Escribir ficción, de Edith Wharton – Fuensanta Molina Niñirola

Escribir ficción, de Edith Wharton – Fuensanta Molina Niñirola

Escribir ficción, de Edith Wharton. Editorial Páginas de Espuma, 2011. Traducción y prólogo de Amelia Pérez de Villar.

 

 

Escribir y leer son dos caras de la misma moneda. Se escribe para ser leído y el lector no existe sin algo que leer. Wharton es muy directa en todos estos ensayos, muy clara y concisa. Define la lectura afirmando que no es más que un intercambio de pensamientos entre escritor y lector. Es decir, una conversación mental, una conversación que permite hablar con autores actuales o pasados, cercanos  o lejanos, presentes o ausentes; pero eternamente vivos en sus escritos.

 

Edith Wharton

 

Escritora estadounidense galardonada con el Premio Pulitzer, Edith Newbold Jones  Wharton (Nueva York, 1862-Saint-Brice-sous-Forêt, 1937) se casó en 1885 con el banquero Edward Wharton, matrimonio desafortunado y sin hijos, divorciándose en 1913 aunque mantuvo el apellido de su ex marido. En 1907 se estableció definitivamente en Francia, hasta su fallecimiento. Su producción literaria es amplísima, tanto en novela, relato, ensayo y artículos diversos para revistas.

Escribir ficción consta de cuatro apartados y la introducción: sobre el relato y las características que lo distinguen de la novela, a cuya construcción dedica la tercera sección;  sobre personaje y situación;  y por último,  el dedicado en exclusiva a Proust, fallecido no hacía mucho.

Wharton hace un verdadero despliegue en el que demuestra su amplísimo conocimiento de la literatura, provista de un buen fondo de armario, si bien se deja notar alguna ausencia sobre todo, de la literatura norteamericana. Ciertamente que no es un canon lo que está haciendo, sino ofreciendo ejemplos y citas que apoyen las teorías y análisis que desarrolla, pero quizás ausencias como la de Mark Twain o Washington Irving, por poner sólo dos ejemplos, son cuando menos, llamativas. Sin embargo, Poe, Hawthorne o Melville están presentes.

 

 

[The Age of Innocence – Edith Wharton. Last Chapter – Read by Brenda Dayne]

 

Explora, en la introducción, los orígenes de la narrativa moderna de ficción, que, según sus propias palabras, aparece “cuando la acción de la novela pasó de concentrarse en la calle a encontrarse en el alma.”, en concreto, con Madame de LaFayette y su Princesa de Clèves. Cita, por supuesto, las dos grandes figuras: Balzac y Stendhal: ambos consideraban que cada personaje era el producto único y exclusivo de unas condiciones materiales y sociales determinadas. Y analiza posteriormente a los primeros realistas franceses que inventaron la “tranche de vie” (rodaja de vida): la reproducción exacta de una situación o episodio. Maupassant, Zola, los Goncourt…

También alude a lo que se ha venido en llamar el método del “flujo de conciencia”, método que no descarta, pero previene de tomarlo como una moda…lo cual ocurrió, realmente. Las relaciones de Wharton con Virginia Woolf no eran muy amistosas. De hecho, no hay constancia de que llegasen a encontrarse, y sí de que la autora norteamericana consideraba al grupo de Bloomsbury como un conjunto carente de modales, obscenos y exhibicionistas, lo que le llevó a relativizar sus vanguardistas posiciones en literatura. “La verdadera originalidad- dice- no busca una nueva forma sino una nueva visión” (1). Considera que el temor a no ser original es un síntoma de inmadurez en los artistas. También previene contra el “arte fácil”, esa concepción, por otra parte tan actual,  que lleva directamente a la mediocridad.

En cuanto a los elementos que integran la obra artístico-literaria, Wharton destaca la forma, el estilo y el tema. La forma como la estructura de los elementos de la narración. Y el estilo es el lenguaje en que el autor nos muestra su obra. Por último, el tema es aquello de lo que trata una historia.

Al hablarnos del relato o cuento reconoce el dominio absoluto de Kipling, opinión que comparto. Analiza los factores más importantes que un relato debe contener: verosimilitud, capacidad de atracción, brevedad, orden de los hechos; la principal diferencia entre relato y novela según Wharton, estriba en que en el relato se prima la situación y el personaje, en la novela. Cuanto más breve sea el relato, desaparecen los detalles superfluos y nos concentramos en la acción.

Entrando en el campo de la novela, afirma que la de aventuras es el germen de todas las variantes de la novela; la psicológica o de personajes se origina en Francia, la costumbrista en Inglaterra, (de la que destaca el toque humorístico) y Balzac sintetiza ambas en la novela moderna. Cita y compara, como dos experimentos interesantes en relación a la verosimilitud, a James y a Conrad, en beneficio, curiosamente, de este último y su técnica del “juego de espejos”. Otras cuestiones que aborda son la difícil expresión del discurrir del tiempo en la novela; en qué momento comenzar a presentar los personajes (recordemos la primera escena de la fiesta en Guerra y paz: donde toda la novela está contenida); la longitud de la novela, que debe mantener justa relación  con el tema; lo que Wharton llama el “incidente iluminador”, que da inmediatez a la historia. Asimismo, recomienda moderación en el uso del diálogo, para no convertir una novela en teatro; tampoco el abuso de los personajes es recomendable, si no se es un Tolstoi, obviamente.

Situación y Personajes son los dos modos principales de enfocar una novela. Depende cuál sea el eje o el determinante, la novela resultará de un modo u otro. Wharton analiza en este capítulo varios ejemplos de novelas comparándolos y determinando su inclinación según estos dos ejes.

En el apartado dedicado a Proust valora el problema de su prematura muerte, que dejó sin pulir la inmensa obra. Escrita, sí, pero no retocada. Destaca, asimismo, que nadie como él ha sabido desarrollar las oscuras asociaciones del pensamiento y las fluctuaciones de los estados de ánimo, los íntimos temores, los titubeos y contradicciones. Proust ha conseguido lo que todo gran escritor: que sus personajes vivan, tengan una entidad propia. Su galería constituye una nueva comedia humana, un escenario a la altura de Balzac, superándolo incluso. Sin embargo, a pesar de su grandeza, Wharton se atreve a encontrar una ausencia importante en la obra proustiana: el valor, la valentía moral. “El miedo gobernaba su mundo moral: a la muerte, a la responsabilidad, a la enfermedad, a las corrientes, el miedo al miedo”. (2)

Conjunto de ensayos publicados originariamente por Edith Wharton en la revista Scribner’s entre los años 24 y 25 del siglo XX, y posteriormente editados en forma de libro,  Escribir ficción se ha editado en esta ocasión con un ensayo añadido: El vicio de leer, que fue publicado en 1903 en la North American Review. Este texto pone punto final al libro aunque podría perfectamente haber sido situado al comienzo. La autora desgrana unas jugosísimas y muy actuales reflexiones sobre los modos de lectura y los tipos de lectores, el lector nato y el lector mecánico, y sobre el hecho mismo de leer. Libro de cabecera de todo aficionado a la literatura, tanto si la lee como si la escribe, esta edición –y su muy interesante prólogo, así como la correctísima traducción- merece un sitio preferente en nuestra biblioteca.

 

Fuensanta Niñirola

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Notas

  1. Edith Wharton, Escribir ficción. Editorial Páginas de Espuma, 2011. Traducción y prólogo de Amelia Pérez de Villar, p. 33.

2. Ibid., p. 147.

 

 

 

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