«De Exilio», de Favorino de Arlés – Traducción [por vez primera al español] a cargo de Santiago Blanco del Olmo / Edición crítica de Santiago Blanco del Olmo & José Miguel García Ruiz – I [Prólogo]

«De Exilio», de Favorino de Arlés – Traducción [por vez primera al español] a cargo de Santiago Blanco del Olmo / Edición crítica de Santiago Blanco del Olmo & José Miguel García Ruiz – I [Prólogo]

Overview

De Exilio, de Favorino de Arlés – Traducción [por vez primera al español] a cargo de Santiago Blanco del Olmo / Edición crítica de Santiago Blanco del Olmo & José Miguel García Ruiz – I [Prólogo]

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Incomplete marble statue of Sophist [193 – 211 A.D. – Efes Müzesi / Ephesus Archaeological Museum – Selçuk – Türkiye Cumhuriyeti / Republic of Türkiye]

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De Exilio, de Favorino de Arlés – Traducción [por vez primera al español] a cargo de Santiago Blanco del Olmo / Edición crítica de Santiago Blanco del Olmo & José Miguel García Ruiz – I [Prólogo]

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Prólogo

Como el propio Favorino cuenta en un pasaje del De exilio, los focenses embarcaron en sus naves a mediados del siglo VI a. C. para huir del expansionismo persa y trocaron su patria, sita en la Jonia, por sus establecimientos comerciales en la Galia, al otro lado del Mediterráneo. Allí fundaron Massalie (en su nombre jonio). Una vez establecidos en la hodierna Costa Azul fundaron un rosario de nuevas ciudades costeras que se extendían por las actuales Francia y España, entre ellas Nicea, Antípolis, Akron Kitharistes, Olbia, Agathe, Emporion y, tal vez y a pesar del nombre, Rhode, estas dos últimas en Gerona. Fueron todas ellas fruto de una fiebre colonizadora que se manifestó igualmente con la creación de sedes comerciales, mercados y fondeaderos más o menos permanentes a lo largo del Levante español.

Su trato con los pueblos limítrofes fue en general ventajoso para unos y otros, pues contribuyeron a expandir el lujo y la civilización entre sus vecinos celtas del Hinterland. El griego jónico era empleado, según el geógrafo Estrabón, como “lingua” franca entre los pueblos colindantes y en esa lengua se redactaban los contratos helenoceltas.

La ciudad de Marsella se regía por una constitución de corte aristocrático que se mantuvo indemne durante siglos. En el siglo IV a. C. el marino masaliota Piteas, anterior a la hegemonía romana en esa región del Mediterráneo occidental, osó aventurarse por el Océano Atlántico en busca de estaño, ámbar y pieles, y dejó constancia de su periplo en un escrito titulado De Oceano ( Περὶ τοῦ Ὠκεανοῦ), del que sólo quedan citas y fragmentos hoy editados, traducidos y comentados por Christine Horst Roseman en 1994. Piteas alcanzó la Gran Bretaña y también la legendaria Tule, de situación controvertida. Es muy probable que el viaje del audaz marino se llevara a cabo a través de la Galia hasta las actuales Bretaña o Normandía y desde allí embarcara en algún navío rumbo a las islas oceánicas. Esto se deduce del hecho de que el estrecho de Gibraltar era celosamente custodiado por los enemigos comerciales de Marsella: los cartagineses. Los masaliotas tenían licencia de paso muy probablemente a través de los pueblos celtas a quienes exportarían productos elaborados en un intercambio beneficioso para todos.

Cuando Domicio Ahenobarbo incorpora al imperio la Provincia Gallia Narbonensis con capital en Narbona, que abarcaba las actuales Provenza y Languedoc, a fines del siglo II a. C., Marsella se convierte en la aliada de Roma en aquellas latitudes. Roma ha conquistado ya y ha establecido colonias en los territorios celtas de la llamada Galia Cisalpina y desde ahora utilizará la recién anexionada costa del sur de la Galia para comunicar Roma con Hispania por medio de una calzada. La vía Domicia será el principal nudo de comunicaciones entre Hispania, Narbona y Massilia. Con la ayuda de los romanos, consiguieron los masaliotas librarse por fin de la presión de los pueblos ligures, al tiempo que veían eliminada literalmente del mapa a su eterna rival: Cartago. En el siglo I a. C. tenemos noticia de Marsella a partir de las obras de dos grandes escritores romanos, Marco Tulio Cicerón en su Defensa de Fonteyo (Pro Fonteio), a la sazón gobernador romano de la Narbonense acusado de corrupción, y de Gayo Julio César quien, en su Guerra Civil (De bello ciuili), nos describe el asedio de Marsella por tierra y por mar durante dicha guerra hasta su expugnación. La ciudad focense había tomado parte por Pompeyo el Grande y cayó en manos de César después de un largo y dificultoso asedio. Aunque se le permitió mantener su autonomía política, César privó a Marsella de todas sus colonias. Fue a partir de entonces cuando Marsella empezó a fungir como foco cultural helénico para gran parte de la aristocracia romana y galorromana del occidente de Europa. En sus escuelas de gramática y retórica cursaron estudios muchos jóvenes que elegían Marsella como lugar de estudios anteponiéndola a la lejana Atenas, Rodas, o cualquier otra ciudad de Asia Menor y así adquirir conocimientos de la lengua y civilización griegas. Allí sabemos que estudió Cneo Julio Agrícola, por ejemplo, suegro del historiador Cornelio Tácito, nacido en Fréjus (Forum Iulii) en 40 d. C. De la ciudad dice Tácito en su Vida de Julio Agrícola (4, 3, 3-4) que fue “sedem et magistram studiorum”, “sede y maestra de los estudios”. El geógrafo griego Estrabón nos ofrece una breve pero impagable descripción de Marsella en su libro IV, 1, 4 de su Geografía, en donde dice, en traducción de Gredos (Félix Piñero), lo siguiente:

“Masalia es una fundación de los focenses situada en terreno pedregoso, cuyo puerto cae al pie de un acantilado en forma de anfiteatro, orientado hacia el Sur y bien protegido, como toda la ciudad, que es de considerables dimensiones. En la parte más alta han construido el Efesio y el santuario de Apolo Delfinio, cuyo culto es común a todos los jonios, mientras que el Efesio es un templo a la Ártemis de Éfeso.”

  En esta misma obra (IV, 1, 5) dice Estrabón acerca de la ciudad: “πάντες γὰρ οἱ χαρίεντες πρὸς τὸ λέγειν τρέπονται καὶ φιλοσοφεῖν”, es decir, “en efecto, todos los ciudadanos de posición desahogada se han dedicado a la oratoria y a la filosofía”. Fijémonos bien en que precisamente en el “decir” y en el “filosofar” ocupó su trayectoria intelectual y vital Favorino de Arles. La epigrafía nos ofrece también una estela hallada en el puerto de Marsella en 1833  donde se puede leer:

ΑΘΗΝΑΔΗϹ

ΔΙΟϹΚΟΥΡΙΔΟΥ

ΓΡΑΜΜΑΤΙΚΟϹ

ΡΩΜΑΙΚΟϹ

“Atenades, hijo de Dioscórides, gramático romano”. El significado era que un masaliota, de nombre griego, se dedicaba a enseñar la gramática latina. Esta epigrafía nos da así mismo un buen ejemplo de que la Marsella de tiempos del Imperio romano seguía siendo una ciudad de lengua griega.

Según mi opinión, aunque ninguna fuente antigua exprese de forma clara que Favorino estudiara en Marsella, a todas luces debió ser así.

Pasemos ahora a decir algunas palabras acerca de la patria de nuestro sofista, la ciudad de Arlés. Existió ya en el siglo VI a. C. un asentamiento poblado por celtas y ligures llamado Theline situado sobre un peñasco calcáreo junto al pantanoso delta del Ródano. Hoy en día la Camarga, que así se denominan los marjales propios de las bocas del Ródano, constituyen una zona protegida de valor ingente por las aves migratorias que allí anidan y por otras especies animales autóctonas. En el siglo IV los griegos crearon allí una importante sede comercial llamada Arelate. Por ella pasaba más tarde la vía romana Domicia, que el imperio construyó con objeto de asegurar una ruta de enlace con Hispania. A raíz de la creación de la provincia Gallia Narbonensis, Arlés se tornó importante en el Imperio romano por la construcción de un canal bajo el gobierno de Mario que unía la ciudad con el golfo de Fos, cerca de Marsella. César declaró a Arelate colonia en 46 a. C. e instaló allí a los veteranos de la VI legión, sometiendo así los alrededores ante la supremacía de la ciudad. Arlés se convirtió en un importante astillero. En el siglo I de nuestra era Arlés se amuralló y se erigieron los edificios romanos que hoy la hacen famosa: el teatro, el anfiteatro, el circo y las termas, además de un puente de tablas sobre el Ródano.

Pues bien, en un año incierto de la época de los Flavios entre el 80 y el 90 d. C. aproximadamente nacía en la colonia de Arlés nuestro sofista Favorino. Era presumiblemente hijo de familia adinerada que tenía la ciudadanía romana, pues de otro modo no habría dispuesto del ocio ni del dinero suficiente como para dedicarse a los estudios. Era de raza celta, de lo que se gloriaba en sus propios escritos, y sabía la lengua celta, el latín y el griego.  Según Vidas de los sofistas, (I, 489, 4-15) de Filóstrato (versión española de María Concepción Giner Soria, edit. Gredos):

“Era hermafrodita y andrógino de nacimiento, cosa que se manifestaba incluso en su aspecto, pues ni de viejo tuvo pelo en el rostro; y se manifestaba también en la voz, que sonaba al oído aguda, fina y chillona, como aquella con que la naturaleza ha dotado a los eunucos. Sin embargo era tan ardoroso en el amor, que, por adúltero, fue llevado a los tribunales por un cónsul. Tuvo una discusión con Adriano sin que le ocurriera ningún mal. Por lo cual proclamaba en tono oracular, como paradójicas, tres circunstancias de su vida: “ser galo y tener mentalidad de griego, ser eunuco y sufrir un proceso por adulterio, haberse enfrentado a un emperador y estar vivo.” (Γαλάτης ὢν ἑλληνίζειν, εὐνοῦχος ὢν μοιχείας κρίνεσθαι, βασιλεῖ διαφέρεσθαι καὶ ζῆν).

Favorino de Arlés desarrolló su peripecia vital como orador (rhetor) en el marco del movimiento cultural griego conocido como Segunda Sofística. Pasó de su Provenza natal a Roma y de ahí a Oriente. Sabemos que estuvo en Atenas en varias ocasiones, donde creó una escuela, y que recorrió varias ciudades importantes en Asia Menor. Sobre todas ellas le fue especialmente querida  Éfeso. Su vida fue consagrada al estudio de la retórica y de la lengua, de la filosofía, de la historia, de las ciencias de la naturaleza, de la medicina y del derecho. Aunque Favorino desarrolló todo su magisterio en lengua griega, conocía sin embargo a la perfección la lengua y literatura latinas, de tal manera que podía reproducir de memoria extensos pasajes ciceronianos, virgilianos o de otros autores del latín arcaico tan queridos y rebuscados por los intelectuales romanos de la época de Aulo Gelio o de Cornelio Frontón. Los sofistas tenían una fama que se extendía de ciudad en ciudad, daban conferencias, pronunciaban discursos, participaban en polémicas (fue muy conocida su rivalidad con Polemón, sofista griego alumno de Dión de Prusa, al igual que Favorino). Por lo demás trabajaban como asesores para las autoridades municipales de las ciudades griegas, a veces como embajadores, juristas o simplemente abrían una escuela elitista de retórica en alguna ciudad, como hizo probablemente Favorino en Atenas. La gloria alcanzada por su maestría en el arte de la palabra le proporcionó honores, dinero y la obtención de la ciudadanía de algunas importantes ciudades. Entre estos honores figuraba la erección de una estatua en Atenas y Corinto que, aunque de corta duración, pudo contemplar en vida.

Los maestros de Favorino fueron Epicteto, a quien no sabemos si conoció en persona, y Dión de Prusa, conocido como Dión Crisóstomo o “Pico de oro”. El primero de ellos pertenecía a la escuela estoica, y a raíz del decreto de expulsión de los filósofos de Roma en tiempos de Domiciano, creó escuela en Nicópolis, cerca de Accio, en el Epiro. Aunque no dejó nada por escrito, tenemos varios volúmenes que contienen sus diatribas y su famoso manual o Enchiridion, redactados por su discípulo Arriano. Dión Crisóstomo también sufrió la expulsión de Roma y desarrolló su carrera profesional fundamentalmente en Asia Menor, de donde era originario, tras un destierro en territorio de los getas. Se comparaba su oratoria a la del ateniense Demóstenes.

Entre los oradores con los que se enemistó Favorino, Polemón fue el más importante. Ambos eran condiscípulos de Dión Crisóstomo. Si Esmirna se había decidido por él, Éfeso en cambio se mantenía fiel a Favorino. Hubo situaciones violentas entre los partidarios de uno y otro no sólo en Anatolia, sino también en Roma, y parece que a la postre el favor de Adriano se inclinó hacia Polemón, a quien otorgó el honor de pronunciar el discurso de inauguración del templo de Zeus Olímpico (u Olympieion) en Atenas en 131 d. C., después de que Favorino hubiera caído en desgracia en la corte.

El discípulo más conocido de Favorino fue Herodes Ático, miembro de una opulentísima familia ateniense, quien además de discípulo del de Arlés llegó a ser su amigo íntimo, según Filóstrato. Tanto es así que a su muerte Favorino legó su bien nutrida biblioteca al joven orador y bienhechor. La obra de Herodes Ático se ha perdido casi enteramente, lo que por fortuna no ha sucedido con los múltiples edificios con que ornó la ciudad de Atenas y otras ciudades de la Hélade.

En filosofía, Favorino se había alineado con la Nueva Academia, es decir, esa deriva del platonismo que sobre todo a partir de Carnéades había incurrido en el escepticismo. Al no poder asegurar la verdad o la mentira de una determinada proposición, los escépticos suspenden el juicio y a lo que pueden llegar a lo sumo es a establecer algo así como una teoría de la verosimilitud o de lo probable, τὸ πιθανόν. El propio Favorino lo expresa así en latín en un fragmento de las Noches Áticas (XX, 1, 9-10) de Aulo Gelio: “Noli ex me quaerere quid ego existumem. Scis enim solitum esse me, pro disciplina sectae quam colo, inquirere potius quam decernere.” En mi castellano: “No me preguntes qué pienso yo. Pues sabes que yo acostumbro, siguiendo la disciplina de la secta que cultivo, antes  preguntar que  resolver.”

Buscar siempre, pero en ningún caso afirmar, parece ser la meta de los escépticos. Sin embargo es también el de Arlés seguidor de los eclécticos, porque, además de admirar en grado sumo a Platón, sabemos que era apasionadísimo por Aristóteles; de hecho Plutarco nos dice que el Arlesiano era “δαιμονιώτατος ἐραστής”, es decir, un muy extraordinario amador (de Aristóteles) de Quaestiones conuiuales 734 F 4-5. En cuanto al  llamado arte de los caldeos o astrología, sostenida crédulamente por muchos filósofos e intelectuales de la Antigüedad, incluido el emperador Adriano, Favorino se sitúa frente a ella negando su existencia de forma radical y teniéndola por una mera superchería. En esto se diferencia de los estoicos.

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Santiago Blanco del Olmo

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