De la caverna de Platón a la de José de Sousa Saramago – Lucía Domínguez Manceras

De la caverna de Platón a la de José de Sousa Saramago – Lucía Domínguez Manceras

De la caverna de Platón a la de José de Sousa Saramago

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De la caverna de Platón a la de José de Sousa Saramago

Siglo IV a. C. La Antigua Grecia asiste a la creación de la República, la obra más influyente de Platón, de temática filosófico-política y que recoge la descripción más visual de su Teoría de las Ideas. Año 2000 d. C., aproximadamente 24 siglos más tarde. Portugal acoge en sus brazos La caverna, duodécima novela del Premio Nobel de Literatura José Saramago, en la que muestra la adaptación de una familia de artesanos a una sociedad post-industrial. En los 2400 años que nos separan, seguimos siendo prisioneros, pero de dueños distintos.

Los prisioneros del mundo sensible

La alegoría de la caverna supone una representación gráfica de una buena parte de la teoría filosófica de Platón. En ella se representa, a grandes rasgos, a la humanidad prisionera de una fuente de conocimiento engañoso. Para entender correctamente de dónde surge esta percepción, conviene hacer un repaso por las fuentes que inspiraron el pensamiento platónico.

Su mayor influencia la recibe de Sócrates, que fue su maestro, y de quien hereda la noción de intelectualismo moral; que acabará siendo decisivo en su planteamiento del sistema de gobierno correcto. Esta teoría ética sostiene que el comportamiento del ser humano depende únicamente de su conocimiento del bien y el mal; si un ser humano sabe lo que es correcto, no puede practicar el mal, y si lo practica es porque su conocimiento del bien es incompleto. También hereda la búsqueda de definiciones universales que deriva en un universalismo científico y moral, opuesto al relativismo de los sofistas. Además del uso del diálogo como método filosófico.

Su siguiente gran influencia parte de una síntesis de las concepciones de Heráclito y, sobre todo, Parménides. De ellos extrae dos conceptos: del primero, que la realidad está en constante cambio, movimiento y devenir; del segundo, que el cambio supone el paso del «no ser» al «ser», y como el «no ser» no puede razonarse, el cambio es una ilusión. De esta forma confecciona su dualismo ontológico: la realidad está conformada por el mundo sensible y el mundo inteligible.

En el mundo sensible, representado en la alegoría como el interior de la caverna, se encuentran los seres materiales que son captados por los órganos sensibles. Los elementos de este mundo se encuentran en constante cambio, por lo que no se puede extraer conocimiento fiable de él. Las imágenes y los objetos físicos nos aportan imaginación y creencia, dos niveles de conocimiento denominados en conjunto como «opinión»; tipo de conocimiento incierto e infundado. Por otra parte, en el mundo inteligible del exterior de la caverna, se encuentran las ideas: inmutables, eternas y con independencia de los objetos y los pensamientos. Se hallan fuera de nuestro mundo tangible, lejos de la contaminación del falso conocimiento. De las ideas matemáticas y las ideas morales y de belleza obtenemos la dianoia y la dialéctica, los dos grados de conocimiento que conforman la ciencia; tipo de conocimiento fundamentado y absolutamente verdadero. Concretamente, a través de la dialéctica podemos acceder a la que Platón considera la idea superior y el principio de todo ser y conocer: la Idea de Bien. De ella parten las demás ideas, precursoras de los seres y objetos del mundo sensible, que no son más que una participación de éstas.

Los prisioneros del consumo

Por su parte, la obra de Saramago constituye un reflejo y una crítica a una sociedad ciega ante el evidente control y lavado de cerebro de las grandes corporaciones y del sistema económico que los manipula y desvirtúa: el consumismo.

En la novela, una familia tradicional alfarera vive la evolución de una sociedad ya post-industrial en la que los trabajos artesanales tienen cada vez un rol más insignificante y donde un gran centro comercial con nombre propio, cuyos altos tienen la capacidad de decidir sobre todo, concentra la gran mayoría del capital. Se trata de una distopía que confronta dos realidades: la de una sociedad agraria y artesanal, con un determinado tipo de ritmo, de rituales y de relaciones personales; y una más industrializada, altamente tecnificada, la de las grandes ciudades, con un ritmo de vida más rápido y un mayor desarraigo. El gigantesco Centro resulta un espacio de jerarquías y de normas rígidas, basadas únicamente en las relaciones comerciales y en las leyes de mercado, sin resquicios de humanidad. Se rige por la norma de, quien no se ajusta, no sirve y quien no sirve, es prescindible. De esta forma, decide romper unilateralmente las relaciones comerciales con la familia protagonista bajo una legislación injusta y perversa, basada en el liberalismo más puro y duro de la oferta y la demanda; en las leyes del mercado que, supuestamente, debería autorregularse y que solo sirven para que los ricos se hagan todavía más ricos. En este capitalismo salvaje las personas son tratadas como objetos y cuando dejan de ser útiles se tiran a la basura.

La realidad que viven los asiduos a este gran mercado es una creación artificial de lo que realmente hay ahí fuera. Un producto manufacturado por una corporación que controla quién puede o no ofertarse y que convence a su púbico de lo que debe llevarse a casa. Que vende un simulacro de un mundo que está a nuestro alcance y que hemos olvidado. Que sustituye la naturalidad del barro por el artificial plástico. Que prohíbe la posesión de animales en los apartamentos y los reemplaza por acuarios virtuales. Que ofrece recreaciones de las cuatro estaciones, de la lluvia y de los paisajes más exóticos del Amazonas. Sus compradores, empujados por un control de mercado que les obliga a participar en su red, se ven envueltos en un bombardeo de sucedáneos que destruye sus conexiones con el mundo verdadero y los sumerge en un profundo desarraigo. Es así como el cabeza de familia, después de haber probado todos esos simulacros, se pregunta a sí mismo, en clave platónica: «¿Cómo es posible que me haya dejado encerrar durante tres semanas sin ver el sol y las estrellas?».

La llave de las cadenas

La concepción de Platón sobre la realidad que percibimos como una mentira puesta ante nuestros ojos, ha perdurado en el tiempo. Su alegoría ha supuesto una referencia para todos aquellos con una farsa que desmantelar; ya sea para plasmar una inquietud real o como motor de una historia de ciencia ficción al más puro estilo de Matrix. Saramago hace uso de este género para desarrollar el temor de su tiempo. El conocimiento engañoso de Platón toma forma de sociedad industrializada y desconectada de sus raíces. La gran mentira supone olvidar a la humanidad por el dinero y los bienes materiales; relegar a su creador a un segundo plano. En lugar de ser nosotros los que los utilizamos en nuestro beneficio, son éstos los que nos convierten en sus títeres y fuentes de aprovechamiento; tal y como menciona el autor en una entrevista con el uso de los teléfonos móviles. La caverna de Saramago se sitúa «en nuestra forma de vivir, rodeados de imágenes, aturdidos e incapaces de comprender que las mismas imágenes que existen para mostrarnos la realidad son las mismas que la ocultan», dice su creador.

Si Platón tenía una misión importante, esa era traer la justicia a Atenas y al deficiente sistema de gobierno. La ejecución del pensador que consideró «el hombre más justo de su tiempo», Sócrates, supuso un duro desengaño. Tal y como afirma el intelectualismo moral, solo el hombre que conoce la Idea de Bien es capaz de actuar correctamente. Pero para ello debe ser capaz de acceder al mundo inteligible, ya sea por reminiscencia, en la que conocer es recordar, o mediante la dialéctica, en la que se usa la razón para ascender por los distintos grados de conocimiento. Pero antes siquiera de adentrarse en el camino para acceder al verdadero mundo, lo primero es, sin duda, darse cuenta de que vivimos en uno falso.

Del mismo modo ocurre con La caverna. José Sousa Saramago es un hombre familiarizado con la lucha por la libertad. Su experiencia con la censura de la dictadura portuguesa del Estado Novo y su unión a la Revolución de los Claveles de 1974, son un reflejo de su compromiso con la vida humana y los derechos de las personas. Precisamente estos eventos los plasma en una de sus grandes novelas: Alzado del suelo. La historia sucede de forma muy similar y culmina con el triunfo de dicha revolución. Pero lejos de tener un final feliz, tras la victoria, sus protagonistas se ven confrontados con la realidad de las relaciones de poder y la diferencia de clases. Más tarde, en el año 2000, es la sociedad capitalista y consumidora la que tiene reprimido al pueblo; y no solo eso, también adormecido. No ser conscientes de su realidad los vuelve doblemente víctimas y los condena a una eternidad de abusos. Solo despertar de ese letargo puede darles una oportunidad. Y es que, como dice la siguiente cita del autor: «La caverna ha sido escrita para que la gente salga de la caverna.»

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Lucía Domínguez Manceras

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