Un libro soñado, un libro inteligente – Acerca de «Edad Media soñada. La imagen del Medievo en la ficción», de José Miguel García de Fórmica-Corsi – Rafael Guardiola Iranzo
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Un libro soñado, un libro inteligente – Acerca de Edad Media soñada. La imagen del Medievo en la ficción , de José Miguel García de Fórmica-Corsi
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Un libro soñado, un libro inteligente – Acerca de Edad Media soñada. La imagen del Medievo en la ficción, de José Miguel García de Fórmica-Corsi
El libro de José Miguel García de Fórmica-Corsi Edad Media soñada. La imagen del Medievo en la ficción [1] es un texto inteligente que tiene mucho que ver con la infancia recobrada y los sueños imposibles de los que se hacen eco Bataille, Rilke, García Gual o Savater, entre otros. Es una invitación abierta a pensar y a pensarnos a través de la historia de la cultura y, en particular, del universo de la Edad Media. Y es también un libro actual, ceñido al presente, porque nos damos de bruces en sus páginas con el nuevo feudalismo que nos invade.
Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Málaga, con la especialidad de Historia Medieval, se dedica a la enseñanza desde 1999. Lleva muchos años, desde julio de 2012 en concreto, “iluminando” como los miniaturistas medievales la lectura de obras literarias y la contemplación de productos cinematográficos en su blog La mano del extranjero [2], empeñado en convencernos de que no debemos contentarnos con ver la película basada en un buen libro o cómic. Ha publicado más de 600 entradas en esta lúcida bitácora y es también colaborador habitual de las Revistas electrónicas HomoNoSapiens, Café Montaigne e Irreverentes, así como del BLOG sobre literatura “Recuerda que has leído”. Asimismo ha publicado artículos en la revista Delirio, de la Biblioteca del Laberinto, así como en el diario La Opinión de Málaga. Lector voraz y compulsivo, el profesor García de Fórmica-Corsi es también un cinéfilo confeso, un amante de los tebeos y un crítico cultural dotado de una claridad envolvente. Y, sobre todo, es un “hombre tranquilo”.
Los románticos del siglo XIX nos sirvieron en bandeja una Edad Media muy diferente a esa etapa oscura y tenebrosa, enemiga de la Razón, como decían los ilustrados. El gusto por el dramatismo, lo misterioso, lo inefable y el imperio de emociones y sentimientos obró el milagro y fijó las imágenes de las que se nutre este libro. El profesor García de Fórmica-Corsi nos invita a emprender un “viaje por el sueño de una noche medieval” a través de “historias” narradas gracias a la literatura, el cine y el tebeo, al tiempo que hace “Historia. Se trata del viaje del historiador, pero también de la travesía del crítico amable y tranquilo. Para Denis Diderot, uno de sus representantes más ilustres, la crítica tiene una triple función: formular juicios de valor por medio de argumentos intelectuales; clasificar y establecer el orden de prelación entre diversas obras artísticas; y contribuir a la formación del gusto del público –en principio, cultivado- y hasta del propio artista. La “educación artística” es, pues, un objetivo irrenunciable y el profesor García de Fórmica-Corsi cree en ella, apenas sin saberlo, como un amante de las artes que encuentra las fuentes del agrado en la narración, sea en la literatura, en el cine, la pintura o el cómic [3].
A partir de las fuentes británicas de la leyenda del rey Arturo, “la imagen por excelencia del medievo soñado” cuyo mito asentó el caballero inglés Thomas Malory en Le Morte D’Arthur (publicada en 1485), recorremos sus recreaciones literarias a finales del siglo XIX (Alfred Tennyson, Mark Twain) y en el siglo XX, con obras como El rey que fue y será de T.H. White o El Señor de los Anillos de J.R.R. Tolkien, así como su presencia en el cine. La película Excalibur de John Boorman (1981) es, a juicio de José Miguel García de Fórmica-Corsi, la versión cinematográfica más inspirada de la leyenda artúrica. Memorables son las versiones pictóricas de epígonos de la Hermandad Prerrafaelita como Edward Burne-Jones, autor del magnífico cuadro preciosista titulado El último sueño de Arturo en Avalon, sin olvidar a ilustradores como Doré o Beardsley. Los tebeos de la serie del Príncipe Valiente del canadiense Hal Foster, iniciada en 1937, lograrán fundir felizmente la temática artúrica con la vikinga. La visión de la Edad Media a través de la literatura y el cine se completa con otras leyendas, como las de Robin Hood o el Preste Juan. El enigmático John de Mandeville y el mismísimo Marco Polo siguieron los pasos del rey-sacerdote antes de la era de la posverdad y nos abren la puerta de la imaginación de par en par. No obstante, en una de sus notas, el autor de Edad Media soñada nos hace una firme confesión: “detesto a los personajes centrales de varias películas históricas a los que el guion concede, prácticamente, la facultad de cambiar el curso de la Historia y ellos, alegremente, lo desperdician” [4], como sucede en La caída del imperio romano (1964), Gladiator (1999) o El reino de los cielos (2005). Lo mismo sucede, en la órbita de la leyenda del Preste Juan, en la novela Baudolino de Umberto Eco. Ya sabemos que el sueño de la Razón produce monstruos.
El libro Edad Media soñada reconstruye también los mitos germánicos primordiales y la tensión subyacente entre paganismo y cristianismo a partir de fuentes diversas: cantares medievales como el de los Nibelungos, un poema épico marcado por el fatalismo y un “alucinatorio ambiente de barbarie y salvajismo” en el que se vierten ríos de sangre; los meditados libretos de la tetralogía de Wagner El anillo de los nibelungos, que reelaboran la leyenda bajo el signo del destino, el amor y la muerte; el cine mudo expresionista alemán de Fritz Lang (Los nibelungos, 1924), narrativo y geométrico a un tiempo y en cuyo guion se percibe la presencia indiscutible de Thea von Harbou, esposa de Lang; y sus innumerables versiones en tebeo, en las que los dioses nórdicos como Thor se transmutan en auténticos superhéroes dentro del Universo Marvel, auténtica fábrica de mitos del siglo XX. Por otra parte, los grandiosos dragones se asoman a este libro a través de tres películas: Beowulf (una adaptación de un poema anónimo del siglo VIII sobre el príncipe de los gautas dirigido por Robert Zemeckis en 2007), El dragón del lago del fuego (1981), y la parte final de La bella durmiente (1959) del estudio Disney.
Sin embargo, la ficción no sólo vive de lo legendario. También hay un medievo realista. Shakespeare es su artífice más depurado, el bardo de un medievo “áspero y brutal”. Es “el más grande «guionista» de la historia del arte” [5]. De hecho, el universo shakespeareano ha cobrado vida en el cine de Kozintsev, Kurosawa, Welles, Laurence Olivier o Branagh, por ejemplo, mostrando el carácter contradictorio y paradójico de los humanos. Así se muestra la tragedia de Macbeth, desde el objetivo de Akira Kurosawa (Trono de sangre, 1957), Orson Welles (Macbeth, 1948), Roman Polanski (1971) y Justin Kurzel (Macbeth, 2015). De otro lado, la presencia de la Edad Media en la literatura se examina de la mano de escritores románticos como el escocés Walter Scott (Ivanhoe), en la obra Nuestra Señora de París de Victor Hugo o en La flecha negra de Robert L. Stevenson. Una mención especial merecen, ya en el siglo XX, las novelas El nombre de la rosa (1980) y El péndulo de Foucault (1988) del erudito y humanista italiano Umberto Eco. La visión del medievo se perfila asimismo gracias a películas destacadas del cine europeo como La pasión de Juana de Arco, del danés Carl Theodor Dreyer, El séptimo sello (1957) y El manantial de la doncella (1960) del sueco Ingmar Bergman, la película de Sergei M. Einsestein Alexander Nevsky (1938), Andrei Rublev (1966) de Andrei Tarkovski, o Los visitantes de la noche (1941) de Marcel Carné. Dentro de las producciones cinematográficas anglo-americanas, el autor de Edad Media soñada se acerca a las películas Becket (1964), El león en invierno (1968), El Cid (1961), El señor de la guerra (1965), Paseo por el amor y la muerte (1969) o Los señores de acero (1985). La presencia de la Edad Media en el mundo del cómic no es un hecho menor, como se puede constatar en Los compañeros del crepúsculo del francés François Bourgeon y en Las torres de Bois-Maury del belga Hermann.
En el capítulo final del libro nos sumergimos en una presencia diferente: la del “otro” en el medievo europeo de orientación cristiana. A pesar de la “reclusión y ensimismamiento” que rubrican el entorno vital de los europeos del momento, la imagen de este periodo quedaría desdibujada si no se hiciera mención a otros pueblos y culturas con las que entraron en contacto y sintieron como amenaza, como los vikingos y el Islam. Sabemos de los vikingos gracias a la película del mismo título dirigida en 1958 por Richard Fleisher, La furia de los vikingos (1961) de Mario Bava o Valhalla Rising (2009) del danés Nicolas Winding Refn, así como por obra y gracia de cómics como Thorgal, obra del guionista belga Jean Van Hamme y el dibujante polaco Grzegorz Rosinski. Finaliza su libro el profesor García de Fórmica-Corsi ajustando cuentas con Cecil B. DeMille y Ridley Scott a propósito de Las Cruzadas (1935) y El reino de los cielos (2005), respectivamente. Si la primera película resulta inverosímil debido a su ingenuidad, la segunda además de inverosímil exhibe una ostentosa vacuidad, convirtiéndose en una oportunidad perdida. Menos mal que siempre nos quedarán las historias de Las Mil y Una Noches.
José Miguel García de Fórmica-Corsi es, sin duda, además de un riguroso historiador, un excelente “contador de historias” [6]: narra con gusto y acierto los avatares de la historia del conocimiento humano y merece por ello nuestra atención. En el capítulo primero de su libro La infancia recuperada [7], hace Fernando Savater una apuesta razonada y apasionada por la narración de historias. A Savater y al autor de Edad Media soñada les gusta sobremanera narrar y la literatura “en la que pasan cosas”, sin que ello suponga despreciar las virtudes de la buena novela o caer en la apología de una especie de subliteratura solo apta para adolescentes y adultos poco cultivados. Y con respecto a la metodología expositiva, ambos apuestan por la “evocación”, por una especie de “conjuro” literario o fílmico –una crítica libre y creativa alejada de la academia- en la que tiene cabida lo subjetivo.
Adentrándose en el mundo de la ficción y apoyándose para ello en el ensayo de Walter Benjamin que lleva por título El narrador [8], Savater compara la narración y la novela. La narración se centra en “la moral de la historia” –muy lejos del moralismo- y pertenece al reino de la creatividad, de lo poético, donde el tiempo se repite de modo circular, mientras que la novela –hija de la burguesía y del cristianismo- cultiva la reflexión psicológica y se sumerge en las procelosas aguas del “sentido de la vida” o lo que es lo mismo, en la constatación de la realidad de la muerte a la que apunta la flecha del tiempo. La narración se relaciona con las formas consolidadas de la memoria y transmite con ello esperanza –porque la esperanza se basa en los recuerdos-, mientras que la novela moderna apela a lo novedoso, a la innovación y es, por naturaleza, desesperanzada. La narración, que siempre puede ser leída en voz alta, suele ser censurada por ingenua, por alentar la esperanza, y tiene una clara vocación práctica al legarnos “consejos sapienciales” fundados en la feliz acumulación de experiencias. En el seno de la novela, que es irrepetible, no hay esperanza ni verdad; por eso ningún consejo puede ser cierto. El individuo en su solitaria y reflexiva existencia es el protagonista de la novela. La narración, por su parte, exige la presencia del grupo, de la comunidad y “da crédito a los prodigios”, a lo extraordinario, a lo maravilloso. Vive de la repetición y de la ambigüedad y extrae “la moral de la historia” sin ser moralista[ix]: “no hay disociación entre intimidad y mundo exterior, entre vida y sentido” y, por tanto, sirve de orientación para la vida.
La narración tiene también una saludable capacidad de anticipación: al identificarnos con los héroes, nos situamos ante el peligro y adquirimos recursos para sobreponernos a las adversidades que pudieran acecharnos en el futuro. Y a pesar de la lejanía y la extrañeza que acompañan a la narración, esta puede ser tan “real” o “irreal” como la novela, porque ambas son “ficciones”. En definitiva, la narración no es una pueril evasión, sino una enérgica afirmación la condición humana y de la moral histórica. Gracias, José Miguel, por recordárnoslo.
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Rafael Guardiola Iranzo
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Nota
José Miguel García de Fórmica-Corsi. Edad Media soñada. La imagen del Medievo en la ficción. Ediciones Algorfa, Marbella [Málaga], 2020. ISBN: 978-8412251968.
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Notas al texto
[1] José Miguel García de Fórmica-Corsi, Edad Media soñada.La imagen del Medievo en la ficción, Málaga, Ediciones Algorfa, 2020.
[2] La primera entrada de este blog data de julio de 2012. En este se dice, entre otras cosas, lo siguiente: “Desde que recuerdo, he necesitado de las ficciones, de las historias, como del aire para respirar. En este blog quiero verter mis impresiones sobre algunas de esas historias, las que me han acompañado siempre, las que descubro por vez primera, las que vuelvo una y otra vez a descubrir. No me importa el medio: el cine, la literatura, el cómic, incluso la pintura o ese conjunto de historias que, por pretender ser reales, se engloban bajo la misma palabra, con mayúscula, Historia, y que yo mismo «cuento» como profesor de instituto.”
[3] Dice Lessing al principio de la introducción a su Laocoonte: “El primero que comparó la pintura con la poesía fue un hombre de gusto refinado que sintió que las dos artes ejercían sobre el un efecto parecido. Se daba cuenta de que tanto la una como la otra ponen ante nosotros cosas ausentes como si fueran presentes, nos muestran la apariencia como si fuera la realidad: ambas engañan y su engaño nos place”. (Lessing, G. Ephrain, Laocoonte, Madrid, Editora Nacional, 1977, p.37).
[4] José Miguel García de Fórmica-Corsi, Edad Media soñada, Málaga, Ediciones Algorfa, 2020, p. 236.
[5] Dice el profesor García de Fórmica-Corsi: “Shakespeare necesita que la fúlgida atmósfera que destilan sus diálogos se materialice en imágenes, en miradas, en gestos, en sensaciones, que estos se desarrollen en verdaderos espacios naturales (sus obras son pródigas en bosques, landas, pantanos, espacios acuáticos… o en escenarios humanos, ya sean reales o reconstruidos en decorados (castillos, estancias, callejones…) (op.cit p. 118).
[6] “Para contar un mito será necesario ser capaz de ver las imágenes fantásticas que evoca. Hay que captar el «espíritu de los hombres antiguos», que encontraban en el mito no sólo la posibilidad de realizar sus deseos y fantasías, sino también la válvula de escape de sus investigaciones vitales frente a lo desconocido. Para contar un mito hace falta captar ese «espíritu ancestral» que sembró belleza por el mundo. Es preciso desprenderse de las certezas lógicas de nuestro mundo, tan ordenador y concatenado, y abrirse a nuevas perspectivas, más allá de las propias creencias y credos, ya que muchos mitos chocan con nuestras convicciones religiosas o nuestras concepciones del mundo actual. Por eso los mitos nos exigen un salto interior cuando llaman a nuestra puerta y piden ser narrados”, afirma Angélica Sátiro (Jugar a pensar con mitos, Barcelona, Octaedro, 2006, p. 28.). El profesor García de Fórmica-Corsi es un especialista capaz de retratar con simplicidad y rigor los rasgos de ese “espíritu ancestral” al que alude esta cita.
[7] Savater, Fernando, La infancia recuperada, Madrid, Alianza Editorial, 1983, pp. 21-48.
[8] Benjamin, Walter, El narrador, en Revista de Occidente, número 119, Madrid, 1973.
[9] “En la narración, los valores valen realmente, no se imponen en nombre de ninguna exigencia exterior. Nadie moraliza, sino que se efectúan gestos morales. El lector sabe que al protagonista no puede pasarle nada malo, ni siquiera aunque parezca” (Savater, Fernando (op.cit.), p.35)
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