Plomiza crítica literaria – Antonio Costa Gómez

Plomiza crítica literaria – Antonio Costa Gómez

Plomiza crítica literaria

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Plomiza crítica literaria

En los años ochenta publiqué en La Voz de Galicia un artículo titulado “La miseria de la crítica científica”. Estaba harto de esa macana y las burlas contra lo que llamaban “crítica impresionista”. Nos querían imponer un método que consistía en acumular tecnicismos y clasificaciones, en reducir un texto a diagramas geométricos, estadísticas o esquemas gráficos. Muy científico todo. Hacer como cuando el forense analiza un cadáver. Lo pueden trocear todo con el bisturí, solo falta un detalle sin importancia: la vida. Y pretenden comprender la vida analizando lo muerto.

También al “crítico científico” se le escapa la vida del texto y no se entera de nada. Solo aplica escalpelos, tijeras, medidores, cuadrículas. No capta la atmósfera, no capta los significados ni las sugerencias, no comprende que el lenguaje literario funciona por connotaciones. No se entera de nada. Solo aparta datos brutos como pedruscos y reglas rígidas para aplicar sobre ellos. Como hacen las máquinas.

Sería mucho más útil si utilizaran la sensibilidad, los ojos abiertos, la sutileza, la captación de los matices, el buen olfato espiritual. Incluso la imaginación para acercarse a la imaginación del texto. Y sobre todo estar vivo para captar la vida del texto.

Y esos métodos mecánicos y “científicos” se implantan rutinariamente en las aulas. Y así los alumnos, igual que sus profesores,  no se enteran de nada. Solo aplican tópicos y reglas mecánicamente. Y ese comentario de textos se vuelve plomizo y muerto, y todos los textos mortalmente aburridos. Y toda la literatura muerta y aburrida. Si fomentaran la sensibilidad, la capacidad personal para captar cosas, la intuición, la visión personal y libre de lo que leen, seguramente encontrarían mucho más. E incluso amarían la literatura porque verían que está viva y que les da vida.

Y así en los libros de texto aparecen comentarios de la Noche oscura del alma de San Juan de la Cruz donde te dicen que la noche significa problemas, momentos bajos a superar, desesperaciones. Cuando en el mismo poema se habla de “noche dichosa”, de que el alma ve mejor que durante el día, de que nada entonces estorba a la percepción. Y es que hay que darle tópicamente un sentido negativo a la noche, toda la cultura occidental está empeñada en eso, al admirar las luces, la razón, las reglas, las cosas definidas durante el día. Y no sirven de nada los Himnos a la noche de Novalis, los Poemas a la noche de Rilke, los textos como Las metamorfosis de Apuleyo o la Melusina de la Edad Media, donde se nos dice que el ser amado se nos escapa en la noche  cuando pretendemos mirarlo y comprenderlo.

Con el estructuralismo, la semiótica rutinaria, la estadística, y tantas zarandajas, todo se reducía a esquemas y triángulos. Igual que el diseño actual reduce todos los locales a rombos como ataúdes.  Y al simplificar y esquematizar creen que han entendido. E incluso ponen cara de inteligentes y sesudos, y creen que lo comprenden todo porque lo simplifican todo. Más valdría lo de Rilke: “Tú no debes comprender el mundo, / entonces será como una fiesta”. Pero ellos no quieren la fiesta de la literatura, quieren el cadáver de la literatura.

Y es curioso que llamen despectivamente a la otra crítica “crítica impresionista”. Es curioso que “impresionista” siempre tenga un sentido peyorativo,  ocurrió lo mismo en pintura. Y los pintores como Monet que captaron la fugacidad del instante y la infinita variedad de la vida, a través de sus impresiones libres y leves, sin codificar y sin domesticar, se despreciaron. Preferían el supuesto “realismo” que era una realidad construida y estructurada, una cosa ideológica y mental.  O si no, el cubismo, que lo reducía todo a cubos y triángulos, a matemáticas frías y muertas.

Y luego hablan del “rigor científico”. Y eso del rigor (que consiste en matar a las mariposas y clavarlas con un alfiler en la pared para que no se muevan) tiene algo que ver con el rigor del frío invierno, o con el rigor de los castigos, o con el rigor de los tiranos. Igual que esos críticos quieren castigar a sus textos y hacerlos que encajen en sus esquemas tan rigurosos. Y si no encajan no existen o no valen. Y si alguien deja a los textos ser lo que son y decir lo que son, y solo intenta verlos tal como son, es poco riguroso y poco serio.

Mi método no es académico. No consiste en matar la mariposa en lugar de dejarla que vuele, y clavarla en la pared. No consiste en clasificar y poner etiquetas y nombres técnicos. No consiste en matar y cosificar aquello que estudio.

No busco lo impersonal y lo obligado. Soy una persona que se acerca a otra persona. Me acerco a ella con pasión, es decir, con conexión profunda. La pasión da muchas veces más lucidez que cosificar a las personas. Y reducirlas a fórmulas.

Yo no pretendo encerrar a un autor en fórmulas y en diagramas. Meterlo en triángulos y en gráficos matemáticos. Buscar estructuras, o más bien imponerlas. Encerrar a un autor en esquemas previos y convenciones académicas.

Se burlaban de Azorín, decían que era impresionista. Y sin embargo te acercaba mucho más a los escritores y te hacía conocerlos. Te hacía vivirlos y te incitaba a leerlos. Sus impresiones eran mucho más lúcidas y esclarecedoras que los diagramas de los académicos. Te hacía vivir intensamente, mientras los académicos te mataban de aburrimiento y no te hacían conocer nada.  El académico solo se ve a sí mismo y sus fórmulas previas y no al escritor que tiene delante. Y mata toda vida en sí mismo con la que pueda conectar con otra vida.

Yo hago al revés, uso mi vida para conectar con otra vida. Mantuve una correspondencia con Sábato en los años ochenta y la viví intensamente. Algunas cartas de Sábato me enseñaron mucho y me ayudaron a comprenderle. No en el sentido habitual de “comprender” que significa simplificar y encerrar en una fórmula. Sino en el sentido de captar el espíritu.

Los académicos no buscan el espíritu, no creen en él. Son como médicos forenses que solo buscan órganos y fórmulas químicas en un cadáver. Tienen delante un cadáver, no un ser vivo. Y así también tienen el cadáver de un escritor indefenso en sus gabinetes académicos. Y lo meten. quiera o no, en sus fórmulas y sus triángulos. Pero eso no sirve para conocer nada.

No me interesa lo impersonal, la estructura rígida y los procedimientos obligados. Eso lo podría hacer una máquina. Pero a las máquinas se les escapa la vida, el espíritu, la atmósfera. Y no se enteran de nada. Por eso cuando leo esas introducciones académicas frías y cosificantes me muero de aburrimiento. Prefiero no leerlas.

Y su arrogancia no sirve para conocer. Porque encima tienen arrogancia, se consideran la única instancia valiosa. Lo suyo es el único método serio. Reducir todo a triángulos y estadísticas le parece lo más serio. Lo mismo hacen con el mundo entero. También la filosofía académica solo se considera seria si lo mete todo en un sistema. Si lo encaja todo en una caja.

Pero yo he querido escuchar a Sábato, no cosificarlo. Aprender de él, no imponerle mis esquemas. Asombrarme ante él y recibir cuanto puede darme. Y lo veo apasionadamente, es decir, con toda mi capacidad. A menudo lo mejor viene de fogonazos, de inspiraciones. Como cuando uno va por la calle y es cuando le vienen las mejores ideas. También algunos filósofos de la antigüedad filosofaban mejor paseando.

Y me valen mucho más las impresiones deslumbrantes y vivas que las fórmulas rígidas y cosificantes. Desdeño el cosificarlo todo, como también hacía Sábato. No pretendo interrogar al viento en la comisaría.

Cuando leo una obra literaria, sobre todo si es de un clásico, siempre voy directamente al texto y me salto las introducciones académicas y plomizas, que no me enseñan nada y solo me estorban. Me reducen el texto a fórmulas rígidas y sin vida, a un montón de prejuicios y tópicos manidos, a una acumulación de datos brutos y de formulaciones mecánicas sobre esos datos.

Y por supuesto siempre se habla de la obra como de un “artefacto”, como de un mecanismo que hay que despanzurrar y deshacer en elementos.  Se niega toda inspiración, o sea, conexión con la vida, vitalidad de la obra. Se la considera fabricada meramente como un cálculo matemático, concebida como se concibe una máquina. Por eso esos críticos y académicos no se enteran de nada.

Si un prólogo está escrito con sensibilidad y lucidez por otro escritor, aún puedo aprender algo, o me puede dar sugerencias, o incluso hacer que me fije en algo en que no me fijaría.  Pero un crítico académico con sus tijeras y sus cálculos me matará la obra sin piedad. Gustavo Martín Garzo hablando de El gran Gatsby  me puede enseñar algo y hacer vivir algo o paladear algo.  Pero un tipo que me llena la introducción de flechas y vectores, de cantidades de adjetivos, de actantes y prolepsis, qué coño me va a aportar.

Y claro, esas ediciones están normalmente en pasta dura. Yo e admiro mucho aquellas antiguas ediciones de Bruguera, en pasta blanda y flexible, con sus introducciones algo más amenas. Incluso con la denostada biografía del autor. Claro, a estos críticos siempre les molesta la vida.

Pero la pasta dura indica toda esa rigidez de los críticos duros de mollera y rígidos, instalados en lo alto de su poltrona académica y que no pisan las calles como las pisaba Henry Miller. (Por cierto, qué maravilla Los libros de mi vida, eso sí que te enseña algo).

Una vez le preguntaron en la televisión a Ian Gibson qué opinaba de la Real Academia y dijo que los académicos eran todos muy gordos y que no sabían nadar. Y yo entendí muy bien lo que decía. Es la grasa y el alejamiento de la vida lo que caracterizan a todas las academias y los academicismos. Y la crítica literaria al uso no es más que un academicismo ampliado.

Y así estamos. Los críticos literarios, tan sesudos, tan inteligentes como la inteligencia artificial, con sus cálculos, sus fórmulas, sus procedimientos impersonales y fijos, su “rigor” tan riguroso como el garrote vil, lo matan todo. Y así ¿cómo le va a gustar a nadie la literatura? ¿Como le va a enseñar a la gente  sensibilidad, mirada abierta, capacidad de captar, humanidad, inteligencia de la buena?. Por eso la quitan de las escuelas. 

Y además está la arrogancia de los técnicos. En una reunión de profesores un profesor de Matemáticas dijo lo consabido: que en las matemáticas hacía falta inteligencia, pero en la Literatura solo se aprendían listas de títulos. Así se desprecia lo que se ignora. Los profesores de Literatura no comentaban los textos y ayudaban a comprenderlos.

Y así estamos.  Con “crítica científica” y “rigurosa”. Que cree que comprende porque lo reduce todo a fórmulas. Tan rigurosa como el granizo en invierno y como el garrote vil. Tan rigurosa como la señorita Rottenmeier que quiere encajonar la conducta de los niños.  Así estamos, matando la Literatura, como todo lo demás.

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Antonio Costa Gómez

Categories: Literatura

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