La Desbandá de Soler – A propósito de «El día del lobo», de Antonio Soler – Sebastián Gámez Millán

La Desbandá de Soler – A propósito de «El día del lobo», de Antonio Soler – Sebastián Gámez Millán

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La Desbandá de Soler – A propósito de El día del lobo, de Antonio Soler

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La Desbandá de Soler – A propósito de El día del lobo, de Antonio Soler

Mientras el bombardeo de Guernica es internacionalmente reconocido, con toda seguridad porque una de las imágenes más icónicas del pasado siglo es el mural de Picasso encargado por el Gobierno de la República durante la Guerra Civil para la Exposición Universal de París, la vulgarmente denominada “desbandá” apenas se conoce, a pesar de que en ella murieron entre 3000 y 5000 personas, y en Guernica unas 300, y no de forma menos cruel e inhumana. Paradojas de la historia, que tampoco es justa ni inamovible.

Este fue uno de los cuentos de la infancia de Antonio Soler, cuya familia padeció los ataques desde el aire y el mar, como aquella columna de entre 100.000 y 150.000 civiles y milicianos en caravana de éxodo por la carretera Málaga-Almería que entre el 6 y el 8 de febrero de 1937 se convirtió en la carretera de la muerte. El episodio más sangriento y terrible sucedido en la provincia y uno de los peores y más vergonzantes del conflicto bélico. En la estela de Balzac y Benito Pérez Galdós, hasta algunos de nuestros más destacados novelistas, como Mario Vargas Llosa, Antonio Muñoz Molina, Andrés Trapiello, Arturo Pérez-Reverte, Javier Cercas o Ignacio Martínez de Pisón, Soler se sirve de ese género proteico donde cabe todo que es la novela para reconstruir vívidamente esos aciagos días.

Como un científico, se sirve de la prensa de la época y de los testimonios de Koestler, Mercedes Formica, Manuel Azaña, Gamel Woolsey o Stephen Spender, incluso de su familia y del historiador Fernando Arcas, lo que dota a la narración de mayor verosimilitud. Pero, junto con la imaginación, es la polifonía y el perspectivismo de los personajes, propios de este género literario, lo que distingue a la novela de la historia, capaz de descubrir aspectos de nuestras vidas que el rigor de la ciencia a veces pasa por alto, eso que Unamuno llamó la intrahistoria, la historia que no aparece en los medios de comunicación ni acaso en ningún otro documento oficial.

Desde el comienzo aparece la guerra por el relato y las cifras: “No se sabe cuántos eran los lastimados ni los niños perdidos. Los números fueron una batalla más dentro de la guerra. Así sucede siempre en este asunto de carteristas de la Historia y usurpadores profesionales de la verdad”. Desfilan los discursos ideológicos que deshumanizan a los otros, los eufemismos que enmascaran la realidad, los verdugos, como Carlos Arias Navarro, “el carnicerito de Málaga”, los campos de concentración en Alhaurín o Torremolinos, la banalidad del mal, los héroes anónimos, como Anselmo Vilar o Norman Bethune…

En un momento reflexiona lúcidamente sobre el conocimiento de la historiografía y de la novela: “Escribo lo que recuerdo que otros recordaron. Lo que recuerdo de aquello que mi madre, mi abuela me contaron. Lo que oí en conversaciones cruzadas, lo que recompuse de silencios, elusiones y elipsis (…) La memoria como mapa y la memoria como imaginación (…) La verdad está siempre en otra parte. Y no sólo es una cuestión de voluntad manipuladora o un deseo de ocultamiento. Eso que Gould llama la verdad se escabulle en el momento que intentamos someterla, enjaularla en la red del lenguaje. Y evidentemente no se trata de la imposibilidad de la objetividad, del imperio de la subjetividad, el inevitable punto de vista, la deformación de la perspectiva (…) La nuestra es otra guerra”.

Ciertamente lo que toca el lenguaje lo muda –no son las sensaciones ni las vivencias originarias–, pero de manera paradójica sin el lenguaje, sea verbal o de cualquier otra modalidad, no podemos dejar huella que nos permita recoger el tiempo, volver al pasado… A mi juicio el valor más perdurable de esta novela es el tratamiento del lenguaje, un estilo sincopado, fluido, con frases breves y secas con ramalazos poéticos e infinidad de recursos: aliteraciones, metáforas, símiles…

Declaraba Antonio Soler en la radio que siempre ha tenido la suerte del reconocimiento de críticos y lectores, pero nunca como con El día del lobo le han dado tantas personas desconocidas las gracias. No me extraña: no es sólo un acto de justicia inspirado en los relatos que escuchaba a su familia y guardaba en lo más íntimo de sí, aguardando durante tantos años encontrar la voz y la forma literaria de expresarlo, sino también un acto de justicia poética hacia todas las víctimas, sobre la que se construyen los monumentos y la historia, y a veces los derechos. Tengo para mí que más allá del rigor de la historiografía, El día del lobo ha usurpado este espacio de la historia, de la memoria y de la imaginación de tal modo que será difícil encontrar un documento que revele de forma tan detallada y completa la desbandá, incluida la película que acaso está por venir.

Guerra ideológica, guerra de lenguaje. Como nuestra relación cognitiva, interpretativa y comunicativa depende del lenguaje, la lucha ideológica se manifiesta en forma de guerra del lenguaje.

“No se sabe cuántos eran los lastimados ni los niños perdidos. Los números fueron una batalla más dentro de la guerra. Así sucede siempre en este asunto de carteristas de la Historia y usurpadores profesionales de la verdad” (p. 13).

“Las cifras. Una batalla eterna. Un regateo ideológico que varía a gusto del consumidor y en el que los honrados historiadores no acaban de cuadrar el complicado, prácticamente imposible, cálculo. Tomemos unos márgenes amplios propuestos por unos y otros. Entre sesenta mil y doscientos cincuenta mil. En cualquier caso, muchos miles de malagueños inician el éxodo. Cierran sus casas, cogen sus pertenencias con las que pueden cargar. Imitan a esos refugiados que desde hacía meses atrás llegaron a la ciudad con aire de apestados. Es la naturaleza histórica y actual del refugiado” (pp. 124-125).

Un fenómeno recurrente previo a los conflictos es, primero, la división entre “nosotros” y “ellos”, según Carl Schmitt, lógica del “amigo” y “enemigo”, y luego la deshumanización de los otros, con frecuencia describiéndolos como animales, que es una forma de justificar y “legitimar” la violencia, pues al fin y al cabo no son humanos, no son como “nosotros”.

“Nos querían como animales. En el matadero, abiertos en cana como esos desgraciados, o con la humanidad arruinada para siempre” (p. 178).

“Sindicalistas, socialistas, anarquistas, republicanos irredentos, comunistas, cualquier miembro de la sucia ralea que había corrido a sus anchas por Málaga durante los años rojos y que ahora iba a recibir un correctivo ejemplar. Había que convertir ese sucio ganado en género humano, en individuos dignos de respirar bajo la limpia autoridad del nuevo caudillo” (p. 193).

(Eufemismos que enmascaran la realidad): “La orden del alto mando es clara: bombardeo de alfombra sobre la masa que huye. El bombardeo de alfombra, habrá que explicar para los no habituados a tratar con la materia, también puede denominarse ´bombardeo de saturación`, es decir, la modalidad que tiene como objetivo la destrucción total del terreno atacado con bombas que irán triturando cada cuadrícula de la zona” (p. 148, a diferencia, por ejemplo, del bombardeo de precisión, que selecciona los objetivos).

(Queipo de Llano): “grandes masas de fugitivos que salían de Málaga para Motril y la aviación salió para ayudarles a correr, lo que consiguió bombardeando las concentraciones de fugitivos e incendiando varios camiones” (p. 149).

Epistemología de la historia y de la novela. Entre las páginas 117 y 120 encontramos una reflexión acerca del conocimiento del historiador y del novelista. A continuación extraemos un fragmento:

“Escribo lo que recuerdo queotrosrecordaron. Lo querecuerdo de aquello que mi madre, mi abuela me contaron. Lo que oí en conversaciones cruzadas, lo que recompuse de silencios, elusiones y elipsis (…) La memoria como mapa y la memoria como imaginación (…) La verdad está siempre en otra parte. Y no sólo es una cuestión de voluntad manipuladora o un deseo de ocultamiento. Eso que Gould llama la verdad se escabulle en el momento que intentamos someterla, enjaularla en la red del lenguaje. Y evidentemente no se trata de la imposibilidad de la objetividad, del imperio de la subjetividad, el inevitable punto de vista, la deformación de la perspectiva (…) La nuestra es otra guerra”.

Preguntas a modo de sugerencias:

¿Es lo mismo la historia que la memoria? ¿Cómo puede un historiador trascender la memoria y la deformación de la perspectiva? Nietzsche teorizó sobre el perspectivismo bajo la convicción de que es imposible abrazar una verdad que no sea una perspectiva: ¿Es posible la objetividad en la historiografía? Ortega y Gasset, siguiendo a Nietzsche, pero desde una postura más edificante, sostuvo que “la perspectiva, lejos de ser una deformación de la realidad, es la forma que tiene la misma de organizarse ante nosotros”. ¿Cómo es posible superar la perspectiva?

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Sebastián Gámez Millán

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Antonio Soler. El día del lobo. Editorial Espasa, Madrid, 2024. ISBN: 978-8467074475.

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