Situaciones e insinuaciones – III [3. Al hilo del tiempo] – José Biedma López

Situaciones e insinuaciones – III [3. Al hilo del tiempo] – José Biedma López

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Situaciones e insinuaciones – III [3. Al hilo del tiempo]

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Situaciones e insinuaciones – III

3. Al hilo del tiempo

Bertín Improvisante, buen músico y mal jardinero, no sabía que crecían dondiegos amarillos. Lo convencimos mandándole semillas de los que criábamos y se asilvestraban en aledaños de nuestra huerta. No necesitan mucho para prosperar cimarrones y se mezclaban entre sí como ejemplares experimentales de Gregorio Mendel: rojos, blancos, rojiblancos, variegados, fucsias, amarillos… No entendemos por qué el amarillo no mestiza con otros colores. ¿Amarillo que podría haber presumido de “pureza racial”? ¡Qué tontería, “pureza” de guisantes!; no hay nada limpio del todo en la naturaleza de nada, nada propio ni pulcro del todo, “Pureza” es aspiración metafísica, religiosa, como Salud, Libertad o Justicia, como la inmortalidad para el viviente, puras ideas proversivas, desiderata. Lo perfecto está tan quieto que no vive. No hay quietud en este mundo tan pura como la del cementerio. Educarse en la quietud, oriental u occidental, zenital o cenital, es desde luego prepararse para palmarla, ningún cuerpo es un Yo, ni un Tú. Nosotros somos de los de Ulises ‒decía Lope incluyendo a su amiga Berna, y refiriendo a la humanidad occidental precisaba‒: ¡de los que se agitan y conmueven, huyen y conquistan!

El aroma de dondiegos, también llamados dompedros (Mirabilis jalapa), dulce y balsámico, suavemente avainillado,  traíale a Berna recuerdos de cines de verano. Lope, pues como sabemos procedía del Siglo de las luces, no sabía qué eran los “cines de verano”, pero podía imaginarlo fácilmente porque ya conocía lo que era el cine, el de Hollywood y el de Bollywood, en inglés y en hindi, y las series en streaming y los videos de TikTok. En aquellas largas tarde-noches de tórrido estío, en los cines de verano estridulaban grillos que saltaban ágiles sobre el enjalbegado de paredes, las estrellas titilaban en lo profundo, muy altas, y una las miraba mientras comía pipas de girasol a mansalva y bebía gaseosas El Pájaro para calmar una sed inagotable.

Cuenta Berna que no existía por entonces ese mejunje usamericano, la Coca-cola, sino refresco de zarzaparrilla casero, de parecido sabor pero sin coca, que fabricaba y vendía su abuelo, droguero y perfumero al por mayor, uno de esos hombres dedicados al trabajo y a la familia, hecho a sí mismo y que padecen lo que los griegos condenaban como apragmosýne o desinterés por los asuntos públicos. Todos los años compraba un tonel de conservante (al que llamaban equívocamente “alcaparrosa”, en realidad, quizá, ácido salicílico), para venderla por gramos a quienes buscaban conservar el tomate sobrante de sus hortales embotándolo a finales del verano para lo que añadían bajo la tapa unos filamentos del precioso conservante.

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Acraea penelope, lepidóptero de los bosques subsaharianos.

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Pocos embotan ya tomate. El mundo ha cambiado y “las ciencias adelantan que es una barbaridad”. ¡Qué extraordinarios le parecían a don Lope los servicios contemporáneos de mensajería y las telecomunicaciones en la luz! Cualquier fruslería puede llegar desde Chile a Corea a la velocidad de la luz, las tontadas saltan el charco al instante y sin mojarse. Uno puede consultar una biblioteca infinita mientras hace tiempo en la sala de espera del dentista o largas colas frente al mostrador de la Seguridad Social o el catafalco del inspector de Hacienda. El extravío más absoluto ya es posible sin salir de habitación y además puedes compartir manías, virtudes y vicios fácilmente, con ilusos, extraviados y depravados de todo el mundo, para formar legión de maniáticos llamados popularmente “frikis”. Para estafar a particulares sólo es necesario saber teclear fino y “cliquear” superior en máquinas, como quien interpreta lindas piezas de Chopin al piano, también es imprescindible el dominio del inglés, esa lengua bárbara que se dibuja o escribe mediante pictogramas que recuerdan vagamente el latín.

Berna chapurreaba el inglés pero prefería el portugués, el italiano, el rumano, el griego clásico, el pular…,  y dominaba sobre todo el francés, su segunda lengua, pues había negociado con su amigo Apolinar, profesor en un instituto francés, más de cinco intercambios vacacionales para aprender la lengua de Montaigne. Y la aprendió muy bien, inmersa del todo en la vida familiar francesa, en el círculo cortidiano de Monsieur Goutal, conocido pastelero de París ya jubilado. Jean-Pierre Goutal tenía cuatro hijos, dos mujeres y dos varones, la mayor, morena de piel clara y grácil figura, había lucido modelos de alta costura, la menor casó con un abogado de origen argelino. Por casualidad, Berna fue a la boda, celebrada en un espacio muy pintoresco de la Auvernia, en el Macizo Central. Desde la terraza del restaurante donde se celebró el evento se atisbaban picos volcánicos con lagos en sus cráteres, pastizales de altitud y obscuros  bosques como aquel en que fue abandonada Gretel y en el que su hermano Hänsel estuvo a punto de ser devorado por una bruja caníbal.  La familia Goutal contaba con un caserón enorme y bien conservado en Mirefleurs, un pueblo medieval a veinte kilómetros de Clermond Ferrand, junto al río Allier, en el que Berna tuvo la oportunidad de pescar cangrejos de río con el jefe de policía de la zona, que la trató con una politesse exquisita.

Allí conoció Berna a un hermano de Monsieur Goutal llamado Gastón que había llevado una vida muy aventurera, viajando por todo el mundo como agregado de embajadas francesas. En el salón principal del caserón, Madame Goutal, dueña y Señora, poderosa y a la vez dulce mujerona de origen canadiense llamada Chantal, llamaba todos los días a la familia citándola con un timbre musical y alegre: À table!, à table!, à table!  A ese evocador estímulo Berna comenzaba a salivar como perra de Paulov imaginando la magnífica ternera que Chantal servía en la mesa de vez en cuando. “0h, quel beau bœuf !”. Y efectivamente, en las caretas de las reses vacunas de aquella comarca fulguraban enormes ojos bellísimos, azabachados, que a Berna le conmovían con sus tiernas miradas cuando paseaba en bici por los caminos rurales del departamento de Puy-de-Dôme y aquellas vacas se le quedaban mirando. Pero Madame Goutal no echaba miradas ni ojos vacunos a la sartén, sólo un poco de excelente mantequilla y un steak super tendre de filet de veau. Vuelta y vuelta, ¡au point juste!

Las paredes blancas de aquel enorme refectorio cubierto por formidables vigas, tirantas y travesaños de madera, defendidos del reloj de la muerte (Xestobium rufovillosum) por un brillante barniz, se veían adornadas con una serie de grabados que representaban diversos pasajes de la Odisea. Casi todos los días Monsieur Gastón entretenía nuestra mesa y sobremesa contando anécdotas y sucesos como consumado y exquisito relator, eventos veraces o inventados. Confesó que adoraba la lectura y relectura, sobretodo de La Comedia humana de Balzac y que era capaz de recordar episodios completos de la obra de Homero, incluso algunos en su original griego, seguramente llamado a tal veneración por la relación entre su feliz infancia en el caserón de Mirefleurs y la decoración de este comedor principal en el que ahora nos entretenía.

Habréis notado, dijo una tarde el señor Gastón, que en ese grabado están Ulises, Telémaco y Penelopea. El ingenioso Odiseo ha conseguido regresar a Ítaca. El héroe, todavía con los harapos de mendigo, acompañado por su hijo Telémaco y auxiliados por el boyero Filetio y el porquerizo Eumeo han acabado con los pretendientes, oportunistas que conspiraban ladinamente para matar a Telémaco. Esa orgía de venganza y sangre de la rapsodia XXII, que se retuerce gore con la ejecución de doce siervas ahorcadas por transigir sexualmente con los pretendientes, culmina atroz con las partes verendas del cabrero Melantio cortadas y devoradas crudas por los perros.

Advertida Penelopea de que su marido ha vuelto gracias a la vieja ama Euriclea, la cual reconoció al héroe, rico en ardides, por la cicatriz que le dejó la herida inferida por jabalí, la paciente reina no se lo cree y baja estupefacta al hogar a reconocer y comprobar lo sucedido, se sienta lejos de Odiseo, le mira a los ojos y cree descubrir o imaginar por un momento en aquella mirada cansada el alma de aquel con quien engendró a Telémaco, pero las miserables vestiduras que lleva parecen desengañarla. Penelopea duda, recela… Telémaco la increpa: “¡descastada madre!, ¿cómo no reconoces a tu verdadero esposo, a mi valeroso padre?”. ¡Pues la esposa no se fía! Han pasado veinte años y Odiseo, aun tuneado por Atenea, parece un león salpicado de sangre tras haber devorado a sus presas, pero todavía no luce túnica real, sino que viste andrajos de pordiosero.

Lo sorprendente del grabado, ‒¡fíjense ustedes bien en la escena!, pidió el señor Gastón‒, es que Penelopea aparece tan joven como su hijo Telémaco. ¿Cómo es posible? Homero no menciona las edades exactas de Odiseo y Penelopea, pero sabemos que pasaron veinte años separados, diez de guerra y diez de gira y cabotaje por el Mediterráneo, y calculando unos veinte de Telémaco cuando se produce el regreso, ambos, Odiseo y su querida esposa, deberían rondar entre cuarenta y cinco y cincuenta y cinco al reencontrarse en Ítaca.

Pues el misterio se conserva en este otro grabado que tienen ustedes a la derecha, Ulises ya ha vencido las pruebas a que le ha sometido Penelopea, pero no puede comprender que ella sea tan joven, que no haya envejecido durante su ausencia, pareciéndose demasiado a la tierna esposa que tuvo que abandonar. Por eso se pregunta inquieto si esta vez no habrá sido él quien quedó burlado: ¿será esta que veo aquí la misma persona que abandoné por culpa de Palamedes hace veinte años? Sospecha que aquello pueda ser una estratagema de alguna divinidad enemiga, un simulacro para perderle. Tras la apariencia de Penelopea, ¿no estará Afrodita, diosa amiga de la gente troyana?, ¿no se ocultará Circe vengativa tramando matrerías, o Calipso resolviendo su despecho de novia despreciada?

He pensado mucho sobre eso, señores ‒añadió en otro tono Gascón Diplomático‒ ¿qué hizo entonces Ulises?, me he preguntado y se preguntarán ustedes… El caso fue que se dispuso a vivir con la joven Penelopea como si no pasase nada, comía y cenaba con ella, la trataba con respeto pero no compartía su lecho, dormía abajo, cerca del fuego del hogar y al calor de las brasas, y ella arriba con las otras mujeres. En esto pasaron unas semanas… Y en una noche de principios del canoso otoño, tras la cena en el amplio salón bien construido, habiéndose retirado los criados, Penelopea se dejó caer de sueño sobre la mesa de reluciente madera, sus bucles todavía dorados se esparcían sobre el tablero, próximos a las grandes manos de Ulises surcadas de robustas venas azules. El rey de Ítaca, meditabundo, miraba absorto la juvenil gracia de aquella criatura dormida. Sabía que en su ausencia, Penelopea había estado tejiendo durante el día y destejiendo durante la noche la espléndida mortaja que habría de cubrir el cuerpo de su suegro Laertes cuando falleciera, padre de Ulises aún vivo, y que lo hacía con una finísima hebra que iba cambiando de color…

Entonces, como arrebatado por la inspiración de una musa, nuestro astuto héroe se levantó dejando a su esposa encantadora sobre la mesa dormida. Encendió la mecha de lino de una lucerna doméstica de terracota y recorrió al amparo de su luz temblorosa todas las estancias de su palacio vacías, donde iba dejando un tenue rastro perfumado de aceituna tostada, hasta que llegó a unos altos desvanes. Por sus claraboyas entraba para reposar en sus cachivaches y trastos la luz de la luna. Allí vio cubierto de polvo y abandonado el telar de Penelopea, sin rastro de la hebra maravillosa…

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Dora Wheeler Keith – Penelope Unraveling Her Work at Night [1886 – Metropolitan Museum of Art – NYC – New York State – USA]

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Ulises meditó mientras se acariciaba la barba. No le angustiaban las prisas que afligen a los modernos. Luego sonrió largamente. Ahora creía entender lo sucedido: Las Parcas hilanderas habían dado a Penelopea el hilo del tiempo para ver cómo lo consumía en la desesperación de la espera y fue con este hilo elástico de la duración con el que la reina de Ítaca tejía y destejía el tapiz de su esperanza, y el lapso temporal que avanzaba durante el día, retrocedía por la noche, se extendía y contraía, ¡por eso no envejeció ni un solo día, o tal vez sólo los últimos cuatro o cinco años, después de que los pretendientes descubriesen la estrategia dilatoria y ella se viera obligada a rematar la confección del tapiz. Y esto sucedió mientras que por el contrario, el hilo de su vida, la vida de Ulises, iba consumiéndose impertérrito en el ansia del retorno y en la nostalgia del hogar, como el hilo de la hermana del Minotauro en laberinto de aventuras.

Satisfecho por aquella revelación de su Musa, Ulises descendió al comedor donde Penelopea dormía. Depositó la lamparilla de cerámica sobre la mesa y envolvió al amor de su vida en larga y ternísima mirada. Cuando la luz palpitante e íntima de aquel primitivo candil de barro se extinguió, tomó en brazos a la reina dormida y la condujo al lecho nupcial que había fabricado con madera de olivo, un olivo aún enraizado y vivo en la tierra de Ítaca.

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Terminó con esas palabras el señor Gascón su relato, aclarando el sentido de aquellos grabados que habían marcado a fuego en su infancia la piel de la memoria, ese montón de espejos rotos, en ese quimérico museo de formas esas primeras impresiones permanecen imborrables en el fondo de la mente y afloran con la edad, precisamente cuando las capas más superficiales de la retentiva a corto plazo se van desvaneciendo. Su alindada y atrevida interpretación de dos de los grabados de la sala dejó en el ambiente un hermoso silencio en que parecían bailar etéreas con diversas moralejas y lemas las almas de los comensales presentes.

Lo reconozco… ‒concluyó Berna y el arrebol asomó por un momento a sus mejillas, cosa bastante inusual en su sereno rostro‒, reconozco que en aquel momento me enamoré del señor Gascón, pero fue por culpa de la joven Penelopea, de su precavida incredulidad y de su intemporal y legendaria parsimonia.

Lope no encontró tan extraña como los demás tertulianos la interpretación de Gascón a propósito de la juventud de Penelopea porque él estaba allí, vivo en el siglo XXI, con la misma edad aproximada que Ulises en Ítaca, ¡y había nacido cuando la Ilustración afloraba! Misterios  de la relatividad y de la capacidad tecnológica de sus raptores, ángeles o demonios. Ya lo dijo Ramón: Pasado hubiera querido ser Porvenir, pero vino demasiado pronto al mundo. En el caso de Lope, su pasmosa contingencia plugo y complació a Pasado.

Penelopea, gracias al hilo mágico de las Parcas, lo había conseguido. El cumplimiento de su edad había permanecido estacionario gracias a las divinas patronas de la duración real. Esas Parcas, piensa Lope, serían criaturas extraterrestres y alienígenas como quienes habían congelado su existencia en el tiempo, un portento mitad maravilla mitad putada, no una simple quimera verbal.

En las manos de los dioses, el tiempo es un abanico andaluz pintado por Picasso.

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Pablo Diego José Francisco de Paula Juan Nepomuceno María de los Remedios Cipriano de la Santísima Trinidad Ruiz y PicassoFemme à l’éventail [1909 – Государственный музей изобразительных искусств имени А. С. Пушкина / Museo Estatal de Bellas Artes A. S. Pushkin – Москва / Moscú – Российская Федерация / Federación de Rusia]

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Heteronympha penelope

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José Biedma López

La Esperilla (Loma de Úbeda). En el día de San Luis, rey de Francia. Agosto de 2026.

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