Ángel González Muñiz: del amor como afirmación del otro [Con motivo del centenario de su nacimiento: 6 de Septiembre de 1925 – 6 de Septiembre de 2025] – Sebastián Gámez Millán
Overview
Ángel González Muñiz: del amor como afirmación del otro [Con motivo del centenario de su nacimiento: 6 de Septiembre de 1925 – 6 de Septiembre de 2025]
***

***
Ángel González Muñiz: del amor como afirmación del otro [Con motivo del centenario de su nacimiento: 6 de Septiembre de 1925 – 6 de Septiembre de 2025]
El 6 de septiembre de 2025 se cumple el centenario del nacimiento de uno de los poetas más representativos de la llamada Generación del 50, Ángel González Muñiz (Oviedo, 6 de septiembre de 1925-Madrid, 12 de enero de 2008). Entre otros reconocimientos, obtuvo el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1985 y el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 1996, además del reconocido magisterio de cantautores como Joaquín Sabina o poetas como Luis García Montero. Sigo pensando que la mejor manera de homenajear a un escritor es leyéndolo, resucitándole y resucitándonos, porque los buenos autores son capaces de conocernos de una forma más penetrante de la que acostumbramos a hacerlo nosotros. Un modo de leer bien es ser leídos por lo que leemos. Después de unas breves líneas biográficas elegiré un poema suyo para celebrar el centenario.
A los 18 meses de haber nacido perdió a su padre. Durante la Guerra Civil perdió a su hermano Manolo asesinado por el bando nacional en 1936. Poco después su hermano Pedro se exilió por sus actividades republicanas y su hermana Maruja no pudo ejercer de maestra por razones ideológicas. En 1946 contrajo una tuberculosis, lo que le llevó a recuperarse en Páramo del Sil, donde comenzó a leer y a escribir poesía. Tres años más tarde se recuperó, pero arrastró insuficiencia respiratoria durante su vida y, mira por dónde, acabaría provocándole la muerte.
No sé si algunas de estas vivencias guardan relación con la melancolía que distinguió su carácter, melancolía que afrontó con la ironía y el humor como forma de supervivencia y singulares rasgos de su estilo, en el que predomina el realismo social y crítico. Reunido en Palabra sobre palabra (1965), que le conferirá título a su poesía completa, el poema que a continuación comentaremos es otra de sus más célebres creaciones posiblemente por estos dos aspectos: la difícil sencillez de la expresión lograda, y el tema feliz que aborda: el amor como afirmación del otro. Sin ir más lejos, le puso música el cantautor Pedro Guerra, acompañado de la voz del autor.
En un mundo cada vez más narcisista en el que proliferan las pantallas donde nos abismamos como Narciso ante el reflejo del río resulta cada vez más arduo el encuentro con el otro, con la alteridad. El filósofo Byung-Chul Han lo ha formulado con acierto en La agonía del Eros: “no sólo el exceso de oferta de otros conduce a la crisis del amor, sino también la erosión del otro, que tiene lugar en todos los ámbitos de la vida y va unida a un excesivo narcisismo de la propia mismidad” [1]. Existen multitud de máscaras y matices en el amor (amor como deseo, como pasión, como cuidado, como hogar, como desamor…), pero si hay uno que pueda llamarse propiamente buen amor –y que tanto escasea, dicho sea de paso– es lo que aquí denominamos “el amor como afirmación del otro”, y que espléndidamente expresa Ángel González mediante “Me basta así”.
*
Me basta así
Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto haría un ser exacto a ti; lo probaría
(a la manera de los panaderos cuando prueban el pan es decir, con la boca),
y si ese sabor fuese igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente, y de besarnos sin hacernos daño
–de eso sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso–;
entonces
si yo fuese Dios
podría repetirte y repetirte
siempre la misma y siempre diferente sin cansarme jamás del juego idéntico sin desdeñar tampoco la que fuiste por la que ibas a ser dentro de nada; ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese Dios, haría
lo posible por ser Ángel González para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día,
a que sorprendas todas las mañanas a luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa el sueño de la vida, resucitándome con tu palabra Lázaro alegre,
yo
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto en la contemplación de todo aquello
que en unión de mí mismo, recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando –luego– callas…
(Escucho tu silencio.
Oigo constelaciones: existes
Creo en ti.
Eres.
Me basta.) [2]
Por lo que respecta a la expresión, creo que de todas las influencias que recibió Ángel González (Espronceda, Rubén Darío, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Gerardo Diego, Lorca, Alberti, Pablo Neruda, César Vallejo, Gabriel Celaya, Blas de Otero, José Hierro o Eugenio de Nora, entre otros), la huella más palpable en su poesía es la del autor de Soledades y Campos de Castilla, que representa, a mi parecer, el ideal de la difícil sencillez, que no debe confundirse con la simplicidad. La difícil sencillez es la naturalidad de lo que parece hecho sin esfuerzo, sin afectación ni artificiosidad.
A propósito del ideal estilístico que ha perdurado desde sus inicios, Ángel González declaró que “de toda aquella experiencia adolescente y juvenil, algo ha permanecido inalterado en mi modo de entender la poesía: cierta intención de aproximarme a la realidad, y el gusto por la obra bien hecha: amorosamente, casi artesanalmente trabajada. Y cuando hablo de la realidad me estoy refiriendo también a la realidad de la materia de la que el poema está hecho: la lengua, el idioma hablado, vivo, que nunca he tratado de destruir (manía obsesiva de algunos colegas), sino de utilizar –cuando no de imitar” [3].
Entre esos colegas que han procurado destruir, retorcer y estrangular la lengua cabría resaltar, entre sus compañeros de generación, a José Ángel Valente y José Manuel Caballero Bonald, pero desde luego es una característica más acentuada entre los hispanoamericanos del otro lado del Atlántico: pienso en César Vallejo, Gonzalo Rojas o Juan Gelman. Respecto a la “intención de aproximarse a la realidad”, lo entiendo además que participa de la concepción de la poesía como conocimiento, y no solo como comunicación, por formularlo en los términos aparentemente antagónicos del debate que se extendió por la década de los 70 del siglo XX.
El poema parte de una premisa hipotética, de un condicional: “Si yo fuese Dios”. Y, dado que según los teólogos uno de los atributos de Dios es la omnipotencia, el yo poético, convertido en este, “haría / un ser exacto a ti”. Salvo admirables excepciones, las personas acostumbran a amar algunos aspectos del otro, pero rara vez su persona al completo. El amor como afirmación del otro tiene lugar precisamente porque en este caso se quiere “un ser exacto a ti”.
Y, a continuación, se describen aspectos más concretos de cómo sería el ser amado: con “ese sabor” “igual al tuyo”, “o sea tu mismo olor”, “y tu manera de sonreír”. Y luego, por medio de tres anáforas con que imprime ritmo, añade: “y de guardar silencio, / y de estrechar mi mano estrictamente, / y de besarnos sin hacernos daño”. En definitiva, lo quiere tal como es, ni más ni menos.
Con frecuencia no reparamos en que rechazar o desaprobar un aspecto de una persona querida implica en cierto modo no afirmarla enteramente, no abrazar su ser por completo. Y esto no es amar adecuadamente. Uno de nuestros filósofos más ilustres, Ortega y Gasset, sostenía no exento de razón que “según se es, así se ama” [4]. Quizá nos falta suficiente madurez para amar a los otros enteramente, con nuestras infalibles imperfecciones —humanas, demasiado humanas—; que es, por otra parte, tal como deseamos que nos quieran.
En la segunda parte del poema se repite el verso con el que se empieza: “si yo fuese Dios”. Y mediante una serie de paralelismos y anáforas —adviértase la sorprendente antítesis— se remonta el ritmo: “podría repetirte y repetirte, / siempre la misma y siempre diferente, / sin cansarme jamás del juego idéntico,
/ sin desdeñar tampoco la que fuiste”. Posteriormente, en un gesto inusual, introduce su nombre a modo de autocita [5] en el poema, otorgándole al texto mayor veracidad y verosimilitud: “quiero / aclarar que si yo fuese / Dios, haría / lo posible por ser Ángel González”.
¿A qué viene el nombre real del poeta aquí? Sabemos que el amor no sólo depende del objeto, sino también, y de manera más decisiva, del sujeto, por expresarlo en los términos del viejo dualismo epistemológico. Una de las presencias tutelares de Ángel González, Antonio Machado, lo expresó de forma memorable en aquellos densos y sabios versos trenzados por un hipérbaton: “Si un grano del pensar arder pudiera / no en el amante, en el amor, sería / la más honda verdad lo que se viera ” [6]. Dicho de otro modo: no existe la verdad objetiva. El sentimiento amoroso depende hasta cierto punto del sujeto; si no hay amante o, mejor, en plural, amantes, no hay amor.
Por ello en los siguientes versos de la segunda parte de “Me basta así”, con una serie de paralelismos con los que recobra el ritmo y una bella metáfora, escribe el poeta: “para quererte tal como te quiero / para aguardar con calma / a que te crees tú misma cada día, / a que sorprendas todas las mañanas / la luz recién nacida con tu propia / luz, y corras / la cortina impalpable que separa / el sueño de la vida, / resucitándome con tu palabra, Lázaro alegre”. Nótese esta alusión a Lázaro de Betania, un personaje bíblico del Nuevo Testamento que fue resucitado por Jesús. Aquí el que por analogía es resucitado es el yo poético gracias a la palabra del ser amado.
Si amar al otro enteramente supone una afirmación de su ser, como si con ello se le estuviera exclamando: “¡quiero que existas!”, lo que implica dotar de cierto sentido la vida del otro en tanto que se le concede una razón de ser, este buen amor estaría incompleto si no nos queremos a nosotros mismos queriendo al otro tal como es. Como diría el poeta inglés romántico, Shelley: “¡Amada, tú eres mi mejor yo!”. Es decir, de todos nuestros yoes, sentimos que el mejor es el que nos suscita y aparece en la presencia del ser amado.
Esta es la afirmación de la vida a la que veces nos lleva el amor, magistralmente expresada por el poeta. Concluye con unos breves versos que rozan la poesía del silencio, como si se dirigiera de manera cauta y sigilosa al ser amado: “Creo en ti. / Eres. / Me basta.” No es un amor desesperado por la presencia del otro, sino más bien un amor que se contenta con que el otro exista, y sea como es.
***
Sebastián Gámez Millán
__________________________
Notas al texto
[1] Byung-Chul Han, “Melancolía”, en La agonía del Eros, trad. Raúl Gabás y Antoni Martínez Riu, Barcelona, Herder, 2021, p. 19.
[2] González, Ángel, “Me basta así”, Palabra sobre palabra, en Lecciones de cosas y otros poemas, Barcelona, Círculo de Lectores, 1997, pp. 108-109.
[3] González, A., 1997, op. cit., p. 12.
[4] Ortega y Gasset, J., “Para una psicología del hombre interesante”, reunido en Estudios sobre el amor, Barcelona, Círculo de Lectores, 1971, p. 36.
[5] Aun siendo un gesto inusual comparado con la inmensa cantidad de poemas que carecen de autocita, no es tan raro como podría parecer. Una muestra ejemplarmente ilustrada de este recurso expresivo en la poesía hispánica del siglo XX –antes resultará cada vez más difícil observarlo, puesto que, en mi opinión, es un signo de la creciente autoconciencia del yo conforme avanza la modernidad–, puede verse VVAA. Los ojos dibujados. El autorretrato en la poesía y el arte contemporáneos, Málaga, Litoral, Málaga, 2002, especialmente en las páginas 207-271.
[6] Machado, A., Obras completas I, Barcelona-RBA-Instituto Cervantes, 2005, p. 679.
About Author
Related Articles
«Vides quae sim et quae fui ante» – Siete alcahuetas – V – أحمد بن عبد الملك ابن سعيد / Abū Ŷaʻfar ibn Saʻīd – القوادة / «A una alcahueta» – Santiago Blanco del Olmo

