Invitación al baile – A propósito de «Los pies de los bailarines», de Charo Alonso – César Rodríguez de Sepúlveda

Invitación al baile – A propósito de «Los pies de los bailarines», de Charo Alonso – César Rodríguez de Sepúlveda

Invitación al baile – A propósito de Los pies de los bailarines, de Charo Alonso

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Invitación al baile – A propósito de Los pies de los bailarines, de Charo Alonso

El segundo libro de cuentos (tras Retazos del natural, 2018) de la escritora salmantina Charo Alonso es una gavilla, un haz ― las metáforas son de la autora ― de «hojas volanderas », relatos «con vocación de alas», diversos en cuanto a su temática y en cuanto al tiempo de escritura, pero que, juntos ahora, revueltos incluso, en el libro «se amontonan, suenan en tropel». Conforman un caleidoscopio de miradas y una polifonía de voces que, a pesar de su diversidad, remiten a una intención común: escudriñar ese misterio que llamamos vida, la propia y la de los otros, poetizando lo cotidiano. El aquí y el ahora, los trances ―el amor, el desamor, la relación entre padres e hijos, la muerte ― que jalonan nuestro recorrido vital.

Ojo. Digo: poetizando lo cotidiano. No ―desde luego que no―, adornando, ni embelleciendo, ni, mucho menos, enmascarando, encubriendo. Es un lenguaje el de este libro que aspira a la verdad: no a la verdad objetiva (¿qué será eso?) sino a la verdad, profundamente subjetiva, de la experiencia individual. Más que narrar hechos, este libro nos descubre conciencias. Almas.

Si miramos de cerca esta gavilla, descubrimos enseguida, de entre los diecinueve cuentos que habitan el libro, tres que son más bien estampas líricas relacionadas con la infancia: «Los mapas del corazón »(que recuerda al que quizá sea el mejor libro de Francisco Umbral), «Verbenas hacia el cielo» y «Golondrinas». Evocadores títulos, y textos más evocadores aún. Otros relatos, en contrapunto, nos hablan del final, como el que cierra el libro, «La jardinera de la muerte» o como el recuento apresurado de una vida breve que hace el narrador de «Diario improvisado por la prisa».

Hay relatos que adoptan como estrategia una voz narrativa externa, que unas veces descifra y expone los pensamientos de los personajes, como en «Bola de deseo», y otras veces se limita a observarlos, fascinada («El capitán Garfio») ; otros cuentos escogen para contar una menos usual segunda persona, como «Las brujas de Zarapayas» (y, aunque nada tenga que ver, salvo esta técnica narrativa y la referencia a las brujas, no deja uno de evocar Aura, de Carlos Fuentes); pero son mayoría los que prefieren la narración en primera persona, el tono confesional, la oralidad.

En esta línea, son las voces de mujeres, muy diversas en cuanto a su extracción social y en cuanto a su situación personal, las que más hondamente conmueven. La madre inmigrante que, en «De fuera», le pide a la profesora de su hijo que no le quite «su francés» y nos descubre, al mismo tiempo, su gran vulnerabilidad y su tremenda fuerza. La madre divorciada que, en «¿A quién quieres más?», tiene que resignarse a ver cómo se trastoca su vida cuando su hija, ya mayor, elige irse a vivir con su padre. La joven que, en «Confinada celosía», sufre el doble asedio de la pandemia y de un novio controlador del que intenta librarse. La exbailarina cuyos dos amantes son dos formas distintas pero iguales del fracaso (el nuestro, el de todos), en «Los pies de los bailarines». La penélope manchega que es Catalina de Salazar, fuerte en su arraigo a la tierra mientras su marido, Miguel de Cervantes, vive su particular odisea por esos mundos de Dios («La copa rota de Catalina de Salazar»). La hija que lleva su fracaso amoroso ante los ojos exigentes de su madre en «Cordero de Dios». Y varias más: la estudiante algo pacata de «Sangre»; la niña que revela una comprensión de las cosas muy superior a la de los adultos en «La abuela nueva y la Navidad vieja»; la urbanita que visita ―dos veces ― Villarino de los Aires, en un relato, «Las brujas de Zarapayas», en que la brujería puede entenderse también como una forma de resistencia.

La vocación de dar testimonio recorre todo el libro. Sin estridencias, sin falsos dramatismos, con mucho humor. Con mucha literatura también, no solo por el estilo, tan conseguido, tan diferente según las necesidades de lo contado, sino por cómo la autora, profesora de Literatura, juega a entreverar sus textos de citas más o menos encubiertas de los clásicos, invitándonos a descubrirlas. También por la riqueza de los símbolos ―en esto lindan también con la poesía los relatos de Charo Alonso― que vertebran los cuentos: el cordero y su inocencia («Cordero de Dios»), las vides y el vino («La copa rota de Catalina de Salazar»), la sangre en el relato que lleva este título. En algún caso la autora nos tiende hábiles celadas, como en «Santa Semana», y nos deja un rato pensativos, tratando de entender… Otras muchas veces, como en «De fuera», es la autenticidad de la voz lo que nos arrastra y nos emociona. Sabemos que la literatura es artificio, pero para escribir así es precisa una capacidad, rara y envidiable, de ponerse en el lugar del otro. De la otra.

Difícil no salir al mismo tiempo conmovidos y regocijados de este libro tan fieramente humano y, a la vez, tan apasionadamente literario. Goza el relato breve de buena salud en nuestras letras: para dar fe de ello salta a la pista este nuevo libro de Charo Alonso,  Los pies de los bailarines.

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César Rodríguez de Sepúlveda

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Nota

Charo Alonso. Los pies de los bailarines. Castilla Ediciones, Valladolid, 2023. ISBN: ‎978-8416822522.

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