El poder de la palabra. Sobre «El rey Lear» – Mercedes Jiménez de la Fuente
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El poder de la palabra. Sobre El rey Lear
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El poder de la palabra. Sobre El rey Lear
Adorado un día como dios, es muerto al siguiente como criminal.
James George Frazer, La Rama Dorada. [1]
Un rey anciano decide retirarse y repartir sus dominios entre sus tres hijas. Un bastardo codicia el título nobiliario de su padre. Estos son los puntos de partida de las dos acciones paralelas que recorren esta tragedia shakespeariana. El conflicto surge porque los dos personajes, rey y bastardo, cometen un error: lo que es evidente en el segundo caso no lo es tanto en el primero.
La obra comienza con el último gesto del rey Lear como mandatario: obliga a sus hijas a adularlo compitiendo entre ellas. “Decidnos… quién nos ama más de vosotras”, plantea. Cordelia, la hija pequeña, que es la última en hablar, se da cuenta al escuchar a sus hermanas de que no posee la misma elocuencia que ellas y se niega a entrar en una propuesta en la que no cree: “Infeliz como soy, no consigo elevar mi corazón hasta mis labios”. La desobediencia al padre es la causa de su repudio. Sus hermanas se reparten el reino y ella se queda sin nada. Este gesto del rey, infantil a la vez que tiránico, es visto como un gran error por sus fieles desde el primer momento. Al ceder su poder y abandonar sus obligaciones, el soberano traspasa a sus hijas la condición paterna (“Hiciste de tus hijas tus madres”, le dice el bufón; “Os hice mis tutoras”, exclama el rey; “De este padre convertido en niño”, afirma Cordelia), invirtiendo el orden natural y dando lugar a la aparición de un mundo al revés. Todo lo que ocurre a partir de entonces no solo es contrario a la lógica y a la cordura, sino que se acerca a un espacio deshumanizado, cercano a lo salvaje. Un ejemplo, más adelante, a las malvadas hijas, Gonerill y Regan, se las comparará con animales feroces. La condena coral de la decisión del rey (“arrebato sin sentido”, “arranques caprichosos”) no es atendida por este, ciego tanto de entendimiento, pues no sabe diferenciar entre adulación y sinceridad, como de juicio. Esta ceguera inicial del rey es proyectada al final de la obra en la ceguera real de Gloucester, también padre castigado física y moralmente por su hijo bastardo, Edmund.
Que lo último que desee el monarca antes de abdicar sea escuchar la palabra lisonjera, hábilmente manejada por Gonerill y Regan y negada por Cordelia, nos advierte de su importancia. Edmund la empleará a su vez para enfrentar a su hermano Edgar con su padre. La palabra es poder, control sobre el otro. Como arma peligrosa, utilizada con falsedad conlleva engaño, traición, muerte. Los personajes se dividen en dos grupos: los que respetan el lenguaje y los que no lo respetan; o lo que resulta lo mismo: los que son justos, honrados, y saben al fin dónde está su lugar, y los que aspiran al poder sin reparar en los medios para conseguirlo, queriendo ocupar un sitio que no es el suyo. Cordelia responde a su padre: “Conforme a nuestro vínculo os amo. Majestad, no más, no menos”, o dice a sus hermanas antes de marchar desterrada: “ Yo ya sé lo que sois; y me repugna, como hermana, llamar a esos efectos por su nombre”. En cambio, Gonerill y Regan manejan una retórica grandilocuente que convence al rey de su amor, y Edmund se hace pasar por honrado y bondadoso a través de unos discursos aparentemente sensatos y justos, propios del mejor hijo.
Una vez desposeído de su poder, el amor al rey se convierte en odio, como explica Freud en Tótem y tabú al referirse a la ambivalencia de los sentimientos hacia el tabú de los soberanos en las tribus primitivas:
Su vida [del soberano] no tiene valor más que cuando cumple las obligaciones de su cargo y regula el curso de la naturaleza para el bien de su pueblo. A partir del momento en que descuida o cesa de cumplir tales obligaciones, se transforma en odio y desprecio la atención, la fidelidad y la veneración religiosa de que gozaba, siendo expulsado vergonzosamente y pudiendo estimarse dichosos cuando consigue salvar su vida. [2]
Kent y Cordelia son la excepción. No poseen ambición, no aspiran a usurpar el poder real sino a estar al lado del rey. Los dos ocuparían el lugar del cónyuge. Se sienten humillados cuando él es humillado, doloridos cuando él siente dolor. Con su sensibilidad y bondad parece que representan el lado femenino del trono. En cambio, las mujeres pecaminosas y masculinas son capaces de los mayores males. La madre de Edmund, por ejemplo, ha traído al mundo un monstruo de maldad y perversión. Ingrato con su padre, que lo acogió como a un verdadero hijo (la obra comienza con unas palabras de Gloucester referidas a Edmund: “Pero tengo un hijo legítimo y algo mayor que este, no más querido, sin embargo”), tiene como única aspiración lograr el título nobiliario que corresponde a su hermano Edgar. Si Lear comete el error de delegar su poder antes de tiempo, Gloucester se equivoca al acoger en su seno a un hijo no concebido en un lecho legítimo. A su vez, Gonerill y Regan podrían ser hijas de una madre infiel, como le dice Lear a la última, todavía incrédulo ante su desconsideración hacia él:
Regan, te creo. Sé la razón que tengo para pensar así,
pues si no te alegraras, me divorciaría
del sepulcro de tu madre
por ser el de una adúltera…
En un arranque de locura el rey exclamará: “¡Que la fornicación prospere!… ¡Adelante, lujuria, indiscriminadamente, pues me faltan soldados!”. No es de extrañar que los hijos del pecado se entiendan entre sí y que al final sean los celos entre las desnaturalizadas hermanas lo que acabe con ellas. Son masculinas las mujeres que, como Gonerill, aspiran a dominar y a hacer la guerra como soldados.
Por otra parte, siendo Cordelia la hija preferida del rey (“la mejor y más cara”), sus hermanas la envidian tanto como odian a su padre y solo desean la desaparición de ambos. Una vez conseguido el poder el padre les estorba y se convierte, incluso, en una amenaza potencial. Además, unido al tema del poder aparece el tema de la vejez. Las hijas mayores no solo rechazan al padre anciano, sino que lo tratan con tremenda crueldad, peor que a un animal. Este será el gran descubrimiento al que llegará este personaje shakespeariano hacia la mitad de la obra: Lear, desnudo en el pajar donde se ha refugiado de una terrible noche tormentosa, arrojado a la calle por sus hijas, se pregunta: “¿Cómo has llegado a esto? ¿Dando todo a tus hijas?”. Una vez que toma conciencia de su verdadera situación, primero enloquecerá resignándose a su destino, y después querrá reconciliarse con su hija repudiada, la única que le prestará ayuda y consuelo. Antes de que esto ocurra, la sabiduría está en la boca del loco bufón que lo acompaña en su destierro. Pero también Lear desea la muerte de sus ingratas hijas e incluso llevará a cabo su condena a través de un juicio imaginario que lo liberará del horror vivido.
Paralelamente, Edmund aspira a ocupar el lugar de su hermano Edgar, el hijo legítimo, e incluso quitar el puesto a Gloucester, su padre. Como en el caso de las hijas de Lear, también él es querido y aceptado por todos, pero eso no le basta, quiere más, siempre más. Una característica compartida por los tres antagonistas principales es su insaciabilidad, propia de una líbido insatisfecha, derivada del lugar que ocupan en la familia con respecto al padre.
Los personajes que desestabilizan el orden social son aquellos que quieren moverse, desplazarse del lugar que la sociedad y la cultura les asigna. No obstante, en El rey Lear, todos los personajes son otro en algún momento de la historia: enloquecen temporalmente, fingen o adoptan diferentes disfraces. Los más nobles han de ocupar los lugares más bajos para poder ayudar a los padres caídos en desgracia. Así ocurre con Cordelia (rápidamente rescatada por France) y Kent para con Lear, y de Edgar para con Gloucester. Una de las mejores escenas de la obra (Acto III, Escena IV) reúne juntos en un pajar al rey, desnudo en todos los sentidos, y a Edgar, disfrazado del loco mendigo Tom Pobre; uno es la figura recíproca del otro: el rey, padre ultrajado por sus hijas; Edgar, hijo vilipendiado por el padre. Solo una vez que el mundo se ha puesto totalmente bocabajo, puede volver al orden inicial.
Más allá de una reflexión sobre la humillación de la vejez, la ingratitud filial y el casi imperceptible filo que separan el amor y el odio, la historia que Shakespeare nos cuenta en El rey Lear podría resumirse en la pregunta ¿qué ocurre cuando dejamos nuestras responsabilidades? La actuación del rey desencadena una serie de acciones que llevarán a la aniquilación de toda su familia, ningún miembro permanecerá para continuar la estirpe. Es el fin. El rey, al hacer realidad su sueño de volver a la niñez, de ser hijo y no padre, invierte el orden de las cosas y desencadena la tragedia. Podríamos decir que es el principal culpable, el origen y la causa de todo lo que ocurre. El ser humano, una vez que ha entrado en la civilización, no puede regresar a la naturaleza impunemente. Si lo hace, descubre que es inferior a los animales, más indefenso y con menos cualidades para sobrevivir. Sin su papel social, el hombre y la mujer están desnudos, desposeídos de todo. A Lear la sociedad le ha dado un nombre y unos poderes, más autoridad que a ningún otro ser, pero también su rango implica una limitación de su libertad aun mayor que la de ningún otro. Aunque Lear es un caso extremo al ocupar el lugar más alto en la jerarquía social, a cualquiera de nosotros podría acontecernos lo mismo si delegáramos nuestras obligaciones en otros. No somos lo que queremos ser sino lo que somos, y somos, sobre todo, tiempo. Por ello el deseo incontenible de ser niño, de volver a empezar, no llega nunca a hacerse realidad.
Por último, no es una casualidad que la obra termina con las siguientes palabras de Edgar: “diremos lo que dicte el corazón, no lo que deberíamos decir”. El nefasto destino de estos padres desafortunados, Lear y Gloucester, podría haberse evitado si la palabra de los hijos hubiera sido justa y verdadera.
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Mercedes Jiménez de la Fuente
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Notas
[1] Citado por Sigmund Freud en Tótem y tabú (1982), 63.
[2] Id. (1982), 67-68.
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