El poder de la palabra. Sobre «El rey Lear» – Mercedes Jiménez de la Fuente

El poder de la palabra. Sobre «El rey Lear» – Mercedes Jiménez de la Fuente

Overview

El poder de la palabra. Sobre El rey Lear

***

George Frederick Bensell – King Lear [The Knohl Collection]

***

El poder de la palabra. Sobre El rey Lear

Adorado un día como dios, es muerto al siguiente como criminal.

James George Frazer, La Rama Dorada. [1]

Un rey anciano decide retirarse y repartir sus dominios entre sus tres hijas. Un bastardo codicia el título nobiliario de su padre. Estos son los puntos de partida de las dos acciones paralelas que recorren esta tragedia shakespeariana. El conflicto surge porque los dos personajes, rey y bastardo, cometen un error: lo que es evidente en el segundo caso no lo es tanto en el primero.

La obra comienza con el último gesto del rey Lear como mandatario: obliga a sus hijas a adularlo compitiendo entre ellas. “Decidnos… quién nos ama más de vosotras”, plantea. Cordelia, la hija pequeña, que es la última en hablar, se da cuenta al escuchar a sus hermanas de que no posee la misma elocuencia que ellas y se niega a entrar en una propuesta en la que no cree: “Infeliz como soy, no consigo elevar mi corazón hasta mis labios”. La desobediencia al padre es la causa de su repudio. Sus hermanas se reparten el reino y ella se queda sin nada. Este gesto del rey, infantil a la vez que tiránico, es visto como un gran error por sus fieles desde el primer momento. Al ceder su poder y abandonar sus obligaciones, el soberano traspasa a sus hijas la condición paterna (“Hiciste de tus hijas tus madres”, le dice el bufón; “Os hice mis tutoras”, exclama el rey; “De este padre convertido en niño”, afirma Cordelia), invirtiendo el orden natural y dando lugar a la aparición de un mundo al revés. Todo lo que ocurre a partir de entonces no solo es contrario a la lógica y a la cordura, sino que se acerca a un espacio deshumanizado, cercano a lo salvaje. Un ejemplo, más adelante, a las malvadas hijas, Gonerill y Regan, se las comparará con animales feroces. La condena coral de la decisión del rey (“arrebato sin sentido”, “arranques caprichosos”) no es atendida por este, ciego tanto de entendimiento, pues no sabe diferenciar entre adulación y sinceridad, como de juicio. Esta ceguera inicial del rey es proyectada al final de la obra en la ceguera real de Gloucester, también padre castigado física y moralmente por su hijo bastardo, Edmund.

Que lo último que desee el monarca antes de abdicar sea escuchar la palabra lisonjera, hábilmente manejada por Gonerill y Regan y negada por Cordelia, nos advierte de su importancia. Edmund la empleará a su vez para enfrentar a su hermano Edgar con su padre. La palabra es poder, control sobre el otro. Como arma peligrosa, utilizada con falsedad conlleva engaño, traición, muerte. Los personajes se dividen en dos grupos: los que respetan el lenguaje y los que no lo respetan; o lo que resulta lo mismo: los que son justos, honrados, y saben al fin dónde está su lugar, y los que aspiran al poder sin reparar en los medios para conseguirlo, queriendo ocupar un sitio que no es el suyo. Cordelia responde a su padre: “Conforme a nuestro vínculo os amo. Majestad, no más, no menos”, o dice a sus hermanas antes de marchar desterrada: “ Yo ya sé lo que sois; y me repugna, como hermana, llamar a esos efectos por su nombre”. En cambio, Gonerill y Regan manejan una retórica grandilocuente que convence al rey de su amor, y Edmund se hace pasar por honrado y bondadoso a través de unos discursos aparentemente sensatos y justos, propios del mejor hijo.

Una vez desposeído de su poder, el amor al rey se convierte en odio, como explica Freud en Tótem y tabú al referirse a la ambivalencia de los sentimientos hacia el tabú de los soberanos en las tribus primitivas:

*

*

*

*

***

Mercedes Jiménez de la Fuente

__________________________________

Notas

Categories: Crítica Literaria

About Author