«La Balada del Viejo Submarino», de Juan Cameron – Una reseña de Luis Correa-Díaz

«La Balada del Viejo Submarino», de Juan Cameron – Una reseña de Luis Correa-Díaz

Overview

La Balada del Viejo Submarino, de Juan Cameron [Reseña]

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La Balada del Viejo Submarino, de Juan Cameron

Juan Cameron, poeta de ilustre y reconocida trayectoria nacional e internacional, encuentra en La Balada del Viejo Submarino (2024) un “punto de mira” (43) que comparte apertura de página con el poema “Francotirador” (42), el que además da título a la segunda sección del poemario (33-45), donde el discurso de estos textos cameroneanos se vuelve de una densa lucidez irónica, por no decir crítico-histórica, pues así se le quitaría ese zarpazo de humor que deja las carnes heladas, por no recurrir al vocablo alma que es siempre un algo inescrutable.

Pero, antes de adentrarse en algún detalle que otro, puesto que estos textos, las reseñas, no dejan espacio para más y está bien que así sea, antes de eso, habría que describir el libro, cosa que se tiende a eludir por el apuro de llegar a sus significados y a su mensaje, todo esto fantasías del lector que tienden a adjudicársele al escritor, al artista, una hermenéutica ilusoria sino no se explora el asunto esencial (del arte) de un poema: qué es lo que hace y cómo lo hace? El libro viene acompañado de un texto “saludo” de mano de la poeta Marina Tapia, quien expresa que Cameron “es capaz de armonizar contundentemente la ironía y la nostalgia, la crítica social y el idealismo” (9); asimismo de un texto de contratapa de Ernesto González Barnert, el que señala que tal vez lo que distingue a Cameron sea su particular “carácter”, “moldeado a imagen y semejanza de las pesadas y audaces voces poéticas del siglo pasado en la poesía nacional que tenían calle y oficio, autocrítica, volume de lecturas de sobra que lo hace moverse con desconfianza de la cosa tonta y edulcorada de hoy, buenista y cínica” a una visión que mucho le debe a la mejor tradición de la literatura europea.

Mis ojos dicen a aquellos que cayeron
Disparad contra mí vuestros dardos
Vengad en mí vuestras angustias
Vengad en mí vuestros fracasos
Yo soy invulnerable
He tomado mi sitio en el cielo como el silencio

Es ahí o así que Cameron, en el poema que da título al poemario, narra, quisiera imaginar, una historia icónica del siglo XX, la de un submarino estadounidense que no llegó a participar en la Segunda Guerra Mundial y terminó convertido en target de entrenamiento en el Oceáno Pacífico. El que más tarde en 1968, parece, Los Beatles convertirían en una especie de nave of the fools, branteana y resignificados éstos, precursora de la cultura hippie y de las protestas contra la Guerra de Vietnam emprendida por Estados Unidos, aunque fue escrita originalmente, se dice, como una canción de/para niños, todo lo cual no deja de recordar otros poemas echados a la mar en busca de nuestra utopías, tal cual “La cancion del pirata” (1835) de José de Espronceda, el de la libertad aguerrida que se lanza en pos de su futuro. No mal que mal, Camero escribe con la vista de la bahía de un Valparaíso que “sigue vivo en la voz de nuestro autor” (Tapia 10) y a su disposición, custodiado, junto a la entrada y salida de naves cargueras cada vez más escasas, por viejos barcos de guerra como un gesto de años de prestigio portuario, y en cuyo fondo reposa el “mítico Submarino Flach”, el primero construido en 1866 y en Chile, para defender el puerto de los ataques españoles de la época, y que es el verdadero “viejo submarino” de este libro de Cameron, como constata Juan Antonio Huesbe en su prólogo de editor (13-15), cuyo rescate está en marcha para reconstruir, desde sus restos y consecuente maquetación museológica, la memoria histórica de Valparaíso; los otros submarinos mencionados antes aquí son juegos de lectura que permiten los poemas y la poética del autor.

Pero, a la vez que hace esto el poema de Cameron, produce un canto elegíaco no sólo de la embarcación submarina, de las esperanzas de progreso (bélico, comercial, cultural) que ésta trajo y de la idea del esplendor de los avances tecnológicos humanos, mientras desde el fondo sedimentario del poema surge/ asoma una fibra evaluadora, un compendio crítico de esos tiempos que son la fundación de muchos de nuestros mitos actuales y, por cierto, de los más dolorosos, las guerras que ahora utilizan los drones, por ejemplo, como vanguardia de ataque. De aquí nos asalta ese aparato que cobra presencia destacada en varias partes en este libro, como, volviendo al comienzo de esta reseña, el poema “Punto de mira”, el que se hace desde un drone de Guerra, visto aquí diacrónica y sincrónicamente como un instrumento dentro de la larga historia del arte humano de matar; sin embargo, el poema, su real punto de mira, es el de una conciencia de la humanidad perdida en el acto de arrojar el “obús”, cuando la voz asevera que “si fijamos el chip observaríamos” la vida, “esas cosas” (43), dicho como quien anuncia la derrota, una más… Quisiera este redactor de reseña aquí pasar al poema “A mí no me gustan los GPS” (38-39), pero no hay tiempo para detenerse sino en el detalle huidobriano del final, lo cual nos muestra a Cameron como uno de los poetas aéreos con los pies en la tierra o cayendo sobre una parra en casa propia.

Habíase mencionado una vez más arriba un año crucial y de impronta traumática transgeneracional hasta este presente y, de seguro, más allá de él. Pues, hay poema también en la página 24, y no se trata de que la constelación procedural del poeta esté basada en los títulos de sus textos, allí se hace un recuento personalizado: “1968 fue el año de mis primeros desarcuerdos con el Derecho”, donde no se trata únicamente de una aspiración universitaria a la Carrera del ordenamiento jurídico de las sociedades, sino del desengaño respecto a la Justicia en sus múltiples ámbitos históricos y en los aparentes ideales virtuosos (y contraculturales, incluso, aunque “la contracultural [sea] más que un buen diseño” del ser humano. Desde algunos de estos nodos en el poema, podríanse tirar líneas a otros, como “Grandes momentos de la Humanidad” (68), en el que ese llanto soterrado, el de una especie de periodista poético de la Historia, con sonrisa/humor valerosa/o, hace del mundo y de sí embalado una balada autoparódica que nunca olvida asistir/attender el momento sacro de la intimidad con la amada. Lo dicho nos llevaría, entre otros, a “Museo de las Artes” (44), “La balada del último olvido” (47) y “Sobre la neurociencia” (33). Las interconexiones son muchas y de gran productividad lectora, pero esto aquí no es un análisis complete, apenas una indicación de camino para el peregrino de las rutas de la poesía.

Extraña profesión ésta la mía
de construir absurdos cuadrados de palabras
sin escuadra o plomada
No sirven los ladrillos pues bailan en el aire
y se esfuman o vuelan o simplemente ignoran
como [sic] asirse en el ágora al paladar del comercio
ni se usan de leyes pues nadie las acata
ni entre quienes ocupan como tipo de cambio
el vibrar del silencio sin interlocutores
ni ciencia alguna obliga
a medir sus sonidos en la tierra de nadie
ni a reglar por sí mismas su monótono diálogo
Extraña profesión ésta la mía
este hablar como loco por levantar castillos
que nadie habita o pide
y existen sin embargo sin tiempo y sin espacio (30)

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Luis Correa-Díaz

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Nota

Juan Cameron. La Balada del Viejo Submarino. Editorial AfterPoetry, Valparaíso [Chile], 2024.

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Categories: Crítica Literaria

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