El pasillo – Un relato de Silvia Peralta Martín

El pasillo – Un relato de Silvia Peralta Martín

El pasillo

***

***

El pasillo

Dicen que los perros tienen un sexto sentido, pero Ray nunca fue hombre de misticismos. Luchar en las trincheras en plena Guerra Civil Española te hace ver la crudeza de la vida. Las escenas de la sangre de sus compatriotas manchando el suelo eran un recuerdo aún demasiado vívido a sus casi ochenta años. Ya no creía en Dios, ya no creía en nada.

Sin embargo, aquella noche fría de octubre sintió un escalofrío.

El perro, un chucho de mezcla indeterminada, había puesto tiesas las orejas y ladraba enrabietado. Ray se rascó la cabeza con fastidio y lo miró. La televisión encendida se llenó de aplausos cuando el infeliz concursante del programa cultural de la noche acertó la octava pregunta.

—¡Teo! Calla ya, tranquilo. —Bajó el brazo para acariciarle el lomo erizado en su cojín de invierno. El perro se calmó con su contacto y pararon los ladridos, pero tenía los ojos clavados en el pasillo.

Ray continuó viendo el programa. El concursante se enfrentaba a la novena pregunta. Solo le faltaban dos para llevarse una buena suma a casa, no tan jugosa cuando Hacienda racaneara su parte, pero jugosa al fin y al cabo.
Él no valoraba el dinero. Siempre había desechado las intenciones de sus hijos de comprarle un piso más nuevo, más amplio, más impersonal. Ray era feliz en su pequeño cuchitril bajo de aquel viejo bloque de pisos en el centro de la ciudad.

Había sido un tipo solitario. Tras el fallecimiento de su esposa hacía casi treinta años, él se había mudado a aquel pequeño espacio que le bastaba y le sobraba para tener una vida digna. Los ataques de lumbago y las migrañas eran su mayor compañía junto al pequeño Teo. Y no necesitaba más, no tenía ninguna dolencia extrema que le impidiera valerse por sí mismo.

Era feliz. Estaba jubilado. Con un poco de comida caliente que llevarse a la boca, su perro y el entretenimiento de la televisión, todo iba bien. ¿Verdad?
El perro gimió. Fue un gemido ahogado, de terror. Las luces parpadearon un instante y la pantalla tembló.

—¿Qué ocurre, Teo?

La puerta del pasillo estaba abierta pero este estaba sumido en la oscuridad. La luz parpadeante de la televisión era incapaz de iluminar aquella parte del piso. No supo por qué pero tragó saliva. No era la primera vez. Y cada vez ocurría con más frecuencia. El perro, las luces y los escalofríos.

Llevaba muchos años viviendo entre esas paredes y jamás había sentido ese nudo en el pecho. Era miedo. Negó con la cabeza ofuscado, se negaba a tener miedo en su propia casa y pensó que todo era fruto de su mente anciana.

—Te haces mayor, Ray —se dijo.

Alzó los pies sobre el sofá reclinable y animó al perro a que se subiera a sus piernas. Obedeció, pero temblaba. Intentó seguir viendo el programa con normalidad mientras le acariciaba con dulzura. El movimiento acabó siendo mecánica y ambos se relajaron.

Cuando despertó no supo que hora era. La imagen de uno de esos estúpidos artilugios de la teletienda para cortar verduras se repetía sin cesar con una musiquita desquiciante. Se frotó los ojos y notó las piernas frías, sin el calor del animal.

—¿Teo?

El escalofrío fue tan fuerte esta vez que le tensó toda la espina dorsal. Un gemido brotó del pasillo y la televisión se apagó, dejándolo en la completa oscuridad. De nuevo un gemido, siniestro y ronco. De algo estaba seguro. No era Teo. Se quedó quieto, paralizado a medio levantar del sillón. Aunque su mente de hombre de acción clamaba a la lógica, no parecía encontrar explicación.

Armarse de valor para despegar del todo el trasero del cojín, fue una labor titánica. Oía el tic tac del reloj junto a la tele. Un ronroneo incesante que parecía gritar en medio del silencio oscuro. El siguiente gemido, más que aterrorizarlo, le infundió valor.

—Has vivido una guerra, Raimundo. No hay mayor terror que ese.
Pero, ¿seguro? ¿Dónde estaba Teo?

El lumbago le dio una punzada en la parte baja de la espalda pero arrastró los pies por las losas del suelo casi a cámara lenta. Sus dedos buscaron el interruptor de la luz hasta que dio con él. Pulsó. No pasó nada.

Tragó saliva y casi oyó el líquido que descendía por su garganta, repentinamente seca. Se asomó al pasillo. La oscuridad era absoluta y, sin embargo, supo que veía una silueta. Pestañeó y volvió a darle al interruptor de la luz. Un nudo le encogió el pecho. La silueta estaba más cerca.

Dio un respingo cuando notó humedad a sus pies. Era Teo. Se orinaba. De nervios, de terror, de pánico. La silueta se acercaba y la luz no se encendía.

—No eres real —susurró—. No eres…

Las palabras se le amargaron sobre la lengua al ver el rostro cadavérico a apenas unos palmos de su cara. Y entonces llegó el miedo, porque al fin supo qué era. Muchos como él lo habían visto antes, muchos a una edad demasiado temprana, otros, en condiciones extremas. Para los vivos, no hay mayor miedo que la muerte.

Encontraron el cadáver de Ray sobre su sillón. El pequeño Teo seguía sobre sus piernas y lamía incansable las manos frías de su dueño. Fue el primero en darse cuenta de lo que venía. Lloraba porque sabía que dueño nunca volvería.

***

Silvia Peralta Martín

Autor
Categories: Literatura

About Author