«Yo, Salvador Rueda. Confesiones de un viejo poeta», de María Chups Gómez – Presentación de Sebastián Gámez Millán [Casa-Museo González Marín – Cártama – Málaga / 15 de Marzo de 2024]

«Yo, Salvador Rueda. Confesiones de un viejo poeta», de María Chups Gómez – Presentación de Sebastián Gámez Millán [Casa-Museo González Marín – Cártama – Málaga / 15 de Marzo de 2024]

Yo, Salvador Rueda. Confesiones de un viejo poeta, de María Chups Gómez – Presentación de Sebastián Gámez Millán [Casa-Museo González Marín – Cártama – Málaga / 15 de Marzo de 2024]

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Yo, Salvador Rueda. Confesiones de un viejo poeta, de María Chups Gómez – Presentación de Sebastián Gámez Millán [Casa-Museo González Marín – Cártama – Málaga / 15 de Marzo de 2024]

Buenas tardes y bienvenidos. Quiero comenzar manifestando mi gratitud a Juan Navarrete, que nos ha abierto las puertas del estudio-despacho de José González Marín para presentar este libro, Yo, Salvador Rueda. Confesiones de un viejo poeta, de María Chups Gómez. Basta con observar las fotografías de esta habitación, un pequeño museo que condensa a través de multitud de documentos, imágenes y objetos, una pequeña y singular historia de la primera mitad del siglo XX de España, para entender por qué nos encontramos aquí.

Por cierto, aquí late una sorprendente y hasta cierto punto paradójica colección de fotografías y dedicatorias donde conviven poetas y dramaturgos, como Jacinto Benavente o Federico García Lorca, con toreros, un músico y un médico y humanista, como Manuel de Falla y Gregorio Marañón, respectivamente, con un militar y dictador como Francisco Franco… No sé si conviven armoniosamente, pero incluso desde antes de que apareciera la denominada “cultura de la cancelación” –a decir verdad, una contradicción en sus términos, pues si es cultura no puede cerrar el diálogo– esta heterogénea convivencia de diversos espíritus y signos, tan común en la naturaleza como en los diferentes estratos de la historia de las ciudades a través de edificios, monumentos y esculturas, siempre me pareció más tolerante y civilizada que esta alérgica susceptibilidad actual a quien no piensa como “nosotros”, y que conduce al rechazo, la intolerancia y la cancelación antes de escucharnos y procurad comprender. Cancelemos la cancelación: dialoguemos sin término ni fin.

En este sentido tengo la impresión de que hemos dado algunos pasos hacia atrás y con frecuencia, para decirlo con la autora, “la violencia sustituye a la palabra”. El libro capta el espíritu de la época, que contrasta con la nuestra, por ejemplo, en este pasaje del final: “En las fraternales tertulias de la casa del amigo Palma –se refiere al escultor Francisco Palma García, padre del también escultor Francisco Palma Burgos, del que hay en este despacho dos bustos– hasta concurría Adolfo Sánchez Vázquez, el filósofo marxista. Cada uno con sus ideas en la cabeza, compartidas con la comprensión de quien posee un noble corazón”. A diferencia de quienes hoy se encierran en sus capillitas para no escuchar a quienes piensan de forma distinta o sólo oír aquello que confirma sus ideas y prejuicios, fraternidad y tolerancia a pesar de nuestras irreductibles diferencias.

Aunque me interese menos, pues lo considero pseudociencia, este espíritu del tiempo se encuentra bien captado al comienzo del segundo capítulo, cuando se abordan experiencias esotéricas. Téngase en cuenta que la primera sociedad espiritista se fundó en Cádiz en torno a 1855, y unas décadas más tarde, en 1889, ingresa España en la Sociedad Teosófica. Como certeramente señaló el crítico Ricardo Gullón, “en la aceptación de lo esotérico se configura la protesta contra el positivismo”. No es fortuito que sobre estas experiencias esotéricas escribieran autores como Rubén Darío, Valle-Inclán o Leopoldo Lugones. Precisamente el segundo indicó: “El modernista es el que busca dar a su arte la emoción interior y el gesto misterioso que hacen todas las cosas al que sabe mirar y comprender”. Dicho en otros términos, por mucho que avance la ciencia, no dejaremos de reconocer el misterio de cuanto nos circunda, no ya en un sentido religioso, sino de creación y probabilístico: hay en todo tiempo tantas opciones de no ser… ¡Y, sin embargo, somos!       

Concretamente basta con mirar esa secuencia sucesiva de fotos de ahí en frente durante la inauguración en junio de 1931 del monumento a Salvador Rueda en el Parque de Málaga, pasaje que también encontramos en la novela (p. 232), donde lo vemos junto a González Marín, a quien le había pedido que lo acompañara y recitara algunos poemas para la memorable ocasión; con la estatua aún inconclusa, pues se adelantó la fecha debido a que el rapsoda salía de viaje a Hispanoamérica, siguiendo la trayectoria que antes había realizado el llamado “poeta de la raza”.

En efecto, González Marín fue uno de los más entrañables amigos de Salvador Rueda. Esta es la razón de que ocupe, junto con Narciso Díaz Escovar, un lugar especial en esta novela, tal como se aprecia en este pasaje de la página 77, donde escuchamos decir al poeta malagueño: “El amigo del alma, el rapsoda José González Marín, era una antídoto para mi tendencia agorera. Con su palabrería y gracejo, Marín espantaba mis malos pensamientos. Era José, en palabras de don Jacinto Benavente, un creador, un recreador de la poesía. Ensalzado por los más brillantes de nuestras letras, él hizo lo que yo no supe hacer: devolver al pueblo y a sus gentes lo que había recibido, fuerza y coraje, amor y compaña en su Cártama natal. Rescató la poesía de los ambientes cultos, de los eruditos de cuello tieso y la entregó a las gentes sencillas, provocando en sus almas desconocidas armonías”. Más adelante agrega: “Sólo el encuentro con González Marín me reconfortaba. Como hablar con uno mismo, una especie de silencio sonoro” (pp. 155). Es prácticamente una definición de amigo: persona con la que se puede hablar como con uno mismo, tal es el grado de confianza, intimidad y comprensión que suscita. Y termina con una aliteración, como si la poesía brotara de Rueda de forma tan natural como la respiración.  

Mi gratitud se extiende a la autora, María Chups Gómez, que viene de Sevilla. Si bien se ha dedicado profesionalmente a la restauración de documentos gráficos en el Archivo Capitular de la Mezquita de Córdoba, ha ejercido labores de docencia en cursos de Extensión Universitaria de esta ciudad, trabajo que ha compaginado con su vocación por la pintura y la literatura, con novelas como El viaje de ultratumba de Zinada Ivanovna. Regreso a Keriolet, editada en español y francés, y La Pardo y los rusos, también en editorial Algorfa.

No me extraña que sean ya más de veinte las presentaciones que ha hecho o tiene por hacer la autora en diferentes lugares de la provincia. Esta novela, inspirada en la obra y en la biografía del poeta Salvador Rueda, está dedicada a “Málaga, donde habitan mis sueños…”; y está ambientada en numerosos rincones de ella: Benaque, pueblo natal del protagonista, pero también Benajarafe, Vélez-Málaga, Tolox, Gibralfaro, la Coracha, el Cementerio Inglés, el Teatro Cervantes, Plaza de la Constitución, calle Larios, el Perchel… Asimismo, se describen de episodios que perduran en la memoria, como el naufragio del Gneisenau.

Y por ella desfilan sorprendentes personajes históricos: Carmen de Burgos, la Colombine, Narciso Díaz Escovar, Arturo Reyes, Salvador González Anaya, Juan Breva, Benito Pérez Galdós, Emilia Pardo Bazán, con la que ya había mantenido un idilio la autora, Julio Romero de Torres, Valle-Inclán, Rubén Darío, Picasso, Emilio Prados, Manuel Altolaguirre… Ahora bien, lo que más me ha atraído es la poderosa identificación de la autora con Salvador Rueda, una identificación, me atrevo a añadir, sin la cual no se hubiera logrado llevar a cabo la novela, pues como si se tratara de un monólogo dramático intercalado con otras voces que se cruzan por el camino en forma de diálogo, la voz del poeta es la que domina el discurso a la manera de una larga confesión de senectud llena de soledad, la soledad de no encontrar el amor correspondido, la soledad de la incomprensión y de los sueños incumplidos. La soledad que forma parte del inexorable destino de cada ser humano, aunque tengamos la suerte de ser correspondidos, comprendidos y ver cumplidos algunos sueños.

Si no me equivoco, hipótesis que rara vez descarto, esa identificación entre la autora y Salvador Rueda se efectúa gracias al profundo amor por la Madre Naturaleza, el Gran Todo, la armonía cósmica, una visión panteísta que fue la principal fuente de inspiración del poeta. Desde la primera página se emplea un recurso literario recurrente, la dificultad de discernir la realidad de nuestros sueños: “en ocasiones no puedo distinguir lo real de las ficciones de un viejo poeta. Realidades y ensueños se funden en mis confesiones y me es difícil separarlos”. Se trata de un tema literario, y antes vital, que atraviesa la historia de la literatura y el pensamiento, desde Cervantes y Shakespeare, pasando por Calderón de la Barca y Descartes, Schopenhauer y Nietzsche, hasta Unamuno y Antonio Machado, Fernando Pessoa y Jorge Luis Borges….

 Confieso que aunque en conversación con la autora me señaló, salvando las diferencias, el paralelismo del primer capítulo, “En el balneario”, con La montaña mágica, de Thomas Mann, a mí no me ha resultado tan interesante como los dos últimos capítulos, y no porque en la novela no haya momentos de densidad filosófica. Baste esta cita a modo de muestra: “el hombre, criatura utópica, caminante sin rumbo, preso de sus propias invenciones”. Por la cantidad de fragmentos poéticos que aparecen, especialmente de Salvador Rueda, como es natural, se diría que es la novela de una letraherida. Asimismo encontramos otros recursos intertextuales (p. 115, Calderón de la Barca).

La novela está escrita con un amplio y rico vocabulario que dota de cierta credibilidad y veracidad a los personajes y, en particular, al poeta malagueño, su indiscutible protagonista. Destacamos antes la profunda identificación de la autora con el personaje. Otro de los aciertos de María Chups es elegir a Salvador Rueda, poeta eclipsado, cuando no olvidado, por las futuras generaciones, pero que en su momento fue considerado uno de los grandes impulsores de la corriente modernista, que transformó nuestra lengua. Según Octavio Paz, “la riqueza de ritmos del modernismo es única en la historia de la lengua y su reforma preparó la adopción del poema en prosa y del verso libre”. De hecho, a lo largo de la novela vemos que una de las razones de su soledad proviene de que la paternidad del modernismo se atribuye generalmente a Rubén Darío, y no a él.

En la novela se recrea una conversación citada por Rafael Alberti entre Rueda y él cuando ya había muerto el autor de Cantos de vida y esperanza: “¿Rubén Darío? Gran poeta, ¿cómo no? ¿Pero usted cree que hubiera podido existir sin Rueda? Muchos, tanto aquí como allí, le deben todo a Rueda, aunque no quieran confesarlo”. Por razones que no voy a exponer aquí, tengo para mí que si hay que atribuir la paternidad de esta corriente a un autor nadie se lo merece tanto como Rubén Darío, de modo que no es fortuito el consenso de la crítica al respecto. Pero, afortunadamente, esta novela de María Chups Gómez no es de tesis y nos sirve, entre tanto, para adentrarnos en la Málaga de la época y en la personalidad del poeta Salvador Rueda. Y esto es cuento le debemos.

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Sebastián Gámez Millán

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Nota

María Chups Gómez. Yo, Salvador Rueda. Confesiones de un viejo poeta. Ediciones Algorfa, Marbella [Málaga], 2024. ISBN: 978-8412793451.

Categories: Crítica Literaria

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