Antonio Machado, el poeta del tiempo – María Jesús Pérez Ortiz

Antonio Machado, el poeta del tiempo – María Jesús Pérez Ortiz

Antonio Machado, el poeta del tiempo

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Leandro Oroz Lacalle – Retrato de Antonio Machado [1925, Sanguina – Fondos de la Fundación Ortega y Gasset]

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En el Palacio de los duques de Alba, la casa de las Dueñas, vendría al mundo Antonio Machado Ruiz, un 26 de julio de 1875. Hijo de familia de prestigio. Su padre, Antonio Machado Álvarez era doctor en Letras y abogado por la Universidad de Sevilla y gozaba de una incipiente fama de escritor. Su abuelo paterno, D. Antonio Machado Núñez, llegó a ser gobernador de Sevilla y catedrático de Ciencias Naturales.

Y…ya va haciendo caminos…Su adolescencia transcurre en Madrid donde le inunda la nostalgia del patio andaluz sevillano, de su luz…: “Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, /y un huerto claro donde madura el limonero;…/” En la I.L.E, cuyos profesores Giner de los Ríos, Cossío, Costa, son amigos de su padre y de su abuelo, ingresa como alumno Antonio Machado junto a su inseparable hermano Manuel. El espíritu de la Institución va a dejar profunda huella en sus conciencias y, la influencia de su padre, Antonio Machado Álvarez, Demófilo, estudioso del folclore y las tradiciones andaluzas, va a ser decisiva en su gusto por la literatura. Poco a poco la ilusión por la lírica estará más cerca de su corazón.

Fue hijo de esa España vieja y eterna que nace con la Restauración y alcanza su plenitud con la G. del 98. ¡Gran siglo español el siglo liberal de los Machado…! Bastaba entrar en un café, en Madrid, para encontrar en torno a una mesa a un grupo de hombres ingeniosos y alegres que disertaban sobre lo divino y lo humano. Si íbamos a la Universidad, podíamos oír la palabra de Menéndez y Pelayo, de Giner, de Cajal…Si abríamos el periódico, nos encontrábamos con el pensamiento de Ganivet y de Unamuno. Si se entrábamos en el Ateneo, escuchábamos la palabra de Cánovas y Castelar. Los libros que aparecían en los escaparates eran los de Galdós, Alarcón, Pereda, Valle…La obra recién estrenada, de Zorrilla, o de otros grandes románticos que inyectaron su pasión por el alma de España. Y esa obra representada por Mª Guerrero… Y esos versos de un excepcional lirismo de Bécquer, de Rosalía de Castro…En las exposiciones se representaban los cuadros de Sorolla o Romero de Torres…En las Cortes, hablaban Maura y Canalejas.

Y ante todo eso nos preguntamos…¿Qué otro país, en la misma época, podría presentar una pléyade semejante de hombres ilustres?. El segundo Siglo de Oro español como lo llamó el maestro Azorín. Pues bien, la vida de don Antonio Machado, cuyo ciclo vital se cumplió en Colliure, transcurrió en esa 2ª mitad del Siglo de Oro liberal de España.

Pero el destino debía tener preparada la fecha de 1898. Cuando estalla la guerra de España con los EE.UU sienten la desgracia de la adversidad que ya oyeron anunciar a Cossío, a Costa, a Giner, a Ganivet, a Unamuno… Y comienza a sentirse el peso de la amargura…En el Lion d’Or se ha fraguado una reunión de jóvenes que-pensativos-parecen contemplar la triste herencia de un país empobrecido. Uno ostenta larguísima barba y aspecto extravagante. Ha sido destinado a crear belleza escrita. Se trata de Valle Inclán.

Y sigue su andadura por los caminos… 1899, Antonio marcha a París. Le han llegado los ecos de los simbolistas, parnasianos e impresionistas y siente ardientes deseos de conocer estos movimientos literarios. La voz de Zola ha prendido en millares de corazones… Disfruta junto a Manuel de los encantos de París…Tertulias de café, cabarets, Montmartre. Allí conoce a Baroja, a Rubén, a Oscar Wilde, a quien admiran. Toda una experiencia cosmopolita. Mas Antonio siente nostalgia de España. De nuevo en Madrid, vuelve a sus reuniones literarias. Ya en 1901 mete ruido el Modernismo con su consigna renovadora…Darío, Juan Ramón Jiménez, los Machado…,en poesía. Benavente, teatro; Valle, poeta, narración enjoyada, Baroja, novela, Unamuno, ensayista, Azorín…Todos se relacionan y hablan hasta la extenuación, duermen poco y sueñan mucho. No se cuidan de los relojes… Es la bohemia… El bullicio se extiende al anochecer por las calles de Madrid hasta el alba… Se escuchan las voces transmitidas de Bécquer, Zorrilla, Espronceda y las directas de los poetas vivos y amigos: Salvador Rueda y Darío…Están embriagados de literatura. Leer, producir, hablar sin descanso…Símbolo, el Café y las tertulias. Amables refugios donde prolongar las veladas: Fornos, Lion d’Or… A veces, cansados de pasear, se refugian en el café de la calle Luna; atraídos tal vez por el eterno símbolo poético del nombre.

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Antonio Machado – Café de las Salesas, Madrid, 8 de diciembre de 1933

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1903: Aparece su obra poética más lírica-“Soledades”- y un sentimiento de inefable melancolía nos sobrecoge tras la lectura de sus poemas. Sus versos ofrecen una impresión subjetiva de quien se recoge en sí mismo, ofreciendo un efecto de belleza grave y serena. Es clásico o romántico? Pregunta que el poeta se planteará más tarde en el poema Retrato, que abre su libro Campos de Castilla : ¿ Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera/mi verso, como deja el capitán su espada:/famosa por la mano viril que la blandiera,/no por el docto oficio del forjador preciada…/. Antonio Machado es un cantor profundo y misterioso…

En cuanto a la temática, resulta imprescindible destacar la importancia del TIEMPO en su poesía que, junto con el tema de la MUERTE y el tema del AMOR, constituyen los ejes centrales de su obra. Sin embrago, es el tiempo, la angustia de lo temporal, el eje y la raíz de todas sus preocupaciones poéticas y filosóficas. Él mismo se llamó “POETA DEL TIEMPO”. Aunque, en su poesía, a Machado le interesa el tiempo en cuanto tiempo, vivido, como fluencia como dijera Bergson, su maestro. Porque el tiempo como algo distanciado, como algo desasido del hombre sólo lo vemos en algunos casos como en el poema dedicado a Narciso Alonso Cortés, poeta de Castilla: ¡No mires: todo pasa; olvida: nada/vuelve!/ Y el corazón del hombre se angustia…/ ¡Nada queda!//El tiempo rompe el hierro y gasta los marfiles./(…)//El tiempo lame y roe y pule y mancha y muerde;/socava el alto muro, la piedra agujerea;/apaga la mejilla y abrasa la hoja verde;/sobre las frentes cava los surcos de la idea// (CXLIX)

Lo que Machado canta en estos versos es la labor destructora del tiempo, pero el tiempo de todos los hombres, al que contempla panorámicamente. Tiempo como elemento aniquilador de la hermosura del mundo. Pero ese no es el tiempo que interesa a Machado, sino el VIVENCIAL, el personal. Porque para Machado la poesía es “el diálogo del hombre, de un hombre con su tiempo”, que no es sino decir con su propia vida que no es fuera del tiempo absolutamente nada.

Pero cómo entabla Machado su diálogo con el tiempo? Para ello creó unos personajes figurados con los que dialogaba que no eran sino desdoblamientos de su propio yo, alter egos con los que siempre conversaba: “Converso con el hombre que siempre va conmigo” dijo el poeta en Retrato… Y creó para el diálogo poético, figuraciones como la mañana, la tarde, la noche, el agua o la fuente, que nunca pudieron ser más acertadas. Los tres grandes momentos con que marcamos el suceder de los días.

Pero me voy a ceñir al símbolo del agua, que acompañó a Machado a lo largo de su obra. Agua como -eterno fluir-y consagrado ya por la tradición: Agua-río en Heráclito, en Dante, en Manrique, es tiempo que fluye incesante hacia la muerte: Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar que es el morir… Ello nos deja un poso de melancolía: … y al volver la vista atrás/se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar… y al volver la vista atrás/se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar… El poeta escucha la monotonía del agua al caer cuya insistente cantinela le recuerda la fugacidad de lo temporal: Dice la monotonía/del agua clara al caer: /un día es como otro día: hoy es lo mismo que ayer. (LV) La vida que es tiempo, fluye con el ritmo incesante de los ríos y las olas, eterna corriente en movimiento…

El poeta, ese infatigable caminante, nos describe, la contemplación de un río en el poema XIII de Soledades: Yo iba haciendo mi camino, /absorto en el solitario crepúsculo campesino. Ante la visión de la sublime belleza de los campos, de pronto, su espíritu se sobrecoge al contemplar la eterna corriente y piensa en su alma: Bajo los ojos del puente pasaba el agua sombría. /(Yo pensaba: ¡el alma mía!) Y me detuve un momento, /en la tarde, a meditar…/¿Qué es esa gota en el viento/que grita al mar: soy el mar? Su alma, también, como las ondas, peregrina hacia el mar de la muerte. Y con el agua ha compartido su dolorido sentir: Apenas desarramada/ la pobre barca, viajero, del árbol de la ribera, /se canta: no somos nada. Donde acaba el pobre río la inmensa mar nos espera. Pero, ¿qué ha pasado para esa repentina preocupación pascaliana por el destino del hombre? Qué le lleva a esa gran pregunta existencial: ¿Qué es esa gota en el viento/que grita al mar: soy el mar? Sencillamente que, Machado, ese eterno viajero por los campos de la tierra, se ha convertido en caminante por los senderos de la existencia. Por eso su palabra poética deja en nuestros corazones una profunda melancolía: Yo, en la tarde polvorienta, /hacia la ciudad volvía. /Sonaban los cangilones de la noria soñolienta. /Bajo las ramas oscuras caer el agua se oía.

Pero no sólo le hablan a Machado las aguas de los campos, también dialogan con el poeta las aguas de las fuentes, de los jardines…Unas fuentes, unos jardines tristes y melancólicos como las tardes machadianas…: …tu monotonía,/fuente, es más amarga que la pena mía (VI) El agua de la fuente, sobre la piedra tosca/y de verdín cubierta, resbala silenciosa. Iluminando la fuente/en donde el agua surtía/sollozando intermitente. /Sólo la fuente se oía. Me llevaré los llantos de las fuentes… (LXVIII) Evidentemente, las fuentes de Machado cantan al dolor de la existencia: La fuente de piedra/vertía su eterno/cristal de leyenda…Seguía su cuento/la fuente serena; borrada la historia/contaba la pena. (VIII) Inevitablemente le inducían a la melancólica meditación o al triste recuerdo. Un ejemplo muy explícito es el poema VI de Soledades donde el poeta, en una tarde muerta, entra en el recinto cerrado de un parque atraído por el borboteo de una fuente: Fue una tarde, triste y soñolienta/tarde de verano. La hiedra asomaba/al muro del parque, negra y polvorienta…/La fuente sonaba. /Rechinó en la vieja cancela mi llave; con agrio ruido abrióse la puerta/ de hierro mohoso y, al cerrarse, grave /golpeó el silencio de la tarde muerta. /En el solitario parque, la sonora/copla borbollante del agua cantora/me guió a la fuente. La fuente vertía/sobre el mármol blanco su monotonía… El sonido del agua trae a su melancólico corazón la canción de un ayer perdido e irreparable, de lo que se fue para nunca más volver. Estas fuentes machadianas con las que habla el poeta, como si hablase consigo mismo, se han convertido en símbolo exacto del fluir del tiempo.

EL RELOJ es otro de los símbolos machadianos del transcurrir del tiempo. Ya está presente en el primer poema de Soledades, El viajero, marcando con su melancólica crueldad el transcurso de las horas: Serio retrato en la pared clarea/todavía. Nosotros divagamos. /En la tristeza del hogar golpea/el tic-tac del reloj. Todos callamos. Su martilleante presencia será una constante en sus poemas: Daba el reloj las doce…y eran doce/ golpes de azada en tierra…/¡Mi hora-grité-… Y en el bellísimo poema, Hastío, donde aflora una profunda tristeza: Pasan las horas de hastío/por la estancia familiar, /el amplio cuarto sombrío/donde yo empecé a soñar./ Del reloj arrinconado, /que en la penumbra clarea, /el tic-tac acompasado/odiosamente golpea. /Dice la monotonía/ del agua clara al caer: /un día es como otro día; /hoy es lo mismo que ayer. Casi con las mismas palabras lo decía el murmullo monótono e incesante de las aguas. Tic-tac, siempre igual como recordatorio, desde lo oscuro de un rincón, que la vida humana no es más que un continuo fluir hacia el acabamiento y sin posible solución.

Pero Machado no dialogaba con el reloj como dialogaba con las aguas, porque como poeta y como hombre, sabía que entre el tiempo mecánico de ese corazón de metal y el tiempo emocional de su corazón de hombre, había una diferencia. Así podemos entender que sólo lo colocase en el fondo de sus poemas como símbolo de la angustia existencial que el inexorable paso del tiempo deja en lo más profundo del corazón del hombre. Y es que Machado, cuyo pensamiento se colocaba dentro de la filosofía contemporánea, pensaba el ser como ser-para-la muerte: Ya nuestra vida es tiempo, y nuestra sola cuita/son las desagradables posturas que tomamos/para aguardar…Mas Ella no faltará a la cita. (XXXV) Ello explica su desalentada visión del mundo y su horror de pensar que, con la muerte, desapareciesen todos los sueños que, un día, fueron gratos a su corazón. En el poema XXI de Soledades, Daba el reloj las doce… y que, anteriormente, mencionamos, la presencia de la muerte es tan viva que el poeta cree percibir, en las doce campanadas del reloj, tiempo y muerte fundidos, doce golpes de azada en tierra, los golpes con quien alguien cava una tumba en previsión de su muerte. Ese reloj, diríamos, en palabras de Quevedo, le está cavando a Machado en su vivir su monumento; le marca, con su compás de tiempo, el compás con que avanzan los pasos hacia la muerte.

Machado, al igual que Unamuno, fue también un “agónico”, un alma hambrienta de Dios y de eternidad, aunque sin la rebeldía presente en el maestro de Salamanca. Siempre a la espera de una certeza, de una fe que acabase con la …amargura/de querer y no poder/creer, creer y creer!. Un alma, en fin, siempre buscando a Dios entre la niebla. Sin embargo, no todo fue niebla y sombra en su camino, porque para seguir viviendo se refugiaba en el consuelo esperanzador de los sueños, ese “residuo luminoso” que el flujo del tiempo deja al pasar: Se hace camino al andar… Y, también, porque a pesar de sus dudas y cavilaciones, sabía que el alma en última instancia, triunfaba siempre contra las arremetidas del olvido y la muerte: El alma. El alma vence…al ángel de la muerte y al agua del olvido. Y, sobre todo, porque más allá de los sueños sentía latir en sus entrañas una afirmadora voluntad de salvación, una voluntad de VIVIR. El que tales palabras escribía no podía ser un hombre sin “esperanza”. Porque si su vida y su poesía fueron el diálogo angustioso y solitario de un hombre con su tiempo, también es verdad que aquel diálogo solitario no era otra cosa que la preparación para ese otro diálogo, el último y definitivo, con Dios en la eternidad: Quien habla solo espera hablar a Dios un día… Ese Dios que el poeta definía como un TÚ universal, objeto de comunión entre los hombres, un TÚ que es ÉL, la única y verdadera compañía que puede liberarnos a todos de la inmensa soledad de ser hombres.

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Fotografía de la boda entre Antonio Machado y Leonor Izquierdo [30 de Jukio de 1909]

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EL TEMA DEL AMOR: En unos conmovedores versos se plasma una verdadera historia de amor. Leonor Izquierdo Cuevas, el objeto de su gran pasión, era hija de los dueños de la pensión donde se hospeda el poeta, tras ocupar una plaza como profesor de francés en el Instituto de Segunda Enseñanza de la ciudad de Soria. Al poeta le sobrecogen a un tiempo los quince años de Leonor, su ingenuidad y su belleza.

En julio de 1909 se celebra la boda en la iglesia de Santa María la Mayor. La joven con apenas 16 años y el poeta con 34 se sienten sumamente dichosos, pese a la diferencia de edad. Junto al mar Cantábrico, Leonor y Antonio dejan volar su alegría. Pero el nuevo curso comienza y el matrimonio tiene que regresar a Soria. Sobre la mesa le esperan los papeles en los que ha ido escribiendo su poesía: Campos de Castilla. Leonor escucha extasiada los versos que su marido le recita; las escenas de su infancia, las juveniles correrías madrileñas, sus estancias en París. A Leonor le gustaría gozar de París y el poeta que desea colmar su ilusión, en 1911, le anuncia su inminente viaje a la capital de Francia. Antonio ha obtenido una pensión de la Junta para la Ampliación de Estudios que, con su sueldo de catedrático, permitirá a la pareja desenvolverse con holgura.

Viven unas semanas de entusiasmo. El poeta escribe y acude, respondiendo a su inclinación por la filosofía, a las conferencias de Bergson. Para el mes de julio el matrimonio tiene preparado un viaje de vacaciones a Bretaña, que nunca llegarían a realizar. De modo súbito e inesperado se le presenta a Leonor un vómito de sangre, la tisis. Antonio se encuentra hundido. En septiembre vuelven a Soria, tras mes y medio de estancia en un sanatorio. A finales de año sufre una recaída grave que acelera su enfermedad. Antonio, más enamorado que nunca, se olvida de su poesía, de su cátedra, para entregarse por entero a su esposa. Desea con todas sus fuerzas no sobrevivir a Leonor. A escondidas, posa los labios donde la enferma acaba de beber, respira su aliento, en un desesperado intento de contagiarse. En 1912, cuando entra el buen tiempo, Antonio alquila una casita con jardín, camino del Mirón, donde se instala con su esposa. Pero la mejoría no llega. Es sorprendente la ternura infinita de Leonor para con su esposo. Nunca se han mirado más intensamente. Con ese mudo lenguaje se lo dicen todo. Campos de Castilla, que acaba de ver la luz en Madrid, constituye la consagración definitiva de la poesía de Antonio. Pero en estos momentos, nada le importa al poeta que no sea la existencia de su mujer. No quiere la gloria, ni el dinero. Sólo quiere con toda su alma ese amor que le roba la muerte. Los dos saben que van a separarse muy pronto. Y, sin embargo, cada cual se guarda su terrible secreto. Antonio ha puesto todos sus medios para combatir la enfermedad, ha cometido actos de loco para contraerla, se ha entregado como un niño al llanto desbordado, y se ha derrumbado muchas veces, a solas, en su desconsuelo.

El día 1 de agosto se presenta la muerte en la casa, y la existencia de Leonor se apaga en un sueño tranquilo y eterno. El paisaje soriano se le muestra al poeta lleno de sombras. No piensa más que en escapar de los lugares donde su felicidad ha sido tan intensa como pasajera. Ahí están sus campos de Castilla, que el poeta contempla, ahora, con odio, con rencor infinito…

LOS POEMAS A LEONOR: Quiero ceñirme a los poemas dedicados a Leonor, la frágil compañera con quien casara un día en Soria. Una poesía hecha toda de ausencias y dolorosas evocaciones, de sueños de amor. Se canta lo que se pierde… dijo un día el poeta. Y es que, Machado, que no llegó a escribir a su mujer un solo poema en vida, desde el momento mismo en que Leonor muere, o sea cuando la presencia se convierte en ausencia, nos da como frutos líricos de su melancólica evocación, una serie de bellísimas composiciones que más tarde habrían de integrar la teoría amorosa del poeta.

Del “principio de su ausencia”, nos queda un poema-muy breve-en el que sentimos eso que el poeta llamó “el desgarrón en las entrañas”, por la separación definitiva: Señor ya me arrancaste lo que yo más quería. /Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar. / Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía. /Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar. (CXIX)

Hay también un romance donde el poeta narra la muerte de la esposa a todas luces conmovedor. Libre de toda gesticulación plañidera, la contenida voz de Machado, reduce ese momento trascendental a la categoría de lo cotidiano y pequeño suceso, a la ruptura de algo muy tenue que se quiebra con unos dedos muy finos. Las palabras parecen moverse silenciosamente por los versos, al igual que la muerte por la casa, casi de puntillas: Una noche de verano-/estaba abierto el balcón/y la puerta de mi casa-/la muerte en mi casa entró. /Se fue acercando a su lecho/-ni siquiera me miró-, /con unos dedos muy finos/algo muy tenue rompió. /Silenciosa y sin mirarme, /la muerte otra vez pasó/delante de mí. ¿Qué has hecho?/La muerte no respondió. /Mi niña quedó tranquila, /dolido mi corazón./¡Ay, lo que la muerte ha roto/era un hilo entre los dos!. (CXXIII)

El resto de los poemas dedicados a Leonor son, ronda de sueños, pura rememoración desde la desesperanza y la melancolía. Después de la muerte de su esposa, Machado se traslada de Soria a Baeza para ejercer como profesor de su instituto. Es de una gran belleza el poema en que se despide de la tierra castellana: En la desesperanza y en la melancolía de tu recuerdo, Soria, mi corazón se abreva. /Tierra del alma, toda, hacia la tierra mía, /por los floridos valles, mi corazón te lleva. Su corazón vive ya solamente de la melancolía de sus recuerdos sorianos y desde la Baeza de su viudez, evoca los montes de Soria: Allá, en tierras altas, /por donde traza el Duero/su curva de ballesta/en torno a Soria, entre plomizos cerros/y manchas de raídos encinares, /mi corazón está vagando en sueños… (CXXIII)

El viaje a Baeza y la muerte de su esposa-distancia y ausencia-junto a la labor depuradora del olvido, han hecho posible el sueño de la amada y su monumento al amor. Espiritualizadas las presencias del ayer, la voz, las manos, la mujer que tanto quiso y que en vida no se cantaron, irrumpen ahora, soñadas, en un cántico de amor, con tanta fuerza de realidad vivida que al sentirlas tan verdaderas en el sueño el poeta duda si todo se lo habrá tragado la tierra: Soñé que tú me llevabas/por una blanca vereda, /en medio del campo verde, /hacia el azul de las sierras, /hacia los montes azules, /una mañana serena. //Sentí tu mano en la mía, /tu mano de compañera, /tu voz de niña en mi oído/como una campana nueva, /como una campana virgen/de un alba de primavera. //¡Eran tu voz y tu mano, /en sueños tan verdaderas!…/Vive, esperanza, ¡quién sabe/lo que se traga la tierra! . (CXXII)

Es tan viva, tan real, la aparición de la amada, que se convierte en una presencia verdadera, con la que el poeta puede pasear y dialogar, como ayer, por los campos de Soria: ¿No ves, Leonor, los álamos del río/con sus ramajes yertos? /Mira el Moncayo azul y blanco; dame/ tu mano y paseemos. (CXXI) La sombra de Leonor sitia por todas partes. Las cosas más insignificantes se convierten en recordatorios de su ausencia como en aquel sueño dialogado: … Y aquella estrella azul, esposa. /Tras el Duero, la loma de Santana/se amorata en la tarde silenciosa. Todos son recuerdos intensamente vividos, caros al corazón del poeta, así, “un viejo saco roto” que llevaba como equipaje en un viaje por tierras jienenses, es motivo para la evocación de otro viaje/hacia tierras del Duero, cuando todavía era posible la alegría/de un viajar en compañía, la compañía de la esposa que le arrancó la muerte. (CXXVII)

Y tras años de peregrinaje…, Baeza, Segovia, Madrid…, el poeta, cansado, sigue, fiel, su camino… Años de sangre y fuego, 1936…,1937…, 1938…, 1939. La agonía de Antonio Machado empieza y se arrastra hasta que el telón del último acto de la tragedia cae en Colliure, un pueblecito marino de los Pirineos.

Tras el estallido de la guerra civil, el poeta permanece durante un tiempo en Madrid, en compañía de su anciana madre y de su hermano José, con su familia. Se encuentra abatido; apenas sale. Su pensamiento está con Manuel, el hermano que tanto quiso y del que nada sabe. Manuel había iniciado un viaje a Burgos, en compañía de su esposa, para pasar solamente unos días, pero el tren de regreso no vuelve porque en España crece con vértigo la guerra civil. El destino los va a separar para siempre.

La situación se agrava en la capital de España. El poeta se siente cada vez más herido de mortal cansancio, y con toda la familia a su cargo emprende el terrible peregrinar hacia el exilio. Llegan a Valencia y se trasladan a Rocafort, donde las fuerzas y la vida del poeta se van extinguiendo. Su corazón cansado, guardaba íntegra la emoción de su Castilla eterna.

¿Por qué los que se decían sus amigos no le evitaron ese dramático peregrinaje, y las privaciones y las miserias que sufrió y que minaron profundamente su salud y la de su madre? En febrero de 1939, una muchedumbre enloquecida, con los restos de un ejército en derrota, se atropella y lucha por llevarse los enseres más útiles y los recuerdos más queridos, para atravesar la frontera de Francia. Niños, mujeres y hombres se hacinan, angustiados, y algunos caen, en ese arrastrarse lento por los caminos. Y cuando llegan a la frontera, la incertidumbre se dibuja en sus rostros.

A Antonio Machado, con su madre y el resto de su familia, le empujan a una camioneta. Es una masa humana la que se hacina en ella. El poeta sólo lleva consigo una pequeña maleta con ropa y un maletín con “sus queridos papeles”. A estos los quiere sobre todas las cosas. Por ellos podría decirse que ha vivido. El camino está lleno de interrupciones. La camioneta no rueda…La asaltan. Fue un espantoso naufragio en tierra. Y hay que ir tirando lo que se lleva. El poeta tira a la cuneta la maleta de ropa…Y conserva “el maletín de sus amores”, apretándolo contra su corazón.

Pero aún queda la gota del amargo cáliz de su vida. Aún debe desprenderse de lo que es la razón de su existencia… Señor ya me arrancaste lo que yo más quería… Ya está el poeta ligero de equipaje. Ya está casi desnudo, como los hijos de la mar. Ya puede cruzar en la barca la laguna Estigia, el lago de la muerte… A fin de cuentas, le aguarda el eterno descanso. Sus constantes humanas fueron la melancolía y un contenido volcán que había en su corazón. Y también la desilusión y la pena. Zanjado el caminar alegre de la juventud, todo lo demás se le fue yendo poco a poco de las manos y del alma…No estaban hechos para él los consuelos del amor duradero, ni las comodidades de la fortuna. Su destino estaba dispuesto: Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.

Y para que tuviera más fuerza la tragedia de Colliure, fueron dos los enfermos. En un lecho yacía la anciana madre; en el otro, Antonio. Habían ido a parar a un hotel con rótulo español, el Hotel Quintana. Allí, madame Quintana dio pruebas, con los enfermos, de un profundo humanismo. Al poeta se le presentó la pulmonía. Corría el mes de febrero… Y la vida de Machado llegó hasta el Miércoles de Ceniza. Resulta simbólico. Entonces se extingue. A los tres días fallecía su anciana madre.

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Una familia de Colliure quiso que el poeta reposase, junto a su madre, en el panteón que poseía en el cementerio del pueblo. Era un orgullo para ellos y un hermoso gesto de su parte.

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Lápida de la tumba de Ana Ruiz y de su hijo Antonio Machado
en el cementerio de Colliure
[Antonio Machado fallece un 22 de noviembre de 1939,
sobreviviéndole su madre tres días]

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El telón ha caído por última vez. La tragedia ha terminado. Mas queda el dolor de los que viven, de los que están en Colliure. ¡Y el de Manuel Machado!

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María Jesús Pérez Ortiz

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