«Remolinos y remansos – Antología», de Jorge Camacho Cordón – Una reseña de Rafael Escobar Sánchez
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Remolinos y remansos – Antología, de Jorge Camacho Cordón [Reseña]
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Remolinos y remansos – Antología, de Jorge Camacho Cordón
Como si fuera Fray Luis de León. Así comienza Jorge Camacho esta antología. Mirando al cielo entre hondos interrogantes sobre nuestra pulsión hacia el amor o la palabra. La duda lo deja paralizado en el asombro (Perplejidad) como un posicionamiento vital más preferible a la fe ciega en dogmas de pensamiento. Le hiere la incompatibilidad entre vivir y conocer (eclipsa) y la certeza de que una incomunicación absoluta es la esencia de lo eterno (el universo). En su incertidumbre, el hombre queda definido como una tensión inútil entre lo gigantesco y lo ínfimo (entre paréntesis) y a la armonía se sobrepone la conciencia (y lo arbitrario) de la crueldad (Cosmogonía), suscitando una angustia que llega a ascender a visión apocalíptica (Recuerdos del futuro).
El amor y el erotismo constituyen un núcleo temático fundamental del libro. Ambos abandonan la sublimidad espiritual («A mis amores platónicos / lo que en el fondo quería / era comerles el coño», afirma en una, por irreverente, genuina copla popular) para optar por una decidida sensualidad hedonista, ese placer que en un poema como Dejémonos llevar es casi un oficio al que entregarse de forma concienzuda. La carnalidad parece constituir la única alternativa a convertirse en un abúlico (Pasajero), nos acerca a una aproximación confusa de lo que podría ser una identidad (Una cara que escucha…), permite olvidar por un instante que estamos suspendidos entre la falta de comunicación y la de coherencia («Decimos otra cosa. Luego hacemos / una distinta. Así pasan los años / entre simulaciones y autoengaños, / adulterando metas y baremos…»)
Que a menudo se afronte desde un evidente talento para la ironía y el humor incisivo, no mitiga la sensación que del libro se desprende una visión del mundo profundamente crítica. A partes iguales lúcida y de trasfondo amargo pese a que se elijan deliberadamente para su expresión tonos no explícitamente dramáticos. Contra la palabra deshumanizada que no cala en lo vivo (Palabras sólo), la civilización que se sostiene en pactos recíprocos de hipocresía (La gran mentira) u otra, más moral que propiamente social, contra los que pagan con los demás su propia cobardía para afrontar el placer (A los homófobos). Otros motivos de protesta son nuestro complejo de seres dominantes predispuestos a controlar la naturaleza pero no a disfrutar sanamente de ella (A veces basta…), la energía perdida en conflictos inútiles mientras el tiempo nos deshace sin tregua (2018) o la pandemia como una evidencia de que el progreso, por ser tecnológico pero no ético, es una pura ficción (y por eso se sueña con su “cese” en un poema como Presente continuo).
La honestidad del autor le lleva también a la autocrítica, por ejemplo, ironizando sobre la disparidad entre lo que piensa y lo que acaba de facto haciendo (Embutidos). Es también de atrayente acidez la burla de los tópicos de la modernidad estética (Pensamientos cavernarios…), de nuestra inclinación patológica a temer el colapso definitivo del mundo (15.1.2000, 13h 45 min.) o de preceptos sociales que se repiten sin haberlos analizado y por tanto desmontado su mentira piadosa (La felicidad de los finlandeses). O la sátira del escritor mediático convertido en fenómeno pseudocircense (Yo no quiero que me saquen…), así como de la pretendida irreverencia del “realismo sucio literario o las tradiciones exóticas mal imitadas» («Aquí en España / a cualquier chorradina / la llaman haiku»).
En un plano más existencial, se retrata una vida propia que es caída, un descalabro desde la felicidad prenatal a la jungla del combate contra todos en que siempre se añora un momento de alivio o mínimo afecto (Elementos de la teoría de la evolución). La conciencia del desarraigo, junto al peso de la orfandad, se proyecta como una angustiosa incertidumbre sobre el futuro («En el futuro, ¿quién sabe / ciertamente adónde iré? / ¿Qué sorpresas nos aguardan? / ¿Seré feliz? No lo sé»). Y con un fantasear de la propia desaparición que en vano se intenta reprimir (Sentimientos censurados) y un “pesimismo estratégico” en que abortar todas las ilusiones es un método eficaz para reconciliarse con la muerte (La verdad desagradable). Al igual que pensar que los ausentes no desaparecen sino que continúan entre nosotros por medio de una transformación de los vínculos emocionales tópicos que establecimos con ellos (Un consejo). Esa incapacidad nuestra de afrontar la muerte, nos incita a negarla o fingir que no sentimos su presencia y tiene como resultado lógico el que nos sintamos indefensos y aturdidos cuando se abate contra nosotros (La muerte imperceptible, Tabúes, etc).
Uno de los hilos temáticos más interesantes del libro es la variedad de perspectivas con que se muestra la relación del autor con la tradición literaria. Cómo persiste pese a la momentánea impresión de poder aún ser novedoso (por eso matiza que uno de sus poemas “ya lo hizo / el griego Simias de Rodas / hace veinticinco siglos”). Cómo su esencia a menudo no cambia pese a los formatos novedosos en que se presenta (Continuidad de los géneros). Tal y como atestiguan el poema del “ubi sunt” sobre el Madrid galdosiano o el “beatus ille” en el texto homónimo… si bien hay otros lugares comunes que se invierten con sorna (se llama “cicatero” al repetidísimo tópico del “carpe diem”). Se rebate la idea generalizada de la traducción como “crimen” del texto original para defender que realmente lo depura para hacer énfasis en lo esencial que contiene (Arte poética) o el de la dificultad de la poesía, que requiere ser desmitificada para convertirse en plenamente disfrutable (Carta a Amparo).
Igualmente, alcanza relevancia el tema de una naturaleza convertida en autorrevelación (Antecesor) o posibilidad de regresar a la vida desde una posición más luminosa (Reentroncamiento) pero también, mediante la refutación del tópico del “buen salvaje”, queda de manifiesto que la inocencia que simboliza no tiene que ser necesariamente la del bien sino que también alberga la crueldad (el naufragio). Igual de sugerente resulta la voluntad de desmitificación de la propia vida. Por ejemplo, del orgullo patriotero, como en los poemas de Madrid, convertido en un lugar elegido por el azar y confirmado por la rutina, una ciudad que sugiere caos y suplantación de lo natural por lo invivible (La urbe). Repunta cierto desencanto que conduce a un ascetismo en que la vida habrá de quedar depurada a solo lo que es realmente esencial y por tanto escaso (en retirada), en un afán por olvidar que el odio es el combustible de la historia (El progreso) o que de la escritura propia no brotará memoria sino un olvido rotundo (En particular). Un desengaño que lleva de nuevo a la refutación de lugares comunes manidos como el futuro como posesión legítima de la juventud que solo lo utilizará para perpetuar los errores (Con ironía). En un plano diferente, hay textos dirigidos a una caracterización de lo onírico como una dimensión frágil y enigmática pero donde paradójicamente puede encontrarse el coraje para afrontar nuestras pesadillas (Aparición) o podemos enraizar en lo mágico como en otra realidad alternativa (Final de la jornada), hasta el punto de sentir que el yo se convierte en otro («Un módulo o nódulo mental / que, por delante de lo que yo pienso / o imagino pensar, me obliga a ser / protagonista de un relato ajeno: / ajeno, extrañamente familiar…» en El sueño es vida).
Este carácter poliédrico de lo temático tiene su correlato en el plano formal gracias a la riqueza estilística que consiguen la multiplicidad de enfoques desde que se escriben los poemas. Como la habilidad para las imágenes simbólicas. Es el caso del ajedrez que retoma su añeja condición de alegoría de la vida aunque enfatizando cuanto en ella hay de rutina, tedio y libertad amputada (Tablas). O de ríos que parecen manriqueños porque en su apariencia lúdica pueden dar pie a singulares reflexiones metafísicas (el tiempo “pasante” en el poema El ayer). O un pájaro que es la vida en su paso breve pero todavía encontrando tiempo para regodearse en el placer. Otros textos se apoyan en la imagen sugestiva o la yuxtaposición de impresiones aisladas (Banyalbufar después de la lluvia), casi sin elaboración retórica, como los dedicados a la descripción lírica de lugares reales. Se practica la hibridación de planos históricos e imaginarios culturales (como en la camarera china de Suzhou en una Segóbriga que a su vez parece convertirse en Pompeya por su procacidad sexual). También hay un estilo aforístico certero al conciliar pensamiento e imagen (Itinerario) u otro donde se acentúa el componente lúdico (aguas… o aquellos que aproximan la disposición tipográfica de los versos al ideograma). Hay textos con un planteamiento narrativo similar al de la fábula clásica… con sentido más allá de su anécdota pero sin didactismo ni moraleja (La oruga), alegorías que filtran lo elegíaco en lo cotidiano (Si la vida fuese un fin de semana) y poemas que entre los matices de su descripción lírica filtran un pensamiento o una forma de acción ética (En la umbría). Finalmente, nos sorprende esa inventiva borgeana (se cita explícitamente dicho adjetivo) que transforma los escritos de crítica literaria en ficción con el encanto añadido de la autoparodia (Poesía de los extremos).
Un libro estupendo, con una cosmovisión tan corrosiva como desconsoladamente empática en función de la página por que lo abras y en el que, por efecto de un buen puñado de transformaciones temáticas y estilísticas, Jorge Camacho ha conseguido el logro, no excesivamente frecuente, de ser más de un poeta a la vez.
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Rafael Escobar Sánchez
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Nota
Jorge Camacho Cordón. Remolinos y remansos – Antología. Editora Regional de Extremadura, Mérida [Badajoz], 2025. ISBN: 978-84-9852-818-3.
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