Juan Larrea. Razón poética de la Historia – I – José Biedma López

Juan Larrea. Razón poética de la Historia – I – José Biedma López

Juan Larrea. Razón poética de la Historia – I

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Juan Larrea Celayeta

Este artículo ofrece un perfil de Juan Larrea (Bilbao, 1895 – Córdoba, Argentina, 1980), poeta, filósofo y místico. Examina su poética y, sobre todo, su filosofía de la historia, a partir principalmente de su ensayo Razón de ser y de su conferencia “La religión del lenguaje español”. Su exaltación de la Imaginación poética, su espiritualismo milenarista, el papel universalizador y redentor que le asigna al español, su decidida apuesta por una recuperación inortodoxa de la tradición judeo-cristiana, su agudo análisis de las principales filosofías de su tiempo…, todo eso lo confirman como original y profundo pensador.

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Vanguardia y con-versión celeste

“Tout l’horizon dans l’attente d’un sursaut”

Juan Larrea Celayeta (1885-1980), “vasco difícil y secreto” [1], es uno de esos espíritus extraordinarios que nos escamotea la historiografía común. “Exiliado dentro del exilio mismo” –según lo define José Luis Abellán-, de haber nacido en la Edad Media creo que hubiera sido un gran místico, un gran santo. De hecho, Larrea entró en poesía como quien entra en religión. En Razón de Ser citará a Rubén Darío como nuestro mayor poeta-profeta, y a Mallarmé como un verdadero místico de la palabra.

Nació en 1895 en Bilbao en una familia católica y acomodada de raíces navarras. Su padre era rentista y consejero del Banco de España. Estudia con los jesuitas, y Filosofía en Deusto. Allí conoce al que sería amigo de toda la vida: Gerardo Diego Cendoya [2].

Vivió en Madrid donde ingresó en el Cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, a la vez que colaboraba con revistas creacionistas y ultraístas [3]. Escribió poesía en París, en francés, donde en compañía de su gran amigo César Vallejo publicó una revista llamada Favorables París Poema (1926). Esta revista parisina presentó sólo dos números. En ella aparecieron los versos de Neruda por primera vez en Europa [4]. La revista pretendía certificar en poesía la muerte del romanticismo. Larrea será también el introductor de César Vallejo en España publicando su poemario Trilce. César Vallejo murió en sus brazos, en París [5] (1938), “muerto mesiánicamente en un día de Viernes Santo con el amargo cáliz de España en la boca” [6]. A todos los artistas a los que conoció y admiró, Rubén Darío, León Felipe, Huidobro, Vallejo, Picasso…, Larrea dedicará estudios originalísimos, interpretaciones únicas de sus obras. Su mayor libro de crítica será: El surrealismo entre viejo y nuevo mundo (México, 1944). Sus relaciones con Neruda no acabaron bien, porque Larrea se negó a considerarle por encima de Rubén, Huidobro o Vallejo, y Neruda satirizó a Larrea con una oda infame. Como él mismo escribe, Larrea restringió su estimación al poeta chileno: “Lo apreciaba como autor de algunas páginas de Residencia [7], pero me desplacía la actitud ante la vida –en mi sentir, tan indelicada como vulgar-, del individuo” [8] (Carta a un escritor chileno…).

En París, Juan Larrea había llevado una vida desordenada hasta que lee La evolución mística del padre Juan G. Arintero. Se opera en él una especie de conversión, y como purga hace el camino de Compostela. Aventurero del espíritu, decidirá cortar con su vida pasada trasladándose a Perú, país de Vallejo, en busca de un nuevo lenguaje. Al contacto con la cultura incaica, Larrea se transfigura. Vive en ese tiempo en “éxtasis riguroso” [9]. Halla en las piedras de Perú la representación esencial de su visión poética, aquello que rebasa los límites de lo que se puede atribuir al esfuerzo individual y consciente.

Durante la guerra (in)civil se pondrá al servicio de la República queriendo diluirse en el sufrimiento del pueblo español. En 1937 fue agregado cultural de la embajada de la República en París. Fue comisionado por el gobierno republicano para encargarle a Picasso el mural “Guernica”. Junto con Dora Maar será testigo privilegiado de su creación [10]. En Méjico y en compañía de Bergamín preside la Junta de Cultura Española dirigiendo su revista España Peregrina. En 1941 promueve la creación de Cuadernos Americanos.

Fue becado en EEUU por las Fundaciones Guggenheim y Bollingen, y más tarde, desde 1956, dará clases en la universidad de Córdoba (Argentina) hasta su muerte en 1980, dictando cursos como Teleología de la Cultura, Significado de América en el proceso histórico teleológico de la Cultura, Formación histórica del Cristianismo

En la foto, Larrea con Gerardo Diego y sus esposas, Marguerite y Germaine, en Francia

Se casó con una francesa (1929) con la que tuvo en 1931 a su hija Luciana, y enamorado del arte incaico en Perú llegó a atesorar en Cuzco –sin proponérselo y gastando en ello la herencia de sus tíos- una importante colección de antigüedades que legó al Museo de América en Madrid, en plena guerra civil. Su mujer le abandonará en 1949, cuando Larrea tiene 54 años. Luego perderá a su hija Luciana conviviendo hasta su muerte con su nieto.

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Pérdida pura, ternura inútil

“Je sers de transition entre la plume et l’ange”

Larrea defendió tenazmente su independencia intelectual y casi entró a la fuerza a editar su obra. Cuenta Gerardo Diego [11] cuánto le costó que su amigo participara  en la vida literaria de Madrid y considera a Larrea “el más hondo e intenso de los poetas españoles” que aún en su prosa exalta la Poesía como “eje y meta de la vida humana y estrella del Espíritu”. Fue el excelente poeta Luis Felipe Vivanco quien se empeñó, con la colaboración de Carlos Barral, en publicar una edición bilingüe de sus poemas surreales, traducidos por Larrea mismo, por Vivanco, Gerardo Diego y por Carlos Barral. En palabras de Cristóbal Serra, poco comprenderán de su obra “quienes no entienden de esfuerzos ingentes (o) conciben la literatura como una feria de las vanidades”.  

En el año 32 Larrea dejó de escribir poesía, indiferente al público y al olvido. No es el único caso de poeta español que escribió en francés. Desde niño usó el francés como lengua de educación y cultura [12]. Caso relevante es también el de Vicente Huidobro, dos años mayor que Larrea. Este se encontró con el poeta chileno en el Madrid de 1921, y acusó la influencia del autor de Altazor. Añadiré como curiosidad que la obra poética de Larrea fue traducida completa antes al italiano que al español por Vittorio Bodini en 1969, quien lo incluye ya en 1963 en una antología [13].  Menos a Breton, Larrea conoció en París a todos los miembros destacados del movimiento surrealista: Paul Eluard, Tzara, Péret, Aragon, Desnos, etc., anhelando como él mismo dice transferirse a otra realidad, aunque nunca se comprometió con el movimiento, manteniendo tenazmente su independencia intelectual. Colaboró también con Buñuel en el guión de varias de sus películas americanas, principalmente en Ilegible, hijo de flauta.

A Larrea siempre le parecieron cosas menores las disputas por la representación y el poder. Censuró por eso el modo en que Neruda disputó a Bergamín (un católico heterodoxo) el beneficio y veneración que los comunistas españoles sentían por él, o cómo Neruda disputó a Larrea el afecto de León Felipe, máxima autoridad del exilio republicano. “Entre nosotros medió una comunión en la búsqueda de soterradas relaciones vitales y de símbolos” (dice Larrea refiriendo a su amistad con León Felipe)[14]. Y sin embargo, tanto Neruda como León Felipe consideraron el criterio de Larrea como superior y su obra como una de las más sólidas del siglo XX [15].

Juan Larrea & Vicente Huidobro [1923, Francia]

La poesía de Larrea puede interpretarse como resultado de un espiritualismo a ultranza, fruto de una vivencia estética muy personal llevada a fondo conscientemente pero a la caza de la sorpresa inconsciente, en un impulso imaginario de sublimación y desprendimiento del mundo finito, más allá del mundo de la cultura española de entonces e incluso de la de Occidente. Entiende Larrea la poesía como una actividad sacrosanta, como una Versión celeste [16]: una revelación trascendental que alcanza su continuación en sus ensayos en prosa:  Rendición de espíritu (1943), La espada de la paloma (1956) y Razón de ser (1956). Obra esta de la que nos ocuparemos más adelante.

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Presupuesto vital

Pasión, emoción, imperfección

En 1926 Juan Larrea publica un texto de introducción a la revista Favorables París Poema. Un sucinto ideario que empieza con un elogio de Rubén Darío: “Entre su pecho y el horizonte apenas cabía el canto de un pájaro”, y acaba con una mención a César Vallejo: “En lealtad sólo hay un modo de ser, el modo de la pasión”. Interpretada como energía cósmica, la pasión hace posible la coexistencia en el humano del animal, la matemática, la religión y el arte.

El ente mejor dotado, el humano, puede controlar voluntariamente sus impulsos. Es la lucha entre temperamento y el “implacable artístico” que avoca al silencio, la atracción y repulsión que entre sí experimentan inteligencia y sensibilidad.

Larrea entiende el arte como generosidad y al artista como al que selecciona y deshecha (sic). Y así como sabio sólo puede ser el que conscientemente se deslastre de lo que debe no saber y el que más sabe es también el que más ignora, artista sólo será quien adquiera consciencia de lo que debe no expresarse. Sensibilidad e inteligencia no tienen por qué ser enemigas. Para Larrea es hora de situarse más allá del clasicismo y del romanticismo inventando la “locomoción racional” [17].

En su drama el hombre está solo, en él colisionan arcilla y soplo, pero es esta esencia dramática la que engendra movimiento, calor y vida. Para Larrea una obra de arte es un artefacto animado y una máquina de fabricar emoción, de resucitar o encarnar a los pobladores del entresueño, “amable y ávido país”.

En este punto orienta su pensamiento Larrea hacia el conocimiento científico a despecho del “abusivo espíritu filosófico o metafísico”. Según él, la filosofía sistemática se ha mostrado estéril, una mera fantasía de la creencia, arte en fin sin más trascendencia vital que la música o la pintura. La filosofía sistemática sirve como espiritual indumentaria para ocultar nuestra desnudez… “Hay que sustituir el sistema apriorístico por la hipótesis de trabajo”, y la conformidad por el dinamismo.

Contra la megalomanía filosófica se levanta Larrea reclamando los derechos de la imperfección y el valor de la evolución progresiva, negando también la existencia de la verdad y la belleza:

“No existen obras bellas y eternas sino humildemente obras que en un tiempo emocionan, unas a un puñado de hombres, otras a otro. Un hombre sólo puede proferir: esto me gusta”.

En esto la opinión del rebaño importa menos que nada al hombre valeroso de sí mismo y de su ignorancia. Para este hombre no cuenta más que su emoción, es decir, su imperfección, su movimiento. “Sólo un furioso individualismo en lo que tiene cada hombre de peculiar podrá hacer una colectividad interesante”…“Somos un fenómeno pasajero”… “Para nosotros sólo nuestro tiempo existe”.

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Gradualismo. El mundo como poema divino

Larrea parece apuntarse así a una visión estamundana o gradualista del ser. Es esto lo que soluciona su enigma de la estalactita lacrimosa, la de un idealismo que no alcanza nunca a tocar el suelo. No hay dos mundos. El dualismo psicosomático quedará superado por la trinidad del Espíritu, igual que el yin y el yang en la unidad del Tao.

Este gradualismo o estamundaneísmo [18] busca poderes intermediarios en el arte y en la Imaginación creadora, diosa esta que abrirá la celda de la razón y el circo de lo sensible a la visión celeste, al poema de Dios que es el mundo, desde lo más perfecto a lo más imperfecto en esa larga cadena del ser.

Asociado al Principio de plenitud (todo está lleno de ser), la estamundaneidad hace necesarios todos los grados posibles de imperfección. El mundo de las ideas de Platón es así un orden de posibilidades al que faltaba la gracia creada de la existencia, el efecto universal del amor.

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Razón de ser

“L’attention fixe à l’attente d’une defaillance exquise”

Pasos precipitados. Ansiedad de los signos

La obra Razón de ser. Tras el enigma central de la cultura (1956) pertenece al género de la Filosofía de la Cultura según su autor, pero se trata de un pensar poético cabalgado por la imaginación creadora que recorre libremente “el cementerio de los fenómenos racionales” [19]. Javier Rubio Navarro describe así la original filosofía de Larrea: “una especie de filosofía de la historia de la cultura animada por un impulso redentor del alma colectiva de los hispanohablantes”. O como “una epopeya metafísica moderna, de difícil clasificación, que acaso se entienda mejor desde la literatura comparada”. O bien, como “una teoría del diseño inteligente del destino de la Humanidad y una teodicea de la resurrección del alma hispánica”.

Como ensayista, Larrea escribió a contrapelo de su público objetivo, el de sus camaradas republicanos, socialistas y comunistas en su mayoría, poco sensibles a las trascendencias del espíritu. No hay en Larrea sin embargo el menor rasgo de antropocentrismo ni ambición de gloria literaria. Su filosofía es la de un profeta del siglo XX [20].

Comienza Larrea su Razón de Ser recordando con ironía la consideración protagórica del hombre como “medida de todas las cosas”. Consideración obsoleta, pues la ciencia se ha encargado de multiplicar en todas direcciones el vértigo, la desmesura, la inhumanidad de tiempos y distancias. “Diríase que la naturaleza ha hecho causa común con la locura”. La conciencia subjetiva de la humanidad no tiene más remedio que ensancharse en un mundo que aparece como un océano sin orilla. Domesticar tan formidable inmensidad como pretenden matemáticos y filósofos parece tarea más que hercúlea imposible, por más que también la erudición haya alcanzado magnitudes asombrosas.

La mente humana, en estado ígneo, no parece tener a donde ir tras “la catástrofe de las estrellas fijas” (catástrofe es que no lo sean). Ya no hay arriba ni abajo ni dentro ni fuera. El universo está aquí y el Espíritu absoluto en todas partes. Es lo que dice la nueva metafísica fundada en la ciencia de los quanta.

Nuestra cita es con una conciencia de Ser que acuerde y consuene con la naturaleza real de este universo desmedido, porque la certidumbre ilustrada de haberse deshecho de debilidades antropocéntricas pudiera muy bien ser una ilusión de tantas. Hagamos objeto de duda inexorable al sujeto porque “el ojo del hombre es una parte vidente de uno que ve: el hombre es también una parte vidente de Uno que ve –mas no le ve a Él” [21].

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Junto al río de la muerte

“Nada ni nadie puede atribuirse la exclusiva representación del Espíritu”

Larrea critica las tesis existencialistas con un diagnóstico genial. Las ve como un correlato de las teorías corpusculares de la física matemática. Y describe la “cura” heideggeriana como un lenitivo por entretenimiento y distracción. El agonismo de Unamuno, como la filosofía de aquel que se consuela dando voces y coces contra el aguijón. A Larrea le resulta incoherente esa identificación de la conciencia de ser con la del “individuo de carne y hueso”. Hay que decir sin embargo que más tarde desagraviará al catedrático bilbaíno de Salamanca. Por ejemplo, en “La religión del lenguaje español” donde exalta su quijotismo.

De lo que trata el existencialismo de verdad es de la muerte. Recordemos la definición heideggeriana del Dasein como ser-para-la-muerte. Pero de lo que tratan de curar los existencialismos agnósticos es de su eros inmortal. Tal es la contradicción entre una conciencia reflexiva capaz de percibir y comprender los infinitos perdurables y sus excelencias, pero que al mismo tiempo se siente en sí misma coentrañada en un organismo fugaz y corruptible. Sin embargo, la solución del problema no está en castrarse los horizontes imaginativos y enfriar las querencias metafísicas dejando al espíritu abismado en una animalidad insignificante y de salto atrás, sino en resolver la dislocación utópica para concentrar en el campo de la vida humana, ampliando su área, los contenidos del allí y del aquí. Se trata de substancializar ese otro mundo no sólo como lo concebía el cristianismo sino también como lo vislumbró Sócrates. Se trata de armonizar la Nueva Jerusalem del Apocalipsis y la Verdadera Tierra del Fedón.

Desde el existencialismo, nuestra razón de ser permanece fuera de alcance, viviendo “sin vivir en mí”, como diría Segismundo. Por su parte, el reino del aquí que el socialismo utópico y el positivismo pretenden instaurar por decreto no trae a la conciencia individual sino un desequilibrio nuevo. Porque al suprimir el allí o al volcarlo sobre el aquí, se produce automáticamente la ruptura del sistema psicológico de compensación. Tal dislocación alcanza en la congoja o esquizofrenia trascendente de Hölderlin, Nerval, Nietzsche o Van Gogh sus índices señeros. A quien se le sustrae del campo de su conciencia entitativa el más allá, no le queda más remedio que contraerse al terreno rastrero de su personalidad psico-somática. Y cuanto más admita ser aquí y sólo de aquí, menos soportable será para él la idea de la muerte. Hemos renunciado así a la idea de ser para conformarnos con un existir distraído.

No obstante, Larrea apuesta por la libertad individual. De nada les vale a los dogmas del totalitarismo socialista negar las exigencias de la espiritualidad mediante su materialismo absoluto, a menos que la conciencia de ser se relegue a la animalidad pura y simple. La misma Vida no es cosa de mancomún, sino individual ciento por ciento. El materialismo social sólo se afirma a costa de negar dialécticamente un estado de cultura universal que no puede ser materialista si ha de conferir a quienes de él participan la calidad de seres libres.

“La sociedad materialista comunista parece responder a un concepto del mundo a medida del hombre psico-somático y transeúnte de nuestros días, que, absolutamente polarizado, se imagina haber resuelto con esa panacea social todos sus problemas. La utopía característica del idealismo del allí, se ha trasplantado al aquí que en cierta manera se ha hecho utópico”.

Aunque la realidad sea invención continua, nihil novum sub sole. Ambiciones primitivas de la humanidad han demostrado ser previsiones agudísimas que corresponden a la naturaleza del hombre y del universo. Pero contra el sic vos non vobis de la vida animal (así vosotros no para vosotros, o sea, no libres), se alzan en el corazón de nuestra cultura las promesas espirituales de la carne y de la sangre sacrificadas para adquirir conciencia de la vida eterna. La referencia al Cristo es transparente.

Por su parte, cuando el griego graba en su escudo el lema “conócete a ti mismo”, no enuncia un problema de razón, sino que convoca a la imaginación trascendente, pues el conocerse no es para el humano cosa humana sino más bien divina, como dio a entender Hegel. Esto es, somos lo que somos, pero también lo que no somos, nuestros sueños, ideales, propósitos, ambiciones…

El existencialismo no es más que el síntoma tardío del conflicto planteado por la conciencia cristiana, ese “vivir sin vivir en mí” y ese esperar morir por no morir de Teresa de Jesús. La “enfermedad” de la esperanza puesta en un vivir esencial que reverbera más allá de la naturaleza mortal y física. Lo reconozcamos o no, corremos al alcance de un ser universal, en busca de un continuum.

Por su parte, la utopía positivista de un Comte no es más que un existencialismo avant la lettre que reduce la universalidad a la humanidad como mera suma de individuos psico-somáticos…

“Aun en el caso de que las sociedades planeadas en la línea de Platón resultasen instituibles, siempre serían ciudades ‘geométricas’, a medida del hombre que filosofa, panópticas, penitenciarias, cuyas agencias estructurales estarían en manos de una minoría de individuos favorecidos a expensas de la disciplinación obcecada de los otros”.

Faltaría en ellas el “espíritu poético”, liquidado en aras de la seriedad, y una razón compenetrante capaz de trascender la personalidad mental del individuo sensible, de llenarla de sentido al modo como la luz del sol satisface la diafanidad del alba. La cura o salvación ha de consistir en un verdadero específico más próximo al Ser cultural que al Ser social, pues el primero toca en lo hondo y en lo alto aquello del hombre que es a la vez individual y social ofreciendo campo preferente a los intereses del Espíritu, es decir, a esa entidad que en Occidente avanza por el camino de saber quién es.

La razón salvadora que se busca es contigua al Espíritu Universal que refiere tanto al conocimiento reflexivo como al sentimiento intuitivo. Este Cielo es un concepto poético del que da testimonio estético el super-realismo, heredero del deseo romántico de resolver la gran contradicción de la existencia y gravitación de esta super-realidad.

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José Biedma López

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Notas

[1] Así le llamó Rafael Alberti reconociendo como le había marcado en la recepción del premio Cervantes.

[2] Gerardo divulgará con fervor los poemas y la poética de su amigo.

[3] El creacionismo como movimiento estético y poético fue iniciado en París hacia 1916 por el poeta chileno Vicente Huidobro y el francés Pierre Reverdy. Introducido en España hacia 1919 se sumaron a él Gerardo Diego y Juan Larrea.  También militó este en el ultraísmo que se oponía al modernismo y eliminaba la rima y el sentimentalismo, entre otras propuestas “vanguardistas”.  

[4] Esto no impedirá que en 1954 Neruda escriba un panfleto contra Juan Larrea, “Oda a Juan Tarrea”, sobre el que los estudiosos de Neruda suelen pasar de puntillas. A pesar de que Larrea guardó las formas con Neruda, este se enfadó porque Larrea consideraba a Rubén Darío el gran poeta de América y no a él. Además, Neruda tampoco consentía que Vicente Huidobro le hiciera sombra, pero este había sido el mentor e introductor de Gerardo Diego y de Larrea en los ambientes literarios de París. Rubén Darío había abierto la expresión de la poesía moderna a los escritores de la Generación del 98, así como Huidobro había traído los aires rebeldes y vanguardistas de los que habían bebido Gerardo Diego, Juan Larrea y otros poetas de la generación del 27. Larrea acabaría comprendiendo que “Neruda carecía de esas humanas fibras sensibles donde el amor y la amistad se justifican y modulan” y se negará a participar en el homenaje que Neruda se auto-organizó en Madrid en 1935. Había entre Larrea y Neruda una diferencia de edad y de cultura (cuando Neruda llega a Madrid con treinta años reconoce no haber leído a Quevedo y no domina más lengua que el español). Y de temperamento: Neruda era ambicioso, exhibicionista, torrencial y dramático; y Larrea, discreto, confidencial y dosificado. Neruda quería hacer carrera en la literatura, y Larrea se negaba incluso a publicar sus propios poemas, siendo sus grandes preocupaciones de orden espiritual.

[5] Un poco antes, Neruda, que andaba haciendo méritos como comunista, acusó a Vallejo de trotskista, cosa que impidió que le dieran un trabajo digno. Pasados los años, Larrea se convertirá en el ángel custodio de la memoria del autor de España, aparta de mí ese cáliz, creando en Argentina el Aula Vallejo. Y eso a pesar de que detestaba la ortodoxia marxista a la que se abrazó al final de su vida el peruano, “una ideología deficiente, unilateral, cuyas ideas sobre poesía estaban en pugna con las tendencias profundas de Vallejo”. Para Larrea el realismo social no podía sino servirle a su amigo de camisa de fuerza o de mordaza, volviendo definitivo el silencio poético casi total, que había mantenido desde la publicación de Trilce en 1923” (David Bary).

[6] “La religión del lenguaje español”, 1951.

[7] Residencia en la tierra, Madrid 1935.

[8] Carta a un escritor chileno…, 1964, recogida en “Juan Larrea y el exilio cultural. Su relación especial y la de otros vascos con Pablo Neruda”, Félix Maraña. En Vascos universales del siglo XX, Madrid 2005. Larrea criticó a los poetas que firmaron el texto de apoyo a Neruda, acusándoles de “dóciles”, pero consiguió que no fuera un panfleto contra Huidobro, como pretendía Neruda que consideraba a Huidobro un estorbo en su carrera literaria. El texto lo firmaron los grandes del momento: León Felipe, Alberti, Cernuda, García Lorca, Altolaguirre, Vivanco, Aleixandre, Gerardo Diego, Leopoldo Panero, Luis Rosales, Miguel Hernández…

[9] Eso dice en “Reconocimiento a Perú”. En Corona incaica.

[10] En New York publicará la versión inglesa de su libro Visión del Guernica (1947). Será su intérprete más cualificado.

[11] En su introducción a Versión Celeste, Madrid, 1970.

[12] Mi colega de la Quinta del Mochuelo Francisco J. Fernández sostiene más bien que Larrea quería expresarse en una lengua que no dominaba. Supongo que para dejar campo a los signos.

[13] I poeti surrealisti spagnoli. Publicó los poemas de Larrea junto a los de G. Diego, Lorca, Alberti, Aleixandre, Cernuda, Moreno Villa, Prados y Altolaguirre, ¡nada más y nada menos! Surrealistas, o superrealistas, o neorrománticos al cien por cien sólo lo son Aleixandre y Larrea. Como me ha hecho notar Rafael Bellón Zurita, Aleixandre fue muy influido por Larrea en su obra madura, cosa que admitió.

[14] Entrevista con Santiago Amón. El País, 1977.

[15] “Estás loco pero te sigo” –cuenta Larrea que le dijo su amigo León Felipe-. “Lo cual significa, a lo que entiendo, que a uno y a otro nos complacían las desorbitaciones imaginativas de la ultra-racionalidad”. Citado por Víctor García de la Concha en La poesía española de 1935 a 1975, I, Madrid, Cátedra, 1987, pg. 268.

[16] Título este de la edición completa hecha por Barral en Ediciones de bolsillo, Barcelona 1970. Ciento seis poemas, dieciséis escritos originalmente en español y los otros noventa en francés, lírica pura surrealista en la que se pretende ofrecer una “versión” (traducción, vuelta, versos) celeste de lo real mediante el poema, esto es, mediante una “sucesión de sonidos elocuentes movidos a resplandor”. En su obra lírica Larrea ofrece –dice Vivanco- una palabra poética en camino hacia lo esencialmente vital e inmediato del lenguaje, “en un proceso psico-espiritual comparable al de la evolución de la humanidad como un todo, así como al de los procesos místicos de identificación o unificación” (palabras de Larrea).

[17] Este tipo de expresiones como la de “pensar al ralentí” son típicas del ultraísmo que introducirá en Argentina J. L. Borges y en España, a partir de 1918, Cansinos Assens, Gerardo Diego, Larrea y otros.

[18] Cfr. Arthur O. Lovejoy. La gran cadena del ser. Historia de una idea. Icaria, Barcelona 1983.

[19 Prólogo de 1974, “Años después”.

[20] Escribe Javier Rubio Navarro que para sus amigos “los rojos propiamente dichos”, metafísicos como Larrea eran “unos sueñatortillas, líricos, metafísicos, incomprensibles. Se quedaron sin público”. “Se hizo artista huyendo del catolicismo agobiante de su madre y acabó convertido en profeta de una nueva espiritualidad”.https://javierrubionavarro2.wordpress.com/2013/07/05/juan-larrea-vida-de-profeta-1/

[21] Gustav Th. Fechner: Religion of a scientist, 1946.

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Categories: Crítica Literaria

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