Diomedes o el síndrome del Vietnam – I – Santiago Blanco del Olmo

Diomedes o el síndrome del Vietnam – I – Santiago Blanco del Olmo

Overview

Diomedes o el síndrome del Vietnam – I

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Louis Moritz – […] Tronando de un modo espantoso, despidió un ardiente rayo para que cayera en el suelo delante de los caballos de Diomedes; el azufre encendido produjo una terrible llama; los corceles, asustados, acurrucáronse debajo del carro; las lustrosas riendas cayeron de las manos de Néstor, y éste, con miedo en el corazón, dijo á Diomedes:… [Ilíada, Canto VIII / 130 – 135] [ca. 1810 – Colección privada]

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Diomedes o el síndrome del Vietnam – I

Diomedes es uno de los principales héroes de la Ilíada y del ciclo troyano. Oriundo de Etolia, príncipe de Argos, participó en la guerra de Troya, donde realizó gran número de hazañas gracias a la protección de Atenea. Fue con Ulises a Esciros en busca de Aquiles y marchó luego a Lemnos al encuentro de Filoctetes (según Eurípides, no así en Sófocles); también con Ulises penetró en Troya para robar el Paladión, la estatua de Palas; luchó contra Héctor y Eneas, hirió a Afrodita y defendió el cuerpo de Aquiles. Encerrado en el caballo de madera intervino en el saqueo de Troya y tras el triunfo de los aqueos regresó a Argos, donde sufrió los efectos del rencor de Afrodita.

La traición de su mujer Egialea le obligó a refugiarse en un templo y a abandonar luego su patria. Finalmente se estableció en la Italia meridional, casó con Eripa, hija de Dauno, rey de Apulia, y fundó la ciudad de Arpi.

  El propósito de este trabajo es estudiar el personaje valiente y de una pieza del héroe homérico para tratar de explicar, o más bien comprender, la deriva vital que el mismo personaje experimenta en el libro XI de la Eneida y a qué es debida esta deriva. Para establecer los motivos de tan radical cambio en la forma de comportarse del Tidida, es necesario hacer una semblanza lo más fiel posible del atribulado personaje empezando por el principio: la Ilíada y la Odisea de Homero. Repasaremos después la peripecia vital del apesadumbrado nieto de Eneo, su particular Odisea, en las páginas de la Eneida del poeta mantuano. Observamos que Virgilio conoce perfectamente al personaje mitológico heredado del ciego de Quíos y lo hace evolucionar de manera natural, en la línea de otros héroes cansados que han llegado al “mezzo del cammin di nostra vita” por medio de tremendos padecimientos y trabajos que los han sacudido mental y espiritualmente, que los han roto. El héroe explicará, si bien es cierto que con reticencias, sus sufrimientos en XI 252-295, y achacará sus actuales penalidades a una falta de carácter religioso; sin embargo aporta en esos mismos versos expresados con tanta dignidad algunos de los síntomas que nosotros utilizamos aquí para diagnosticarle una enfermedad a la sazón sin nombre, desorden nervioso postraumático, en sus siglas en inglés PTSD, al hilo de la obra del psiquiatra estadounidense Jonathan Shay, Achilles in Vietnam.

  Pretendemos demostrar esto, aunque no sólo, y rendir así mismo tributo a la figura de Diomedes, héroe cansado, superviviente, como otros personajes de Virgilio en la Eneida empezando por el propio Eneas, mas no abatido, y que como el Candide de Voltaire quiere ahora “cultiver son jardin”.

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MENCIONES DE DIOMEDES EN LA ILÍADA

Canto II:  Catálogo de las naves (versos 559 y ss.) Las traducciones pertenecen a la versión castellana de la Ilíada de Luis Segalá y Estalella.

  “Los habitantes de Argos, Tirinto amurallada, Hermíone y Ásine en profundo golfo situadas, Trecena y Epidauro abundante en vides, y los jóvenes aqueos de Egina y Masete, eran acaudillados por Diomedes, valiente en la pelea, Esténelo, hijo del famoso Capaneo, y Euríalo, igual a un dios, que tenía por padre a Mecisteo Telayónida. Era jefe supremo, valiente en la pelea. Ochenta negras naves les seguían.”

  Anotamos aquí el elevado número de naves que seguían a Diomedes, sólo inferior o similar al de Agamenón, Menelao o Néstor.

Canto IV (versos 364 y ss.) Aquí Homero habla de Agamenón:

  “Esto dicho, los dejó allí y se fue hacia otros. Halló al animoso Diomedes, hijo de Tideo, de pie entre los corceles y los sólidos carros; y a su lado a Esténelo, hijo de Capaneo. En viendo a aquél, el rey Agamenón le reprendió profiriendo estas aladas palabras:

  ¡Ay, hijo del aguerrido Tideo, domador de caballos!¿Por qué tiemblas?¿Por qué miras azorado el espacio que de los enemigos nos separa? No solía Tideo temblar de este modo, sino que, adelantándose a sus compañeros, peleaba con el enemigo. Así lo refieren quienes lo vieron combatir, pues yo no lo presencié ni lo vi, y dicen que a todos superaba. Estuvo en Micenas, no para guerrear, sino como huésped, junto con el divino Polinice, cuando ambos reclutaban tropas para dirigirse contra los sagrados muros de Tebas. Mucho nos rogaron que les diéramos auxiliares ilustres, y los ciudadanos querían concedérselos y prestaban asenso a lo que se les pedía; pero Zeus, con funestas señales, les hizo variar de opinión. Volviéronse aquéllos; después de andar mucho, llegaron al Asopo, cuyas orillas pueblan juncales y predios, y los aqueos nombraron embajador a Tideo para que fuera a Tebas. En el palacio del fuerte Eteocles encontrábanse muchos cadmeos reunidos en banquete; pero ni allí, siendo huésped y solo entre tantos, se turbó el eximio jinete Tideo: los desafiaba y vencía fácilmente en toda clase de luchas. ¡De tal suerte le protegía Atenea! Cuando se fue, irritados los cadmeos, aguijadores de caballos, pusieron en emboscada a cincuenta jóvenes al mando de dos jefes: Meón Hemónida, que parecía un inmortal, y Polifonte, intrépido hijo de Autófono. A todos les dio Tideo ignominiosa muerte menos a uno, Meón, a quien permitió, acatando divinales indicaciones, que volviera a la ciudad. Tal fue Tideo etolo, y el hijo que engendró le es inferior en el combate y superior en el ágora.”

  En la Tebaida el poeta napolitano Publio Papinio Estacio (II  verso 535 y ss.) narra la aventura referida por Agamenón en la que Tideo mata él solo a los cuarenta y nueve guerreros tebanos escogidos que le esperaban apostados en emboscada en la oscuridad de la noche, dejando a uno con vida para que volviera a Tebas y llevara la noticia de su espectacular victoria. Los versos de Estacio rezuman una excelente altura épica. A continuación el rapsodo continúa diciendo:

  “Así dijo. El fuerte Diomedes oyó con respeto la increpación del venerable rey y guardó silencio, pero el hijo del glorioso Capaneo hubo de replicarle: ¡Atrida! No mientas, pudiendo decir la verdad. Nos gloriamos de ser más valientes que nuestros padres, pues hemos tomado a Tebas, la de las siete puertas, con un ejército menos numeroso que confiando en divinales indicaciones y en el auxilio de Zeus, reunimos al pie de su muralla, consagrada a Ares; mientras que aquéllos perecieron por sus locuras. No nos consideres, pues, a nuestros padres y a nosotros dignos de igual estimación.”

  Hasta aquí Esténelo, reivindicando el valor de los hijos frente a sus padres. Pero sigue el canto:

  “Mirándole con torva faz, le contestó el fuerte Diomedes: Calla, amigo; obedece mi consejo. Yo no me enfado porque Agamenón, pastor de hombres, anime a los aqueos, de hermosas grebas, antes del combate. Suya será la gloria si los aqueos rindieren a los teucros y tomaren la sagrada Ilión; suyo el gran pesar, si los aqueos fueren vencidos. Ea, pensemos tan sólo en mostrar nuestro impetuoso valor.”

  Aquí vemos un importante rasgo de Diomedes: el autocontrol; también la lealtad al rey supremo. Aunque la mayor parte de las reprobaciones de Agamenón se dirigen contra él, pues habla especialmente de Tideo, el padre de Diomedes, el héroe escucha en silencio e incluso reprocha al argivo y compañero Esténelo su réplica a las palabras del Atrida. Diomedes forma parte del núcleo duro de los reyes que apoyan a Agamenón, junto con Menelao, Néstor y Ulises, y no está dispuesto a romper la disciplina del mando ni siquiera ante semejantes palabras, a todas luces inmerecidas, del rey de Micenas, quien por otro lado, desempeña su papel y corre sus riesgos. Por ello reconviene a Esténelo y le recuerda que su labor consiste en demostrar su valor en la batalla que se aproxima.

  No olvidemos que su silencio y su posterior admonición son marcas de carácter. Él se distingue no sólo por su valía con las armas, sino también en el ágora, o sea en la palabra. Y es precisamente en esto en lo que se diferencia de Áyax Telamonio, fuerte sólo con los brazos, o de Aquiles Pelida, incapaz de contenerse; pues el hijo de Tetis combate tan sólo por la gloria, mas el Tidida lo hace absolutamente integrado en este entramado feudal, avant la lettre, y sabe cumplir en todo momento con su obligación. En efecto Diomedes está siempre disponible. Poco después de estas palabras el héroe salta del carro sobre el que se hallaba con su panoplia haciéndola resonar en el suelo y se encamina en silencio a la batalla.

Canto V:  Aristía de Diomedes.

  Atenea infunde en Diomedes valor y audacia en tanto que un resplandor emana de su cabeza y de sus hombros, de su casco y de su escudo. En la batalla es tremendo y mata guerreros a quienes luego despoja de carro y caballos.

(Verso 84) “Andaba furioso por la llanura”.

  Se asemeja a un “berserk” nórdico. El troyano Pándaro, que ya antes había roto la tregua y herido al rey Menelao, dispara una flecha a Diomedes y lo hiere en el hombro. Diomedes retrocede sangrando y le pide a Esténelo que le arranque la flecha; luego ruega a Atenea que le administre nuevas fuerzas para matar al arquero y seguir combatiendo. La diosa así lo hace y le alecciona para que aprenda a distinguir a los mortales de los inmortales y así evitar enfrentarse a éstos últimos, con la excepción de Afrodita, a quien sin embargo, le exhorta a herirla, pues ya antes la Cípride había sacado del combate al rubio Paris.

  Diomedes continúa con su particular batalla. En el verso 252, cuando los teucros inician un exitoso contraataque, Esténelo le pide a Diomedes que retroceda. Éste, empero, así le responde:

  “No me hables de huir, pues no creo que me persuadas. Sería impropio de mí batirme en retirada o amedrentarme. Mis fuerzas aún siguen sin menoscabo. Desdeño subir al carro y tal como estoy iré a encontrarlos, pues Palas Atenea no me deja temblar. Sus ágiles corceles no los llevarán lejos de aquí, si por ventura alguno de ellos puede escapar. Otra cosa voy a decir que tendrás muy presente: si la sabia Atenea me concede la gloria de matar a entrambos, sujeta estos veloces caballos, amarrando las bridas al barandal, y no se te olvide apoderarte de los corceles de Eneas para sacarlos de los teucros y traerlos a los aqueos de hermosas grebas; pues pertenecen a aquellos que el largovidente Zeus dio a Tros en pago de su hijo Ganimedes, y son, por tanto, los mejores de cuantos viven debajo del sol y la aurora. Anquises, rey de hombres, logró adquirir, a hurto, caballos de esta raza ayuntando yeguas con aquéllos sin que Laomedonte lo advirtiera; naciéronle seis en el palacio, crió cuatro en su pesebre y dio esos dos a Eneas, que pone en fuga a sus enemigos. Si los cogiéramos alcanzaríamos gloria no pequeña.”

  Aquí el héroe muestra su voluntad férrea de resistir, e incluso de contraatacar. En un excurso muy del gusto de Homero, que acostumbra a narrar despacio, se nos presentan los caballos de Eneas que, una vez en poder del Tidida, le servirán para ganar la carrera en los juegos fúnebres dedicados a Patroclo en el canto XXIII.

  En efecto Diomedes mata a Pándaro de un lanzazo y al enfrentarse a Eneas lo hiere gravemente de una pedrada en la cadera. Eneas cae gravemente herido al suelo. Es después de robarle los caballos al troyano cuando se enfrenta a Afrodita y la hiere en una mano. Éste será el origen de sus futuras desgracias, según él mismo reconocerá en la Eneida de Virgilio, libro XI. Apolo evacúa a Eneas del combate protegido por una nube.

  Afrodita, mientras tanto, huye deprisa al Olimpo al regazo de su madre Dione. A instancias de su madre, Afrodita le cuenta quién ha sido el autor de su herida:

  (verso 376 y ss) “Hiriome el hijo de Tideo, Diomedes soberbio, porque sacaba de la liza a mi hijo Eneas, carísimo para mí más que otro alguno. La enconada lucha ya no es sólo de teucros y aqueos, pues los dánaos ya se atreven a combatir con los inmortales.”

  Dione, entre otras cosas, le dirá más tarde:

  “¡Insensato! Ignora el hijo de Tideo que quien lucha con los inmortales ni llega a viejo ni los hijos le reciben llamándole padre y abrazando sus rodillas de vuelta del combate y de la terrible pelea. Aunque es valiente, tema el Tidida que le salga al encuentro alguien más fuerte que tú, no sea que luego la prudente Egialea, hija de Adrasto y cónyuge ilustre de Diomedes, domador de caballos, despierte con su llanto a los domésticos por sentir soledad de su legítimo esposo, el mejor de los aqueos todos.”

  Alude Dione a las infidelidades que cometerá Egialea y que tanto dolor provocarán en el Tidida. Dolores que el propio Diomedes silencia en su célebre discurso de la Eneida XI.

  Volvemos a la batalla, allí Diomedes acomete en cuatro ocasiones al dios Apolo para matar a Eneas, pero éste le conmina finalmente para que retroceda. Eneas es llevado a Pérgamo y allí curado por Leto y Ártemis.

  Poco más adelante la situación de la batalla se complica para los dánaos, de un lado combaten Sarpedón, Héctor y Eneas, vuelto ya de la ciudad, de otro Diomedes, Agamenón, Ulises y los dos Áyaces. Diomedes sólo retrocede ante Héctor, que acomete acompañado de Ares. Lo hace, no obstante, en orden, con el escudo siempre vuelto hacia los teucros. Es entonces cuando, desde su carro, guiado por una invisible Atenea, hiere a Ares.

Canto VI: en este canto Diomedes sigue aniquilando enemigos en la lid, en el verso 12 mata a Axilo Teutránida y a su escudero Calesio, robando luego sus caballos. Heleno encarga a Héctor la misión de regresar a la ciudad para que las mujeres ofrezcan a Atenea un peplo nuevo y un sacrificio de doce reses a cambio de su ayuda, pues Diomedes se ha convertido en un enemigo letal. En los siguientes versos se describe a Diomedes:

  “…aparta de la sagrada Ilión al hijo de Tideo, feroz guerrero, cuya bravura causa nuestra derrota y a quien tengo por el más esforzado de los aqueos todos. Nunca temimos tanto ni al mismo Aquileo, príncipe de hombres, que es, según dicen, hijo de una diosa. Con gran furia se mueve el hijo de Tideo y en valentía nadie le iguala.”

  Esto, a decir de sus enemigos. Y estamos ya a punto de entrar en uno de los pasajes más hermosos de este ya de suyo magnífico canto de la Ilíada, el encuentro de Glauco y Diomedes, entre los versos 123 y 237. En un momento dado, Glauco, hijo de Hipóloco, y Diomedes se encuentran dispuestos para batallar a la vanguardia de sus respectivas huestes. Al estar cara a cara, Diomedes pregunta primero:

  “¿Cuál eres tú, guerrero valentísimo, de los mortales hombres? Jamás te vi en las batallas, donde los varones adquieren gloria, pero al presente a todos los vences en audacia cuando te atreves a esperar mi fornida lanza. ¡Infelices de aquéllos cuyos hijos se oponen a mi furor!”

  A continuación le indica que, en caso de ser un dios, no querría él combatir, mas si es un mortal, que se aproxime más aún a él. El hijo de Hipóloco entonces le responde:

  “¡Magnánimo Tidida! ¿Por qué me interrogas sobre el abolengo? Cual la generación de las hojas, así la de los hombres. Esparce el viento las hojas por el suelo, y la selva, reverdeciendo, produce otras al llegar la primavera: de igual suerte, una generación humana nace y otra perece. Pero ya que deseas saberlo, te diré cuál es mi linaje…”

  El guerrero licio despliega a continuación todo su árbol genealógico desde Sísifo en Éfira, pequeña ciudad de la Argólide. Narra la pasión de Antea, mujer de Preto, por Belerofonte y el rechazo de éste a estos declarados amores adúlteros (el tema de José y la mujer de Putifar o de Fedra e Hipólito). La denuncia de la frustrada reina hace que Preto mande a Belerofonte a la lejana Licia en posesión de una tablilla con “funestas señales” (σήματα λυγρά), primera mención de la escritura en la literatura occidental, que dicen poco más o menos: “mata al portador”. El rey de Licia ofreció hospitalidad a Belerofonte los primeros nueve días, en que sacrificó nueve bueyes, y al décimo le preguntó el motivo de su venida. Al entregarle Belerofonte las misteriosas tablillas, comprendió el rey que debía matarlo y para ello le fue encomendando misiones imposibles que sin embargo el héroe fue superando una tras otra, a saber, la aniquilación de la Quimera, la victoria sobre los sólimos, el exterminio de las amazonas y salir con vida de un postrer intento de asesinato del rey de Licia sirviéndose de una celada con los más fuertes guerreros, al igual que hizo Eteocles con Tideo, el padre de Diomedes. Al fracasar en todos estos empeños, el rey de Licia le da la mano de su hija y lo convierte en su yerno. Pues bien, Glauco es hijo de Hipóloco y nieto de Belerofonte, quien a la sazón mandaba las tropas licias junto a Sarpedón. Y termina el relato de su prosapia con las palabras que le dirigió su padre al partir a la guerra de Troya: “recomendándome muy mucho que descollara y sobresaliera siempre entre todos y no deshonrase el linaje de mis antepasados, que fueron los hombres más valientes de Efira y de la extensa Licia.”

  Cuando estas razones oyó, Diomedes se alegró y clavó la pica en el suelo, y le dice que siendo así que Eneo, su abuelo, recibió en su palacio rindiendo los bienes de la hospitalidad a Belerofonte, abuelo a su vez de Glauco, durante veinte días, intercambiando más tarde regalos, son ambos huéspedes, ya sea en Argos, ya en Licia, y Diomedes le pide que no se acometan entre ellos, sino que separándose, busquen otros combatientes a quien matar, sean teucros o aqueos. Entonces le propone al licio trocar las armaduras para evidenciar ante todo el mundo sus vínculos de hospitalidad. Al hacerlo así, el poeta épico sugiere que un dios debió hacer perder la razón a Glauco, pues mudó armas de oro por otras de bronce.

  En este pasaje Diomedes se señala como paradigma del comportamiento aristocrático, él no odia a los enemigos, sólo los combate, como por otra parte es habitual en los poemas homéricos. No deshonrar a sus antepasados o no ser inferior a ellos es el norte de su singladura vital, por ello es tan relevante su ejercicio de autocontención al escuchar sin inmutarse las duras e injustas recriminaciones de Agamenón pronunciadas en el canto IV. También se puede decir lo mismo del respeto de los lazos de hospitalidad y de la obligación de ofrecer ricos presentes a sus iguales cuando llega el caso. No siempre se despliega en la Ilíada este ideal aristocrático con tanta claridad, que se pueden resumir en las palabras que el preceptor de Aquiles le dirigía cuando aún era pequeño: “ser en todo el mejor”.

Canto VII:

  La guerra se encuentra en un impasse, han sido muchos los caídos en ambos bandos y en el campamento griego se presenta el heraldo Ideo para ofrecer una propuesta a los dánaos: los teucros entregarán el botín que Paris se llevó de Esparta en la ocasión del rapto de Helena y añadirán de su peculio otras muchas riquezas, pero se quedarán con la mujer, si los aqueos decidieran volver a casa. A esta propuesta Diomedes es el primero en dar una repuesta taxativa: (verso 400 y siguientes)

  “No se acepten ni las riquezas de Alejandro ni a Helena tampoco; pues es evidente, hasta para el más simple, que la ruina pende sobre los troyanos.”

  Plugo a los aqueos este discurso de tal manera que aplaudieron sus palabras, y el rey Agamenón  rechazó la propuesta de sus enemigos formalmente, aunque les concedió una tregua para recoger los cadáveres que yacían tendidos sobre el campo de batalla.

  En las palabras de Diomedes hay varias cosas que señalar, en primer lugar, que no es cierto que la ruina penda sobre sus rivales, antes al contrario, tras nueve años de pugna continúan saliendo a luchar en la llanura y en las actuales circunstancias, toda vez que el de Peleo se va de la pelea, muchos griegos optarían gustosamente por una retirada medianamente honrosa.

  En segundo lugar, los motivos de la guerra se desenmascaran claramente: ni aunque los troyanos devolvieran a Helena aceptarían marcharse y cejar en la guerra; no se lucha a causa de una mujer, la verdadera causa de esta guerra es el oro y la avaricia, las riquezas que la toma de Ilión les proporcionaría. Y esto se asemeja bastante más a aquellas incursiones micénicas de corte pirático realizadas por los aqueos contra las costas de los régulos hetitas semiindependientes de que nos hablan los historiadores.

Canto VII

  Los teucros toman la iniciativa y los caudillos de los dánaos retroceden. Néstor ha sido herido. Es entonces cuando Diomedes interpela a Ulises: (verso 93 y ss)

  “¡Laertíada, del linaje de Zeus! ¡Odiseo, fecundo en ardides! ¿Adónde huyes, confundido con la turba y volviendo la espalda como un cobarde? Mira que alguien, mientras huyes, no te clave la lanza en el dorso. Pero aguarda y apartaremos del anciano al feroz guerrero.”

  Se refiere a Héctor, y deberá socorrer solo a Néstor, pues Ulises prefiere hacer oídos sordos a sus admoniciones. Diomedes ofrece a Néstor subir a su carro, que arrastran los famosos corceles de Tros, y combatir a los teucros como auriga. El viejo acepta. En la brega que se sucede Diomedes arroja su lanza contra Héctor fallando, pero atraviesa a su conductor. Héctor toma las riendas y no tarda mucho en encontrar un auriga que lo devuelva a la batalla. Es entonces cuando Zeus lanza un rayo ante los caballos de Diomedes y Néstor, captando el significado de este portento, le dice a Diomedes:

  “¡Tidida! Tuerce la rienda a los solípedos caballos y huyamos. ¿No conoces que la protección de Zeus ya no te acompaña? Hoy Zeus Cronida otorga a ése la victoria; otro día, si le place, nos la dará a nosotros. Ningún hombre, por fuerte que sea, puede impedir los propósitos de Zeus, porque el dios es mucho más poderoso.”

  Responde Diomedes:

  “Sí, anciano, oportuno es cuanto acabas de decir, pero un terrible pesar me llega al corazón y al alma. Quizás diga Héctor, arengando a los teucros: “el Tidida llegó a las naves, puesto en fuga por mi lanza.” Así se jactará; y entonces, abráseme la vasta tierra.”

  A lo que replica el anciano rey:

  “¡Ay de mí! ¡Qué dijiste, hijo del belicoso Tideo! Si Héctor te llamare cobarde y flaco, no le creerán ni los troyanos , ni los dardanios, ni las mujeres de los teucros magnánimos escudados, cuyos esposos florecientes derribaste en el polvo”.

  Convencido por el anciano, Diomedes trata de apaciguar su αἰδώς y gira el carro para darse a la fuga. Héctor aprovecha la ocasión para soltar: (verso 161 y ss.)

  “¡Tidida! Los dánaos, de ágiles corceles, te cedían la preferencia en el asiento y te obsequiaban con carne y copas de vino; mas ahora te despreciarán, porque te has vuelto como una mujer…”

(verso 167) “El Tidida estaba indeciso entre seguir huyendo o torcer la rienda a los corceles y volver a pelear. Tres veces se le presentó la duda en la mente y en el corazón, y tres veces el próvido Zeus tronó desde los montes ideos para anunciar a los teucros que suya sería en aquel combate la inconstante victoria.”

  Para que Diomedes huya y sufra “un terrible pesar” en su corazón y en su alma, cuando todos los demás aqueos han emprendido ya la retirada, es necesaria la admonición repetida de Zeus mismo, además de los razonables consejos de Néstor.

  Poco después, sin embargo, cuando ya están cercados en la empalizada de las naves, Agamenón les pide a sus hombres algo de dignidad y Zeus envía un águila que deja caer un cervatillo sobre su propio altar. Es entonces cuando algunos aqueos vuelven a salir al combate; Diomedes, el primero.

Canto IX:

  Es el canto en que se sucede la primera embajada a Aquiles para exhortarle que vuelva a la lucha, pues la situación está complicada; en efecto, Héctor amenaza con quemar las mismas naves. Cuando el resultado negativo de la embajada llega a oídos de Agamenón, tiene lugar una alocución de Diomedes que sirve para dar fin al canto: (verso 697 y ss.)

  “¡Gloriosísimo Atrida, rey de hombres Agamenón! No debiste rogar al eximio Pelión, ni ofrecerle innumerables regalos; ya era altivo, y ahora has dado pábulo a su soberbia. Pero dejémosle, ya se vaya, ya se quede: volverá a combatir cuando el corazón que tiene en el pecho se lo ordene y un dios lo incite…”

  A continuación exhorta a los aqueos a cenar bien y a dormir para recobrar fuerzas y así, a la aurora siguiente, reintegrarse a la lucha.

Canto X:

  La noche siguiente Agamenón no puede dormir y va despertando uno a uno a los jefes de su contingente. A Diomedes lo halla tendido en el suelo con la armadura puesta, listo para levantarse raudo en caso de cualquier ataque o eventualidad: (verso 150 y ss.)

  “Fueron en busca de Diomedes Tidida, y le hallaron delante de su pabellón con la armadura puesta.”

  Una vez reunido el consejo, Néstor propone formar una patrulla con objeto de hacer prisioneros y averiguar así los planes del enemigo para el día siguiente. Es el bueno de Diomedes quien responde a los planes de Néstor: (Verso 220 y ss.)

  “¡Néstor! Mi corazón y ánimo valeroso me incitan a penetrar en el campo de los enemigos que tenemos cerca, de los teucros; pero si alguien me acompañase, mi confianza y mi osadía serían mayores. Cuando se está solo, aunque se piense, la inteligencia es más tarda y la resolución más difícil.”

  Se van presentando voluntarios a continuación los principales caudillos griegos y Agamenón le pide a Diomedes que elija a un compañero. Éste elige a Ulises. Se dotan sin más palabras de armamento ligero y salen en mitad de la noche y con sigilo hacia las líneas troyanas, no sin antes hacer invocaciones a Atenea, diosa especialmente bienquista de ambos. Mientras se arrastran entre los cadáveres se topan con un enemigo que se aproxima caminando hacia su campamento. Se trata de Dolón, que tiene la misma misión que los dos aqueos. Es fácilmente capturado y atado. Ulises le interroga con preguntas precisas y el teucro les indica vergonzosamente los lugares donde parlamenta Héctor, cómo los troyanos se hallan en torno a las hogueras y que los pueblos aliados se encuentran alrededor sin la protección de centinelas. Les dice que el más cercano es Reso, con sus caballos blancos y su carro de oro.

  Entonces Diomedes le anuncia al prisionero que no pueden dejarlo con vida con el siguiente discurso frío y pragmático: (verso 447 y ss.)

  “No esperes escapar de ésta, Dolón, aunque tus noticias son importantes, pues has caído en nuestras manos. Si te dejásemos libre o consintiéramos en el rescate, vendrías de nuevo a las veleras naves de los aqueos a espiar o a combatir contra nosotros; y si por mi mano pierdes la vida, no serás en adelante una plaga para los argivos.”

  A continuación de las palabras del Tidida, sigue el poeta:

  “Dijo; y Dolón iba, como suplicante, a tocarle la barba con su robusta mano, cuando Diomedes, de un tajo en medio del cuello, le rompió ambos tendones; y la cabeza cayó en el polvo mientras el troyano hablaba todavía.”

  Luego lo despojan de sus armas y lo ofrecen a Atenea. Así de simple es el asesinato de un prisionero, así de cruel la lógica de la guerra, que no ha cambiado en absoluto desde entonces. A nosotros, hombres del siglo XXI, nos resulta más realista esta patrulla que el anterior enfrentamiento dialéctico entre Glauco y Diomedes; aquí la guerra está privada de todo romanticismo o rasgo de nobleza. Este pasaje nos recuerda a Néstor cuando pide a los dánaos que tomen Troya y que cada uno de ellos viole a una troyana antes de regresar a casa, a Agamenón cuando le dice a su hermano Menelao que se guarde de hacer prisioneros y que los mate a todos, incluidos los que van en el vientre de sus madres.  El Diomedes del canto X o Dolonía nos recuerda a Ernst Jünger, que en su obra Tempestades de acero describe operaciones parecidas a ésta en los campos de batalla de la guerra de trincheras entre 1914 – 1918, el escritor alemán se mueve en la guerra como en su propia casa.

  Por lo demás, Ulises y Diomedes se dirigen luego al campamento de Reso y mientras Diomedes acuchilla los cuerpos de los guerreros que descansan tendidos en el suelo, Ulises roba los caballos del rey y montados ambos en sus lomos salen huyendo a uña de caballo hasta sus posiciones. En esta operación Diomedes mata a catorce guerreros enemigos incluidos el rey y el espía.

Canto XI:

  Volvemos a un escenario de combate. Algunos guerreros principales de los aqueos han sido heridos y Héctor está causando una verdadera masacre entre las filas griegas. Ulises entonces se dirige a Diomedes y le impele a resistir, aunque no hace falta, pues en palabras de Diomedes: (verso 317)

  “Yo me quedaré y resistiré, aunque será poco el provecho que logremos; pues Zeus, que amontona las nubes, quiere conceder la victoria a los teucros y no a nosotros.”

  Ambos dan con su empuje un respiro a los cuitados aqueos, hasta que son avistados por Héctor, que arremete contra ellos. Al verlo, Diomedes dice a Ulises: (verso 347)

  “Contra nosotros viene esa calamidad, el impetuoso Héctor. Ea, aguardémosle a pie firme y cerremos con él.”

  La lanza arrojada por Diomedes golpea violentamente en el yelmo de Héctor, quien cae de rodillas y se apoya en el suelo con una mano, obnubilado por el impacto. No obstante recobra el sentido y subiéndose a un carro, pone tierra de por medio. Esto causa la irritación de Diomedes, quien exclama: (verso 362 y ss.)

  “¡Otra vez te has librado de la muerte, perro! Muy cerca tuviste la perdición, pero te salvó Febo Apolo, a quien debes de rogar cuando sales al campo antes de oír el estruendo de los dardos. Yo acabaré contigo si más tarde te encuentro y un dios me ayuda. Y ahora perseguiré a los demás que se me pongan al alcance.”

  Poco después de estas palabras y mientras se encuentra despojando las armas de un guerrero caído es alcanzado por una flecha de Paris en el empeine del pie derecho. Entonces cuenta Homero que dijo: (verso 384 y ss.)

  “Sin turbarse le respondió el fuerte Diomedes: ¡Flechero, insolente, experto sólo en manejar el arco, mirón de doncellas! Si frente a frente midieras conmigo las armas, no te valdría el arco ni las abundantes flechas. Ahora te alabas sin motivo, pues sólo me rasguñaste el empeine del pie. Tanto me cuido de la herida como si una mujer  o un insipiente niño me la hubiese causado, que poco duele la flecha de un hombre vil y cobarde…”

  Al arrancarse la flecha, un dolor terrible recorrió su cuerpo,  (verso 396)

  “entonces subió al carro y con el corazón afligido mandó al auriga que le llevase a las cóncavas naves.”

Canto XIV: 

  Es un momento crítico. Agamenón propone botar en la mar las naves más cercanas de la playa y de noche reembarcar y volver a casa. Los teucros ya han sobrepasado foso y empalizada y se combate en las naves. Ulises es el primero en reprochar al Atrida la expresión de semejante pensamiento; su reprobación es vehemente. Al replicar Agamenón al ofendido Ulises que ojalá algún otro varón tuviera algo mejor que proponer, Diomedes interviene y dice: (verso 110 y ss.)

  “Cerca tenéis a tal hombre –no habremos de buscarle mucho- si estáis dispuestos a obedecer; y no me vituperéis ni os irritéis contra mí, recordando que soy más joven que vosotros, pues me glorío de haber tenido por padre al valiente Tideo, cuyo cuerpo está enterrado en Tebas.

  Engendró Porteo tres hijos ilustres que habitaron en Pleurón y en la excelsa Calidón: Agrio, Melas y el caballero Eneo, mi abuelo paterno, que era el más valiente. Eneo quedose en su país; pero mi padre, después de vagar algún tiempo, se estableció en Argos, porque así lo quisieron Zeus y los demás dioses, se casó con una hija de Adrasto y vivió en una casa abastada de riqueza: poseía muchos trigales, no pocas plantaciones de árboles en los alrededores y copiosos rebaños; y aventajaba a todos los aqueos en el manejo de la lanza. Tales cosas las habréis oído referir como ciertas que son. No sea que figurándoos quizás que por mi linaje he de ser cobarde y débil, despreciéis lo bueno que os diga. Ea, vayamos a la batalla, no obstante estar heridos, pues la necesidad apremia; pongámonos fuera del alcance de los tiros para no recibir herida sobre herida; animemos a los demás y hagamos que entren en combate cuantos, cediendo a  su ánimo indolente, permanecen alejados y no pelean.”

Canto XXIII:

  Son los juegos fúnebres en honor a Patroclo: (verso 287)

  “Presentose después el fuerte Diomedes Tidida, el cual puso el yugo a los corceles de Tros que había quitado a Eneas cuando Apolo salvó a este héroe.”

  Diomedes se lleva el premio, pese a la oposición de Apolo, que llega a arrebatarle el látigo en la carrera, y gracias a la ayuda de Atenea, que hace lo propio y más con el carro de Eumelo.

  Después anima en el pugilato a Eurialo, hijo de Mecisteo Telayónida, frente a Epeo, hijo de Panopeo, y hace de entrenador. Vence Epeo de un solo puñetazo.

  En esgrima se enfrentan Áyax Telamonio  y Diomedes, mas los aqueos deciden interrumpir el combate, pues temen por la vida de Áyax (así de letal es la lanza de Diomedes) Aquiles acepta y se reparten los premios.

  Pues bien, hasta aquí tenemos en mente la figura de Diomedes tal y como aparece en la Ilíada de Homero. Éste es al menos el Diomedes joven que aparece en el noveno año de la guerra de Troya, mucho antes de que se sucedieran los acontecimientos de la caída de Ilión y el consiguiente “nostos” o regreso del soldado a casa, en el caso del Tidida fue un retorno amargo y lleno de sinsabores, pues a pesar de la victoria, su destino no parece ser muy distinto del de Eneas, su antiguo adversario, quien, éste sí vencido, emprende un viaje hacia el occidente desconocido con intención de fundar un hogar para los supervivientes de su nación.

  A Diomedes no le esperaba en casa ningún triunfo y acabó dirigiéndose también él hacia poniente con intención de encontrar un rincón en el mundo donde vivir, como Anténor, como Eneas, como Evandro e incluso como la reina Elisa de Cartago.

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Santiago Blanco del Olmo

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