«La chica del tabaco» y dos breves relatos poéticos más de Ioana Catsigyanis
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La chica del tabaco y dos breves relatos poéticos más de Ioana Catsigyanis
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La chica del tabaco y dos breves relatos poéticos más de Ioana Catsigyanis
« La servitude est volontaire
presque heureuse »
Joseph Ponthus, À la ligne. Feuillets d’usine.
I
La chica del tabaco
La ruta estaba tan inmóvil a esa hora de la siesta, en pleno enero, que lo único que parecía seguir con vida era el ruido de un ventilador, inalcanzable en el techo. Se recostaba en el mostrador, para sentir el resto de frescura que le quedaba a la fórmica que recubría el mueble y ponerse, de paso, al acecho del aire que removía el aparato. Se reconfortó, aunque una tenue angustia empezó a subir desde su interior cuando vio a una familia numerosa, posibles clientes, observando el local desde la vidriera: desaparecen sin dar mayor trabajo.
Se desperezó, mientras repasaba mentalmente las tareas en las que debía ocuparse y se fue deslizando hacia el cuartito de detrás de la caja, un hueco bajo la escalera del local, donde se guardaban los cartones de cigarrillos, esa especie de bloques mullidos, de papel satinado, dulce al tacto. El olor a hoja de tabaco, como si todavía estuviera fresca, había impregnado las paredes, y era ese perfume embriagador y la baja temperatura -por eso la mercadería se almacenaba ahí- los que la invitaban a esconderse del calor o de la insistencia de los pedidos. Fingía vaciar cajas de cartones y acomodarlas, por marca o sabor, mentolados, light, sin filtro. Se vio lejos de los clientes, como una trabajadora cigarrera, sola, concentrada sobre la tabla de liar; los dedos trabajando la epidermis del cigarro, la hoja, seca y fina, lo más selecto del tabaco sin dudas, y lo más difícil, el verso final, pensó, el giro delicado de las yemas para rematar el puro. Luego vendría el apetito del fumador, el grato titilar de la brasa, el mareo de las primeras pitadas, los dibujos del humo ámbar, que ascienden y se escapan, entre los huecos de la escalera.
(De Ruta 197, inédito)
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II
Grandes Écoles
El subsuelo es el ambiente más íntimo de este hotel tres estrellas. Ahí las chicas se relajan. Las mucamas. Se las escucha llegar por el ruido de los bolsones de toallas y sábanas usadas, que arrastran. A veces están doloridas, o solo cansadas.
En el subsuelo, las chicas ríen. También se pelean. Entre el ruido de los lavarropas y el perfume del jabón en polvo, charlan. Mientras una plancha, la otra descansa, sentada sobre la mesa del lavadero, balanceando las piernas. Una de las chicas pasa el trapo de piso, runruneando una canción de cuna. La canción que le regaló su madre, que quedó en Senegal. Como un talismán, pero contra el cansancio.
Ahí están las manos de Lourdes: son enormes y gruesas. Como su cara. ¿Ya eran así cuando cargaba los baldes en su pueblo, en Portugal, cuando la mandaban a buscar agua a la fuente? El cuerpo de Lourdes se acostumbró a caminar inclinado hacia adelante, como si siempre arrastrara un peso, un balde de agua, un bulto de ropa sucia.
El día de Lourdes se divide entre habitaciones listas y habitaciones por hacer. Entre habitaciones vacías y ocupadas, arribos y partidas. Y siguen las cuentas, incluso fuera del hotel, en el colectivo con las otras chicas, cuántas toallas limpias o sucias, cuántas habitaciones simples o con cama extra. Las camas del hotel no le dan sueño a Lourdes. Las cuida como propias, como si sólo ella las conociera hasta en sus detalles más escondidos. ¿Con qué soñará Lourdes en su propia cama? Tal vez con un espacio agreste, con un bosque que huela a limpio, frente a un mar liso y enorme, como recién planchado, y cada tanto algún brillo, por aquí o más allá.
(De Grandes écoles, inédito)
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III
After
Nada más oprimente que un domingo por la tarde. Para la mayoría. Dorotea vuelve contenta, sin embargo. Sale de la estación de subterráneo y aprovecha la caminata por Ivry-sur-Seine, como para disfrutar de lo que le queda del fin de semana. Dos tipos en cueros, fumando en la ventana de un edificio hausmaniano, a dos pasos de París; un hombre pintando una reja; el estruendo de una ventana metálica que choca contra la pared parece haber despabilado a los perros; Dorotea se relaja mientras se va sintiendo en casa. Es particularmente largo el domingo, los clientes se despiertan tarde y todo el trabajo en la cocina se le retrasa. En cambio, el bistrot de la esquina parece tranquilo: solo una mesa ocupada, un viejito, narguile en mano, que la sigue con la mirada. Es uno de esos bistrot que pululan en cada esquina de Ivry, sombríos y casi desiertos.
Hay familias que también vuelven a casa. Fue un día de descanso. A Dorotea le duele el cuerpo: no sólo sirve el desayuno, sino que también charla con los clientes, los recibe con un chiste y los hace reír. Los huéspedes siempre preguntan por ella al momento de la reserva. Las clientas norteamericanas, entradas en años, la reciben con risas estruendosas cuando Dorotea entra al comedor bailoteando con las bandejas. Una marca registrada. El clown de la casa. Mientras, ella piensa en su jubilación, no sabe cuánto ni en cuánto tiempo, porque parece una mujer sin edad. Bordea la muralla de la fábrica, desaffectée o, mejor dicho, abandonada, pero hoy transformada en centro cultural, con bar y música, donde vienen a clausurar el fin de semana los locales, pero también los parisinos, disfrazados de laburantes o sindicalistas, en busca de una diversión en los márgenes.
Su casa. Todavía no han terminado de pagarla, pero ahí está. Prolija, con un jardín de flores y cortinas bordadas. Como en Polonia. Lejos del hierro industrial, la suciedad. Dorotea se acurruca en el sillón. Está perdida. Como siempre que no está en el trabajo. El vacío está ahí, ¿qué puede hacer? Se le aparecen vagamente las ganas de hacer algo que tenía postergado, pero ya no se acuerda bien qué. Quién era antes de comenzar a trabajar. Imposible saber. ¿Pero qué le agarró ahora? ¿dejar su empleo? Sería el fin de mundo.
(De Grandes écoles, inédito)
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Ioana Catsigyanis
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Nota biográfico-literaria
Ioana Catsigyanis (Buenos Aires, 1976) estudió Letras Clásicas en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad de París IV. Fue profesora de literatura y de griego clásico, investigadora y correctora de estilo en diversos sellos editoriales. En el año 2006 se radica en París para especializarse en literatura griega contemporánea bajo la dirección del Profesor Henri Tonnet. Actualmente se desempeña como profesora universitaria de lengua y culturas hispánicas en Francia. El paso del equilibrista es su primer libro de poesía. Las hilanderas, Ruta 197 y Grandes Écoles son tres nuevas series de poemas, todavía inéditas.

