El miedo – I – Un relato de Arturo del Río Rodríguez

El miedo – I – Un relato de Arturo del Río Rodríguez

El miedo – I [Relato]

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El miedo – I

Ahora que mi mente afiligranada vuelve a estar en orden y parece funcionar aun en pequeños intervalos como el que ahora disfruto, los doctores me han trasladado de sala y me han proporcionado papel y lápiz, aunque no pinturas, como era mi deseo. Mi nueva celda es mucho más amplia que el aséptico habitáculo inmundo de los últimos meses, pero lo más importante es que, con mi memoria restablecida, por fin puedo dar cuenta de los hechos tal y como sucedieron para, una vez cruzado el despeñaperros de mi sanación mental, poder demostrarles a mis familiares y amigos que no estoy loco. Antes de que las suelas de mis zapatillas vuelvan a pisar el polvo de las aceras de mi vida puesta entre paréntesis, aún me sobrará tiempo para preguntarles a esos perspicaces e imperturbables psicólogos cómo habrían actuado ellos en mi lugar, y si lo hubiesen hecho con el mismo frío y aparente raciocinio que aparentan poseer en la calma chicha de sus despachos de blancas paredes situados en el otro ala de este llamado ´hogar de descanso`, palabras que ellos utilizan en lugar de manicomio, expresión a mi parecer mucho más adecuada para describir este sombrío solar de almas en el que he sido recluido contra mi voluntad.

Prescindiré de más introducciones, pues temo que mientras más explicaciones intente dar, más se me tomará por lo que no soy. Prefiero pasar directamente a narrarles los hechos tal y como los viví. Les ruego también de antemano que disculpen mis lagunas, pues mi memoria va y viene, como impulsada por un interruptor oculto entre mis neuronas. Con este pequeño diario, informe, o como quieran llamarlo, lo único que deseo, repito, es limpiar mi nombre. No pretendo siquiera reabrir el juicio (¿de qué serviría a estas alturas?) aunque no podría evitar que alguno de mis amigos, si es que aún me queda alguno, lo hiciese en mi nombre.

Fue hace ya cuatro años, y esto sí lo recuerdo bien, que me prometí con Ángela, una mujer dulce y encantadora pero demasiado preocupada por las conveniencias sociales que hasta entonces yo había tratado de eludir con éxito. Ella, siempre tenaz a la hora de apresar el mínimo retazo de felicidad, llevaba tiempo esforzándose en formalizar nuestra relación amorosa por medio de un juez o un cura, cosa que a mí me parecía tan excesiva como innatural, pues mi fe en las instituciones no existía ni existe bajo forma alguna. El amor es un asunto serio: mientras yo estaba enamorado de los hoyuelos que entrecomillaban su sonrisa, ella, que detestaba vivir con moderación, suspiraba por la originalidad de mi porte austero.

Trataré de resumir, ahora que la herida de mi vientre parece haber sanado casi del todo. A la sombra tropical de unas palmeras, con el murmullo gradual de las olas rompiendo en la orilla del mar, decidí satisfacer los deseos de Ángela punto por punto, de modo que fijamos la fecha de nuestra boda para un treinta y uno de Julio. La luna se reflejaba en la espuma blanca de las olas. La noche parecía derretirse en las palmas de nuestras manos. Del mismo modo que la osa mayor destacaba entre las demás constelaciones, la belleza de Ángela tampoco pasaba inadvertida. La arena de la playa, blanca y fina brillaba como una alfombra de diamantes; las palmeras se agitaban con la brisa suave y parecían querer celebrar nuestro compromiso. “Hagámoslo, ya que de todos modos, vamos a morir igual”, esa había sido siempre mi única motivación a la hora de salir adelante, pero aunque lo efímero de nuestra existencia no hubiera extendido sus alas sombrías frente a mi clarividencia arrebatada, yo habría sido incapaz de negarle nada a mi amor. Tal vez fue aquel el momento, con el decorado de ensueño de las perseidas iluminando los ojos negros de Ángela, cuando se inoculó en mi ser la larva de mi locura.

Disculpen. Mi memoria vaga raramente entre lo que podrían ser escenas de una novela rosa. No es mi intención llenar estas líneas de pomposas florituras románticas.

Lo siguiente que recuerdo de aquella noche es la llegada a casa con la promesa aún reciente en los labios, ¡yo que nunca me he fiado del futuro! ¡Quién me lo iba a decir! A mí, que como buen cristiano no comulgo con uno solo de los sacramentos. Sagrados son los besos, los susurros de los amantes, y la libertad, que ahora veía comprometida firmando papeles sin sentido y aceptando oscuras e ininteligibles cláusulas legales que ni siquiera me tomé la molestia de leer. No me importó. Ver a Ángela feliz ante el que iba a ser el más feliz de nuestras vidas, me hizo aceptarlo todo de buen humor.

Esta tierna escena, claro está, ocurrió antes de que el hombre del bombín entrara en mi vida; antes también de que la mujer broncínea con aspecto de griega me robara el maletín con el muestrario de moquetas y mucho antes de…

Desde estas paredes blancas otras veces acolchadas recuerdo aquellos tiempos con nostalgia. Cuando me presenté ante los padres de Ángela, yo era el hombre fuerte y amable del cual hoy solo queda una sombra menguada y pisoteada. En fin, el tiempo pasó volando; quedaba una sola semana para la boda y Ángela y yo acordamos no volver a vernos hasta el momento cumbre en que nuestras manos se entrelazasen frente al altar. Afortunadamente mi futuro suegro prometió encargarse de todos los preparativos. Aquello supuso una bendición para mi abultada agenda, pues ineludiblemente tenía que ausentarme de Madrid para cerrar unos contratos relativos a la empresa para la que trabajaba. No es que quisiera esquivar mis responsabilidades recién contraídas; mis obligaciones profesionales eran reales aun cuando mi mente, atrapada entre la cotidianeidad y la fantasía irrealizable, comenzara a evadirse de lo que ya no parecía tener vuelta de hoja. Fue justo durante esa semana cuando ocurrió todo.

El tren, escrupulosamente puntual, entró mansamente en la estación de aquel pueblo de Castilla-La Mancha de cuyo nombre, a día de hoy, no alcanzo a recordar. Era la hora de la siesta, pero nadie parecía estar pendiente de las manecillas del reloj de la estación. Parecía un día festivo. El sol reflejaba su brillo sobre las vías y cegaba ordenadamente a los pasajeros según descendían de los vagones. Nada más pisar tierra, vi a una enaltecida amalgama de personas abriéndose paso entre los taxistas y los viajeros con maletas. Ataviados con pancartas, sombreros de paja, carretillas y sombrillas, bajaban decididos hacia el río, cuyas aguas, según pude enterarme, estaban infestadas de una especie foránea de cangrejos, cuya característica más sobresaliente era la de sus dobles pinzas que, tal vez involuntariamente, habían causado un monumental genocidio entre los artrópodos locales. Comoquiera que, según dijo el alcalde megáfono en mano, el ecosistema no es algo para tomárselo a broma, se había organizado una delegación vecinal con la misión de reinstaurar los derechos primigenios de los verdaderos aborígenes del río. El desafío se preveía difícil de llevar a cabo, pero daba a la plaza del pueblo un ambiente festivo.

Las ancianas cosían grandes redes que los niños extendían alegremente frente a las orillas del río, paralelas a las vías del tren. Mientras contemplaba a los voluntarios arrastrando sus largas redes de pesca, un hombre de sonrisa ditirámbica me animó a unirme al grupo. Yo me excusé en silencio mostrando mi maletín, como si esa fuera una prueba válida que me eximiera de desempeñar cualquier tipo de acto comunitario. Tal vez influyera en mi estrella el buen humor generalizado, o puede que fuera la irrevocable cercanía de la boda lo que me trajo suerte – que en cualquier caso no duraría mucho -, porque esa misma tarde vendí mis muestras en dos establecimientos que prometieron ponerse pronto en contacto con la dirección de mi empresa.

Perdonen mi exposición desordenada de los hechos, pero de pronto vuelve a dolerme la tripa. Les explicaré: Moquetter S.L. es una multinacional inglesa fundada en el siglo XIX por Lord Langdon IV dedicada a la distribución y venta de moquetas. Mi trabajo no era lo que se dice muy complejo: consistía en arrastrar un maletín atiborrado de muestras de una provincia a otra y abrirlo de par en par sobre las brillantes mesas barnizadas de los mayoristas. Los ingleses querían introducirse en un mercado virgen para ellos y eran conscientes – aún deben serlo, aunque ahora poco me importe -, de que la expansión iba a ser lenta.

Nunca pude imaginar la utilidad de enmoquetar los suelos de una casa castellana de las de patio y corrala, pero no me pagaban por imaginar, y los delirios de grandeza de Lord Langdon IV tampoco eran de mi incumbencia. Aquella tarde logré arreglar dos contratos, firmados con sendos apretones de manos, de modo que di la jornada por buena. Para celebrarlo cené migas y bebí copiosamente, gastándome la dieta del día con creces. El vino era excelente. Recuerdo que anoté en una libreta el nombre de las bodegas; aquellas botellas serían perfectas para el día de mi boda. Lo cierto es que lo abultado de la factura me obligó a pagarme un hostal de mi bolsillo, cosa que realmente no me importó. Mi conciencia de pobre siempre ha sido inmune a los remordimientos que acarrea el lujo. Poco más podía entretener mis sentidos. Aquel era un pueblo sin turistas; sin más atracciones aparentes que la provisional de los cangrejos, pero perfecto para la tranquilidad de un novio sentenciado cuya condena sería irremediablemente ejecutada en una semana.

En la azotea del hostal, frente a unos montes oscuros que no sabría situar en ningún mapa, encendí un cigarrillo que me supo a gloria. Un agradable rumor de grillos retumbó en mis oídos. Las estrellas parpadeaban; al fondo se vislumbraban lo que parecían ser tardías hogueras de San Juan, que traían cierto tufillo a cangrejada churruscada. La tierra estaba tan seca como la piel de un anciano. No había llovido desde hacía meses. Entonces oí un rugido a lo lejos, acompañado por una caótica sinfonía de ladridos de perros.

La habitación donde pasé la noche no era nada del otro mundo. Constaba de dos camas, y fue ese inútil excedente de camas lo que me hizo pensar en Ángela. ¿Qué estaría haciendo mi prometida a esas horas? ¡Qué tiempos tan hermosos aquellos en los que aún no existían los teléfonos móviles, y la imaginación sustituía a las prosaicas realidades de la cotidianeidad digital! El vino rondaba por la barriga que solo unos días antes había prometido reducir. No sé el tiempo que tardé en dormirme. Soñé que cangrejos de grandes pinzas dobles acababan conquistando un mundo de suelos forrados de moqueta roja que ellos mismos recortaban. Entonces ocurrió algo. Fue más o menos después de la medianoche cuando noté que alguien encendía el interruptor de la luz de mi habitación. Primero pensé que el sueño se había rebobinado hacia delante y que la noche había avanzado hasta el alba. Pero el sonido de las pisadas era evidente. Especulé con un error: alguien se había confundido de habitación, cerraría la puerta avergonzado, pediría disculpas y ahí quedaría la cosa. Pero la luz siguió encendida durante un buen rato, de modo que tuve que incorporarme en la cama para descubrir sorprendido que un hombre, de avanzada edad y corpulencia huesuda, había entrado en la habitación sin sigilo alguno. Su cabeza estaba coronada por un bombín que le daba un aspecto estrambótico. Ni siquiera se le ocurrió al intruso que pudiera despertarme; yo parecía no existir, como los violentos cangrejos de mi sueño. El atolondrado visitante colocó ceremoniosamente su cartera sobre el aparador y se dirigió al taburete de la esquina, donde se acomodó para quitarse los calcetines. Luego, se desvistió por completo, quedándose en calzones, hizo dos ridículas flexiones en el suelo y por fin se acomodó dentro de las sábanas de la cama contigua a la mía. Sólo entonces apagó la luz, para comenzar a roncar al rato. Tal vez fuese un sonámbulo que había acabado harto de ir detrás de los cangrejos de doble pinza, o un empleado del hostal que no había reparado en que la habitación estaba ocupada; lo cierto es que, aunque era posible que durante el día fuese una persona culta y refinada, roncaba como un hombre de las cavernas. Pensé también que se trataba de una ensoñación y le eché la culpa al vino, pero el individuo siguió roncando durante una buena parte de la noche. Estaba claro que se había confundido de habitación, había que ser o estar ciego para no reparar en mi presencia. En fin; yo estaba tan cansado que acabó por no importarme. Al menos había dos camas. Peor hubiera sido que hubiera intentado ocupar la mía. Seguramente lo más lógico hubiera sido levantarme para echarle de la habitación, pero al cabo el sueño me venció.

Transcurrieron unas horas en las que estuve a merced del sueño, hasta que, a eso de las tres o las cuatro de la madrugada, oí el tráfago de un pequeño revuelo. La luz volvía a estar encendida. El intruso, como avisado por un despertador interno e insonoro, se había levantado de la cama como un poste de telégrafos alzado por una grúa de poleas y hurgaba atolondrado en los bolsillos de su chaqueta. Al no encontrar lo que buscaba siguió con los cajones del armario y rebuscó hasta debajo de su cama. Yo lo miraba de reojo con los ojos entreabiertos y mi cabeza apoyada en la almohada, haciéndome el dormido. Ahora el hombre se rascaba la nuca, como si intentara recordar algo. Su sombra se desplazaba detrás de él con poca o ninguna sincronización; seguía sin encontrar lo que fuera que había perdido. Finalmente se acercó a mi cama y me habló. Parecía hablar en un idioma muy antiguo. En cualquier caso, no entendí una sola de sus palabras. “¿Qué ocurre?”, le pregunté, fingiendo que me había despertado, cuando cualquier otro lo hubiese apartado con un puñetazo. “Mi libro de cuentas”, dijo, como si de pronto hubiera recordado que en la tierra solo se hablan idiomas humanos, “¿dónde has escondido mi libro de cuentas?” Le contesté, indignado, que no sabía nada de su libro de cuentas y que me dejara en paz. Entonces salió de la habitación, como una sombra absorbida por un desagüe. Aún estuve unos minutos sin moverme. No me atrevía a levantarme, ni a apagar la luz. No dejé de imaginarme cosas: al hombre volviendo a la habitación con un hacha en la mano; su silueta deslumbrante surgiendo de la oscuridad, sus manos desnudas estrangulándome… Sopesé la posibilidad de recoger mis cosas y dormir en la orilla del río con los cangrejos, o bajar a la recepción, pero antes de poder tomar una decisión me quedé dormido.

Cuando desperté, pensé que aquel hombre había vuelto a encender la luz. Realmente estaba encendida, aunque el brillo de la bombilla ya no era perceptible; era el sol, asomando por la ventana, lo que iluminaba la habitación. La cama de al lado estaba vacía, aunque el remolino de sábanas revueltas me convenció de que no había sido un sueño. Sobre el perchero colgaba un bombín negro. Bajé a desayunar sin siquiera lavarme la cara y oí comentar algo a la casera. Como no pude escuchar con claridad, me acerqué a la señora y le pregunté directamente.

– ¿Está hablando de ese hombre del bombín?

– Jerónimo Lebrón, sí. ¿Lo conoce? Desapareció hace dos días. Su cuerpo ha sido encontrado, devorado por esos cangrejos del demonio. La policía se lo ha comunicado esta mañana al alcalde.

Obviamente, pensé, Jerónimo Lebrón no estaba muerto. Aquella noche había estado en mi habitación buscando su “libro de cuentas”. Pero preferí callarme; aquella señora no me creería, y yo no tenía tiempo de detenerme a explicarle mi extraño encuentro a la policía; eso solo hubiera demorado mi viaje, y yo era un hombre de negocios.

– Eso no es posible. No puede estar muerto – dije, sin embargo.

– ¿Qué es lo que no es posible? ¿Por qué dice eso?

– Es solo que me parece increíble que unos simples cangrejos puedan acabar con la vida de nadie.

– No exageremos. Según las sospechas de la policía, el hombre ya estaba inconsciente cuando cayó al río. Tal vez fuera culpa del vino. Bebía mucho.

– Normal. No sabía de la excelencia vinícola de esta zona.

– La verdad, en los últimos tiempos, Jerónimo se comportaba de una forma muy extraña.

Pensé en el bombín, que el hombre había dejado colgado en el perchero de mi habitación.

– ¿Era huésped de este hostal? – le pregunté a la señora.

– ¡No para usted de preguntar! Precisamente durmió en su habitación hasta días antes de desaparecer. Pero, usted, ¿lo conocía o no? ¿O es que usted también es policía? 

– Es solo curiosidad.

– El tipo se fue tan apresuradamente que se dejó su libro de cuentas. Yo se lo guardé en el armario de la recepción, pero esta mañana, cuando me lo requirió la policía, no he logrado encontrarlo. Bueno, ¿y qué va a querer? ¿Café o zumo?

– Un café, por favor.

– ¡Manuel! ¡Pon a trabajar esa cafetera!

Mientras desayunaba – un café con bollos, todo incluido en el precio, con la habitación -, seguí escuchando los chismorreos de la señora, ahora enzarzada en una acalorada discusión con una vecina, cuyas conjeturas acerca de los hábitos del supuesto difunto eran de lo más variadas. Yo preferí no inmiscuirme más y apartarme de cualquier polémica, así que subí a la habitación. Lo primero que hice fui volver mi cabeza hacia el perchero. El bombín había desaparecido, pero me traía sin cuidado. A las pocas horas cogí el tren que me llevaría al siguiente pueblo. Quedaban seis días para mi boda.

El tren se deslizó en silencio sobre las vías plateadas, como un patinador que entrena sobre la línea recta de una carretera helada. La revisora, una joven encantadora, repartió sonrisas y caramelos. Yo saboreé el mío mientras me concentraba en mi trabajo. A pesar de las dos ventas prometidas el día anterior, el negocio no terminaba de arrancar. Además, no era la primera vez que una transacción casi segura se venía abajo por el detestable detalle de una corbata errónea. Tenía que firmar, al menos, un contrato más. En caso contrario, la escena en el despacho del inglés era demasiado fácil de imaginar: Lord Langdon IV descargaría su ira sobre mi acongojada proyección futura, repasando con precisión oxfordiana los consabidos clichés marcados con letras rojas en el memorizado libro blanco del buen vendedor. No tenía otra opción: aquella tarde debía dar el do de pecho y vender el resto de mis muestras. Sólo entonces, con la satisfacción del deber cumplido, podría concentrarme plenamente en los preparativos de mi boda.

Mi cabeza apenas tenía tiempo de recordar el extraño incidente de la noche anterior, pero el viaje en el tren fue plácido. Mi asiento estaba al lado de la ventanilla. El paisaje estaba formado por una sucesión de campos ocres y grises apenas manchados por leves motas de verde. Extensiones modeladas por un Heracles invisible a golpe de bíceps, cortantes rocas excavadas en montañas desmoronadas horadadas por la furia de los antiguos dioses, ríos famélicos sacados de sus cauces; esqueletos de pueblos vaciados en cemento; tranquilidades inamovibles, lienzos de Millet desenrollados hasta la línea del horizonte, ruinas camufladas por el trigo y perros flacos. Todo parecía eterno o fugaz, y la revisora seguía empeñada en hacer que todos los pasajeros nos sintiéramos, durante los cuarenta y cinco minutos que duraba el trayecto, los humanos más felices del mundo. Si habíamos de morir a causa de un accidente ferroviario, más valía hacerlo con una sonrisa en los labios. No era la felicidad típica de las aerolíneas, artificial y fingida, que suele provocarme el efecto contrario, pero sin saber por qué, aquella sonrisa joven y sana, de la revisora, volvió a traerme a la mente el perruno rostro de Jerónimo Lebrón.

Finalmente, el tren se detuvo. Los pasajeros se levantaron, como si repartieran medallas a los primeros en lograr salir del vagón. La supuesta lujosa comodidad recreada con profesionalidad por la revisora, había sido instantáneamente reemplazada por muecas de impaciencia. Sorprendentemente, recuerdo bien estos detalles mínimos, intranscendentes. Los equipajes de mano volaban, como granos de azúcar sobre lomos de hormigas. El mío estaba en el portaequipajes del asiento de enfrente. Fue entonces, mientras el barullo comenzaba a desbaratarse que vi cómo una mujer – alta morena, de mejillas pronunciadas, con aspecto de griega esculpida en bronce -, agarraba tranquilamente mi maletín. Yo, simplemente la miré y le dediqué la mejor de mis sonrisas con la intención de hacerle ver que se había confundido, que aquel maletín era mío, que seguramente el suyo era muy parecido; la chapa identificativa de ‘Moqueeter’ lo distinguía de cualquier otro.

“Perdón, el maletín es mío”, farfullé al fin, al tiempo que mi mano izquierda rozaba sus dedos y la mujer, que ya iba a echar a andar, se volvía para mirarme con ojos de Medea interrogada acerca de sus crímenes.

– ¿Disculpe?

– El maletín es mío – repetí -. El suyo debe ser muy parecido. Mire la inscripción: ‘Moqueeter’.

– ‘Moqueeter S.L”. – confirmó ella -. Es mi empresa, sí. Es usted el que se ha despistado, desde luego.

– El disfraz de despistado es uno de los mejores, pero no es el caso – dije, y volví a sonreír.

Ahora tenía a la mujer justo en frente. No contestó. Simplemente me miró con asco. Mientras el tren terminaba de vaciarse de pasajeros, yo volví a sonreírla, sin saber qué más decir. Después de un buen rato en el que lo único que hicimos fue mirarnos a los ojos, ella agarró definitivamente el maletín y echó a andar por el pasillo con paso castrense. Si en lugar de una mujer de su clase se hubiera producido la misma escena con un raterillo de tres al cuarto, me hubiera sorprendido mucho menos y me habría sido más fácil iniciar un forcejeo que me habría permitido recuperar mi maletín. Tal vez el sofisticado porte de aquella mujer no fuese sino el disfraz de una cleptómana. En cualquier caso, me vi obligado a seguir sus pasos. Recordé entonces el episodio nocturno en la pensión. Jerónimo Lebrón entrando en mi habitación en mitad de la noche, como una urraca con disfraz de lechuza. Por unos momentos me vi inmerso en la trama de mi particular película de suspense. Lo único realmente valioso del maletín, aparte de mi muda, una usada, metida en una bolsa de plástico, y un neceser con objetos de aseo, eran los retales del muestrario de moquetas que tal vez con gusto hubiera dado por perdido si aquella mujer con aspecto de tragedia griega me hubiese regalado una sonrisa. No me hubiera importado, digo, o la preocupación hubiese sido fácilmente subsanable, pero entonces pensé – mi generosidad no tiene límites – que aquella mujer estaba realmente confundida. Su maletín debía haberse quedado en otro de los compartimentos y su contenido sería seguramente mucho más valioso que una muda sucia y unos trozos de moqueta recortada. Si verdaderamente hubiese pensado maliciosamente, la habría dejado marchar, habría dejado que la mujer se perdiera por los andenes y acto seguido hubiese vuelto al vagón para buscar el otro maletín, pero como en el fondo soy una persona temerosa de Dios, corrí a través de la estación, donde no me fue difícil localizar al grupo de pasajeros de mi tren apiñados ante las pantallas de información. Entre ellos vi a la mujer tal vez griega, cuya mano derecha seguía asiendo mi maletín. Volví a acercarme a ella, y la hablé amablemente:

– Le repito, señorita, que está usted equivocada. Por favor, vuelva al tren. Su maletín ha de estar aún en el portaequipajes – le dije, arrepintiéndome de haberla llamado ‘señorita’. Al menos evité la genuflexión a la que estaba acostumbrado cuando me dirigía a los ingleses.

– ¡Déjeme en paz! – me gritó la mujer.

– Pero es que ese maletín es mío.

– ¡Déjeme o llamo a la policía!

El grito de la mujer me desconcertó. Aquella mujer estaba definitivamente confundida, tal vez incluso trastornada. Decidí seguirla por la escalera mecánica. Ella me miraba de reojo, inquieta, como si fuera la verdadera agraviada. Siguió caminando con paso firme hasta que llegó a la salida de la estación; allí se giró hacia la izquierda, donde había un guardia de seguridad. Habló con él mientras sus ojos me buscaban. Cuando me acerqué, el guardia me agarró del brazo. Era mejor así, pensé; de ese modo se aclararía el asunto; yo recuperaría mi tesoro, ella se disculparía y tendría que correr de vuelta al tren, pero sería ya demasiado tarde, se encontraría con las puertas cerradas y sus ruegos chocarían con la sonrisa incorruptible de la bella interventora, que le recomendaría que se dirigiese lejos, muy lejos del tren, a no ser que tuviese interés en hacer saltar las alarmas antiterroristas de la estación. Nunca recuperaría su maletín olvidado.

– El maletín – le dije entonces al guardia, obviando ya las sonrisas -. Es mío.

– No es eso lo que dice ella – dijo el empleado de seguridad, echándose las manos a la cintura, con la mirada indulgente de quien se cree superior al resto de la humanidad, tal vez buscando una pistola o una porra eléctrica.

– Este hombre lleva siguiéndome desde que salí del tren – dijo ella. 

– Se ha apropiado de mi maletín – volví a insistir.

– Es fácil – dijo el guardia -. Veamos lo que hay dentro.

– Cierto – dije yo, anticipando mi victoria -. Pero antes de abrirlo, que diga ella lo que contiene. Así se dará cuenta de su error.

– Dentro hay muestras de moqueta – dijo ella -. También unas bragas usadas. ¿Es que quiere verlas?

Mi reacción fue de incredulidad.

– Está cerrado. Parece que tiene una combinación de seguridad – dijo el guardia, como si hubiera leído mis pensamientos entreverados.

– En efecto – dijo yo, satisfecho, ahora sin prisa por acabar con el malentendido.

– Uno, ocho, siete – se adelantó ella, con semblante estatuario.

– Uno, ocho, siete – repitió el guardia, girando las ruedecillas de la combinación, aburrido de nuestra absurda disputa.

Uno, ocho, siete, repetí también, mentalmente, tratando de recordar la secuencia correcta, pues siempre abría el cierre a ciegas, de memoria, se diría que con el simple tacto de mis dedos sobre la rueca.

Aquel fue un día perdido. Con las manos vacías, sin muestrario que ofrecer a mis clientes, mi labor de viajante de comercio había dejado de tener sentido. Para colmo, hacía un calor inhumano en aquella pequeña metrópoli de provincias, último punto marcado en rojo en el mapa de ruta diseñado por aquellos descendientes de Lores de gustos tan desusados. La tarde escurría su sudor de verano sobre los tejados, por eso no quise entretenerme y preferí orientar mis pasos directamente hacia un hotelillo. Aquella sería mi última guarida antes de asentar mis posaderas sobre la comodidad almohadada de mi luna de miel. El hotel estaba en el tercer piso, era más bien una pensión. Para acceder a la recepción había que subir en un ascensor de los antiguos, una especie de jaula de leones que conducía directamente a un mostrador donde me esperaba una mujer de sonrisa cristalina. Ahora, según escribo estas deslavazas memorias, me doy cuenta de que todas las mujeres con las que me topé en aquel mi último viaje me parecían bellezas angelicales.

No tenía mucho sentido ocupar una habitación, pues mi presencia en aquel pueblo ya no tenía sentido al haber perdido mi muestrario, pero aun así decidí que necesitaba descansar por unas horas y aprovechar para pensar. Alguna explicación tenía que darles a los ingleses, y tal vez a mi prometida. Aún tuve que subir los gastados peldaños de una escalera de caracol y dejar de lado un último recodo de pasillo para encontrar mi habitación. La llave encajó con dificultad en la cerradura. El mobiliario era discreto. Una estantería sin libros, un sillón y un perchero. Respiré tranquilo: sólo había una cama. Supuse que, de aparecer, Jerónimo Lebrón no se atrevería a ocuparla.

Me duché, pero eché de menos mis mudas limpias. Tendría que bajar al pueblo a comprar unos calzoncillos, y al menos un kit dental. Era mi última jornada antes de volver a Madrid. Quedaban cinco para mi boda y seis para la luna de miel. Mi estado físico y, sobre todo, mental, era terrible, pero aún tenía tiempo para descansar y olvidarme de todo. Mi último tren, salvo retraso, saldría esa misma noche. Ya en Madrid, una vez recuperado, dedicaría el resto de las horas libres a esmóquines, zapatos, peluquerías y afeites. De modo que, con mi optimismo renovado, pasé por la recepción, donde aquella mujer tan hermosa, de la que pensé que podría enamorarme, me recomendó un restaurante familiar.

– Si dice que viene de mi parte le harán un descuento – me aseguró.

Buena parte de los negocios se llevan a cabo de esta manera, recomendando los servicios o los favores del amigo o del familiar del amigo, hasta que unos brazos múltiples y resistentes de araña patilarga, acaban conformando una sólida red de intereses y favores. Yo le hubiera dejado una tarjeta de Moqueeter S.L. pero la broncínea mujer del tren, equivocada, pero muy atractiva, se había llevado mi maletín con todo mi arsenal comercial. No podía sino imaginar la tragedia que se me venía encima. Los ingleses se deshilacharían los pelos de la barba en cuanto tuvieran conocimiento de mi negligencia. Comoquiera que mi maletín, con el informe garabateado ni siquiera pasado a limpio, había sido abducido por aquella mujer con aspecto de griega antigua, decidí que lo mejor que podía hacer era tragarme mi orgullo y cargar con todas las culpas. Tal vez aquella mujer fuese una peligrosa Mata Hari del fabuloso mundo de las moquetas, pensé. ‘En toda negociación hay que ceder algo para ganar algo’, era la frase más habitual de mis jefes. ¡Yo había cedido en todo! ¡No había sabido imponerme ante esa diosa de cadenciosas caderas a la hora de legitimar la posesión de mi maletín! Sin embargo, mientras bajaba en el ascensor, olvidando por un momento mi compromiso en ciernes, fantaseé con que le hacía el amor en el tren, en ocho posturas diferentes.

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Arturo del Río Rodríguez

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