido a las malas condiciones sanitarias e higiénicas de urbanismo antiguo y dando por hecho que la población rural de los alrededores de Troya debió de guarecerse en la capital a la llegada de los aqueos; pero nada de esto se menciona. Otro tanto podríamos decir del campamento griego junto al mar.

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Odysseus (pileus hat) carrying off the palladion from Troy, with the help of Diomedes, against the resistance of Kassandra and other Trojans [Third style of pompeian wall painting / 109751 – Museo Archeologico Nazionale – Napoli – Italia]

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  Los americanos en el Vietnam sufrieron un gran número de bajas debidas a enfermedades tropicales transmitidas por los mosquitos.

  Los estadounidenses no sabían distinguir entre la población no combatiente y los soldados y guerrilleros, o no hacían un gran esfuerzo para diferenciarlos, de tal manera que aleccionados muchas veces por sus propios mandos, bombardeaban o quemaban aldeas enteras sin haber averiguado previamente si estaban habitadas todavía por civiles. Para más inri en numerosas ocasiones los protagonistas de estas matanzas de población civil eran condecorados o ascendidos en el escalafón, ayudando así a crear en la tropa una sensación de injusticia o traición de lo que es correcto o nos han enseñado como tal.

  En la Ilíada no había un enfrentamiento ideológico entre los enemigos y parece que rendían honores divinos a los mismos dioses tanto los griegos como los troyanos. Pero en la guerra del Vietnam los americanos se autodenominaban defensores de la religión y de los valores de la sociedad occidental frente al comunismo. Los estadounidenses provenían de las diversas sectas de la religión cristiana así como del judaísmo, pero no es cierto que todos los vietnamitas fueran comunistas o ateos, de hecho había algunos católicos, convertidos por la presencia de Francia de casi un siglo, y una mayoría de budistas.

  Hasta aquí las diferencias. En el plano psicológico, sin embargo, sí que pueden establecerse concomitancias entre los guerreros homéricos y aquella generación de jóvenes estadounidenses. A éstos últimos les tocó un regreso a casa nada glorioso, lo contrario de lo que les habían contado de sus padres al término de la Segunda Guerra Mundial. Se toparon con una sociedad poco dispuesta a reconocer su sacrificio. Y es que los norteamericanos ganaron todas las batallas contra los vietnamitas, si entendemos por ganar quedarse en el terreno después de cada enfrentamiento, pero perdieron la guerra.

  Quisiera dedicar este trabajo a la memoria de mi abuelo Maximiliano, a quien en su larga vida tocó participar en dos guerras, la Guerra de África y nuestra Guerra Civil, muy a pesar suyo, siendo herido en batalla en ésta última: nunca me dijo una sola palabra acerca de su experiencia en combate.

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Priamo della Quercia – Detail of a miniature of Dante and Virgil among the evil counsellors, and Dante and Virgil meeting Ulysses and Diomede, in illustration of Canto XXVI [Source: http://www.bl.uk/catalogues/illuminatedmanuscripts/record.asp?MSID=6468&CollID=58&NStart=36]

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Santiago Blanco del Olmo

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