Don Juan Valera en Río de Janeiro – José Biedma López

Don Juan Valera en Río de Janeiro – José Biedma López

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Don Juan Valera en Río de Janeiro

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Eugène Ciceri – Panorama da Cidade de Rio de Janeiro [1854 – Tomada do morro de Sm. Clemente a vôo de passaro] [Fuente: http://objdigital.bn.br/objdigital2/acervo_digital/div_iconografia/icon684437/icon684437.jpg] – Juan Valera y Alcalá-Galiano [Cabra (Córdoba), 18 de octubre de 1824 – Madrid, 18 de abril de 1905]

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Don Juan Valera en Río de Janeiro

A pesar de sus indudables hermosuras naturales, don Juan Valera, destinado diplomático en Brasil, se fastidiaba ferozmente, lejos de tertulias literarias, amigos y amores, en aquellas vastedades indómitas y toscas: Las calles de Río de Janeiro estaban mal empedradas en 1852, los coches eran caros y las distancias enormes, la comida nauseabunda, los negros que servían las mesas apestaban a chotuno y por las habitaciones “mal alhajadas”  corrían arañas, curianas, lagartijas, alacranes, volaban mosquitos de diversos tamaños y “otros monstruos horribles y asquerosos”.

La fecundidad de esta tierra –le escribe Valera a su mentor, Don Serafín Estébanez Calderón‒ se comunica tan bien al varón, que si no pare se empreña muy a menudo, pues es cosa corriente que se le llenen a uno los cojones de agua o que le crezcan carnosidades voluminosas, por lo cual, cuando se ve pasar a un regimiento, si uno no está en el secreto, es fácil imaginar que los soldados lleven la mochila entre las piernas.

Don Juan Valera, secretario de embajada, vivía en aquellos tiempos en la casa de su Jefe, el embajador Don José Delavat, estoico, buen católico, aunque algo volteriano, que había leído a Carlos-Francisco Depuis (Valera escribe “Dupis”) quien en su obra L’Origine de tous les cultes, ou la Religion universelle hubo entendido todas las religiones como alegorías del movimiento de los astros o de los ciclos naturales, incluyendo el “mito solar del Cristo” (lo más polémico de la obra).

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Al Jefe, al citado don José Delavat (bonachón y benevolente, con cuya hija Dolores acabaría casándose Valera hacia 1867 por puro interés racional) no le pueden pasar peores malaventuras: sus criados enferman, sus hijos padecen cólicos y convulsiones, los caballos se le mueren, el mayordomo le roba y su suegra es una serpiente, collidior cunctis animantibus, o sea “la más pérfida de las alimañas”, según sentencia el Génesis bíblico, bruja cuyas sabihonderías joroban al secretario de Cabra (Córdoba). La esposa de Don José es tan santa como fea y el cuñado un tipo excelente, instruido y amable, pero recién casado y completamente encoñado.

Hay gran futuro para los negocios en Río de Janeiro, mas Valera no es hombre de negocios, sino poeta, filósofo, intelectual, aspirante a gran literato… Todo el mundo se acuesta en Río a las diez –explica‒, pues quien queda en la calle se arriesga a que le lluevan todo tipo de sustancias excrementicias desde los balcones. Eso sí, los brasileños son muy amigos de la música y todas las señoritas cantan, la mayoría mal. Valera concluye la carta a su protector don Serafín (13 de febrero de 1852) confesándole que se siente “desterrado por estos andurriales”.

Un año después, el ocho de abril de 1853, Valera cuenta a Estébanez Calderón lo que se dice en Río, que aquí (suponemos que refiere a todo Brasil) hay tres millones de esclavos y que las mujeres andan tan escasas que cada diez o doce morenos sólo tocan a una y que de estas “dichosísimas matronas” muchas se enredan con los blancos, sus señores; otras viven desordenadamente, y poquísimas se casan por no estar la poliandria legalmente establecida. Por consiguiente, la población negra disminuye y muchos temen que han de faltar brazos para la agricultura, fuente principal de riqueza en el país.

Un bardo mulato hizo perder la paciencia a don José, porque le enseñó a las negras sus vergüenzas en la cocina y en ocasión que la hija del “ministro de España” estaba presente. Supo don José de la exhibición y, naturalmente, se cabreó, dijo que aquello se pasaba de castaño obscuro, lo cual –añade con picardía‒ Valera lo cree sin haberle visto. El señor, amoscado, mandó dar al poeta tres docenas de bergajazos, para que fuese castigado con instrumento semejante al de su delito. Don José comentó a su secretario andaluz que lo que trae tan alborotado y lascivo al bardo son los cantares, y más aún la danza llamada fado, que por lo mímica y afrodisíaca sobrepuja al bito [sic] de nuestros gitanos y a la timorodea de los isleños de Haití… ¡Don José nunca perdía su filosófica ataraxia! Nada humano le resultaba ajeno.

En Río se veían señores que hacían de sus esclavas concubinas morenas y de sus hijos esclavos. Al parecer, los monjes benitos no son ajenos a estas prácticas con la divisa ‘Ludite, ut libet et brevi / Liberos date’…, poniendo en la palabra “liberos” una ironía más que socrática. Cuando la prole empieza a blanquear demasiado, la revuelven y mezclan con negras ebeninas, y así sostienen a la descendencia en un color de piel adecuado para que nadie se escandalice de la inmoral condición de esclavitud.

Don Juan Valera se sorprende de que en Brasil ni mujeres ni varones piensen en Dios, ni para bendecirle ni para negarle ni para blasfemar siquiera. Las ceremonias religiosas no pasan de entretenimientos. Los jóvenes se preparan para la administración, la economía y la política, pero las altas cuestiones de filosofía o no las entienden o las desprecian. Algunas damas se han dado últimamente a cuestiones filosóficas, como deseando enmendar las carencias de sus hombres. Una que vive en su calle se ha hecho tan docta que según su marido sabe el porqué de todo, y añade: “apenas mi mujer ve una silla, averigua de donde procede”.

Valera, que fue siempre muy adicto a comprobar qué puedan tener ellas de hospitalario, reconoce dirigir sus versos a una hermosa brasileña, mejor filósofa que la vecina citada, y confiesa que para distraerla de sus estudios materialistas y conducirla por la buena senda le ha prestado la Filosofía fundamental de Balmes y, como la lee con aplicación, “apenas hay ya nada en el Yo ni el no-Yo de que no dé cuenta estrechísima”.

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Imagen de una carta autógrafa de Juan Valera y Alcalá – Galiano

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José Biedma López, Ph.D.

Categories: Caffè Monteverdi

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